miércoles, 15 de abril de 2015

#150 GLOBOS



El anciano miraba alejarse el globo. A su lado el niño, de unos cinco años, con el llanto contenido apretaba los dientes lamentándose de la pérdida. Su madre andaba de charla con otras madres de otros niños, entre anécdotas infantiles y preocupaciones diarias. Preocupaciones de adultos. Jorge, el pequeño que añoraba ya ese globo rojo que ascendía sin remedio, no era capaz de entender cómo el nudo que le había hecho su madre, un nudo que retenía la cuerda del globo a su muñeca se había podido deshacer. ¡Se lo había atado su madre! Y su madre todo lo hacía bien. A ella no se le perdía el móvil, ni el bolso, ni las llaves del coche… ¿Por qué entonces se había deshecho su nudo?

El viejo con una media sonrisa en la boca le miraba con atención. Sabía que hay duelos en los que sobran las palabras, en los que la experiencia puede ser una línea más en aquella tabla infante y rasa. Se levantó del banco y fue al kiosco del parque. Al poco regresó con un globo amarillo, atado a un cordel. Se sentó al lado del niño que lo miraba entre la envidia y la duda.

Ahora sí, la sonrisa del viejo se pronunció.

―Trae la muñeca hijo.

El pequeño se acercó al viejo y le tendió el brazo.

―¿Cómo te llamas?

―Jorge ―dijo muy bajito el pequeño.

―Hola Jorge, yo me llamo Luis, y te voy a contar una cosa ―le dijo el viejo mientras anudaba el globo a la muñeca del pequeño Jorge―. Los globos son como las cosas que te van a ir ocurriendo en la vida. Las que te gusten mucho tienes que atarlas bien fuerte, y si alguien te ayuda a atarlas tú tienes que asegurarte de que no se escapan. No sólo vale confiar en un nudo, hay que fijarse a cada rato que el nudo sigue igual de fuerte que cuando decidimos que ese globo se quedaría con nosotros. Además tienes que saber que habrá globos que aunque te gusten mucho terminarán por escaparse, y los echarás de menos. Y vendrán globos nuevos que te gustarán, unos más y otros menos, pero que serán diferentes a los que volaron al cielo o los que seguirás teniendo en tu muñeca atados. Así que cuídalos y acuérdate de todos, de los más bonitos claro, pero de los otros también.

Jorge se levantó, mordió un extremo del cordel y con la mano libre tiró del otro, apretando más fuerte el nudo, sonrió al viejo y le dio un beso en la mejilla. No dijo más. Después se giró y corrió hacia el tobogán.


miércoles, 8 de abril de 2015

#149 VISITA AL MÉDICO



Cáncer. Con lo joven que era. Apenas acababa de empezar la vida como quien dice. Veinticinco. Pues sí, cierto era que algunas cosas había vivido ya, pero lo que le quedaba era mucho más. Lo cierto era que no era tanto lo acumulado, pero sí reciente. Hacía bastante poco había dejado la adolescencia atrás. Y de hecho aún le quedaban ramalazos de ella. Pero lo que le habría quedado por vivir si no fuera por aquellos golpes del destino… ¡Mierda de vida! ¿Qué le dirían? ¿Seis meses? ¿Un año? ¿Cómo se lo diría a sus recién estrenados compañeros de trabajo? ¿Cómo lo encajarían sus padres? No era ley de vida que él se marchase antes que ellos. Ya imaginaba las lágrimas de su madre. ¡Ay, hijo mío! Y la entereza de su padre. Sé fuerte, hijo. ¿Y sus amigos? Pedro haría como si nada. O eso le haría creer, pero en realidad le cuidaría como el que más. No le dejaría caer en depresiones ni bajones de ánimo. A Alberto sí se le escaparía alguna lágrima delante de él. Era irremediable. Era más sentimental. Ya imaginaba las eternas horas de hospital leyendo y viendo la tele. Escuchando música y jugando con el móvil. Y otra gran parte del tiempo en que debería estar durmiendo la pasaría pensando y maldiciendo. Tal vez Lucía, que acababa de romper con él, se sintiera mal por todas las cosas que le había dicho. Verdades como puños, por otra parte. Pero tal vez cuando se enterara se sentiría con el deber de volver con él y estar de nuevo juntos los últimos días. Le encantaría poder enterarse de quiénes asistían a su entierro. Se imaginaba las caras de unos y otros, las palabras que le dedicarían. No quería ni pensar en que se fuera al hoyo delante de cuatro. No, qué va. Todos sus antiguos compañeros de colegio y universidad se enterarían. Sería un funeral multitudinario. No cabría la gente ni de pie en la parroquia del barrio. Tal vez no querrían ir todos al entierro. Lo entendía, aquello era un poco más triste. Agujero, caja dentro, paladas de tierra y un triste responso. Pero al funeral. No habría perdón para el que no asistiera y les diera el pésame a sus padres junto con unas breves palabras de elogio. Por suerte o por desgracia, sus hijos no estarían. No quería ni pensar en que hubiera tenido hijos que estuvieran presentes, pero por otro lado se lamentaba el que tuviera que irse sin haberlos conocido siquiera. ¿Serían dos? ¿Tres? ¿Uno? Lucía había comentado alguna vez dos, pero quién sabe. Total, acababa de dejarle. Sus compañeros de trabajo no darían crédito cuando se enteraran. Para que fuera más chocante no se lo diría a ninguno. Se enterarían cuando ya hubiera cerrado los ojos. Imaginaba la cara de su jefe y de los más cercanos. No es que disfrutara con la tristeza de los demás, pero era como si la cantidad de tristeza fuera directamente proporcional al aprecio que por él sentían.  

―Gases ―dijo el doctor.  

―¿Cómo dice?  

―Más fibra, zumitos de naranja y ejercicio. Por si lo necesitara ―. Y le extendió una receta―. Buenos días. ¡Siguiente!

miércoles, 1 de abril de 2015

#148 CALLE MELANCOLÍA



―Pues mira, chico, tienes que tirar por la calle de enfrente. La calle Descubrimiento, todo recto, es larga, no supone esfuerzo, llana. Una vez llegas al final entrarás en una rotonda de la plaza de la Compañía,  coge la calle Amor de Dos, y subiendo una pequeña cuesta enseguida te encontrarás con a la derecha con la travesía de los Sentimientos, adoquinada. Puedes ir por la acera izquierda que es más lisa y se hace más fácil. Pero tú eliges. Esta travesía hace esquina con la cuesta de la Complicidad, colorida y agradable que te llevará a las rondas Cotidianas, un paseo amable entre jardines, que puede parecer aburrido, chico, pero fíjate en los detalles y querrás volver a pasar por ahí. Al final de las rondas llegas a un callejón, Lances se llama la estrecha callejuela. Está llena de subidas y bajadas, así que lo mejor es que no te pares porque se acaba haciendo duro su tránsito. Ya te quedará poco. Desemboca en un cruce, la calle Olvido y la calle Tesón, yo cogería Tesón pero si tu destino es el que me has preguntado, coge la calle Olvido, sus edificios viejos y altos la hacen oscura y fría. Desemboca en la plaza de los Recuerdos que a su vez abre paso a un descampado lleno de escombros. Tendrás que fijarte en una valla oxidada y ahí reza el cartel de la calle Melancolía. Habrás llegado a tu destino.

El joven estaba con la mirada perdida y los ojos le brillaban cristalinos.

―Joven. Oye muchacho. ¿Me has escuchado? Me preguntaste cómo llegar a la calle Melancolía ¿no?

―¿Eh? Sí, sí, muchas gracias.

―Piénsatelo, hijo, es mucho más fácil llegar que luego intentar volver. Y por el camino encontrarás sitios donde te apetecerá parar, y quedarte. Te lo dice un viejo nacido en la calle Experiencia.

miércoles, 25 de marzo de 2015

#147 GUARDIANAS



La puerta de la galería privada se abrió despacio. Aún no eran las nueve de la mañana, pero ya era de día y entraba luz tenue por los ventanales. Verdes y frondosas plantas de interior recorrían ambos lados del pasillo. Al fondo una doble puerta de madera tallada con un cartel que titulaba lo que todo el mundo ya sabía: “Capilla”.

―Mi hermana mayor me lo dijo. Ella no lo vio, pero se lo contaron. Yo voy hasta el final.

Lola tenía claro su cometido. Junto con otra voluntaria recorrería la galería hasta la puerta. No más de dos, harían demasiado ruido. La historia que contó a sus amigas se parecía bastante a la que su hermana le había contado a ella, pero algo aderezada con su particular toque de inventiva para que fuera más atractiva.

―Voy contigo.

María no dudó en apuntarse a hacer todo el recorrido. Desde hacía ya tres años, Lola y ella lideraban el grupo. Tal vez por ser las más atrevidas, o por ser las más traviesas. O por ser las mayores, aunque fueran sólo unos meses de diferencia.

―Vale, nosotras vigilamos la puerta. Si viene alguien distraemos para que os dé tiempo a esconderos.

Aunque menos osada, Alicia era más racional. Tal vez ésa era la causa. Sin embargo, ella había planeado toda la operación. Las cinco entrarían en el hall principal antes que empezaran las clases aprovechando el habitual movimiento de cada mañana. Aguardarían ocultas a que se despejara la zona y procederían a la incursión.

―Las cinco estamos de acuerdo: algo hay, pero no sabemos el qué. Todas hemos oído historias parecidas. El problema es que no siempre acaban igual. El final es confuso y las protagonistas reales nunca están para contarlas de primera mano ―. Lola se puso seria―. Creo que es el momento de que seamos nosotras las que podamos contar esa historia, las que hagamos historia. Que cuando vengan después otras generaciones sepan que nosotras, unas niñas de cuarto de primaria lo hicimos.

Lola y María se agacharon y caminaron deprisa por la galería, una pegada a cada lado. Cien metros las separaba de su siguiente objetivo: la puerta de la capilla. Cincuenta. María se puso nerviosa, se tropezó y cayó. El golpe se les hizo como si hubiera sido un elefante el que se cayera en lugar de una niña. Lola retrocedió para ayudar a su compañera a levantarse. Las otras tres observaban desde la puerta y miraban atrás con miedo. Finalmente alcanzaron la puerta y se pararon a respirar una a cada lado. Lola dio la señal y María accionó el picaporte para confirmar que estaba abierto. Ágilmente se colaron dentro de la capilla y cerraron sin ruido.

―¿Qué hacéis aquí, niñas? ―preguntaría una monjita.

―Verá, hermana. Es que una niña mayor, creemos que de ESO, nos quitó una pelota y luego nos dijo que la había tirado por aquí dentro ―habían planeado decir las tres vigilantes.

―¿Pero qué decís? ¡Aquí no puede entrar nadie!

―Lo sabemos, hermana ―. El plan B se pondría en marcha―. No es verdad lo de la pelota. Lo cierto es que hemos bajado a la capilla a rezar. Pero ya volvíamos a clase. ¡Qué tarde se nos ha hecho, chicas!

En el interior de la capilla, Lola y María hicieron un reconocimiento visual para comprobar que estaban solas. A pesar de la poca iluminación, no había ningún hábito inclinado en ningún banco. María y Lola se miraron y entendieron que había llegado el momento. La imagen de mármol de la Virgen María a la derecha del pequeño altar esperaba. Rodearon la capilla pegadas a la pared hasta dar con el confesionario. María sacó la cámara de fotos. Se acercó lentamente hasta encontrarse delante de la imagen. Antes de poder alzar la cámara su cuerpo se quedó paralizado cuando un foco iluminó el rostro de la Virgen cuyos ojos miraban justamente hacia donde se encontraba María. De éstos sendas lágrimas brotaron para deslizarse por el frío rostro. Los altavoces que habitualmente dejaban sonar música suave y relajada que propiciaba la mirada interior y la oración, sonaron esta vez alto con clara y pausada voz:

―¡María! ¡Lola! No lloro de tristeza, sino de alegría por veros aquí conmigo. Si no marcháis a vuestros quehaceres diarios, entenderé que queréis servirme de compañía eterna junto con el Padre Dios. Que se haga pues su voluntad.

La parálisis de María dejó de ser tal cuando Lola gritando la agarró del brazo y la arrastró hasta la puerta desde donde deshicieron el camino a todo correr para unirse a sus amigas y salir escopetadas a su clase.

―Hermana Alba, ¿no ha sido exagerado?

―¿Acaso no recuerdas lo que hiciste tú conmigo cuando yo tenía sólo un par de años más que estas bichillas, Angustias? Por lo menos no he puesto colorante rojo en las lágrimas, como hiciste tú.


―¡Ja, ja, ja! Sí, ya recuerdo, ya… Volvamos a la cocina, hermana.

miércoles, 18 de marzo de 2015

#146 OYE




―Oye

―¿Qué?

―No, nada.

―Nada no, algo será…

―No, de verdad, nada.

―A ver, nadie dice “oye” si no es para algo.

―Bueno pues esta vez no era para algo.

―Era para nada entonces.

―Exacto.

―Aham.

―¿Por qué dices “aham”?

―No, por nada.

―Es que no se dice “Aham” por nada.

―Bueno pues se ve que a veces si se dice “aham” por nada.

―Tiene que ser por algo.

―Ay, mira…

―¡Ay, mira qué!


―Nada.

―No venga, en serio dime lo que me tengas que decir…

―No tengo nada que decir.

―Siempre hay algo que decir.

―Llevamos 27 años juntos, hemos parido tres hijos y tenemos cinco nietos. No, a estas alturas no tengo nada que decir.

―¿Así que ya no tienes nada que decirme?

―No.

―¿Nada? Qué triste lo nuestro entonces.

―Pues sí.

―¿Cómo que “pues sí”?

―Pues eso. ¿No dices que es triste?

―Sí.

―Pues te doy la razón.

―Como a las tontas.

―Como a lo que sea. Déjalo ya.

―Siempre quieres dejar las conversaciones cuando estamos hablando.

―¡Pero si no estamos hablando!

―Tú no, yo sí.

―Pues dime tú entonces.

―¿Que te diga el qué?

―Lo que quieras decirme.

―No sé qué decir.

―Pues no digas nada.

―Pues no digo nada.

―Pues eso.


―Oye…


miércoles, 11 de marzo de 2015

#145 LO QUE PASA EN, SE QUEDA EN



La noche acababa de comenzar y ya tenía el estómago revuelto. Lo achacó al calor de la calle seguido del fuerte aire acondicionado del local. En ningún caso tendría que ver con la mezcla de brebajes a lo largo del día. El caso es que no dudó en dirigirse al excusado. Totalmente vacío, bajo la luz intermitente de un fluorescente al borde de la muerte, tres cabinas se alineaban frente a tres lavabos. Sin saber muy bien por qué escogió el del centro. Tal vez por sentir más ventilación y evitar el olor de la lejía perfumada. Eso en el mejor de los casos.

En el momento en que estaba dispuesto a bajarse los pantalones, la puerta de su cubículo se abrió violentamente pegándole un fuerte golpe en el centro de la frente. Recuerda caer sentado en la taza del váter con los pantalones aún subidos y negro. Todo negro.

Un constante traqueteo lo iba despertando poco a poco hasta que un movimiento agresivo y sonoro lo sacó totalmente de su estado de inconsciencia, aunque no de atontamiento, porque se vio a oscuras y tumbado de lado con las piernas encogidas. Se acordó de la puerta golpeando su frente y su pérdida de conocimiento y dedujo que una ambulancia lo llevaba al hospital. No era más que una contusión, seguro. Pero alguien consideraría que por si acaso, nunca se sabía. Trató de estirarse, pero sus pies habían llegado hasta el final. Notó un bache y quiso echarse una mano a la contusión de la cabeza, pero esta se encontraba atada a su compañera. Cuando dedujo que aquello no era una camilla ni una ambulancia sino posiblemente el maletero de un coche, el transporte se detuvo. Ruidos de puertas abriéndose y cerrándose. Pasos. Su espacio se abrió y cuatro manos lo sacaron sin delicadeza. Sus piernas no aguantaron cuando lo soltaron, sus rodillas estaban entumecidas y calló al suelo. Era tierra y piedras sueltas.

―Antes de que te pongas a suplicar por tu vida ―dijo una de las voces, aguda e incisiva― ya te informo de que no te vamos a matar a menos que hagas tonterías.

Pensó entonces que aquellas pistolas y aquellos rostros descubiertos no iban al son de las palabras que acababa de escuchar.

―Esto ha sido sólo una advertencia: no vuelvas a jugar con ninguna de las novias del Señor Pantone ―dijo la otra voz, considerablemente más grave que la otra.

―No sé qué… ―pero no le dio tiempo a terminar. Un disparo se superpuso y la arena le saltó a la cara.

Los dos matones o guardaespaldas o mensajeros o transportistas o un poco de todo se dieron la vuelta, se metieron en el coche, aceleraron dejando volar el polvo por camino que sólo iluminaban los faros del vehículo y la luz de la luna, y se fueron. ¿De qué novia le habían hablado aquellos dos? ¿Quién era el Señor Pantone? ¿Dónde se encontraba? ¿Cómo iba a volver? ¿Cómo había llegado hasta allí, si él sólo quería ir a cagar? Por supuesto, las ganas se le habían pasado ya.

Se sentó en el suelo para desatarse la cuerda que le mantenía los tobillos unidos y caminar hacia algún sitio. Cuando se puso de nuevo de pie, a pesar del dolor de cabeza que tenía, no vio la ciudad, pero sí su luminosidad. Tardaría unas cuantas horas en volver. Aquel camino no tenía aspecto de ser de lo más transitado de la zona.

Apenas se había decidido a caminar los faros de un coche comenzaron a iluminar débilmente el camino. A ver si aquél sí iba a ser un camino transitado. Era noche cerrada pero había que arriesgarse, no podía esconderse y dejar pasar su única oportunidad de encontrar un transporte de vuelta. La camioneta que se detuvo a su altura cuando le vio iba a manos de una mujer de unos veinticinco o treinta años como mucho.

―Parece que necesitas un taxi ―. Él sonrió su ironía―. No eres de por aquí, ¿verdad?

―¿Eres una de las novias del tal Pantone?

­―¿Qué? ¡Nooo! ¿Problemas?

Jackie era camarera en uno de los hoteles de la ciudad. Casualmente él, junto a todo su grupo de amigos, se hospedaba en el mismo hotel.

Ya había amanecido cuando llegaron. Se dirigió a su habitación y se tumbó vestido en la cama. Durmió unas cuantas horas y se despertó hambriento. Salió a la calle sin saber muy bien hacia dónde dirigirse. Paró en un puesto de perritos calientes y pidió uno completo. Le atendió un hombre negro de avanzada edad.

―Son tres pavos, amigo.

Instintivamente buscó su cartera y recordó que la había dejado en la chaqueta la noche anterior.

―Disculpe señor, pero creo que he perdido la cartera.

―Disculpe usted, señor, pero creo que no es mi problema. ¡Brandon! ¡Lewis! Aquí nuestro amigo quiere comer gratis.

Dos fornidos hombres aparecieron de la nada levantándole por las axilas. Lo arrastraron sin mediar palabra dentro de un local con las luces apagadas hasta los aseos, donde le propinaron una paliza antes de quitarle el reloj y arrojarlo dentro de uno de los cubículos, ya inconsciente.

Cuando abrió los ojos se vio sentado en la taza un váter con los pantalones por las rodillas y un insoportable dolor de cuerpo. Se recompuso, abrió la portezuela y reconoció el baño donde la noche anterior quiso aliviar su malestar. Se lavó la cara y las manos y salió.


―¡Caramba, Johnny! Parece que no te fue mal ayer con la chica de Pantone, ¿eh? Cuenta, cuéntanoslo todo.


miércoles, 4 de marzo de 2015

#144 MIRAR HACIA ADELANTE



Podía tocar los límites. Estaba en un espacio pequeño. A la vista nada. Todo estaba oscuro. ¿Cómo había llegado hasta allí? No recordaba. Quería echar la vista atrás, pero la oscuridad no sólo era la presente. Era más oscuro aún el hueco en su memoria. Permaneció inmóvil, intentado recordar. Respiraba fuerte. No sabía cuánto tiempo. Mucho, poco, no sabía. Lo reducido del espacio no le permitía mirar su muñeca, donde antes de aquello tenía un reloj. Daba igual. Tampoco hubiera podido ver la hora, y de igual manera le faltaba un referente anterior.  Su respiración se aceleraba, el pecho apenas cabía en aquella caja una vez hinchado con el aire que entraba. No sabía cómo funcionaba aquello, ni donde se encontraba, pero pudo recordar lo que alguna vez había escuchado. Si se quedaba alguien atrapado en un espacio reducido, respirar agitadamente reducía el oxígeno y en definitiva las posibilidades  de supervivencia. Todo estaba oscuro.  No iba a saberlo, no iba a saber cómo había llegado ahí. Recordaba dolor, quizás una caída, un golpe. Sufrimiento, y después, nada. La oscuridad. Empezó a respirar más pausadamente. Quería ordenar las ideas. De nada servía tratar de recordar por qué se encontraba en aquella caja, cómo había llegado hasta allí. Vislumbró una minúscula rendija por la que entraba un pequeñísimo haz de luz. Estaba en el exterior, de haber sido enterrado nunca entraría aquella luz. No era luz artificial, era luz de sol. Entonces sintió por primera vez el calor. Escuchó. No oía nada. Su cabeza empezó a acompañar a la respiración y pudo pensar con mayor precisión. Tenía que salir de allí, y además se convenció de que así haría. Seguía todo oscuro, seguía atrapado en aquel nicho, seguía faltando el aire, pero entonces dejó aquello atrás y dio una patada a la tabla que le franqueaba más allá de los pies. No cedió. Su pulso se aceleró. Repitió el movimiento. Nada. Apenas se agitó la caja. Varios golpes más le cercenaron el ánimo. Era posible que no saliera jamás. Estaba bajo presión y en un momento dado dejó de ver la rendija a través de la que se colaba la luz. La respiración se volvió a acelerar. ¿Por qué estaba allí metido? Se quedó quieto un instante, no hizo nada, se habría dado por vencido, se habría abandonado si no hubiera sido porque supo en ese preciso instante lo que le importaba salir fuera, ver y entonces probablemente entender, sentir. Quería vivir, y sin ser muy consciente de cómo, su pierna percutió de una forma que no había hecho antes. Entonces la tabla cedió. Cuando la ola de luz inundó el pequeño cubículo en el que se encontraba lo supo. Había mirado hacia delante. Había merecido la pena.