miércoles, 25 de febrero de 2015

#143 BICHO



Tenía un bicho en el zapato. Cuando andaba, su aletear -sí, los bichos aletean cuando se quieren hacer notar- le recordaba que se puede ser pequeño y sin embargo ocupar su lugar, en forma de recordatorio, como una nota en el calendario, como una alarma con repetición. Ahí hay algo, hay un bicho en el caminar. Hay un ciempiés que camina a otro andar, o al mismo en otro lugar. Y sin embargo está ahí, recordando a cada paso el cosquilleo -sí, los ciempiés hacen un cosquilleo con el batir de sus pies, que sin ser cien, son pequeñas púas lastimeras- de lo que fue. No. De lo que es. Un bicho.

Tenía un bicho en la córnea. Y a modo de proyector refleja una película en bucle, sin parar. Se mueve por el ojo y distrae la atención. El bicho es selectivo, es preciso en su punción. Sus alas baten el aire de la cavidad haciendo un ruido como de viento -sí, los bichos generan fuerza con sus alas y hacen ruido con las aristas de los huecos en los que se mecen- y ese ruido lanza con precisión, o sin ella, un tráiler de la misma función.

Tenía un bicho por el cuerpo que lo recorría sin parar. Como una hormiga con acordeón, o una cigarra sin partitura, sin obligación. Sin control. Pasaba por manos, piernas, por la barriga y por aquellos sitios por lo que no debía pasar, con su ligero y a la vez marcado caminar. Y a cada paso una coz en el recuerdo, en una parada, en una estación. En aquella en la que esperó sentado un tren que voló, y sin embargo se llevó adosado aquel bicho que se coló.


Y entonces a ratos se olvidaba del bicho, como ese dolor que a fuerza de persistir, ni vence ni se achica, pero se mantiene, y sólo a ratos, entre analgésico y analgésico, en un descuido, un recuerdo, una voz, vuelve a sentir su presencia, sus tropiezos en el pie, la película en bucle, y la hormiga que persiste en su constante caminar.

miércoles, 18 de febrero de 2015

#142 QUEMANDO LAS HUELLAS



El Miércoles de Ceniza, Pilar se levantó pronto. Tras el primer desayuno, se aseó y comenzó las labores de la casa. Preparó algo de comida. No mucha, no era de comer demasiado ni muy elaborado. Pero sí lo suficiente para que le sobrara para la cena. Mientras daba vueltas al guiso, su cabeza daba vueltas sobre los niños. Repasó mentalmente cada uno de ellos. ¿Carmen? Sí. ¿Raquel? Sí. ¿Irene? Sí. ¿Álvaro? Listo. ¿Alonso? Preparado. ¿Rodrigo? Rodrigo se le estaba complicando. Había crecido bastante el último año. Ya el año anterior estuvo al límite, pero aquél era imposible disponer sin hacer un arreglo importante. El chaleco. El chaleco le traía por la calle de la amargura.

―¡No comas pan en estas dos semanas! ―le había dicho.

Veríamos a ver. En la última prueba los botones casi no llegaban. Por si acaso le sacaría el doblez un poco más de lo que ya lo había hecho. No quería desilusionarle cuando llegaran el sábado. Este chico, pensó, se está haciendo muy mayor. Andrés ya ha perdido interés. Y Gonzalo y Miguel no lo harían aunque estuvieran allí. Estaba segura de que Rodrigo seguiría queriendo vestirse de tamborilero cada año que tuviera ocasión.

El pescado estaba ya casi preparado. Hervido con una patata cocida. Tal vez huevo duro a la noche. Los tambores ya llevaban sonando desde hacía bastante. Iban y venían. La soldadesca se preparaba para ir a misa. Aún le quedaba una hora para ponerse con el chaleco. El chaleco que vestiría Rodrigo el Domingo de Piñata. Mientras descosía y volvía a coser, recordaba cómo el Miércoles de Ceniza los quintos tomaban a los forasteros y les llevaban a las tabernas para que se pagaran una ronda. Bien es cierto que también éstos eran a su vez agasajados por sus captores el resto de los festejos. Los vínculos se creaban en torno a unos chatos, unos aguardientes o lo que se terciara. Y así se despedían al final quemando las huellas de los que partían. Ya no se hacía de aquella manera. Ya no tenía sentido y la mayoría había olvidado tal tradición. Sin embargo Pilar lo recordaba siempre que cada año los niños marchaban. Cierto era que volverían. Volverían antes del siguiente carnaval, pero aquella despedida era especial y marcaba el corazón de los que se iban y de Pilar, que de nuevo se enfrentaba a la rutina diaria. Así que, a su modo, de forma interior, Pilar quemaba las huellas de sus sobrinos-nietos, al igual que había hecho antes con sus sobrinos. Al igual que su madre hiciera con ella cuando vivió en la ciudad. En su corazón le gustaba pensar que tal vez Rodrigo algún día fuera el que quemara las huellas de los forasteros que partirían de vuelta a casa.

Dio la última puntada. Se puso el abrigo y caminó hasta la iglesia.


martes, 10 de febrero de 2015

#141 NOCHE EJEMPLAR



Cuando su madre entró a despertarlo aquel domingo, se encontró con Manuel ataviado con un traje de latex negro y una bola roja metida en la boca. Sus ojos no se podían ver ya que la única apertura de la capucha ajustada que llevaba puesta en la cabeza era una cremallera a la altura de la boca. Ahí estaba la bola. Eran las doce del mediodía.

Diecisiete horas antes, su ejemplar y modélico hijo se había despedido de ellos camino de una velada nocturna en el museo de ciencias naturales. Manolito era muy de consumir conocimiento, es que era un no parar. A su madre le encantaba contárselo a las vecinas, amigas y todo ser que quisiera escucharla. Los días laborables los pasaba en la universidad, donde además de estudiar Microbiología, trabajaba como becario en el departamento de investigación. Así Manolito se pagaba parte de la carrera, porque era muy responsable. Por las tardes, tres días por semana, colaboraba en una protectora de animales, y cuando tenía tiempo repartía alimentos en el despacho de Cáritas de su barrio. Era el hijo perfecto. Educado, buen estudiante y muy familiar.

Cuando se marchó dijo que había quedado con Luis en la parada de metro cercana a casa. Después no supo más hasta las seis de la mañana que escuchó la puerta de la calle. Supuso que era su hijo, que aunque a horas impropias de su actividad habitual, llegaba del museo.

Y Manolito había, en efecto, ido a una velada al museo de ciencias naturales. Allí, rodeado de lo más prolífico de la universidad, esos seres que no tienen más amigo que el conocimiento, había alternado con lo más erudito del ambiente científico. Tras unas amenas conversaciones y nuevos conocimientos adquiridos salió del museo con su amigo Luis rumbo a casa. Decidieron dar un paseo y al poco de caminar se paró una limusina rosa a su lado. El vehículo en cuestión estaba lleno de mujeres festejando el divorcio de una de ellas y por el techo solar les gritaron para que se tomaran una copa con ellas. Opusieron una moderada resistencia y terminaron dentro de la limusina con una copa de cava en la mano. Después vino otra, y después de varias más eran ya los chupitos de tequila lo que corría por el interior del habitáculo. Cuando salió, junto con las doce mujeres que le acompañaban y su amigo Luis de la limusina en la puerta del casino, se limpió la nariz, no fuera que los restos blancos de las fosas nasales fueran a ser un impedimento para entrar en el local. De mesa en mesa y tirando de la tarjeta de crédito que sus padres le dejaban para gastos ocasionales, fue haciendo apuestas en la ruleta, el black Jack, y hasta en las carreras de caballos que salían por unas pantallas de televisión.

Debía de ser cerca de la una de la mañana cuando del brazo de una mujer, que a esas alturas le parecía exuberante, se dirigió de nuevo a la caja del casino. Pasó la tarjeta y en esta ocasión el empleado le dijo que no tenía más fondos. La mujer le susurró algo al oído mientras deslizaba bajo el cristal del cajero una Visa Oro. Siguieron gastando dinero durante un rato en compañía de su particular mecenas y una pareja amigos de ésta. Pronto dejó de saber dónde estaba su amigo ni las mujeres que le habían traído hasta allí. En la puerta del casino se subió a un deportivo descapotable y en un camino regado con una botella de ron que iba y venía entre boca y boca, terminaron aparcando en un garaje privado.

Era la casa de la mujer exuberante, o eso recordaba Manolito, porque a esas horas apenas conseguía fijar ya la vista. Después todo vino rodado. Demasiada ropa puesta, calores, cuerpos desnudos, cuerpos envueltos en cuerdas y cuero. Latigazos con fustas, y Manolito con el cuerpo embutido en un mono de latex negro. Quiso protestar tras el primer impacto de una especie de látigo rígido, y entonces le colocaron la capucha y la bola roja en la boca. Una vez más escuchó a la mujer susurrarle al oído. “Me dijiste en el Casino que te dejarías ¿recuerdas?”.

Unas horas después el mismo deportivo descapotable le dejaba tirado en la acera frente a su casa. A duras penas consiguió entrar en el portal, y mucho más titánico fue el esfuerzo de entrar en casa y acostarse. Todo ello con un cansancio lo suficientemente intenso como para desplomarse encima de la cama y quedarse dormido.

La madre de manolito le miró, escudriñó la habitación, se quedó pensativa un rato y se marchó hacia la cocina donde su marido leía la prensa económica. Se puso a recoger cacharros de la cocina y sin mirar al padre de su ejemplar hijo Manuel le dijo:

―Alberto.

―Dime cariño ―dijo éste sin levantar la vista del periódico.

―No somos conscientes de los experimentos tan peligrosos que debe de hacer Manolito en la universidad. Llevan trajes protectores y todo. Este chico llegará lejos. Que orgullosa estoy de él.


―Que sí, María, que sí. Pero, ¿se va a levantar para ir a misa o no?

martes, 3 de febrero de 2015

#140 INSPIRANDO




"La mañana amaneció con un sol radiante". Nada, no valía, redundante y lugar común. Volvería a empezar. "Amaneció un día más". Obvio. Pobre. Así no podía empezar. Tanto se había escrito ya que los lugares comunes eran más que los espacios literarios por escribir. Pero él quería escribir y ser original. No quería escribir un best seller. Si fuera así no habría problema en errar en la redacción, en la estructura, en la morfología del texto. Una buena trama, aderezada con guiños a los potenciales lectores y muchísimas páginas era suficiente para vender. Que tampoco era tarea fácil, pero no era su objetivo.

Él buscaba algo más íntimo. Quería escribir esa obra que, lejos de los grandes almacenes, se vendiera en pequeñas librerías de barrio. Así que tenía que intentarlo con más ahínco. No, ahínco no era lo que requería semejante tarea. Era destreza, ingenio, originalidad, pasión... Perfecto. Carecía de todo ello. Era cuestión de tesón. Tesón es lo mismo que ahínco. Joder. No, palabras mal sonantes no. Necesitaba descansar. Lo mismo si retrasaba el inicio de la novela al alba entonces le saldrían las palabras adecuadas para describir el momento. Dicen que a quien madruga Dios le ayuda. Se acostó.

Seis de la mañana. "El sol se abría pasó entre los huecos de la persiana". "Huecos de la persiana", no le gustaba. Quedaba burdo. No era necesariamente un lugar común, pero quedaba poco elaborado. De hecho a esas horas sólo entraba por dicho espacio la oscuridad más absoluta. Sería eso. Había que esperar. Un café. No, mejor esperaría en el sofá sentado. Diez de la mañana. Mierda. No, palabras gruesas no. No es que entraran rayos de luz. Es que era bien de día ya. ¿Dónde estaba Dios ahora?

Se vistió y salió a la calle. Encendió un cigarro y echó a andar por las calles vacías de un domingo por la mañana cualquiera. En una mano el cigarro y en la otra un lápiz de carpintero. El lápiz. Era una especie de musa al que se agarraba cuando no le venía la inspiración. Y en la cabeza su gran novela, o al menos la intención. Siempre había sido de relato breve y siempre había querido escribir una obra larga. Una aspiración que le perseguía desde que escribió su primer relato. Anduvo sin rumbo concreto durante dos horas hasta que en una plaza del centro se encontró con un vagabundo. En un cartel a sus pies ofrecía poesías a cambio de la voluntad. Le echó un par de monedas y éste, aún desperezándose cogió una libreta y un bolígrafo. Un fugaz vistazo del hombre de la calle a aquel joven con su lápiz de carpintero bastó para que se pusiera a escribir.

"La inspiración no radica en el ahínco y el tesón,
Sino en la búsqueda de la emoción.

No traces caminos largos que no vas a recorrer,
Fortalece los que has de mantener.

Y al encuentro de ese nuevo lugar,
 Llegarás en tu propio caminar".


El chico se marchó con el pequeño manuscrito. Entro en una cafetería y pidió un café. En la mesa sentado cogió una servilleta y posó sobre ella el extremo rojo del lápiz. Era ahora, era él, era su historia. Tenía de sobra en aquel pedazo de papel. Sabía lo que quería contar. Lo sentía. Y escribió

martes, 27 de enero de 2015

#139 ENGAÑO



Aquel día supe que mi mujer me engañaba con otro. No me lo dijo nadie. Nadie me había insinuado nunca nada. Yo jamás había sospechado de ella. Y aquel día mis propios ojos fueron testigos de cómo mi mujer se besaba con aquel tío. Además, era evidente que no se trataba ni de sexo ocasional, ni de un desliz pasajero. No. Era amor. En los ojos de mi mujer y su compañero vi amor. No le desearía eso ni a mi peor enemigo. Se me cayó el alma a los pies y supe que aquello no tenía solución. ¿Qué sería de mi vida de ahí en adelante? ¿Cómo sería capaz de afrontar tal situación? En ese mismo instante me sumí en una profunda depresión de la que me costó salir. Durante los meses posteriores anduve por la vida como alma en pena, sin rumbo fijo. Sí, me levantaba casi todas las mañanas cuando lo ordenaba mi despertador, trabajaba en aquello que ordenaba mi jefe y comía lo que me ordenaba mi madre. Pero esa especie de vida normal que arrastré durante aquellos meses no me hacía estar más vivo que cualquiera de las farolas que alumbraron las tardes y noches de invierno de las frías calles que conducía de casa al trabajo, del trabajo a casa de mi madre y de casa de mi madre a mi piso. Y sé que se me debía notar en la cara cuando mis propios amigos me decían lo bien que me veían, cuando antes –estando realmente bien– nunca me lo habían dicho.

Un día recibí una llamada al móvil. En la pantalla se anunciaba el nombre de “CARLA”, una de las mejores amigas de mi mujer.

―¿Dígame?

―Hola, Eduardo ―dijo Carla al otro lado―. No te entretendré demasiado. Sé que no quieres saber nada de Juana y su entorno.

―Entonces dime lo que sea rápido y adiós ―dije groseramente a Carla.

―Juana ya te ponía los cuernos antes de que te enteraras ―dijo ella.

―No soy ningún Einstein, pero eso ya me lo había imaginado yo solito.

―Escúchame. Me refiero a que fueron varias veces y… con varios tíos…

Carla se calló unos segundos y prosiguió.

―Y después igual. Ahora, bueno, hace un par de semanas supe que Antonio me la pegaba con ella. Pero lo más seguro es que ya se haya cansado también de él y esté con otro. Eduardo, desde lo vuestro ha estado con media docena, eso me lo contó ella antes de lo de Antonio ―y rompió a llorar―. Sólo quería que lo supieras. Adiós.

Y colgó.

Aquellas palabras fueron, al contrario de lo que pensé, catárticas. Me abrieron ciertamente los ojos y la mente. Yo había querido a Juana durante muchos años. Pero era evidente que ella a mí no. De hecho, nunca trató de ponerse en contacto conmigo tras aquello. Todo lo solucionamos mediante nuestros padres. Me dije que aquel descubrimiento no había sido sino para bien, para darme la ocasión de rehacer mi vida y olvidarme de mi mujer, y que odiarla ayudaría mucho.


El día que descubrí a Juana con otro fue el mejor día de mi vida. Ese día me deshice de lo peor que tenía, que era ella. Sentado en una mesa de restaurante de cinco tenedores, junto con mis padres y los suyos, rodeados por muchas otras mesas de invitados, con flores, música en vivo y excelente decoración, Juana desapareció. La busqué por todas partes hasta que entré en una estancia del restaurante que no conocía. Y allí, sobre una mesa de billar, Juana y otro se entregaban. Por supuesto que me vieron, pero no les dio tiempo a adecentarse antes de que yo saliera y pusiera en conocimiento de todos los invitados de que mi recién estrenada mujer saldría enseguida a explicar por qué se liaba con otro el día de nuestra boda. Ese fue el mejor día de mi vida. Me deshice de lo que más quería y más odio ahora.

martes, 20 de enero de 2015

#138 POR LA ERA



A las cinco de la mañana aún no había amanecido. Raúl salió de la ducha, se secó y se vistió con la ropa limpia que Amelia le había dejado preparada la noche anterior. Entró en la cocina, se sirvió un vaso de leche fría de la nevera, se lo bebió en un par de tragos, agarró la botella de agua, el trozo de queso, el de salchichón, el mendrugo de pan duro y salió de casa por la puerta del corral, donde tenía el tractor. El día anterior había sido muy caluroso, y no esperaba menos de aquél. Arrancó el tractor y salió lentamente conduciendo del pueblo con el traca-traca del motor y brum-brúm del remolque vacío. Por el camino saludó a Matías, que se dirigía pedaleando en su bici destartalada a ordeñar a las vacas. Pedro también había madrugado y levantaba el cierre del horno cuando pasó por delante. Pocos más coincidieron con Raúl aquella mañana. Ni la anterior. Ni seguramente la siguiente. Y cada vez seremos menos, pensaba para sí mismo. Y con aquello se entretuvo la media hora que tardó en llegar a la era. No debían ser aún las seis cuando empezaba a clarear el horizonte. Raúl colocó el tractor justo detrás de la cosechadora. Paró el motor y bajó. Fue encadenando con cuidado la cosechadora y anclando los amarres. Comprobó que se encontraba en buen estado, pero antes de empezar la jornada quiso asegurarse. Subió de nuevo al tractor y arrancó el motor. Accionó la palanca que elevaba la cosechadora y la hizo girar. Bajó y comprobó de nuevo. Engrasó los tornillos del eje de la cortadora. La grasa es la vida de las máquinas, se dijo. Miró el reloj que casi le anunció las siete. Era una hora fabulosa para comenzar. Podría estar toda la mañana sin parar y aún no había comenzado a apretar el calor. Finales de agosto no solía ser tan caluroso, pero había años que sí, y ése era uno. Sabía que a media mañana el calor sería casi insoportable, así que aún conservó el agua de la botella, pese a que ahora estaba fría. Luego le haría más falta. Subió de nuevo al tractor. Y miró hacia delante. Una extensa llanura de cebada ya seca y lista para recoger se presentaba hasta donde le alcanzaba la vista. Este será buen año, se dijo, claro que sí. Metió la velocidad corta, soltó el embrague y el tractor volvió a ponerse en movimiento con decisión. Accionó la palanca para regular la altura de la cosechadora y la colocó a la altura correcta. Cuando la segadora alcanzó las primeras espigas de cebada Raúl prestó especial atención a los movimientos del eje y a los primeros granos disparados hacia el remolque. Al cabo de una hora sentado al volante, aún no había llegado al final de la primera línea. Pero no había prisa. Sabía que no terminaría hoy, claro. Eso sí, toda la era debía estar cosechada para final de la quincena de septiembre. Si no, el grano se habría  quemado demasiado y no serviría. Era un trabajo de paciencia, pero de perseverancia. Eran muchas horas las que habría de echar al volante del tractor y la cosechadora, pero merecían la pena. Mentalmente trató de calcular las horas que necesitaría para todo el trabajo, teniendo en cuenta, eso sí, que no se planteara ninguna contrariedad. Algo como que se estropeara la cosechadora, o que hubiera un incendio, algo. Empezó a hacer números mentalmente, y enseguida se distrajo diciéndose que él no había ido nunca a la escuela, que si hubiera ido de pequeño las matemáticas le saldrían solas. Sabía lo que era una hectárea por lo que tardaba en recorrerla a pie. También sabía lo que era una arroba por lo que plantaba y cosechaba cada año. Pero las distancias y el tiempo mezclados en la misma operación no terminaban de encajar. Desde chico había estado ayudando a su padre y a su abuelo en las faenas del campo. Jamás se planteó el estudiar. No tenía tiempo. Al fin y al cabo, los chicos de su edad que estudiaban, acabaron marchándose del pueblo a buscarse la vida en la ciudad. Como si aquella aldea perdida de la mano de Dios se les hiciera demasiado grande y se perdieran. Apretaba ya algo el sol a las diez de la mañana y Raúl se caló el sombrero de paja y dio un trago de agua. Soltó la botella – aún fresca – a sus pies, donde todavía había sombra, levantó la cabeza y pisó el pedal de freno a fondo, sujetando el volante con ambas manos. Miró fijamente delante de la cosechadora y paró el motor. Se bajó y se echó para atrás el sombrero mientras corría a la parte delantera de la máquina. Justo delante de ésta, a punto de ser devorada por las aspas y las cuchillas había un nido de perdiz. Un nido de perdiz con dos perdigones recién salidos del cascarón. Raúl se frotó la frente para quitarse el sudor. Miró alrededor por si aparecía por allí la madre con el resto de la familia. Pero no. Sin duda se trataba de unos huevos abandonados por la madre in extremis. Tal vez perdigones tardíos que se tomaron su tiempo en salir. Estaban destinados a perecer, sin duda. Pero Raúl se agachó, cogió el nido con las dos manos mientras los neonatos piaban con fuerza. Sabía que su madre no volvería a por ellos aunque los dejara en el mismo sitio. Así que abrió la botella de agua, mojó un poco del pan duro, lo deshizo en diminutas fracciones y probó a dárselos de comer a los recién nacidos. Ante su sorpresa, éstos respondieron bien y tragaron y piaron con más fuerza. Raúl sonrió. Pensó que aquel era un buen momento como otro cualquiera para sentarse a la sombra del remolque y morder el queso, y ya de paso, dar algo de pan a los perdigoncillos. Mientras los alimentaba, pensó que, pasara lo que pasara con aquellos pájaros, el día había merecido la pena por lo distinto. Terminó su queso, levantó a los recién llegados, los puso a sus pies dentro del tractor, miró al frente, a la inmensidad de cebada por cosechar y continuó trabajando.


miércoles, 14 de enero de 2015

#137 CASO RESUELTO



Ha sido asesinado. Está claro dijo el brigada Ruipol.

Lo entiendo respondió su ayudante. Pero, ¿cómo? No hay signos de violencia.

A Ruipol le chirriaba esa pregunta. Sabía que no sólo estaba hecha con retintín, sino que en el fondo era una especie de prueba que al rato habría sido la comidilla de la comisaría. Llevaba ya casi un año sin resolver uno solo de los casos que le habían asignado. Todos homicidios, y en todos los casos los responsables de los mismos campaban impunes. Y como no podía ser de otra forma se había convertido en el chiste de la oficina. Lo grave no era que se rieran de él los veteranos, los que como él llevaban años pateando la ciudad, sino que los más imberbes e inexpertos, como en el caso de su ayudante, se unían a la chanza y participaban de ella. En el caso de su ayudante era doblemente grave, ya que era él y no otro el que facilitaba los detalles de su errática investigación al resto de compañeros.

Yo diría que se trata de asfixia volvió a elucubrar Ruipol.

Eran las dos de la mañana y aún quedaba un rato para que llegaran los compañeros de la científica para examinar el piso. Ruipol llamó desde su casa a su joven delfín, Arauco, para que le acompañara a un aviso recibido en la central.

Crimen pasional insistió el brigada.

Aham musitó con una ligera sonrisa Arauco, regocijándose en la idea del desayuno del día siguiente entre las risas de sus compañeros.

Ruipol empezó a deambular por el pequeño piso ante la atenta mirada de su ayudante.

―¿Y qué cree usted que pasó exactamente, mi brigada?

Ruipol avanzó hasta el dormitorio, comentando en voz alta su hipotética reconstrucción de los hechos.

Probablemente la pareja se reunió con la víctima aquí, en su casa, discutieron y la bronca fue a más. Entonces el asesino asfixió a su chico con este cojín . Ruipol lanzó el arma del crimen a su ayudante el cual la cogió al vuelo.

―¿Asesino? ¿Su chico? ¿Insinúa mi brigada que eran dos chicos? interpeló Arauco mientras se arrodillaba al lado de la víctima con el cojín entre las manos.

Aham ahora era a Ruipol al que se le escapaba una sonrisa

―¡Joder! ¡Mi brigada! ¡Es Antúnez! El muerto es Antúnez, pero qué coño... Cómo puede ser...

Antúnez. Menudo imbécil. Veinte años llevaba Ruipol trabajando con él y veinte años llevaba sufriendo sus críticas. El último año había sido especialmente duro, ya que por el ansia de protagonismo de Antúnez había éste liderado el acoso al brigada. Cuando no había material para burlarse de él, Antúnez siempre se inventaba alguna anécdota inexistente que hacía correr por la oficina.

Habrá que llamar a la central para informar mi brigada... Arauco nervioso seguía arrodillado al lado de su compañero con el cojín en la mano.

Aham volvía a musitar Ruipol.

―¡Mi brigada haga algo! Hay que...

Arauco no terminó la frase. Los trozos de un horrible jarrón azul volaron por la habitación a la vez que el joven ayudante se desplomaba encima de Antúnez.

Lo dicho , Ruipol disertaba Crimen pasional. Dos hombres algo más que compañeros discutieron por motivos de celos, uno de ellos perdió la calma y rompió un jarrón en la cabeza del otro sin consecuencias mayores . Mientras decía esto colocó la boca del jarrón en la mano de Antúnez. El agredido enfurecido cogió un cojín y asfixió a su amante sin compasión. Cuando se dió cuenta de lo que había hecho, arrepentido, se quitó la vida. Sencillo dicho esto sacó el arma de Arauco, se la colocó en la mano a su ayudante, y después de enroscar un silenciador le descerrajó un tiro en la sien, evitando salpicarse. Arauco quedó tendido sobre su compañero, la pistola en una mano, el cojín en la otra.

Ruipol se quitó los guantes de látex justo cuando llamaban a la puerta. Eran los compañeros de la científica. Ruipol les dejó pasar y salió a la calle. Se encendió un cigarro mientras iniciaba su paseo a casa. Un año después lo había conseguido. Caso resuelto.