Podía tocar los límites. Estaba
en un espacio pequeño. A la vista nada. Todo estaba oscuro. ¿Cómo había llegado
hasta allí? No recordaba. Quería echar la vista atrás, pero la oscuridad no sólo
era la presente. Era más oscuro aún el hueco en su memoria. Permaneció inmóvil,
intentado recordar. Respiraba fuerte. No sabía cuánto tiempo. Mucho, poco, no
sabía. Lo reducido del espacio no le permitía mirar su muñeca, donde antes de
aquello tenía un reloj. Daba igual. Tampoco hubiera podido ver la hora, y de
igual manera le faltaba un referente anterior.
Su respiración se aceleraba, el pecho apenas cabía en aquella caja una
vez hinchado con el aire que entraba. No sabía cómo funcionaba aquello, ni
donde se encontraba, pero pudo recordar lo que alguna vez había escuchado. Si
se quedaba alguien atrapado en un espacio reducido, respirar agitadamente
reducía el oxígeno y en definitiva las posibilidades de supervivencia. Todo estaba oscuro. No iba a saberlo, no iba a saber cómo había
llegado ahí. Recordaba dolor, quizás una caída, un golpe. Sufrimiento, y
después, nada. La oscuridad. Empezó a respirar más pausadamente. Quería ordenar
las ideas. De nada servía tratar de recordar por qué se encontraba en aquella
caja, cómo había llegado hasta allí. Vislumbró una minúscula rendija por la que
entraba un pequeñísimo haz de luz. Estaba en el exterior, de haber sido
enterrado nunca entraría aquella luz. No era luz artificial, era luz de sol.
Entonces sintió por primera vez el calor. Escuchó. No oía nada. Su cabeza
empezó a acompañar a la respiración y pudo pensar con mayor precisión. Tenía
que salir de allí, y además se convenció de que así haría. Seguía todo oscuro,
seguía atrapado en aquel nicho, seguía faltando el aire, pero entonces dejó
aquello atrás y dio una patada a la tabla que le franqueaba más allá de los
pies. No cedió. Su pulso se aceleró. Repitió el movimiento. Nada. Apenas se
agitó la caja. Varios golpes más le cercenaron el ánimo. Era posible que no
saliera jamás. Estaba bajo presión y en un momento dado dejó de ver la rendija
a través de la que se colaba la luz. La respiración se volvió a acelerar. ¿Por
qué estaba allí metido? Se quedó quieto un instante, no hizo nada, se habría
dado por vencido, se habría abandonado si no hubiera sido porque supo en ese
preciso instante lo que le importaba salir fuera, ver y entonces probablemente
entender, sentir. Quería vivir, y sin ser muy consciente de cómo, su pierna
percutió de una forma que no había hecho antes. Entonces la tabla cedió. Cuando
la ola de luz inundó el pequeño cubículo en el que se encontraba lo supo. Había
mirado hacia delante. Había merecido la pena.
miércoles, 4 de marzo de 2015
miércoles, 25 de febrero de 2015
#143 BICHO
Tenía un bicho en el zapato.
Cuando andaba, su aletear -sí, los bichos aletean cuando se quieren hacer
notar- le recordaba que se puede ser pequeño y sin embargo ocupar su lugar, en
forma de recordatorio, como una nota en el calendario, como una alarma con
repetición. Ahí hay algo, hay un bicho en el caminar. Hay un ciempiés que
camina a otro andar, o al mismo en otro lugar. Y sin embargo está ahí,
recordando a cada paso el cosquilleo -sí, los ciempiés hacen un cosquilleo con
el batir de sus pies, que sin ser cien, son pequeñas púas lastimeras- de lo que
fue. No. De lo que es. Un bicho.
Tenía un bicho en la córnea. Y a
modo de proyector refleja una película en bucle, sin parar. Se mueve por el ojo
y distrae la atención. El bicho es selectivo, es preciso en su punción. Sus
alas baten el aire de la cavidad haciendo un ruido como de viento -sí, los
bichos generan fuerza con sus alas y hacen ruido con las aristas de los huecos
en los que se mecen- y ese ruido lanza con precisión, o sin ella, un tráiler de
la misma función.
Tenía un bicho por el cuerpo que
lo recorría sin parar. Como una hormiga con acordeón, o una cigarra sin
partitura, sin obligación. Sin control. Pasaba por manos, piernas, por la
barriga y por aquellos sitios por lo que no debía pasar, con su ligero y a la
vez marcado caminar. Y a cada paso una coz en el recuerdo, en una parada, en
una estación. En aquella en la que esperó sentado un tren que voló, y sin
embargo se llevó adosado aquel bicho que se coló.
Y entonces a ratos se olvidaba
del bicho, como ese dolor que a fuerza de persistir, ni vence ni se achica,
pero se mantiene, y sólo a ratos, entre analgésico y analgésico, en un
descuido, un recuerdo, una voz, vuelve a sentir su presencia, sus tropiezos en
el pie, la película en bucle, y la hormiga que persiste en su constante caminar.
miércoles, 18 de febrero de 2015
#142 QUEMANDO LAS HUELLAS
El Miércoles de Ceniza, Pilar se
levantó pronto. Tras el primer desayuno, se aseó y comenzó las labores de la
casa. Preparó algo de comida. No mucha, no era de comer demasiado ni muy
elaborado. Pero sí lo suficiente para que le sobrara para la cena. Mientras
daba vueltas al guiso, su cabeza daba vueltas sobre los niños. Repasó
mentalmente cada uno de ellos. ¿Carmen? Sí. ¿Raquel? Sí. ¿Irene? Sí. ¿Álvaro?
Listo. ¿Alonso? Preparado. ¿Rodrigo? Rodrigo se le estaba complicando. Había
crecido bastante el último año. Ya el año anterior estuvo al límite, pero aquél
era imposible disponer sin hacer un arreglo importante. El chaleco. El chaleco
le traía por la calle de la amargura.
―¡No comas pan en estas dos
semanas! ―le había dicho.
Veríamos a ver. En la última prueba
los botones casi no llegaban. Por si acaso le sacaría el doblez un poco más de
lo que ya lo había hecho. No quería desilusionarle cuando llegaran el sábado.
Este chico, pensó, se está haciendo muy mayor. Andrés ya ha perdido interés. Y
Gonzalo y Miguel no lo harían aunque estuvieran allí. Estaba segura de que
Rodrigo seguiría queriendo vestirse de tamborilero cada año que tuviera
ocasión.
El pescado estaba ya casi
preparado. Hervido con una patata cocida. Tal vez huevo duro a la noche. Los
tambores ya llevaban sonando desde hacía bastante. Iban y venían. La soldadesca
se preparaba para ir a misa. Aún le quedaba una hora para ponerse con el
chaleco. El chaleco que vestiría Rodrigo el Domingo de Piñata. Mientras
descosía y volvía a coser, recordaba cómo el Miércoles de Ceniza los quintos
tomaban a los forasteros y les llevaban a las tabernas para que se pagaran una
ronda. Bien es cierto que también éstos eran a su vez agasajados por sus
captores el resto de los festejos. Los vínculos se creaban en torno a unos
chatos, unos aguardientes o lo que se terciara. Y así se despedían al final
quemando las huellas de los que partían. Ya no se hacía de aquella manera. Ya
no tenía sentido y la mayoría había olvidado tal tradición. Sin embargo Pilar
lo recordaba siempre que cada año los niños marchaban. Cierto era que
volverían. Volverían antes del siguiente carnaval, pero aquella despedida era
especial y marcaba el corazón de los que se iban y de Pilar, que de nuevo se
enfrentaba a la rutina diaria. Así que, a su modo, de forma interior, Pilar
quemaba las huellas de sus sobrinos-nietos, al igual que había hecho antes con sus
sobrinos. Al igual que su madre hiciera con ella cuando vivió en la ciudad. En
su corazón le gustaba pensar que tal vez Rodrigo algún día fuera el que quemara
las huellas de los forasteros que partirían de vuelta a casa.
Dio la última puntada. Se puso el
abrigo y caminó hasta la iglesia.
martes, 10 de febrero de 2015
#141 NOCHE EJEMPLAR
Cuando su madre
entró a despertarlo aquel domingo, se encontró con Manuel ataviado con un traje
de latex negro y una bola roja metida en la boca. Sus ojos no se podían ver ya
que la única apertura de la capucha ajustada que llevaba puesta en la cabeza
era una cremallera a la altura de la boca. Ahí estaba la bola. Eran las doce del
mediodía.
Diecisiete horas
antes, su ejemplar y modélico hijo se había despedido de ellos camino de una
velada nocturna en el museo de ciencias naturales. Manolito era muy de consumir
conocimiento, es que era un no parar. A su madre le encantaba contárselo a las
vecinas, amigas y todo ser que quisiera escucharla. Los días laborables los
pasaba en la universidad, donde además de estudiar Microbiología, trabajaba
como becario en el departamento de investigación. Así Manolito se pagaba parte
de la carrera, porque era muy responsable. Por las tardes, tres días por
semana, colaboraba en una protectora de animales, y cuando tenía tiempo
repartía alimentos en el despacho de Cáritas de su barrio. Era el hijo
perfecto. Educado, buen estudiante y muy familiar.
Cuando se marchó
dijo que había quedado con Luis en la parada de metro cercana a casa. Después
no supo más hasta las seis de la mañana que escuchó la puerta de la calle.
Supuso que era su hijo, que aunque a horas impropias de su actividad habitual,
llegaba del museo.
Y Manolito había,
en efecto, ido a una velada al museo de ciencias naturales. Allí, rodeado de lo
más prolífico de la universidad, esos seres que no tienen más amigo que el conocimiento,
había alternado con lo más erudito del ambiente científico. Tras unas amenas
conversaciones y nuevos conocimientos adquiridos salió del museo con su amigo
Luis rumbo a casa. Decidieron dar un paseo y al poco de caminar se paró una
limusina rosa a su lado. El vehículo en cuestión estaba lleno de mujeres
festejando el divorcio de una de ellas y por el techo solar les gritaron para
que se tomaran una copa con ellas. Opusieron una moderada resistencia y
terminaron dentro de la limusina con una copa de cava en la mano. Después vino
otra, y después de varias más eran ya los chupitos de tequila lo que corría por
el interior del habitáculo. Cuando salió, junto con las doce mujeres que le
acompañaban y su amigo Luis de la limusina en la puerta del casino, se limpió
la nariz, no fuera que los restos blancos de las fosas nasales fueran a ser un
impedimento para entrar en el local. De mesa en mesa y tirando de la tarjeta de
crédito que sus padres le dejaban para gastos ocasionales, fue haciendo
apuestas en la ruleta, el black Jack, y hasta en las carreras de caballos que
salían por unas pantallas de televisión.
Debía de ser cerca
de la una de la mañana cuando del brazo de una mujer, que a esas alturas le
parecía exuberante, se dirigió de nuevo a la caja del casino. Pasó la tarjeta y
en esta ocasión el empleado le dijo que no tenía más fondos. La mujer le
susurró algo al oído mientras deslizaba bajo el cristal del cajero una Visa
Oro. Siguieron gastando dinero durante un rato en compañía de su particular
mecenas y una pareja amigos de ésta. Pronto dejó de saber dónde estaba su amigo
ni las mujeres que le habían traído hasta allí. En la puerta del casino se
subió a un deportivo descapotable y en un camino regado con una botella de ron
que iba y venía entre boca y boca, terminaron aparcando en un garaje privado.
Era la casa de la
mujer exuberante, o eso recordaba Manolito, porque a esas horas apenas
conseguía fijar ya la vista. Después todo vino rodado. Demasiada ropa puesta,
calores, cuerpos desnudos, cuerpos envueltos en cuerdas y cuero. Latigazos con
fustas, y Manolito con el cuerpo embutido en un mono de latex negro. Quiso
protestar tras el primer impacto de una especie de látigo rígido, y entonces le
colocaron la capucha y la bola roja en la boca. Una vez más escuchó a la mujer
susurrarle al oído. “Me dijiste en el Casino que te dejarías ¿recuerdas?”.
Unas horas después
el mismo deportivo descapotable le dejaba tirado en la acera frente a su casa.
A duras penas consiguió entrar en el portal, y mucho más titánico fue el
esfuerzo de entrar en casa y acostarse. Todo ello con un cansancio lo
suficientemente intenso como para desplomarse encima de la cama y quedarse
dormido.
La madre de
manolito le miró, escudriñó la habitación, se quedó pensativa un rato y se
marchó hacia la cocina donde su marido leía la prensa económica. Se puso a
recoger cacharros de la cocina y sin mirar al padre de su ejemplar hijo Manuel
le dijo:
―Alberto.
―Dime cariño ―dijo éste sin levantar la vista
del periódico.
―No somos conscientes de los experimentos tan
peligrosos que debe de hacer Manolito en la universidad. Llevan trajes
protectores y todo. Este chico llegará lejos. Que orgullosa estoy de él.
―Que sí, María, que sí. Pero, ¿se va a
levantar para ir a misa o no?
martes, 3 de febrero de 2015
#140 INSPIRANDO
"La mañana amaneció
con un sol radiante". Nada, no valía, redundante y lugar común.
Volvería a empezar. "Amaneció un día más". Obvio. Pobre. Así no podía empezar. Tanto se había escrito ya que
los lugares comunes eran más que los espacios literarios por escribir. Pero él quería
escribir y ser original. No quería escribir un best
seller. Si fuera así
no habría problema en errar
en la redacción, en la estructura, en la morfología
del texto. Una buena trama, aderezada con guiños
a los potenciales lectores y muchísimas páginas era suficiente para vender. Que tampoco era tarea fácil, pero no era su objetivo.
Él buscaba algo más íntimo. Quería escribir esa obra que, lejos de los grandes almacenes, se
vendiera en pequeñas librerías de barrio. Así
que
tenía que intentarlo con más ahínco. No, ahínco no era lo que requería
semejante tarea. Era destreza, ingenio, originalidad, pasión... Perfecto. Carecía de todo ello. Era
cuestión de tesón. Tesón es lo mismo que ahínco. Joder. No,
palabras mal sonantes no. Necesitaba descansar. Lo mismo si retrasaba el inicio
de la novela al alba entonces le saldrían
las palabras adecuadas para describir el momento. Dicen que a quien madruga Dios
le ayuda. Se acostó.
Seis de la mañana. "El sol se abría
pasó
entre los huecos de la persiana". "Huecos
de la persiana", no le gustaba. Quedaba burdo. No era necesariamente un
lugar común, pero quedaba poco elaborado. De hecho a esas horas sólo entraba por dicho espacio la oscuridad
más absoluta. Sería eso. Había que esperar. Un café. No, mejor esperaría en el sofá
sentado. Diez de la mañana.
Mierda. No, palabras gruesas no. No es que entraran
rayos de luz. Es que era bien de día ya. ¿Dónde estaba Dios ahora?
Se vistió
y salió a la calle.
Encendió
un cigarro y echó a andar por las calles vacías
de un domingo por la mañana cualquiera. En una mano el cigarro y en la otra un lápiz de carpintero. El lápiz. Era una
especie de musa al que se agarraba cuando no le venía
la inspiración. Y en la cabeza su gran novela, o al menos la intención. Siempre había sido de relato breve y siempre había
querido escribir una obra larga. Una aspiración
que le perseguía desde que escribió su primer relato.
Anduvo sin rumbo concreto durante dos horas hasta que en una plaza del centro
se encontró
con un vagabundo. En un cartel a sus pies ofrecía poesías a cambio de la voluntad. Le echó un par de monedas y éste, aún desperezándose cogió
una libreta y un bolígrafo.
Un fugaz vistazo del hombre de la calle a aquel joven con su lápiz de carpintero bastó para que se
pusiera a escribir.
"La inspiración no radica en el
ahínco y el tesón,
Sino en la búsqueda de la emoción.
No traces caminos largos que no vas a recorrer,
Fortalece los que has de mantener.
Y al encuentro de ese nuevo lugar,
Llegarás en tu propio caminar".
El chico se marchó con el pequeño manuscrito. Entro en una cafetería
y pidió
un café. En la mesa
sentado cogió
una servilleta y posó sobre ella el extremo rojo del lápiz.
Era ahora, era él, era su historia. Tenía de sobra en aquel
pedazo de papel. Sabía lo que quería contar. Lo sentía. Y escribió.
martes, 27 de enero de 2015
#139 ENGAÑO
Aquel día supe que mi mujer me
engañaba con otro. No me lo dijo nadie. Nadie me había insinuado nunca nada. Yo
jamás había sospechado de ella. Y aquel día mis propios ojos fueron testigos de
cómo mi mujer se besaba con aquel tío. Además, era evidente que no se trataba
ni de sexo ocasional, ni de un desliz pasajero. No. Era amor. En los ojos de mi
mujer y su compañero vi amor. No le desearía eso ni a mi peor enemigo. Se me
cayó el alma a los pies y supe que aquello no tenía solución. ¿Qué sería de mi
vida de ahí en adelante? ¿Cómo sería capaz de afrontar tal situación? En ese
mismo instante me sumí en una profunda depresión de la que me costó salir.
Durante los meses posteriores anduve por la vida como alma en pena, sin rumbo
fijo. Sí, me levantaba casi todas las mañanas cuando lo ordenaba mi despertador,
trabajaba en aquello que ordenaba mi jefe y comía lo que me ordenaba mi madre.
Pero esa especie de vida normal que arrastré durante aquellos meses no me hacía
estar más vivo que cualquiera de las farolas que alumbraron las tardes y noches
de invierno de las frías calles que conducía de casa al trabajo, del trabajo a
casa de mi madre y de casa de mi madre a mi piso. Y sé que se me debía notar en
la cara cuando mis propios amigos me decían lo bien que me veían, cuando antes
–estando realmente bien– nunca me lo habían dicho.
Un día recibí una llamada al
móvil. En la pantalla se anunciaba el nombre de “CARLA”, una de las mejores
amigas de mi mujer.
―¿Dígame?
―Hola, Eduardo ―dijo Carla al
otro lado―. No te entretendré demasiado. Sé que no quieres saber nada de Juana
y su entorno.
―Entonces dime lo que sea rápido
y adiós ―dije groseramente a Carla.
―Juana ya te ponía los cuernos
antes de que te enteraras ―dijo ella.
―No soy ningún Einstein, pero eso
ya me lo había imaginado yo solito.
―Escúchame. Me refiero a que
fueron varias veces y… con varios tíos…
Carla se calló unos segundos y
prosiguió.
―Y después igual. Ahora, bueno,
hace un par de semanas supe que Antonio me la pegaba con ella. Pero lo más
seguro es que ya se haya cansado también de él y esté con otro. Eduardo, desde
lo vuestro ha estado con media docena, eso me lo contó ella antes de lo de
Antonio ―y rompió a llorar―. Sólo quería que lo supieras. Adiós.
Y colgó.
Aquellas palabras fueron, al
contrario de lo que pensé, catárticas. Me abrieron ciertamente los ojos y la
mente. Yo había querido a Juana durante muchos años. Pero era evidente que ella
a mí no. De hecho, nunca trató de ponerse en contacto conmigo tras aquello.
Todo lo solucionamos mediante nuestros padres. Me dije que aquel descubrimiento
no había sido sino para bien, para darme la ocasión de rehacer mi vida y
olvidarme de mi mujer, y que odiarla ayudaría mucho.
El día que descubrí a Juana con
otro fue el mejor día de mi vida. Ese día me deshice de lo peor que tenía, que
era ella. Sentado en una mesa de restaurante de cinco tenedores, junto con mis
padres y los suyos, rodeados por muchas otras mesas de invitados, con flores,
música en vivo y excelente decoración, Juana desapareció. La busqué por todas
partes hasta que entré en una estancia del restaurante que no conocía. Y allí,
sobre una mesa de billar, Juana y otro se entregaban. Por supuesto que me
vieron, pero no les dio tiempo a adecentarse antes de que yo saliera y pusiera
en conocimiento de todos los invitados de que mi recién estrenada mujer saldría
enseguida a explicar por qué se liaba con otro el día de nuestra boda. Ese fue
el mejor día de mi vida. Me deshice de lo que más quería y más odio ahora.
martes, 20 de enero de 2015
#138 POR LA ERA
A las cinco de la mañana aún no
había amanecido. Raúl salió de la ducha, se secó y se vistió con la ropa limpia
que Amelia le había dejado preparada la noche anterior. Entró en la cocina, se
sirvió un vaso de leche fría de la nevera, se lo bebió en un par de tragos,
agarró la botella de agua, el trozo de queso, el de salchichón, el mendrugo de
pan duro y salió de casa por la puerta del corral, donde tenía el tractor. El
día anterior había sido muy caluroso, y no esperaba menos de aquél. Arrancó el
tractor y salió lentamente conduciendo del pueblo con el traca-traca del motor
y brum-brúm del remolque vacío. Por el camino saludó a Matías, que se dirigía
pedaleando en su bici destartalada a ordeñar a las vacas. Pedro también había
madrugado y levantaba el cierre del horno cuando pasó por delante. Pocos más
coincidieron con Raúl aquella mañana. Ni la anterior. Ni seguramente la
siguiente. Y cada vez seremos menos, pensaba para sí mismo. Y con aquello se
entretuvo la media hora que tardó en llegar a la era. No debían ser aún las
seis cuando empezaba a clarear el horizonte. Raúl colocó el tractor justo
detrás de la cosechadora. Paró el motor y bajó. Fue encadenando con cuidado la
cosechadora y anclando los amarres. Comprobó que se encontraba en buen estado,
pero antes de empezar la jornada quiso asegurarse. Subió de nuevo al tractor y
arrancó el motor. Accionó la palanca que elevaba la cosechadora y la hizo
girar. Bajó y comprobó de nuevo. Engrasó los tornillos del eje de la cortadora.
La grasa es la vida de las máquinas, se dijo. Miró el reloj que casi le anunció
las siete. Era una hora fabulosa para comenzar. Podría estar toda la mañana sin
parar y aún no había comenzado a apretar el calor. Finales de agosto no solía
ser tan caluroso, pero había años que sí, y ése era uno. Sabía que a media
mañana el calor sería casi insoportable, así que aún conservó el agua de la
botella, pese a que ahora estaba fría. Luego le haría más falta. Subió de nuevo
al tractor. Y miró hacia delante. Una extensa llanura de cebada ya seca y lista
para recoger se presentaba hasta donde le alcanzaba la vista. Este será buen
año, se dijo, claro que sí. Metió la velocidad corta, soltó el embrague y el
tractor volvió a ponerse en movimiento con decisión. Accionó la palanca para
regular la altura de la cosechadora y la colocó a la altura correcta. Cuando la
segadora alcanzó las primeras espigas de cebada Raúl prestó especial atención a
los movimientos del eje y a los primeros granos disparados hacia el remolque.
Al cabo de una hora sentado al volante, aún no había llegado al final de la
primera línea. Pero no había prisa. Sabía que no terminaría hoy, claro. Eso sí,
toda la era debía estar cosechada para final de la quincena de septiembre. Si
no, el grano se habría quemado demasiado
y no serviría. Era un trabajo de paciencia, pero de perseverancia. Eran muchas
horas las que habría de echar al volante del tractor y la cosechadora, pero
merecían la pena. Mentalmente trató de calcular las horas que necesitaría para
todo el trabajo, teniendo en cuenta, eso sí, que no se planteara ninguna
contrariedad. Algo como que se estropeara la cosechadora, o que hubiera un
incendio, algo. Empezó a hacer números mentalmente, y enseguida se distrajo
diciéndose que él no había ido nunca a la escuela, que si hubiera ido de
pequeño las matemáticas le saldrían solas. Sabía lo que era una hectárea por lo
que tardaba en recorrerla a pie. También sabía lo que era una arroba por lo que
plantaba y cosechaba cada año. Pero las distancias y el tiempo mezclados en la
misma operación no terminaban de encajar. Desde chico había estado ayudando a
su padre y a su abuelo en las faenas del campo. Jamás se planteó el estudiar.
No tenía tiempo. Al fin y al cabo, los chicos de su edad que estudiaban,
acabaron marchándose del pueblo a buscarse la vida en la ciudad. Como si
aquella aldea perdida de la mano de Dios se les hiciera demasiado grande y se
perdieran. Apretaba ya algo el sol a las diez de la mañana y Raúl se caló el
sombrero de paja y dio un trago de agua. Soltó la botella – aún fresca – a sus
pies, donde todavía había sombra, levantó la cabeza y pisó el pedal de freno a
fondo, sujetando el volante con ambas manos. Miró fijamente delante de la
cosechadora y paró el motor. Se bajó y se echó para atrás el sombrero mientras
corría a la parte delantera de la máquina. Justo delante de ésta, a punto de
ser devorada por las aspas y las cuchillas había un nido de perdiz. Un nido de
perdiz con dos perdigones recién salidos del cascarón. Raúl se frotó la frente
para quitarse el sudor. Miró alrededor por si aparecía por allí la madre con el
resto de la familia. Pero no. Sin duda se trataba de unos huevos abandonados
por la madre in extremis. Tal vez perdigones tardíos que se tomaron su tiempo
en salir. Estaban destinados a perecer, sin duda. Pero Raúl se agachó, cogió el
nido con las dos manos mientras los neonatos piaban con fuerza. Sabía que su
madre no volvería a por ellos aunque los dejara en el mismo sitio. Así que
abrió la botella de agua, mojó un poco del pan duro, lo deshizo en diminutas fracciones
y probó a dárselos de comer a los recién nacidos. Ante su sorpresa, éstos
respondieron bien y tragaron y piaron con más fuerza. Raúl sonrió. Pensó que
aquel era un buen momento como otro cualquiera para sentarse a la sombra del
remolque y morder el queso, y ya de paso, dar algo de pan a los perdigoncillos.
Mientras los alimentaba, pensó que, pasara lo que pasara con aquellos pájaros,
el día había merecido la pena por lo distinto. Terminó su queso, levantó a los
recién llegados, los puso a sus pies dentro del tractor, miró al frente, a la
inmensidad de cebada por cosechar y continuó trabajando.
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