miércoles, 24 de septiembre de 2014

#121 UN BOTELLÍN



Me senté en la mesa del fondo con mi vaso de vermut. Hoy no quería una cerveza, necesitaba sentirme mayor. Por eso leía el periódico en papel, el de toda la vida. El que me dejaba las yemas de los dedos negras por el roce con la tinta. Me gustaba verme los dedos oscurecidos por el periódico, como tiñen los recuerdos de algo que pasó, y quieras o no leerlo, está ahí. Y después se almacena en nuestra particular hemeroteca, con las marcas que le hicimos al escribirlo.

En la barra un grupo de adolescentes daba cuenta de unos botellines. Reían, hablaban, se empujaban. Estaban a gusto, y sin embargo no les envidiaba. “Los golpes que os va a dar la vida y vosotros ahí de cachondeo” pensaba. Pasaba el dedo por las imágenes del diario, en una suerte de atajo hacia el tiznado de mis yemas. Hacía trampa para acelerar el recuerdo de mis propios fotogramas. Y los chicos seguían con sus cosas. Realmente se les veía disfrutar todos a una. Todos no. Un chico y una chica se mantenían ligeramente apartados del grupo. Hablaban con más distancia y sus miradas se esquivaban cuando confluían en lo que se querían decir y no terminaban de decirse. Cada poco tiempo se veían obligados a intervenir en la conversación del grupo, de manera fugaz, con el propósito de volver a situarse en aquellos dos balcones imaginarios desde los que mirarse.

Cerré el periódico y apuré el vermut. Empezaba a amainar en mi particular hábitat. Estaban los dos con ganas de hacer algo que no sé si llegarían a hacer jamás. Estaban diciéndose más cosas con aquella conversación frágil que sus amigos a voces y risotadas. Y sin embargo eran capaces los dos de mantener unos breves silencios que retumbaban en mi pecho. Empezaron todos a pagar sus cuentas. Se ve que tendría que volver a mi lectura y mis recuerdos, emborronados por la distopía amarga de querer sentirme mayor para cruzar una meta que no sabía situar.


Y ocurrió. El chico le acercó a ella su botellín para que apurara el último sorbo. La adolescencia era eso, ser capaz de agotar hasta el último aliento en una batalla, aunque estuviera perdida de antemano.  A mi edad ya más que aliento eran jadeos, respiraciones estudiadas para llegar a un fin. Ella extendió su mano para coger el botellín y pude observar, privilegiado yo, el gesto, cómo situó deliberadamente su mano sobre la del chico y prolongó el momento de hacerse con el botellín en una suave caricia mientras se miraban para finalmente llevarse ese último aliento a la boca. Y salieron ambos con una fina sonrisa, sin tocarse, sin mirarse, pero sabiendo ambos que si querían darle a la vida en toda la cara, si querían gritarle al destino que le fueran dando con sus augurios, golpes y peligros, si querían pintar de todos los colores las nubes que les arreciarían, debían lanzarse a ese vacío tan inhóspito como maravilloso y jugársela a una carta. Quise pensar que lo harían. Y me pedí un botellín.

martes, 16 de septiembre de 2014

#120 CAMPANAS



¡Donnnnnnnnng!

Durante muchos años Gabriel y él habían subido juntos al campanario varias veces al día. Gabriel le contaba que su padre lo había hecho antes que él. Y su abuelo antes que su padre. Y ambos le habían enseñado la profesión. Y como Gabriel nunca tuvo descendencia le eligió a él para ser su ayudante y alumno en aquella importante misión. Así se lo hacía saber cada día.

―Las campanas son la comunicación en el pueblo ―le decía―. Aunque ya no es lo mismo.

¡Donnnnnnnnng!

―Hace muchos años, cuando sólo había dos relojes de sol, dábamos también las horas. ¿Tú sabes lo importante que era para los hombres que salían del pueblo a faenar en el campo o con el ganado? Y cuando anochecía o había niebla espesa éramos el faro que guiaba a los que andaban perdidos. Pero con los avances tecnológicos perdimos importancia. Un día instalaron ese mecanismo que dio las horas por nosotros. Para facilitarnos la labor, dijeron. Nos hemos echado perder, hijo.

¡Donnnnnnnnng!

El rápido repicar de mi primer día que tocamos a rebato me puso muy nervioso. Gabriel entró corriendo a mi casa y, sin mediar palabra con mis padres, me agarró del brazo y salimos a toda velocidad a la iglesia. Hacía mucho aire y en el campanario parecía que manteníamos una pelea real contra él. Gabriel señaló un punto en el horizonte. Una columna de humo se alzaba hacia el cielo.

―¿Lo ves? ¡Fuego! Tenemos que avisar a todo el mundo.

No fue la única vez. Pero cada alarma que enviamos nos subía la adrenalina y el corazón se nos salía por la boca por la urgencia del momento. ¿Sabría localizar la gente dónde estaba el origen? ¿Llegarían a tiempo?

¡Donnnnnnnnng!

―Chico: a concejo.

Los dos sabíamos que, a pesar de que debía ser un toque rápido y corto, el alcalde nos lo haría repetir dos o tres veces. Todos identificaban perfectamente la llamada. Pero la gente se demoraba. El alcalde tenía por costumbre hacer concejo los sábados después de la comida y pocos acudían a la primera. Bien podía pasar casi una hora desde la primera llamada hasta que el alcalde daba por buena la escasa presencia de vecinos reunidos el pórtico de la iglesia. La mayoría de las veces, los vecinos ya sabían qué se iba a tratar y por eso decidían si acudían o se quedaban echando la siesta, según les tocara el asunto.

¡Donnnnnnnnng!

―Aquí no ha pasado nunca ―me contaba Gabriel―. Sólo en Semana Santa y eso. Pero en los pueblos que tienen muchas iglesias y conventos de monjas, eso debe de ser una fiesta diaria. Que si maitines, el Angelus… Me han contando que en aquellos sitios hacen lo que llaman dormir las campanas. Y bailarlas. O algo así. Unos mozos se cuelgan de ellas mientras las voltean haciendo piruetas. Mucho modernismo. Creo que más de uno ha acabado cayendo en centro de la plaza al perder el equilibrio y ser golpeado por el yugo o, peor, por los quinientos kilos en pleno giro.

¡Donnnnnnnnng!

Ése día subí yo solo. Gabriel no me acompañó. El cura y mi madre dieron el consentimiento para que con mis nueve años me encargara por mi cuenta de aquel mensaje al pueblo. Gabriel me había contado que en las iglesias que tenían dos o más campanas se alternaban en ese caso una macho y otra hembra. Nosotros nos conformábamos con la nuestra y no alternábamos, lógicamente.

―Por ti, maestro.

Agarré el cabo que teníamos atado al badajo y comencé a clamor. Lento. Sentido. En mi boca las palabras que Gabriel recitaba cuando tocábamos a muerto, pero esta vez para él:

¿Por quién doblan las campanas?
Justo final madurado
trae consigo el finado.
Triste vida tarambana.

¡Dong! ¡Donnnnnnnng!



martes, 9 de septiembre de 2014

#119 UNA NUEVA VIDA



Fue palparse el pecho y sentir la sangre empapando la camisa, cuando se dio cuenta que efectivamente el día no había ido bien. Le costaba respirar y decidió hacer memoria de lo que había transcurrido desde por la mañana. Total, estaba visto que la vida entera no iba a pasar por delante de sus ojos. Llevaba un rato en esa posición cada vez más encharcado en sangre y nada. Así que hizo el esfuerzo.

Se había despertado a las siete y en vez de desayunar esos cereales multivitamínicos que a uno le entran ganas de fumárselos en vez de ingerirlos con tanta cosa que llevan, se hizo unos huevos fritos con chistorra. Vale, el doctor ése de la tele no estaría orgulloso de él, pero a cada trozo de pan mojado en la yema, con esos churretones amarillos que le quedaban en la perilla se decía a sí mismo que aquel día empezaba una nueva vida. Irónico dadas las circunstancias. A la postre la nueva vida iba a ser breve.

Había salido a la calle con un refresco de cola en la mano, lo que atrajo las miradas de los soñolientos compañeros de parada de autobús. Pero a él le daba igual, con sus vaqueros y su camiseta de los Rolling. Habían sido muchos años de traje y corbata, de zapatos lustrosos y de viaje a la oficina en su Mercedes SLK. Y ya había reventado. Más o menos como reventarían sus arterias si desde ese día desayunaba lo que serviría de almuerzo a una cuadrilla de albañiles. Dejó el trabajo en la oficina, dejó a su mujer –aparentemente podía no tener relación, pero ella había sido fagocitada por ese mundo de lujos, brunches, partidas de bridge y meriendas con señoras idiotas que no sabían de nada más que hacerse pedazos las unas a las otras en cuanto se percataban de su ausencia- y se dijo que iba a vivir como un tipo normal. Así, a lo loco. Se alquiló un apartamento cutre en el extrarradio dejando a la tonta del bote de su pijísima esposa el ático dúplex del barrio de Salamanca.

Ese día empezaba su primer día de nueva vida. Breve, cierto, pero no dejaba de ser el primero. En pocos días había conseguido un trabajo en una nave de una empresa cárnica. Todo el día metido en cámaras gigantes despiezando y envasando trozos de carne para el consumidor final, que siempre tenía que quedar satisfecho. O eso dijo el señor raro que le hizo la entrevista. Pero se ve que la indumentaria, exageradamente poco favorecedora que se había puesto, ayudaron a que consiguiera el trabajo.

Y sí, vale. El barrio era violento, ya se lo habían advertido. Él, acostumbrado a su casa videovigilada, a su garaje al que sólo le faltaba una alambrada de espino en la entrada y una gorra de las SS al de seguridad, se estremeció un poco cuando le dijeron que el piso era así de barato porque los dos inquilinos anteriores habían muerto en sendos asaltos a la casa. Pero tampoco era para tanto. O eso creía. Dadas las circunstancias en las que se encontraba en ese preciso instante era posible, y sólo posible, que hubiera calibrado mal el peligro real.

Se había montado en el autobús y había encontrado espacio entre dos tipos de camisa sin mangas. ¡Qué asco le daba el roce de la piel ajena en el transporte público! Pero ¿era posible sudar tanto a esas horas? Igual conservaban el sudor de días anteriores. Tentado estuvo de preguntárselo, pero por la cara que gastaban ambos y esos tatuajes indescriptibles sobre la muerte y demás versos poéticos, descartó esa opción. El trayecto hasta la nave había durado apenas hora y media. No era para tanto, un mal atasco en su Mercedes SLK le habría llevado lo mismo. Con su tapicería de piel, el aire acondicionado y el CD puesto, cierto. Pero en el autobús podía escuchar simultáneamente la música de todo el pasaje  y pese al sudor de sus vecinos de viaje, el aire estaba puesto. Y con chófer que iban.

Fue entrar por la puerta de la nave y ser recibido por un compañero, que le tildó de “¡eh, tú, el nuevo!”. No le dejó ni presentarse. Le lanzó una bata blanca y una redecilla para la cabeza. La última que vio una así la usaba su abuela para no despeinarse por la noche. Si le hubieran visto sus ex compañeros de trabajo hubiera sido el hazmerreír de todo el bufete. Sin embargo, ese primer compañero era el que, con una cara entre la pena y la lástima, incluso más allá de la lástima creyó deducir, le observaba mientras su recién estrenada bata blanca se teñía de sangre. Y murmuraba “pues sí que nos ha durao poco el nuevo”.

Y sí. Duré poco. No fue una bala perdida caminando por el barrio de noche. Ni una caída en el baño asqueroso que tenía el habitáculo en el que vivía. No, ahí estaba yo, tendido en el suelo con el metálico olor a sangre. Me habían advertido que las sierras de despiece eran muy peligrosas, que había que usar guantes de red metálica, y gafas de ésas como de laboratorio. Y yo, fiel cumplidor de las normas, me había calzado toda aquella parafernalia antes de empezar a trocear un carnero. No se me dio mal lo de la sierra. Quizás fueron las botas de goma, no sé. Pero ahora que yacía tendido en el suelo, con ochenta y cinco kilos de magro de cerdo sangrándome encima reconozco que sí que eché de menos mi vida anterior. O una nueva vida, diferente a la caduca nueva vida que había vivido fulgurantemente aquella jornada. Sobre todo cuando adiviné entre la apnea, la sangre y la vergüenza, que se acercaba el señor que me había hecho la entrevista mientras espetaba un “¡a ver qué coño ha hecho el nuevo!”. Entonces llegaron las risas de mis compañeros. Anda que me ayudaron los cabrones. Se ve que no era lástima lo que sentían.

Mi nueva vida ya si eso empezaría mañana.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

#118 OTRO MOMENTO



La relación de Carlos y Ana siempre se había basado en la pasión desenfrenada y el sexo desatado a veces, incluso, irrespetuoso. Aquella relación no duró mucho, aunque a ambos les quedó la sensación de que ese tiempo fue demasiado. Demasiado intenso, demasiado dependiente y demasiado doloroso. Cuando al fin rompieron y tuvieron tiempo para ellos mismos, los dos prácticamente llegaron a la misma conclusión: le habían dedicado tanta energía a la conservación de aquella relación, que no prestaron atención ni al otro ni a sí mismos. En aquel periodo llegaron a conocer la manera de satisfacer y satisfacerse, pero no sabían la comida preferida del otro. Supieron llegar a un clímax como nunca lo habían hecho, pero nunca supieron realmente en qué trabajaba el otro. Habrían sabido describir con los ojos cerrados el cuerpo desnudo del otro, pero no habrían acertado con el número de hermanos de cada uno. Y hasta que no pasaron por el dolor de la propia relación y luego el de la ruptura, no supieron hasta qué punto se habían perdido el respeto el uno al otro y a sí mismos. Y no fue inmediatamente, sino con el paso de los meses, incluso los años. Ninguno de los dos se habría imaginado que, al volver a verse cara a cara de nuevo por casualidad, lo primero que surgiría de ambos fue lo que jamás hicieron cuando estuvieron antes tan cerca: un largo, tierno y sentido abrazo.

Carlos iba caminando por el paseo de la playa con un grupo de amigos en dirección al puerto, y Ana volvía del puerto camino de la arena con su respectivo grupo de amigas. Un paseo agradable, pues aquella noche de verano no era especialmente calurosa. Habían pasado nueve años desde que se vieran por última vez, momento en el que habían tenido su última discusión, momento de la separación. A Carlos le dio un vuelco el corazón al ver a Ana. Ana levantó la vista como si hubiera sentido la llamada de Carlos y se quedó parada en el paseo. Sonrieron con sinceridad, se acercaron el uno al otro, se miraron a los ojos unos segundos y, finalmente, se abrazaron. Y así permanecieron unos minutos, obviando a sus amigos y obviando el pasado.

―¿Tomamos tú y yo algo? ―propuso Carlos.

―Sí ―contestó Ana casi sin dejarle terminar la pregunta.

Durante unas cuántas horas se fueron poniendo al día. Se contaron cosas que habían pasado durante aquellos nueve años, pero también se contaron cosas anteriores, cosas que eran de cuando estuvieron juntos, e incluso anteriores aún. Pero ninguno hizo hincapié en eso ni fue rencoroso, sino todo lo contrario. Ambos condescendieron y se mostraron mucho más maduros. Ambos pusieron real interés por conocer cómo le habían ido las cosas al otro. Ana le contó que después de varios intentos fue aceptada en la facultad de Bellas Artes. Carlos había montado un taller y una tienda de motos y le iba bien. Ana estuvo saliendo con un chico más joven que ella que también estudiaba Bellas Artes, pero lo dejaron pronto porque él se emborrachaba demasiado y hacía y decía demasiadas estupideces. Tenía la cabeza vacía y el corazón frío, matizó Ana. Carlos no había tenido ninguna novia. Sí, ligues de una noche, pero nada importante. Nunca nada como tú, dijo. Y Ana se ruborizó y desvió la mirada. Se acercó a él y le puso la cabeza en el hombro. Quiero hacer el amor contigo. Confieso que es algo que he echado de menos. Carlos le acarició el pelo. Ambos se levantaron y se fueron a casa de Carlos. El mismo lugar, pero distintas sensaciones.


Hicieron el amor despacio, como si fueran figuras de cristal que temieran romper. Cuando Carlos acompañó a Ana a casa, se despidieron sin palabras. Mejor así, pensaron ambos. Así podremos retomar tranquilamente nuestro verdadero momento, pensó Ana. Así no nos haremos más daño cuando no nos volvamos a ver, pensó Carlos caminando de vuelta.

miércoles, 27 de agosto de 2014

#117 ES LO QUE YO CREO. O LOS DOS



No sabía si lo era. Toda la vida creyendo serlo y al final iba a resultar que era lo que creía ser. Si seguía en esta línea me iba a reventar la cabeza. Siempre fui más de conversación liviana. Lo cierto es que ahora no conversaba con nadie. O quizás sí. Conmigo mismo, que al final resultaba ser otro. Osea dos. ¿O uno con un ser particionado como los discos duros? Vaya gilipollez. Decido ser dos. Muy parecidos por cierto, no por ser iguales sino por ser uno la aspiración del otro.

Y ahí me encuentro, conversando. No sé si pedirme una caña o dos. O a pares, porque menudo filón que ha encontrado mi cabeza para hacer cabriolas. Lo que me faltaba. Por si no centrifugaba a unas revoluciones superiores a las que un ser humano sano podía tolerar, ahora añado una perla. O dos.

¿Me bastaba aspirar a ser lo que deseaba ser sólo para sentirme a gusto conmigo mismo? Sonaba un poco a tener más cara que espalda. Los contratos se cumplen, si no no se firman. Pero en fin, que las contradicciones de uno siempre hacen que la realidad sea un poco más llevadera. Lo cierto es que si ahora tenía que asumir las dos realidades, no sé cómo iban a encajar ahí las contradicciones. Igual podía generar unas nuevas o duplicar las antiguas. Pero es que ya tenía unas cuantas, creo que la mejor opción sería compartirlas.

Cuando descubrí que no era lo que creía ser sino sólo una aspiración de serlo, lo llevé en secreto. Sí. Me daba como no sé qué. Algunos podían pensar que no era sino una justificación de mi fracaso vital, y otros simplemente pensar que estaba como una regadera. Me gusta regar. Pero no tengo regadera. Soy más de utilizar el vaso en el que me sirvo la cerveza en casa. Así mi ficus y yo compartimos menaje. Pero bueno, que me voy del asunto. Y tengo a mi otro recién estrenado yo esperando una solución.

Porque él es el bueno. Es el que yo debiera ser y sin embargo no soy. Es el íntegro de moral intachable, el padre amoroso y el amigo leal. Él es todo lo que yo deseaba ser. No, peor que eso. Él es todo lo que yo pensaba que estaba siendo a lo largo de mi vida. Y ahora descubro que no. Que es una especie de holograma que habita en mí. Que digo yo que si habita en mí es porqué yo le habré invitado. No sé, es todo muy confuso aún. Es como meter a un desconocido en casa, pero tener la sensación de conocerle de antes, y encima que te dé una envidia que te cagas su forma de ser.

Dicen que pienso demasiado. Que no hay que dar tantas vueltas a las cosas. Que las cosas son lo que son y que hay que aceptarlas como vienen. Yo no sé si me convence. Y el otro aún no sabe lo que piensa, porque claro, si lo pienso yo, igual lo piensa él. O no. Porque él seguro que piensa algo mejor. Yo no creo que piense tanto las cosas. Yo creo que exageran.

―¡El 83!

―Sí, es mi turno, quiero ciento cincuenta gramos de jamón serrano por favor.


Yo no pienso demasiado. Yo aprovecho los tiempos muertos.

miércoles, 20 de agosto de 2014

#116 BEBOP EN EL GILLESPIE



Gillespie es la discoteca de moda y más éxito de la zona. Está situada en la Avenida Principal, arriba del todo y ocupa toda una manzana. La gente se aglomera en la entrada desde antes de las diez de la noche, que es cuando abre. Aunque sólo hay una entrada, ésta es muy grande y está dividida en tres para poder controlar mejor el acceso de la gente y evitar largas esperas. En cada una de las tres subentradas hay dos porteros. Son tipos grandes y están ahí para que no se cuelen especímenes no-adecuados. Primero hacen un estudio íntegro visual de cada individuo que se dispone a entrar en el local. Aquí entra en marcha el primer filtro. Ellos son los encargados de saber discriminar y diferenciar quiénes a simple vista son individuos que se encuentran entre los límites de lo normal-especial hasta lo exclusivo. Todo lo que esté por debajo de normal-especial es despreciado y no se le permite la entrada, ni a él ni a sus acompañantes, para evitar posible contagio de normalidad-común y/o anormalidad. El segundo filtro es a voluntad del portero. Se trata de un cacheo en busca de objetos que puedan considerarse armas en un momento dado. El portero decide a quién cacheará en cada momento y hasta dónde, alegando seguridad. Si el cliente no desea someterse al registro, puede voluntariamente despreciarse a sí mismo y alejarse para que los porteros continúen su trabajo. Podría parecer un acto de prepotencia justificada, pero hasta el momento lo cierto es que el Gillespie no ha recibido ninguna queja en cuanto al trato recibido por los porteros, cosa que distingue a su vez el negocio de otros cercanos con conocidos abusos de supuesta autoridad por parte de los puertas, que se creen los dueños de los locales y de las calles en las que están situados. En el caso del Gillespie, las noticias y los programas del corazón han llegado a hacer entrevistas a los porteros para mostrar auténticos ejemplos de profesionalidad. El público ya conoce tanto el local, como el estilo, como al personal y siguen fieles a su tendencia.

Uno de los trabajadores es Ramón Luque, Mon para los conocidos y amigos. Mon es el DJ. Mon es un tipo, como no podría ser de otra manera, especial y particular. Mon hace viajes mensuales a Londres y Nueva York para estar al día de las tendencias en cuanto a moda y siempre trae algo nuevo de sus viajes que luce con un estilo espectacular, y también en cuanto a música, para tener al público a la última de lo que fuera de España se mueve y hace mover el cuerpo. Mon se toma su trabajo muy en serio, le gusta y además lo hace bien. Es muy reconocido a nivel nacional y también internacional cuando se dan concentraciones de DJs en distintos países. Y además, Mon está buenísimo. Todas las camareras del Gillespie lo pensamos. A todas nos tiene locas a pesar de tener el ego demasiado subido y no considerarnos de su mismo nivel. Cuando nos mira, que lo hace bastante poco a pesar de nuestra evidente pérdida de juicio por sus huesos, no dice básicamente nada y su mirada emite un veredicto de culpabilidad en cuanto a estilo. Su ceja izquierda levantada por encima de lo que cubren sus gafas de sol y su boca torcida están pensando “chicas, cambiad ya, que os estáis echando a perder”. Aún así no me he rendido y esta noche voy a llevármelo a la cama. Esta noche lo conseguiré.

A las diez, como cada noche, las chicas comenzamos a servir copas. Yo estoy detrás de una de las cuatro barras interiores junto a Lola. Llevamos trabando juntas ya tres años y nos compenetramos muy bien. Cuando hay aglomeración de trabajo sabemos lo que necesitamos la una de la otra sin abrir la boca. Cuando necesito hielos porque se me han acabado, me giro y ahí está Lola estirando el brazo hacia mí con un cubo lleno sin mirarme. Cuando a Lola se le ha caído el abrechapas, antes de decir nada ya le he hecho llegar uno resbalando por la barra hasta sus manos. No somos grandes amigas porque no queremos romper nuestro buen rollo detrás de nuestra barra. En cada una de las otras barras hay también dos chicas y en la grande de la terraza, tres. El encargado, Javier, y sus dos acólitos se pasean constantemente por todas las barras por si necesitamos algo: reponer bebidas, cambio en la caja o un beso en la boca. Se creen bastante dueños del Gillespie. Y lo son, ciertamente. Las dos primeras horas de trabajo son mortales. La gente se agolpa como si hubiera estado en huelga de sed durante días. Un rato antes de medianoche las barras se quedan más vacías. La gente cambia de local o ya han bebido frenéticamente y se lo están tomando con más calma. Esto me da algo de holgura para poder fijarme habitualmente en Mon cuando entra por la puerta a las doce en punto. Saluda antipáticamente siguiendo su propio estilo a la gente que conoce y se dirige directamente a su puesto. Cruza unas palabras con Marcos, el pincha que le precede las dos primeras horas, y comienza su espectáculo que durará cinco horas seguidas, sin descanso.

Hay algo que me mata durante esas cinco horas: las empañalunas. Las empañalunas son las chicas que han perdido toda su dignidad y están toda la noche acercándose a la pecera de Mon a pedir tal o cual tema. El cristal les suele quedar como media a la altura del cuello, con lo cual, puesto que la música está muy alta y quieren acercarse mucho a Mon para incluso tocarle el pelo, aplastan sus escotes y sus pechos contra el cristal. Al final de la noche ese cristal que se limpia cada día, deja de ser transparente para cubrirse de huellas de manos, huellas de pechos, maquillaje y sudor. Y Mon levanta media sonrisa porque sabe que una de ellas acabará sumisamente desnuda en su catre. No soporto a las empañalunas, y mucho menos esta noche.

Termino de servir una copa, miro el reloj y son precisamente las cinco. La noche se me ha pasado volando hoy. En ese instante, como cada noche, Mon baja mucho el ritmo y el volumen de la música y enciende  las luces para ir dispersando a los clientes, que lo habitual es que se queden casi una hora más. En las barras ya no ponemos más copas a los clientes. Yo preparo dos gintónics y me voy directa a la pecera.

―Has estado muy bien esta noche ―sé que a Mon le encanta que le alaben su trabajo. Le extiendo la copa―. ¿Sed?

―Gracias, Lola.

Le rompería el vaso en la cabeza por llamarme Lola, si no es porque me lo quiero tirar hoy mismo. Y lo de gracias no estoy segura si es por la copa o por el halago. Más bien creo que por lo segundo, porque sigue sin mirarme y recogiendo sus cosas.

―Mon… ―me he quedado un poco muda. Esto lo tenía que haber preparado antes. Estoy gilipollas.

―Qué.

―¿Qué tal te ha ido en Berlín estos días? ―Volvió ayer.

―Bien, como siempre.

―Mon.

―Qué.

―¿Y si nos vamos tú y yo ahora mismo a mi casa?

Mon me mira ahora directamente a la cara y en ese momento entra Javier por la puerta.

―¡Mon, cojonudo, tío! ―Y le guiña un ojo. Me mira ahora a mí―. ¡Tú, a mi despacho ahora! ¡Sal ya, que tengo que comentarle una cosilla al rey de los DJs!

No me puedo creer que tuviera valor para decirle a Mon que nos fuéramos él y yo. Pero, ¡zas!, lo hago. Y en ese momento, cuando se va a resolver la situación… ¡entra el jefe y me echa de allí! ¡No me lo puedo creer! Javier en general es un tío muy agradable. Es divorciado, cuarentón, con indicios de algunas canillas que se empiezan a multiplicar, lo cual le hace bastante atractivo. Es muy trabajador, activo y paga muy bien. Además es divertido, suele estar de buen humor. Es coquero. Así que es posible que una cosa sea consecuencia de la otra. Ahora mismo no caigo en ninguna de nosotras, las camareras, a la que no se haya beneficiado. Y en más de una ocasión. Es un seductor, sabe lo que cada una quiere. Ninguna estamos pilladas por él, pero en un momento dado es un desahogo. Él lo sabe y también se aprovecha. ¿Un cerdo? Realmente no. No nos ha obligado a nada, ni nos ha amenazado con despedirnos, ni nada. A mí por lo menos no. En cuanto entre en su despacho pienso decirle que me deje en paz, que pensaba irme con Mon. Pero antes quiero ir al baño, han sido muchas horas de pie y sin parar. Cuando salgo me dirijo al despachito que tiene Javier en el piso de arriba. Desde fuera no se ve el interior, pero desde dentro tienes una visión panorámica de todo el local, incluida la terraza. Lo tiene decorado con muy buen gusto. Algo clásico para mí, pero no antiguo. Muchas líneas rectas, lo que se puede considerar moderno, aunque no trendy. Javier no está a la última, pero eso no hace que el negocio vaya mal. El local para el público es otra cosa. Ahí, en su momento, se dejó asesorar. La puerta del despacho está medio abierta.

―¿Javier? ―Me asomo con respeto antes de entrar. Un brazo sale de detrás de la puerta, me sujeta con fuerza la cintura y Javier me aprieta contra su cuerpo―. ¡No, Javier! Escucha: hoy no, hoy tengo otros planes.

―¿Sííí? ¿No te refieres a eso, verdad? ―Y me acerca al ventanal desde donde veo cómo Mon está arrastrando por el brazo a una puta empañalunas hacia la salida.

―Mierda. ¡Joder, Javier, es culpa tuya! ―le reprocho.

―No, corazón. Ha habido mucho trabajo esta noche y no te has dado cuenta, pero esa cerda lleva enseñándole algo más que el escote a vuestro amado Mon desde que llegó. Él ya tenía sus planes. Te lo juro.

―He quedado fatal ―me avergüenzo.

―No demasiado. ¿Por qué crees que he entrado en la pecera como un elefante en una cacharrería? Iba a rescatarte de la humillación a la que inconscientemente te habías arrojado ―dice Javier mientras me mira y me acaricia el pelo con ternura. A veces pienso que es como el padre enrollado que nunca he tenido. Me aparta del ventanal―. Escucha: tengo un regalo.

Sobre la mesa del despacho Javier tenía preparadas unas rayas de coca encima de un espejo. Hace tiempo que Javier conoce mi afición ocasional al sniff. Por entonces tuve una charla seria con él en la que me advirtió que, al menor síntoma de verme colocada en el trabajo o con ademanes de yonki, me ponía de patitas en la calle sin el menor resquemor. Él se droga con frecuencia, pero nunca ha dado la más mínima sensación de estar colgadísimo. Como buen ejecutivo modernito que se considera, se mete sus lonchitas de vez en cuando. Y parece que esta noche es una de esas veces. Y además me invita. Javier y yo hacemos uso de esas rayitas preparadas, yo por desengaño, él, no lo sé. Muchas risas, muchos besos, mucha música, coche descapotable, piso de Javier –lo sé porque ya he estado antes-, y mucho y muy divertido sexo. Es lo malo que tiene el tren de la bruja, que cuando subes ya es imposible bajar.


Cuando quiero ser consciente de mi cuerpo, estoy saliendo de casa de Javier mientras él se ha quedado dormido. Cojo un taxi e intento hacer un poco de balance desde que Javier me saca de la pecera hasta que salgo de su casa. ¿Cómo es posible que me haya dejado abandonar de esa manera? Vale que Mon sea un gilipollas aunque esté muy bueno. Vale que Javier se porte muy bien conmigo a pesar de sacarme casi veinte años. Pero, ¿y yo? ¿Qué pienso yo de mí misma? No es la primera vez que la coca me lleva a hacer lo que ella quiere sin consultarme. Es muy probable que todas las veces me lo haya pasado de fábula, pero no recuerdo con exactitud ninguna de ellas como para poder redisfrutarla cuando a mí me dé la gana. Así no puedo. No estoy enganchada y es la forma de cortar con ello. Quiero que me dé asco. Le pediré a Javier que no me vuelva a ofrecer en la vida. Eso y que me devuelva las bragas que me he olvidado en su casa. ¿Con qué cara se lo pido?

miércoles, 13 de agosto de 2014

#115 MAREAS



Me estaba mojando los pies. No fue igual la noche anterior en la que las botas de montaña me protegieron de la incierta marea. Ahora miraba entre las piedras de la cala rebuscando lo que me había dejado atrás. Esperaba irme antes de que apareciera flotando. El sol empezaba a asomar por la ría y la lengua de tierra que tenía enfrente se desperezaba a medida que los campistas buscaban el calor del alba. Las piedras disimulaban el relieve como un acertijo. Y no era precisamente tiempo de lo que disponía antes de marchar. Tampoco es que el final fuera a variar, pero no quería que fuera en aquel momento. Esperaba más bien una llamada, un golpe de timbre en la puerta y unos entregados funcionarios cumpliendo con rigor su función. Por eso mi mirada estaba inquieta. Por lo que buscaba y por qué no debía estar allí.
Miré de reojo a la terraza de la casa. Las persianas estaban bajadas. Y seguí buscando por la orilla de aquella cala de cantos deformes que me dañaban la planta de los pies. Fue un impulso. O quizás no. No puedo negar que lo pensé varias veces antes de hacerlo, aunque este extremo lo omitiría en cuanto me preguntaran por ello. Iba a ser difícil alegar inmediatez, o lo que hubiera que decir para hacer pensar a la concurrencia que fue cosa de un pronto. Nadie va pertrechado a una cala, de noche, con el inventario que llevaba yo encima la víspera. Lo cierto es que poco me importaba.
Miré a la Ría. El mar estaba tranquilo, sin viento que desplazara mar adentro ni a la costa. Nunca entendí lo de las mareas, y menos situarlas para saber si estábamos en proceso de subida o de bajada. Sabía que la luna tenía que ver con todo aquello, y de hecho así lo hilé la noche anterior para buscar la excusa perfecta y llevarle hasta allí. Después de mirar las estrellas y ver sus pies mojados por la cortina de espuma blanca, no tuve más remedio que dar explicaciones de por qué había llevado una mochila y mis botas de montaña impedían el placer de sentir el agua fría entre mis pies. Fueron explicaciones más bien prácticas, rápidas y resolutivas. Actué y me marché.
Entre los cantos rodados por fin encontré lo que andaba buscando. Un cilindro con un extremo de plástico pardo y el otro metálico. Saqué de la camisa un bolígrafo y lo cogí como hacen en las películas para no dejar huellas. La poca televisión que veía me tenía que servir de algo. Lo sostuve en el aire frente a mis ojos, ya ajeno al mundo que despertaba a mi alrededor. Y volví a repasar la noche anterior, cómo le pedí cariñosamente que buscara a Casiopea, cómo le dije que disfrutara del roce del mar en los pies, y cómo mientras se entregaba a ambas recomendaciones saqué la escopeta de la mochila para descerrajarle un tiro en la espalda. Cómo le até las manos con la cinta americana y posteriormente cómo le dejé mecerse en el agua de Playa América, sabiendo por su singularidad geográfica que no tardaría en aparecer el cuerpo.

Miré fijamente el cartucho y con la mano derecha lo cogí a conciencia con el pulgar y el índice. Después hice lo propio con el anular y el dedo corazón, para que no hubiera lugar a equívocos. Y lo volví a dejar donde lo encontré, esperando que los entregados funcionarios llegaran antes que la próxima marea, y entonces, sólo entonces, todo habría terminado.