miércoles, 15 de octubre de 2014

#124 HASTA QUE LA MUERTE OS SEPARE



Faltaba una semana para la boda y los amigos de Juan estaban ya todos juntos en la puerta de su casa. En la calle hacía frío y parecía que iba a llover.

―¿Está todo listo? ―preguntaba Pepe en voz baja.

―Sí, llama ya a la puerta.

Juan abrió y de inmediato fue empujado para dentro por todo el grupo. En media hora, entre cerveza y risas, disfrazaron a Juan de vampiro y salieron a la calle. No había empezado a llover, pero una ligera niebla comenzaba a caer. Juan no sabía que sus amigos le iban a preparar una despedida de soltero. De hecho, él se lo había prohibido. Pero claro, una vez que toda la pandilla se había plantado en casa con evidentes planes de juerga, no había podido negarse y cortarles el rollo. Pararon en un par de bares a calentar el ambiente y el cuerpo con unas copas. Pedro se puso de pie en una silla, hizo callar al grupo y comenzó una perorata de las suyas en las que hacía alusión al matrimonio y la pérdida de libertad.

―… y así hasta que la muerte os separe ―concluyó.

―Y ya veremos si la muerte me libera o no de verdad ―bromeó Juan.

Pedro se puso serio y añadió:

―Pues eso yo sé a quién hay que preguntárselo ―el grupo le miraba esperando que terminara―. A los propios muertos.

Animados por el que comenzaba a ser exceso de alcohol y por las palabras de Pedro, el grupo se dirigió entre bromas hacia el cementerio del pueblo. La niebla comenzaba a ser ya espesa y les empapaba la cara y la ropa. Por el camino, cada uno fue contando historias de miedo siempre relacionadas con muertos y cuerpos que habían vuelto a la vida para vengarse de sus enemigos. Era famosa en el pueblo la leyenda de Don Lorenzo, alcalde que había acabado con la vida de su esposa en 1818 para quedarse con las riquezas de aquélla, y al que más tarde habían hallado muerto en su casa aplastado por sacos llenos del dinero que había heredado. Contaba la leyenda que, cuando le fueron a enterrar junto a su esposa, encontraron la tumba de ella abierta. De ahí, los cuentistas e imaginarios llegaron a la conclusión de que la difunta se había levantado para hacer una visita a su marido y entregarle personalmente toda la herencia… de golpe. Todo el grupo comentó ésta y otras historias similares. Cuando llegaron a la puerta del cementerio, la encontraron cerrada con candado. La mayoría se desanimó y empezó a mostrar cansancio y frío para volver. Pero Pedro no escuchó las palabras de sus compañeros y hábilmente saltó por la pared hasta llegar al otro lado y fue animando a los demás a hacer lo mismo. Cuando ya estaban todos dentro, Pedro les condujo hasta el histórico panteón donde descansaban Don Lorenzo y su mujer.

―No hay mejor sitio para hablar con los muertos, ¿verdad? Tengo una idea: juguemos un escondite.

Todos aceptaron la idea de buen grado. El marco era sin duda incomparable, y por ser la noche de la despedida de Juan, a éste le tocó contar hasta cien y buscar al resto del grupo. Juan se apoyó en una de las columnas del panteón de Don Lorenzo para comenzar la cuenta atrás. Los demás se dispersaron por todo el cementerio para buscar sitio donde esconderse. Cuando Juan terminó de contar, se dio la vuelta. La niebla se había hecho con el cementerio y no era posible ver más allá de diez metros a pesar de la pobre iluminación consistente en farolas dispuestas a lo largo de los distintos caminos entre las tumbas. A Juan le dio un escalofrío al verse completamente solo. Todo estaba en silencio y su respiración se hacía más fuerte. Era consciente de que los ojos de sus amigos le observaban desde distintos escondrijos, y no le gustó la sensación. Quién sabe, pensaba, si algún par de ojos son de algún inquilino de por aquí. Comenzó a caminar y era incapaz de concentrarse en el juego cada vez que tropezaba con una piedra, un árbol o una losa. Al cabo de lo que calculó serían unos quince minutos de búsqueda sin éxito, el corazón empezó a latirle más rápido pensando en que sus amigos, tal vez por gastarle una broma el día de su despedida, le habían dejado solo en el cementerio y se habían largado a esperarle en el bar tomando unos tragos y mientras se reían de él. Intentó afinar el oído, pero no había manera. Sólo se oían los latidos. De pronto notó como le agarraban fuerte del hombro. Su reacción fue instantánea: comenzó a gritar de pánico y cayó al suelo temblando con cara de haber visto un fantasma. Se giró instintivamente e identificó los rostros de Don Lorenzo y su esposa mirándole a los ojos.


Años después, sus amigos narraban los hechos aún con intriga, lo único que sabían era que cuando Pedro tocó el hombro a Juan en el cementerio, éste cayó gritando. Desde entonces Juan deliraba pese a la medicación. 

miércoles, 8 de octubre de 2014

#123 EXPIACIÓN



El otoño se estaba abriendo paso en la ciudad. Durante unos minutos José Miguel Álvarez Chapín se había olvidado del puñado de monedas que llevaba sujetas en la mano derecha. Miró hacia arriba para darse cuenta de que el subconsciente le había llevado hasta el parque de las Palomas. Se sentó en un banco y miró los árboles a su alrededor. El abanico de colores del momento le inundó los ojos. Aún quedaban bastantes hojas verdes, algunas ramas se habían poblado completamente de amarillo. La estación no iba a detener su proceso. Y aunque pronto, algunos ejemplares mostraban sus adornos todos ya marrones. El suelo aún no estaba poblado como lo estaría, pero era agradable ver cómo aquí y allá habían caído los días de insoportable calor. No hacía frío. Al contrario, le sobraban grados aún a la época. Las lluvias de los días anteriores no habían refrescado demasiado. Ya cambiaría. Ya llegaría el momento de los rojos, pardos, marrones oscuros. Ya llegaría el momento en el que todas aquellas hojas no aguantaran más en sus ramas y partieran para no volver a colgarse en ellas. La Plaza de España se llenaría de ellas y los niños jugarían a amontonarlas, pisarlas y esparcirlas. Y vendría el viento, el frío. Claro, que en Sevilla tampoco es que fuera a nevar. Algún año lo hizo, pero no lo suficiente como para refrescar y renovar el aire del todo. Eso nunca pasaría. Eso pensaba José Miguel.

Y volvió la vista a su mano que permanecía cerrada en un puño. Y se imaginó los puños de aquellos que no podían cerrarlos por la cantidad de billetes amontonados que tendrían. Puños, bolsillos y carteras. Y cuentas en paraísos fiscales. Puños de manos de aquellos a los que no les temblaba el pulso a la hora de pedir. ¡Qué pedir! ¡Exigir! Exigir que se les diera lo que les correspondía. Lo que les correspondía por hacer su trabajo. Vio a su izquierda un empleado de la empresa privada que gestionaba el mantenimiento del parque, empresa de la que, casualmente el director era cuñado del alcalde. Y eso era lo de menos. Las noticias en la televisión y en los periódicos estaban cada día plagadas de ejemplos en los que Menganito le había pagado a Cetanito nosecuantísimos miles de euros para poder disponer de unos privilegios con los que se beneficiaría econonómicamente él y el resto de su familia por los siglos de los siglos. Sueldos vitalicios de políticos que habían acabado ellos mismos con sus carreras que ascendían a sumas obscenas y que eran publicadas sin ningún pudor, lo cual hacía pensar en cuál sería la cantidad real de lo público más lo privado. Automóviles de lujo para cargos de personalidades empleados del estado, con sueldos pagados por el estado, por los ciudadanos, que utilizaban sus esposas para llevar a los niños al colegio privado bilingüe de más prestigio del lugar. Directivos de banca que admitían cobrar sobresueldos, argumentando que sus jefes cobraban sobresueldos mayores. Empresarios encarcelados que exigían a los jueces que desbloquearan las cuentas de los bancos donde tenían el dinero robado para pagar las multas y las fianzas que los habían metido en procesos por haber robado ese mismo dinero. Escandaloso. Cientos, miles de individuos que diariamente se lo estaban llevando crudo. Robando con total impunidad el dinero de sus acreedores y de sus empleados a los que luego pondrían de patitas en la calle por falta de liquidez en las empresas. Esposas que bajo la pancarta “yo no sé nada de lo que hace mi marido” lucían vestidos, coches, joyas y viviendas impagables.


José Miguel Álvarez Chapín se dijo que no sería jamás uno de aquellos. Firme en su decisión, hizo pedazos la barra de pan que había comprado y la arrojó al suelo con la intención de que las palomas que daban nombre al parque, junto con el resto de pájaros y demás seres vivos se alimentaran. Y sabiendo que eso no expiaría su pecado, se encaminó a la panadería de la calle Las Cruzadas a devolver a la panadera los cinco céntimos de más que le había dado de cambio.

miércoles, 1 de octubre de 2014

#122 FUGA



No la cogerían fácilmente. Consiguió escurrirse entre los dedos de ese ser amenazante que hasta babeaba pensando en su presa. Qué poco disimulo, qué forma de abusar de las que eran más pequeñas. Al zafarse de su perseguidor cayó en la mesa por donde rodó hasta detenerse. Era sólo un lance, la batalla continuaba. Esas enormes manos volvían a cernirse sobre ella y ésta, aturdida, no sabía hacia donde escapar. Todo eran obstáculos y por otro lado le sabía mal irse sin las demás.

Parecía mentira. Una vez alcanzaba una edad, siempre vivían amenazadas con ser devoradas por aquellos seres. Las valoraban. Cierto. ¿Pero de qué servía esa valoración si el final era inevitablemente tan cruel? Y en el caso de la fugitiva que nos ocupa, aquel horrible olor a pescado. Ella que nació tan lejos del mar, en los campos de Andalucía, ahora se veía condenada a vivir impregnada en olor a lonja.

Una leve inclinación en la mesa la permitió posicionarse bajo un techado que la ocultaba de su perseguidor. Y esperó. Triste espera mientras observaba cómo sus compañeras caían una tras otra en ese festín improvisado en el que aquellos seres inmundos, ajenos a sus sentimientos, festejaban, celebraban y se saciaban a su costa.


Y pasó. Fue de manera imprevista, pero unos dedos la cogieron, apretando su costado, haciendo casi rebosar su relleno maloliente. Para terminar como terminaban sus vidas, esas vidas pausadas y tranquilas de pequeñas, respirando airé puro. Vareadas al llegar a la madurez. Unas exprimidas hasta morir y otras haciendo las veces de aperitivo. Qué dura era la vida de una aceituna.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

#121 UN BOTELLÍN



Me senté en la mesa del fondo con mi vaso de vermut. Hoy no quería una cerveza, necesitaba sentirme mayor. Por eso leía el periódico en papel, el de toda la vida. El que me dejaba las yemas de los dedos negras por el roce con la tinta. Me gustaba verme los dedos oscurecidos por el periódico, como tiñen los recuerdos de algo que pasó, y quieras o no leerlo, está ahí. Y después se almacena en nuestra particular hemeroteca, con las marcas que le hicimos al escribirlo.

En la barra un grupo de adolescentes daba cuenta de unos botellines. Reían, hablaban, se empujaban. Estaban a gusto, y sin embargo no les envidiaba. “Los golpes que os va a dar la vida y vosotros ahí de cachondeo” pensaba. Pasaba el dedo por las imágenes del diario, en una suerte de atajo hacia el tiznado de mis yemas. Hacía trampa para acelerar el recuerdo de mis propios fotogramas. Y los chicos seguían con sus cosas. Realmente se les veía disfrutar todos a una. Todos no. Un chico y una chica se mantenían ligeramente apartados del grupo. Hablaban con más distancia y sus miradas se esquivaban cuando confluían en lo que se querían decir y no terminaban de decirse. Cada poco tiempo se veían obligados a intervenir en la conversación del grupo, de manera fugaz, con el propósito de volver a situarse en aquellos dos balcones imaginarios desde los que mirarse.

Cerré el periódico y apuré el vermut. Empezaba a amainar en mi particular hábitat. Estaban los dos con ganas de hacer algo que no sé si llegarían a hacer jamás. Estaban diciéndose más cosas con aquella conversación frágil que sus amigos a voces y risotadas. Y sin embargo eran capaces los dos de mantener unos breves silencios que retumbaban en mi pecho. Empezaron todos a pagar sus cuentas. Se ve que tendría que volver a mi lectura y mis recuerdos, emborronados por la distopía amarga de querer sentirme mayor para cruzar una meta que no sabía situar.


Y ocurrió. El chico le acercó a ella su botellín para que apurara el último sorbo. La adolescencia era eso, ser capaz de agotar hasta el último aliento en una batalla, aunque estuviera perdida de antemano.  A mi edad ya más que aliento eran jadeos, respiraciones estudiadas para llegar a un fin. Ella extendió su mano para coger el botellín y pude observar, privilegiado yo, el gesto, cómo situó deliberadamente su mano sobre la del chico y prolongó el momento de hacerse con el botellín en una suave caricia mientras se miraban para finalmente llevarse ese último aliento a la boca. Y salieron ambos con una fina sonrisa, sin tocarse, sin mirarse, pero sabiendo ambos que si querían darle a la vida en toda la cara, si querían gritarle al destino que le fueran dando con sus augurios, golpes y peligros, si querían pintar de todos los colores las nubes que les arreciarían, debían lanzarse a ese vacío tan inhóspito como maravilloso y jugársela a una carta. Quise pensar que lo harían. Y me pedí un botellín.

martes, 16 de septiembre de 2014

#120 CAMPANAS



¡Donnnnnnnnng!

Durante muchos años Gabriel y él habían subido juntos al campanario varias veces al día. Gabriel le contaba que su padre lo había hecho antes que él. Y su abuelo antes que su padre. Y ambos le habían enseñado la profesión. Y como Gabriel nunca tuvo descendencia le eligió a él para ser su ayudante y alumno en aquella importante misión. Así se lo hacía saber cada día.

―Las campanas son la comunicación en el pueblo ―le decía―. Aunque ya no es lo mismo.

¡Donnnnnnnnng!

―Hace muchos años, cuando sólo había dos relojes de sol, dábamos también las horas. ¿Tú sabes lo importante que era para los hombres que salían del pueblo a faenar en el campo o con el ganado? Y cuando anochecía o había niebla espesa éramos el faro que guiaba a los que andaban perdidos. Pero con los avances tecnológicos perdimos importancia. Un día instalaron ese mecanismo que dio las horas por nosotros. Para facilitarnos la labor, dijeron. Nos hemos echado perder, hijo.

¡Donnnnnnnnng!

El rápido repicar de mi primer día que tocamos a rebato me puso muy nervioso. Gabriel entró corriendo a mi casa y, sin mediar palabra con mis padres, me agarró del brazo y salimos a toda velocidad a la iglesia. Hacía mucho aire y en el campanario parecía que manteníamos una pelea real contra él. Gabriel señaló un punto en el horizonte. Una columna de humo se alzaba hacia el cielo.

―¿Lo ves? ¡Fuego! Tenemos que avisar a todo el mundo.

No fue la única vez. Pero cada alarma que enviamos nos subía la adrenalina y el corazón se nos salía por la boca por la urgencia del momento. ¿Sabría localizar la gente dónde estaba el origen? ¿Llegarían a tiempo?

¡Donnnnnnnnng!

―Chico: a concejo.

Los dos sabíamos que, a pesar de que debía ser un toque rápido y corto, el alcalde nos lo haría repetir dos o tres veces. Todos identificaban perfectamente la llamada. Pero la gente se demoraba. El alcalde tenía por costumbre hacer concejo los sábados después de la comida y pocos acudían a la primera. Bien podía pasar casi una hora desde la primera llamada hasta que el alcalde daba por buena la escasa presencia de vecinos reunidos el pórtico de la iglesia. La mayoría de las veces, los vecinos ya sabían qué se iba a tratar y por eso decidían si acudían o se quedaban echando la siesta, según les tocara el asunto.

¡Donnnnnnnnng!

―Aquí no ha pasado nunca ―me contaba Gabriel―. Sólo en Semana Santa y eso. Pero en los pueblos que tienen muchas iglesias y conventos de monjas, eso debe de ser una fiesta diaria. Que si maitines, el Angelus… Me han contando que en aquellos sitios hacen lo que llaman dormir las campanas. Y bailarlas. O algo así. Unos mozos se cuelgan de ellas mientras las voltean haciendo piruetas. Mucho modernismo. Creo que más de uno ha acabado cayendo en centro de la plaza al perder el equilibrio y ser golpeado por el yugo o, peor, por los quinientos kilos en pleno giro.

¡Donnnnnnnnng!

Ése día subí yo solo. Gabriel no me acompañó. El cura y mi madre dieron el consentimiento para que con mis nueve años me encargara por mi cuenta de aquel mensaje al pueblo. Gabriel me había contado que en las iglesias que tenían dos o más campanas se alternaban en ese caso una macho y otra hembra. Nosotros nos conformábamos con la nuestra y no alternábamos, lógicamente.

―Por ti, maestro.

Agarré el cabo que teníamos atado al badajo y comencé a clamor. Lento. Sentido. En mi boca las palabras que Gabriel recitaba cuando tocábamos a muerto, pero esta vez para él:

¿Por quién doblan las campanas?
Justo final madurado
trae consigo el finado.
Triste vida tarambana.

¡Dong! ¡Donnnnnnnng!



martes, 9 de septiembre de 2014

#119 UNA NUEVA VIDA



Fue palparse el pecho y sentir la sangre empapando la camisa, cuando se dio cuenta que efectivamente el día no había ido bien. Le costaba respirar y decidió hacer memoria de lo que había transcurrido desde por la mañana. Total, estaba visto que la vida entera no iba a pasar por delante de sus ojos. Llevaba un rato en esa posición cada vez más encharcado en sangre y nada. Así que hizo el esfuerzo.

Se había despertado a las siete y en vez de desayunar esos cereales multivitamínicos que a uno le entran ganas de fumárselos en vez de ingerirlos con tanta cosa que llevan, se hizo unos huevos fritos con chistorra. Vale, el doctor ése de la tele no estaría orgulloso de él, pero a cada trozo de pan mojado en la yema, con esos churretones amarillos que le quedaban en la perilla se decía a sí mismo que aquel día empezaba una nueva vida. Irónico dadas las circunstancias. A la postre la nueva vida iba a ser breve.

Había salido a la calle con un refresco de cola en la mano, lo que atrajo las miradas de los soñolientos compañeros de parada de autobús. Pero a él le daba igual, con sus vaqueros y su camiseta de los Rolling. Habían sido muchos años de traje y corbata, de zapatos lustrosos y de viaje a la oficina en su Mercedes SLK. Y ya había reventado. Más o menos como reventarían sus arterias si desde ese día desayunaba lo que serviría de almuerzo a una cuadrilla de albañiles. Dejó el trabajo en la oficina, dejó a su mujer –aparentemente podía no tener relación, pero ella había sido fagocitada por ese mundo de lujos, brunches, partidas de bridge y meriendas con señoras idiotas que no sabían de nada más que hacerse pedazos las unas a las otras en cuanto se percataban de su ausencia- y se dijo que iba a vivir como un tipo normal. Así, a lo loco. Se alquiló un apartamento cutre en el extrarradio dejando a la tonta del bote de su pijísima esposa el ático dúplex del barrio de Salamanca.

Ese día empezaba su primer día de nueva vida. Breve, cierto, pero no dejaba de ser el primero. En pocos días había conseguido un trabajo en una nave de una empresa cárnica. Todo el día metido en cámaras gigantes despiezando y envasando trozos de carne para el consumidor final, que siempre tenía que quedar satisfecho. O eso dijo el señor raro que le hizo la entrevista. Pero se ve que la indumentaria, exageradamente poco favorecedora que se había puesto, ayudaron a que consiguiera el trabajo.

Y sí, vale. El barrio era violento, ya se lo habían advertido. Él, acostumbrado a su casa videovigilada, a su garaje al que sólo le faltaba una alambrada de espino en la entrada y una gorra de las SS al de seguridad, se estremeció un poco cuando le dijeron que el piso era así de barato porque los dos inquilinos anteriores habían muerto en sendos asaltos a la casa. Pero tampoco era para tanto. O eso creía. Dadas las circunstancias en las que se encontraba en ese preciso instante era posible, y sólo posible, que hubiera calibrado mal el peligro real.

Se había montado en el autobús y había encontrado espacio entre dos tipos de camisa sin mangas. ¡Qué asco le daba el roce de la piel ajena en el transporte público! Pero ¿era posible sudar tanto a esas horas? Igual conservaban el sudor de días anteriores. Tentado estuvo de preguntárselo, pero por la cara que gastaban ambos y esos tatuajes indescriptibles sobre la muerte y demás versos poéticos, descartó esa opción. El trayecto hasta la nave había durado apenas hora y media. No era para tanto, un mal atasco en su Mercedes SLK le habría llevado lo mismo. Con su tapicería de piel, el aire acondicionado y el CD puesto, cierto. Pero en el autobús podía escuchar simultáneamente la música de todo el pasaje  y pese al sudor de sus vecinos de viaje, el aire estaba puesto. Y con chófer que iban.

Fue entrar por la puerta de la nave y ser recibido por un compañero, que le tildó de “¡eh, tú, el nuevo!”. No le dejó ni presentarse. Le lanzó una bata blanca y una redecilla para la cabeza. La última que vio una así la usaba su abuela para no despeinarse por la noche. Si le hubieran visto sus ex compañeros de trabajo hubiera sido el hazmerreír de todo el bufete. Sin embargo, ese primer compañero era el que, con una cara entre la pena y la lástima, incluso más allá de la lástima creyó deducir, le observaba mientras su recién estrenada bata blanca se teñía de sangre. Y murmuraba “pues sí que nos ha durao poco el nuevo”.

Y sí. Duré poco. No fue una bala perdida caminando por el barrio de noche. Ni una caída en el baño asqueroso que tenía el habitáculo en el que vivía. No, ahí estaba yo, tendido en el suelo con el metálico olor a sangre. Me habían advertido que las sierras de despiece eran muy peligrosas, que había que usar guantes de red metálica, y gafas de ésas como de laboratorio. Y yo, fiel cumplidor de las normas, me había calzado toda aquella parafernalia antes de empezar a trocear un carnero. No se me dio mal lo de la sierra. Quizás fueron las botas de goma, no sé. Pero ahora que yacía tendido en el suelo, con ochenta y cinco kilos de magro de cerdo sangrándome encima reconozco que sí que eché de menos mi vida anterior. O una nueva vida, diferente a la caduca nueva vida que había vivido fulgurantemente aquella jornada. Sobre todo cuando adiviné entre la apnea, la sangre y la vergüenza, que se acercaba el señor que me había hecho la entrevista mientras espetaba un “¡a ver qué coño ha hecho el nuevo!”. Entonces llegaron las risas de mis compañeros. Anda que me ayudaron los cabrones. Se ve que no era lástima lo que sentían.

Mi nueva vida ya si eso empezaría mañana.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

#118 OTRO MOMENTO



La relación de Carlos y Ana siempre se había basado en la pasión desenfrenada y el sexo desatado a veces, incluso, irrespetuoso. Aquella relación no duró mucho, aunque a ambos les quedó la sensación de que ese tiempo fue demasiado. Demasiado intenso, demasiado dependiente y demasiado doloroso. Cuando al fin rompieron y tuvieron tiempo para ellos mismos, los dos prácticamente llegaron a la misma conclusión: le habían dedicado tanta energía a la conservación de aquella relación, que no prestaron atención ni al otro ni a sí mismos. En aquel periodo llegaron a conocer la manera de satisfacer y satisfacerse, pero no sabían la comida preferida del otro. Supieron llegar a un clímax como nunca lo habían hecho, pero nunca supieron realmente en qué trabajaba el otro. Habrían sabido describir con los ojos cerrados el cuerpo desnudo del otro, pero no habrían acertado con el número de hermanos de cada uno. Y hasta que no pasaron por el dolor de la propia relación y luego el de la ruptura, no supieron hasta qué punto se habían perdido el respeto el uno al otro y a sí mismos. Y no fue inmediatamente, sino con el paso de los meses, incluso los años. Ninguno de los dos se habría imaginado que, al volver a verse cara a cara de nuevo por casualidad, lo primero que surgiría de ambos fue lo que jamás hicieron cuando estuvieron antes tan cerca: un largo, tierno y sentido abrazo.

Carlos iba caminando por el paseo de la playa con un grupo de amigos en dirección al puerto, y Ana volvía del puerto camino de la arena con su respectivo grupo de amigas. Un paseo agradable, pues aquella noche de verano no era especialmente calurosa. Habían pasado nueve años desde que se vieran por última vez, momento en el que habían tenido su última discusión, momento de la separación. A Carlos le dio un vuelco el corazón al ver a Ana. Ana levantó la vista como si hubiera sentido la llamada de Carlos y se quedó parada en el paseo. Sonrieron con sinceridad, se acercaron el uno al otro, se miraron a los ojos unos segundos y, finalmente, se abrazaron. Y así permanecieron unos minutos, obviando a sus amigos y obviando el pasado.

―¿Tomamos tú y yo algo? ―propuso Carlos.

―Sí ―contestó Ana casi sin dejarle terminar la pregunta.

Durante unas cuántas horas se fueron poniendo al día. Se contaron cosas que habían pasado durante aquellos nueve años, pero también se contaron cosas anteriores, cosas que eran de cuando estuvieron juntos, e incluso anteriores aún. Pero ninguno hizo hincapié en eso ni fue rencoroso, sino todo lo contrario. Ambos condescendieron y se mostraron mucho más maduros. Ambos pusieron real interés por conocer cómo le habían ido las cosas al otro. Ana le contó que después de varios intentos fue aceptada en la facultad de Bellas Artes. Carlos había montado un taller y una tienda de motos y le iba bien. Ana estuvo saliendo con un chico más joven que ella que también estudiaba Bellas Artes, pero lo dejaron pronto porque él se emborrachaba demasiado y hacía y decía demasiadas estupideces. Tenía la cabeza vacía y el corazón frío, matizó Ana. Carlos no había tenido ninguna novia. Sí, ligues de una noche, pero nada importante. Nunca nada como tú, dijo. Y Ana se ruborizó y desvió la mirada. Se acercó a él y le puso la cabeza en el hombro. Quiero hacer el amor contigo. Confieso que es algo que he echado de menos. Carlos le acarició el pelo. Ambos se levantaron y se fueron a casa de Carlos. El mismo lugar, pero distintas sensaciones.


Hicieron el amor despacio, como si fueran figuras de cristal que temieran romper. Cuando Carlos acompañó a Ana a casa, se despidieron sin palabras. Mejor así, pensaron ambos. Así podremos retomar tranquilamente nuestro verdadero momento, pensó Ana. Así no nos haremos más daño cuando no nos volvamos a ver, pensó Carlos caminando de vuelta.