Aquellos
ojos vidriosos eran el reflejo de la emoción. Él había dado caza al malhechor y
devuelto al rehén. Sus mallas amarillas con unas carreras resultado de la
cruenta batalla daban fe del sobrenatural esfuerzo del héroe. Su reciente
admiradora, absorta, se dejaba llevar por la imagen de aquella figura que la
había elegido para hacer apología del bien.
Había
recuperado aquella Barbie anoréxica a la que gustaba vestir de putón. Impropio
para sus siete años. Los de la niña, no los de la Barbie. Esta última era ya una
anciana que habiendo pactado con el diablo, la cirugía y el capitalismo salvaje;
se mantenía joven eternamente. Y ella la vestía como una furcia de lujo de las
que se arrastra por las fiestas en busca de unos tiros y unas copas de champán
francés.
Él,
erigido héroe, le daba al zumo de piña. Uno de esos artificiales elaborado a
base de transgénicos licuados con cualquier mierda y un extra de calcio. Sus
gafas apañadas con cinta aislante, el permanente churretón de tomate en la
camiseta y esa mirada que infundía de todo menos miedo. Había recuperado al
zorrón de la Barbie
y vivía su momento de éxito.
―¡Te he dicho que dejes de ponerte mis medias!
―le gritó su madre mientras le propinaba un sonoro bofetón.
Todo
fue silencio a los pies del tobogán, cuando el héroe, entre sollozos, era
arrastrado a casa por su progenitora. ¡Qué poco dura la gloria!
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