A las cinco de la mañana aún no
había amanecido. Raúl salió de la ducha, se secó y se vistió con la ropa limpia
que Amelia le había dejado preparada la noche anterior. Entró en la cocina, se
sirvió un vaso de leche fría de la nevera, se lo bebió en un par de tragos,
agarró la botella de agua, el trozo de queso, el de salchichón, el mendrugo de
pan duro y salió de casa por la puerta del corral, donde tenía el tractor. El
día anterior había sido muy caluroso, y no esperaba menos de aquél. Arrancó el
tractor y salió lentamente conduciendo del pueblo con el traca-traca del motor
y brum-brúm del remolque vacío. Por el camino saludó a Matías, que se dirigía
pedaleando en su bici destartalada a ordeñar a las vacas. Pedro también había
madrugado y levantaba el cierre del horno cuando pasó por delante. Pocos más
coincidieron con Raúl aquella mañana. Ni la anterior. Ni seguramente la
siguiente. Y cada vez seremos menos, pensaba para sí mismo. Y con aquello se
entretuvo la media hora que tardó en llegar a la era. No debían ser aún las
seis cuando empezaba a clarear el horizonte. Raúl colocó el tractor justo
detrás de la cosechadora. Paró el motor y bajó. Fue encadenando con cuidado la
cosechadora y anclando los amarres. Comprobó que se encontraba en buen estado,
pero antes de empezar la jornada quiso asegurarse. Subió de nuevo al tractor y
arrancó el motor. Accionó la palanca que elevaba la cosechadora y la hizo
girar. Bajó y comprobó de nuevo. Engrasó los tornillos del eje de la cortadora.
La grasa es la vida de las máquinas, se dijo. Miró el reloj que casi le anunció
las siete. Era una hora fabulosa para comenzar. Podría estar toda la mañana sin
parar y aún no había comenzado a apretar el calor. Finales de agosto no solía
ser tan caluroso, pero había años que sí, y ése era uno. Sabía que a media
mañana el calor sería casi insoportable, así que aún conservó el agua de la
botella, pese a que ahora estaba fría. Luego le haría más falta. Subió de nuevo
al tractor. Y miró hacia delante. Una extensa llanura de cebada ya seca y lista
para recoger se presentaba hasta donde le alcanzaba la vista. Este será buen
año, se dijo, claro que sí. Metió la velocidad corta, soltó el embrague y el
tractor volvió a ponerse en movimiento con decisión. Accionó la palanca para
regular la altura de la cosechadora y la colocó a la altura correcta. Cuando la
segadora alcanzó las primeras espigas de cebada Raúl prestó especial atención a
los movimientos del eje y a los primeros granos disparados hacia el remolque.
Al cabo de una hora sentado al volante, aún no había llegado al final de la
primera línea. Pero no había prisa. Sabía que no terminaría hoy, claro. Eso sí,
toda la era debía estar cosechada para final de la quincena de septiembre. Si
no, el grano se habría quemado demasiado
y no serviría. Era un trabajo de paciencia, pero de perseverancia. Eran muchas
horas las que habría de echar al volante del tractor y la cosechadora, pero
merecían la pena. Mentalmente trató de calcular las horas que necesitaría para
todo el trabajo, teniendo en cuenta, eso sí, que no se planteara ninguna
contrariedad. Algo como que se estropeara la cosechadora, o que hubiera un
incendio, algo. Empezó a hacer números mentalmente, y enseguida se distrajo
diciéndose que él no había ido nunca a la escuela, que si hubiera ido de
pequeño las matemáticas le saldrían solas. Sabía lo que era una hectárea por lo
que tardaba en recorrerla a pie. También sabía lo que era una arroba por lo que
plantaba y cosechaba cada año. Pero las distancias y el tiempo mezclados en la
misma operación no terminaban de encajar. Desde chico había estado ayudando a
su padre y a su abuelo en las faenas del campo. Jamás se planteó el estudiar.
No tenía tiempo. Al fin y al cabo, los chicos de su edad que estudiaban,
acabaron marchándose del pueblo a buscarse la vida en la ciudad. Como si
aquella aldea perdida de la mano de Dios se les hiciera demasiado grande y se
perdieran. Apretaba ya algo el sol a las diez de la mañana y Raúl se caló el
sombrero de paja y dio un trago de agua. Soltó la botella – aún fresca – a sus
pies, donde todavía había sombra, levantó la cabeza y pisó el pedal de freno a
fondo, sujetando el volante con ambas manos. Miró fijamente delante de la
cosechadora y paró el motor. Se bajó y se echó para atrás el sombrero mientras
corría a la parte delantera de la máquina. Justo delante de ésta, a punto de
ser devorada por las aspas y las cuchillas había un nido de perdiz. Un nido de
perdiz con dos perdigones recién salidos del cascarón. Raúl se frotó la frente
para quitarse el sudor. Miró alrededor por si aparecía por allí la madre con el
resto de la familia. Pero no. Sin duda se trataba de unos huevos abandonados
por la madre in extremis. Tal vez perdigones tardíos que se tomaron su tiempo
en salir. Estaban destinados a perecer, sin duda. Pero Raúl se agachó, cogió el
nido con las dos manos mientras los neonatos piaban con fuerza. Sabía que su
madre no volvería a por ellos aunque los dejara en el mismo sitio. Así que
abrió la botella de agua, mojó un poco del pan duro, lo deshizo en diminutas fracciones
y probó a dárselos de comer a los recién nacidos. Ante su sorpresa, éstos
respondieron bien y tragaron y piaron con más fuerza. Raúl sonrió. Pensó que
aquel era un buen momento como otro cualquiera para sentarse a la sombra del
remolque y morder el queso, y ya de paso, dar algo de pan a los perdigoncillos.
Mientras los alimentaba, pensó que, pasara lo que pasara con aquellos pájaros,
el día había merecido la pena por lo distinto. Terminó su queso, levantó a los
recién llegados, los puso a sus pies dentro del tractor, miró al frente, a la
inmensidad de cebada por cosechar y continuó trabajando.
martes, 20 de enero de 2015
miércoles, 14 de enero de 2015
#137 CASO RESUELTO
―Ha
sido asesinado. Está claro
―dijo el brigada Ruipol.
―Lo
entiendo ―respondió
su ayudante―. Pero, ¿cómo?
No hay signos de violencia.
A
Ruipol le chirriaba esa pregunta. Sabía
que no sólo estaba hecha con retintín, sino que en el fondo era una especie
de prueba que al rato habría sido la comidilla de la comisaría. Llevaba ya casi un
año sin resolver
uno solo de los casos que le habían
asignado. Todos homicidios, y en todos los casos los responsables de los mismos
campaban impunes. Y como no podía ser de otra forma se había
convertido en el chiste de la oficina. Lo grave no era que se rieran de él los veteranos, los
que como él
llevaban años
pateando la ciudad, sino que los más
imberbes e inexpertos, como en el caso de su ayudante, se unían a la chanza y
participaban de ella. En el caso de su ayudante era doblemente grave, ya que
era él y no otro
el que facilitaba los detalles de su errática
investigación al
resto de compañeros.
―Yo diría que se trata de asfixia ―volvió a
elucubrar Ruipol.
Eran
las dos de la mañana
y aún quedaba un
rato para que llegaran los compañeros
de la científica
para examinar el piso. Ruipol llamó
desde su casa a su joven delfín, Arauco, para que le acompañara a un aviso
recibido en la central.
―Crimen pasional ―insistió
el brigada.
―Aham
―musitó
con una ligera sonrisa Arauco, regocijándose
en la idea del desayuno del día
siguiente entre las risas de sus compañeros.
Ruipol
empezó a
deambular por el pequeño
piso ante la atenta mirada de su ayudante.
―¿Y qué cree usted que pasó exactamente, mi brigada?
Ruipol avanzó
hasta el dormitorio, comentando en voz alta su hipotética reconstrucción de los hechos.
―Probablemente
la pareja se reunió con
la víctima aquí, en su casa,
discutieron y la bronca fue a más.
Entonces el asesino asfixió
a su chico con este cojín
―. Ruipol lanzó
el arma del crimen a su ayudante el cual la cogió al vuelo.
―¿Asesino? ¿Su chico? ¿Insinúa mi brigada que eran
dos chicos? ―interpeló
Arauco mientras se arrodillaba al lado de la víctima con el cojín entre las manos.
―Aham
―ahora era a Ruipol al que se le escapaba una sonrisa
―¡Joder! ¡Mi brigada! ¡Es Antúnez! El muerto es Antúnez, pero qué
coño... Cómo
puede ser...
Antúnez. Menudo imbécil. Veinte años llevaba Ruipol
trabajando con él y veinte años llevaba sufriendo sus críticas. El último año había sido especialmente
duro, ya que por el ansia de protagonismo de Antúnez
había éste liderado el acoso
al brigada. Cuando no había
material para burlarse de él,
Antúnez siempre
se inventaba alguna anécdota
inexistente que hacía correr por la oficina.
―Habrá
que llamar a la central para informar mi brigada... ―Arauco
nervioso seguía
arrodillado al lado de su compañero
con el cojín en
la mano.
―Aham
―volvía
a musitar Ruipol.
―¡Mi brigada haga
algo! Hay que...
Arauco
no terminó la
frase. Los trozos de un horrible jarrón
azul volaron por la habitación
a la vez que el joven ayudante se desplomaba encima de Antúnez.
―Lo
dicho ―, Ruipol disertaba― Crimen pasional. Dos hombres algo más que compañeros discutieron por
motivos de celos, uno de ellos perdió
la calma y rompió
un jarrón
en la cabeza del otro sin consecuencias mayores ―. Mientras decía esto colocó la boca del jarrón en la mano de Antúnez―.
El agredido enfurecido cogió
un cojín
y asfixió a su
amante sin compasión.
Cuando se dió cuenta
de lo que había
hecho, arrepentido, se quitó
la vida. Sencillo ―dicho esto sacó el arma de Arauco, se la colocó en la mano a su
ayudante, y después
de enroscar un silenciador le descerrajó
un tiro en la sien, evitando salpicarse. Arauco quedó tendido sobre su
compañero, la
pistola en una mano, el cojín
en la otra.
Ruipol
se quitó los
guantes de látex
justo cuando llamaban a la puerta. Eran los compañeros
de la científica.
Ruipol les dejó pasar
y salió a la
calle. Se encendió un
cigarro mientras iniciaba su paseo a casa. Un año
después lo había conseguido. Caso
resuelto.
miércoles, 7 de enero de 2015
#136 AY, LOLA
La mañana de marzo en que murió
la abuela el sol se colaba por todas las ventanas de la casa. Al principio
todos pensamos en bajar las persianas. Pero el abuelo se negó. Eso no, dijo. En
esta casa siempre ha habido mucha luz dentro y fuera, y quiero que siga siendo
así. Y hoy más que nunca. Así que abrimos las ventanas y dejamos entrar la
corriente para que se llevara la concentración de olores y calor que habían
reinado durante la noche y llenanra las estancias de aire fresco y saludable.
Mi hermano Martín y yo nunca habíamos visto un muerto, así que nuestro padre
nos llevó hasta el dormitorio de los abuelos donde estaba el ataúd. Habían
retirado la cama y las mesillas para que la abuela ocupara el espacio central.
Alrededor habían colocado varias sillas para que las visitas que se iban a
producir en cualquier momento pudieran sentarse y llorar cómodas por lo menos.
No recuerdo haber hablado con Martín de la impresión que me causó ver el cuerpo
estirado de la abuela yaciendo en la caja. La abuela, desde que yo la
recordaba, siempre había sido bajita y encorvada. Así que me pareció mucho más
alta desde donde yo la vi. Tenía las manos cruzadas sobre su tripa, sujetas con
un rosario. Recuerdo que mi abuelo no quería que se lo pusieran, pero mi madre
insistió. Paco, déjame que se lo ponga, que para una vez que lo va a rezar
entero… Y el abuelo accedió de mala gana. Tenía la cara algo pálida, pero no
demasiado. La tía Pilar había insistido en darle un poco de maquillaje para que
pareciera más dormida que muerta. Y lo había conseguido, ciertamente. Martín y
yo nos acercamos, le dimos un beso en la frente y salimos al recibidor. La
puerta de la entrada daba directamente a un patio que la abuela cuidaba
mimosamente regando las plantas todos los días. Y era un gustazo ver cómo su
diario esfuerzo tenía una recompensa cargada de color y aroma. Me senté en una
butaca pensando en la última vez que hablé con la abuela. Había sido un par de
días antes. Estuvimos jugando una partida de parchís y, como siempre, la abuela
había vuelto a ganar con el consiguiente y consabido enfado por mi parte. ¡Jo,
abu, nunca te dejas ganar! Así aprendes a valorar más los éxitos, contestó ella
mientras reía. Por la noche, me dio un beso de buenas noches y a la mañana
siguiente ya no pudo levantarse de la cama. Un ictus, me habían dicho. Por la
puerta entró un señor mayor. Se paró, me miró y sonrió. ¿Dónde está tu abuelo,
hijo? Creo que comiendo algo en la cocina. Este Paco no perdona el desayuno así
se muera su mujer. Y caminó riendo bajito en esa dirección. Al poco entró una
señora muy alta vestida completamente de negro, pañuelo en la cabeza incluido.
Esto no parece un velatorio, comentó sin dirigirse a nadie, pero para que
alguien la oyera. ¿Qué es esa música? Efectivamente, pude distinguir la voz de
mi abuelo cantando desde la cocina en compañía del señor mayor que había
entrado antes. Me asomé y vi cómo ambos cantaban sujetando sendos vasos de vino
en la mano. Me dio por reír. ¿Qué si no iba a hacer?
A lo largo de la mañana, y hasta
que llegó el cura, la gente iba entrando con cara seria en la casa, pero
mudaban ese gesto en cuanto oían el coro de voces y carcajadas al que se
sumaban. De vez en cuando alguno se acercaba a ver a mi abuela. ¡Ay, Lola, la
fiesta que te estás perdiendo! Y volvían a la cocina donde mi madre preparaba
almuerzo para todos los que estaban y los que iban llegando. El cura puso algo
de orden después de tomar un trago y guió a la gente camino del cementerio.
Recuerdo que, al día siguiente, le pregunté a mi abuelo: Abu, ¿te alegras de
que se haya muerto la abuela? Se rió, me sacudió el pelo con su mano de herrero
y me dijo: No, hijo, no. Sólo lo celebro como ella quería que fuera.
jueves, 1 de enero de 2015
#135 AÑO
"Acababa de empezar. Y terminaba. Acababa de terminar tal y como empezó. Estas cosas que se van y no vuelven. Nunca. Los había parecidos, se podían hacer más largos o más cortos. Se podían disfrutar o sufrir y en ambos casos dejaban marcas. Esas marcas eran recuerdos, y los recuerdos acordes que tintineaban la melodía que acompañaba días, semanas, meses...pero el dibujo que pintaban, ya fuera en blanco y negro o en color sólo se podía mirar en la distancia, girando el cuello y echando la vista atrás. Porque nunca más estaría. Y así debía ser. Las cosas pasan, en su tiempo y en su forma. Y te dejas cosas por ver para el siguiente viaje, que será en otro momento, se parecerá pero no será igual. Vienen encadenados, uno detrás de otro, como si de una nueva oportunidad se tratara, o de una condena más larga, cada cual según sus vivencias, sus experiencias.
En fin. Que se
acabó
el año, y con él pasaron penas, glorias, lágrimas y risas. Y cincuenta y dos semanas, cincuenta y dos
historias. Y ahí
estaba dos mil quince."
Iván se levantó
de la silla y se quedó parado junto a la mesa con la mirada perdida al frente.
"Feliz año" musitó. Los petardos de la calle habían
callado ya. Acababa de empezar.
jueves, 25 de diciembre de 2014
#134 NAVIDAD
Luis vivía en el
primero B. Rodrigo en el primero A. Ambos habían crecido juntos. Habían crecido
los escasos años que acumulaban, doce para ser exactos. Luis había nacido tres
meses antes que Rodrigo. El padre de Luis era repartidor de bollería. El de
Rodrigo se había quedado en paro hacía un año, y justo hacía tres días que les
habían retirado la prestación por desempleo. Un quince de diciembre para ser
exactos. Ni la madre de Luis ni la madre de Rodrigo trabajaban fuera de casa.
Eso sí, en lo referente a organizar las tareas domésticas y familiares eran
expertas. Ni Luis ni Rodrigo tenían hermanos. Las familias eran muy amigas
desde que ambas coincidieron en su primera reunión de comunidad.
Quince de
diciembre. No por esperado dejaba de ser doloroso. El padre y la madre de
Rodrigo les habían confiado a los padres de Luis la angustia por la falta de
ingresos una vez la fatídica fecha pasase. Habían estado cenando un sábado en
casa a principios de diciembre. Luis y Rodrigo, como siempre, jugaban en la habitación
mientras los mayores se enfrascaban en conversaciones de eso mismo, de mayores.
Luis estaba un día
comiendo cuando su padre le dijo a su madre que al día siguiente llevaría al
padre de Rodrigo a las afueras, a un polígono. Allí iba a trabajar sin contrato
cargando cajas en un almacén. Tres horas. Treinta euros. Una vergüenza, decía
el padre de Luis, pero había que estar al lado de los amigos. El veinte de
diciembre la madre de Luis le dijo a su marido que se iba a la compra con la
madre de Rodrigo. Había que comprar para la cena de Nochebuena. Luis vio cómo se
guiñaban un ojo. Cuando su madre y la de Rodrigo volvieron pasaron a la cocina
y se repartieron las cosas entre los dos carritos. La madre de Rodrigo abrazó a
la madre de Luis, y le susurró un “gracias”, mientras éste último contemplaba
la escena desde la puerta.
Luis escuchó a sus
padres por la noche comentar que este año no habría regalos en casa de nuestros
vecinos y amigos. Tampoco lo consideraban muy grave, tendrían cena y estarían
juntos. Les habían ayudado hasta donde habían podido. Pero los ingresos en casa
de Luis tampoco eran para grandes dispendios. Luis se fue a la cama. Triste.
El día de Navidad
Luis se despertó temprano, saltó en la cama de sus padres, les retiró el
edredón y les empujó hacia el salón. La ceremonia de siempre. El padre de Luis
miraba por una rendija a ver si había algo en el salón. Entonces Luis empujaba
la puerta con ansia y se ponía a abrir paquetes con un ritmo frenético. Pero
esta vez no. Esta vez Luis escudriñó la rendija y miró a sus padres que le
observaban extrañados. Abrieron la puerta y cruzó el salón. Salió al rellano y
llamó al timbre del primero A. Nada. Volvió a llamar. Rodrigo abrió la puerta
acompañado de sus padres y una mueca triste. Entonces Luis le cogió de la mano
y le gritó:
―¡Ha venido Papá Noel! ―Y con ésas lo arrastró de la
mano al primero B.
Cuando los padres y
madres de uno y otro entraron en el salón de casa de Luis, se encontraron a los
dos amigos abriendo paquetes entre risas. Entre sonrisas. Porque era Navidad.
Porque eran amigos.
miércoles, 17 de diciembre de 2014
#133 LUISA Y MARÍA
Se lo tengo que decir a María.
Son muchos años de amistad. Se lo debo. A Luisa no le gustaría. Mejor no
decírselo. Me caso con Luisa. ¿Qué cara pondrá María? Muchas veces he hablado
con María de casarnos. María y yo, no Luisa. Va a abrir la boca hasta el suelo.
Se va a enfadar, o no. O me va a dar la enhorabuena. Por fin has madurado, dice
ella. Me alegro. Pero es mentira. No se alegra. Pondrá ojos tristes,
brillantes. Va a llorar, mierda. No, así no. ¡Mira ése! ¿Será gilipollas? Si
tuviera un coche como ése no necesitaría hacer el capullo para fardar. El coche
basta. Peor, si no se lo digo es peor. Se enterará y me querrá cortar los
huevos. Yo también querría. María, Luisa y yo nos casamos. No, demasiado
formal. María, sabes que quiero mucho a Luisa. Bueno, por ahí puede colar. Llevamos
una temporada muy buena. También lo sabe. Hemos pensado mucho en cómo sería
nuestra vida juntos y… María no es tonta. Su cara es de… boca torcida, cejas
arriba, mirada al suelo… ¿A quién intentas engañar? ¿A quién intento engañar?
¡Joder, qué tráfico! 1347 BDK. Como la de María, BDK. Pero su Corolla es mucho
mejor. La besé aquella vez, la primera, en su Corolla. Mejor, ella me besó a
mí. Me sentí utilizado por ella. Me encantó. Follar en su coche es genial. No
sé cuántas veces lo hemos hecho ya. Ella se ríe de lo torpes que somos. Siempre
me doy con el retrovisor en la cabeza. Ella prefiere debajo. ¡Coño, que esto
avanza! Luisa mola también. Tiene piso. Está buenísima. Es más fría que María.
Gana una pasta. La quiero, eso también. A ella le gusta arriba, como para
controlar. Mejor. Su cama es comodísima. ¿Estoy enamorado de Luisa? No, pero no
importa. Nos queremos mucho. María se troncha de risa. Ella lo sabe bien. María
piensa que la quiero más a ella que a Luisa. Respeta lo de Luisa. De hecho
respeta todo lo mío, me deja vivir. Luisa es más controladora. Luisa sospecha
lo de María. Discutimos una vez. ¿Quién es esa guarra? ¡Es amiga mía y punto!
¡Y si no puedes respetar mis amistades, a tomar por culo! Ahí estuve bien.
¿Bien…? ¡Y una mierda! Nunca le he dicho a Luisa que me tiro a María, me
dejaría. María no me ha dejado, ni me va a dejar aunque me case. Pues eso es lo
que debería hacer. Me caso con Luisa y me quedo con las dos. A este locutor
deberían despedirlo, no se le entiende una mierda cuando habla. ¿Qué estoy
diciendo? Estoy haciendo lo posible por quedarme con María a toda costa. Perder
a Luisa no me dolería tanto. No puedo prescindir de María. Tengo que hablar con
ella. Necesito su lucidez. Que me ayude a pensar cómo decirle a Luisa que no.
Cómo dejarla. No puedo estar con Luisa pensando en María. Eso es malo. Soy un
cabrón, pero eso ya lo sabía. Ahora se trata de no serlo más aún. Ya lo soy
suficiente. María, voy. María ayúdame. María me apoya y me dice lo que tengo que
hacer para dejar a Luisa. Con María puedo ser sincero del todo. Ella sí me
quiere como soy. Luisa me quiere como ella quiere que sea. Hija de puta…
miércoles, 10 de diciembre de 2014
#132 DILE A MAMÁ
Hola
Cuando murió mamá hace tres años me sentí el niño más desgraciado del
mundo. Casi toda mi vida giraba a su alrededor, y lo que no lo hacía ya me
encargaba yo de hacérselo saber para que también formara parte de la suya. Así
había sido siempre y así tenía que seguir siendo. Pero, como todos me
dijisteis, “el cáncer le ha ganado la batalla” y, de un día para otro, me quedé
sin madre, sin confidente y sin consuelo. Así es como lo sentí yo. Por suerte
para los dos, eso no me duró demasiado. No es que no eche de menos a mamá -
¡claro que la echo de menos! -, pero lo superé. “Con papá vais a estar
fenomenal, ya lo verás”, me dijeron otros entonces. Y no se han equivocado. La
vida juntos estos tres años se nos ha dado de maravilla. Por supuesto que hemos
tenido nuestros altibajos, pero supongo que la muerte de mamá nos hizo madurar
un poco a todos.
Huérfano es una palabra que siempre he asociado con documentales
trágicos de televisión. Jamás pasó por mi cabeza el pensar que yo me
convertiría en uno. Y, si se me hubiera ocurrido hacerlo, seguramente no habría
imaginado que me sucediera tan pronto. Superar la muerte de una madre fue muy
doloroso. Pero superar la muerte de un padre algún tiempo después… ¡Sólo tengo
trece años! Bueno, sé que tú también tuviste que pasar por eso hace tiempo. Te
recuerdo cuando llamaste por teléfono y se lo contaste a mamá, y luego ella a
mí. La verdad es que yo sabía que se trataba de algo triste, y de hecho esa
tristeza anduvo volando por el aire de casa una temporada. Apenas se notaba en
el día a día, pero era una presencia constante que termino desapareciendo. Me
imagino ahora que esa presencia que habrá en casa también terminará por
desaparecer. Supongo que Marta y Fran también la notarán, pero te prometo que
entre los tres haremos un esfuerzo para que dure poco. No he hablado con ellos
sobre esto aún. Tampoco lo hice cuando lo de mamá, pero somos hermanos y creo
que sentimos parecido.
Ese es un asunto que sí pasó por mi cabeza el día que nos dijeron que…
bueno, eso…, que habías tenido un accidente y que… habías muerto. ¿Qué va a
pasar con nosotros? Pronto, antes de que tuviera ocasión de preguntárselo a
nadie, Marta y Fran me dijeron: “Tú no te preocupes por nada, no nos van a
separar ni a llevar a ningún sitio. Los dos tenemos más de dieciocho años y
trabajamos. Los tres juntos forever,
¿está claro?” No hice más que asentir. He tenido que ver cómo ellos dos han
tenido que reunirse y hablar con mucha gente a la que yo también he tenido que
contestar a preguntas, pero menos mal que ese tema ya ha pasado. Creo que el
que los tíos sean vecinos también ayuda bastante. Están mucho con nosotros y
nos traen comida y vamos a sitios con ellos. Fran me lleva al cole en tu moto,
pero te prometo que nos ponemos el casco los dos y él no corre. Marta me ayuda
con los deberes las tardes que no tiene que ir al hospital. Es más dura que tú,
pero sé que lo hace por mí, aunque me enfade con ella. Ella sabe que lo sé.
Por favor, dile a mamá cuando la veas que no me he olvidado de ella,
que todavía pienso en ella y que sé que ahora estará mejor porque tú estás con
ella. Te escribiré pronto.
Un beso a los dos.
Nico.
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