miércoles, 16 de julio de 2014

#111 INTERFERENCIAS



Apenas me levanté de la cama, me dirigí directamente al salón y me senté en el sofá. Encendí un cigarrillo y enseguida el humo ocupó toda la estancia con su olor, el cual me acompañó durante el resto del día. Otros días acostumbro a meterme en la ducha nada más arrojar las sábanas a un lado. Pero aquel día era distinto y aún no había averiguado el porqué. Aún con las legañas pegadas a los ojos, sentado en el sofá, giré la cabeza para comprobar lo que sospechaba: hacía un día fabuloso ahí fuera. La luz del sol, que por algún motivo casi nos estaba siendo racionada desde hacía meses, por fin volvía a lucir y entraba a raudales por la ventana, con lo que las bocanadas de humo que expulsé mientras fumaba, se hacían bien visibles: un único hilo se desprendía con prisa y rectitud desde el extremo de mi cigarrillo hacia el techo del salón, y a medida que subía, crecía en grosor hasta hacerse aparentemente dos, mientras que decrecía en color y pasaba de un blanco fuerte a perder intensidad con el tamaño y finalmente perderse con la gran nube de lo alto en una especie de zigzagueo incontrolable. El humo que yo exhalaba se mezclaba con la nube que en origen estaba sobre mi cabeza, pero que pronto descendía a una velocidad perfectamente visible a los ojos y golpeaba la televisión, las plantas, los muebles y, presumiblemente, a mí también. A pesar de tener la sensación de contaminar mi ambiente y mis pulmones desde tan pronto, también disfruté de las arbitrarias formas –al menos para mí lo eran– que el humo tomaba según el movimiento de mis manos, cabeza, boca y aliento. La imagen, en definitiva, no me disgustó: la niebla se había apoderado del salón y los rayos de sol luchaban por hacerse hueco a través de su inconstante y cambiante forma.

Al salir de la ducha más caliente que había tomado nunca, observé que el baño estaba lleno de vapor y el espejo empañado. Aquello me hizo sonreír. Curiosa analogía, pensé para mí. De nuevo el vapor ocupando el cubículo del cuarto de baño y las luces de los halógenos haciéndose hueco a través de él. El espejo estaba tan empañado que apenas podía distinguir la deformidad de mi reflejo. Tal vez sí ciertos colores, pero ningún contorno bien concreto. Pasé la toalla por una pequeña parte, a pesar de que sabía que cuando todo se secara aquello dejaría una huella que más adelante habría que limpiar. Pero quería experimentar. Apenas despegué parte del vapor condensado en el espejo, el reflejo fue considerablemente más nítido, pero sin llegar a ser del todo exacto. Aún quedaba humedad en el frío cristal y esto devolvía un reflejo borroso que, paulatinamente, puesto que esperé lo necesario, se fue de nuevo ocultando y convirtiendo de nuevo en condensación hasta cubrir de nuevo todo el hueco que yo había quitado con la toalla y dejar la total superficie del espejo completamente blanquecina y empañada. Yo sabía por dónde había pasado la toalla, pero alguien que hubiera entrado en el cuarto de baño en ese instante, no habría podido acertar el lugar exacto sino casualmente, a pesar de que la marca permanecería después de disipada toda la condensación como si de una antigua cicatriz se tratara.

Algunas horas más tarde acudí a la taberna a comer el menú del día. La taberna era un sitio sucio en general, el dueño y camarero no era más limpio que el sitio y tenía toscas maneras, pero ya nos conocíamos y la comida era fabulosa. Nunca quise conocer la cocina, a pesar de que Carlos, el dueño, me había invitado a pasar en varias ocasiones. Era bastante lógico pensar que los interiores ocultos al público pudieran estar si no en iguales condiciones que el exterior, sí en peores, y yo no tenía intención de no volver a comer unos huevos con chistorra por culpa de una cocina apestosa. El ruido del jaleo de platos, vasos, monedas, gritos de los comensales y órdenes de los camareros automáticamente ocupó mis oídos. Carlos y yo enseguida obtuvimos contacto visual, y él, con un rápido giro de cabeza, acompañado de un leve, pero eficazmente apreciable levantamiento de mentón, me señaló la mesa que en aquel mismo instante me había asignado: una al fondo del local. Me hice paso entre obreros, parejitas, grupos de oficinistas y camareros, todos acompañados de sus correspondientes ruidos, ya fueran risas e insultos, besos escandalosos o peleas, gritos y alardeos, o comandas de un vino y seis cervezas para la seis a la barra. Cuando me aposté en mi silla y levanté la mirada, me pareció que todos aquellos ruidos a los que había que sumar la música de la comida en sí, ya fueran golpeteos de cucharas contra los platos, arañazos de los cuchillos al quedarse sin qué cortar o vasos estrellándose contra el suelo, se materializaban físicamente como objetos y no me permitían ver ni la misma puerta por la que yo había hecho aparición no hacía ni dos minutos. El nivel de saturación que tenían mis oídos era tal, que cuando me di cuenta de que Carlos estaba a mi lado, fui consciente de que llevaba más tiempo del que habitualmente le hago esperar. Me repuse rápidamente, eché un vistazo sin prestar atención al menú, y le hice saber mi comanda con una sonrisa, un apretón en el brazo y un sincero agradecimiento. La comida no tardó en llegar y me propuse comer lentamente y, puesto que estaba solo, fijarme en el flujo y la evolución de aquel tremendo barullo si es que era posible. Decidí comenzar por mí mismo. No iba a llevarme demasiado, pero sí me percaté de que, apenas me decidí a dar cuenta de mis viandas, inconscientemente levanté levemente el culo y acerqué la silla a la mesa arrastrando las patas y produciendo un chirrido agudo que se sumó a los que ya había. Pronto se perdió y desapareció como si se hubiera disuelto entre el jaleo de fondo. Estaba seguro de que dos mesas más allá de la mía no hubieran oído nada aunque realmente quisieran haber prestado atención. Así que mientras comía me fijé en todos los ruidos de los que fui capaz, comenzando por aquello, siguiendo por mis cubiertos en los platos, el vaso en la mesa después de beber, un carraspeo después del pimentón, una tremenda tos en la mesa de al lado, tres palmadas algo más allá, unas risotadas del grupo de obreretes, diez o doce maldiciones a voz en grito de Carlos y un larguísimo etcétera. En definitiva, no había más hueco donde meter más sonidos. Me dio incluso por pensar en qué habría sido de las ventanas y puertas si realmente, los ruidos aquellos hubieran ocupado un espacio físico. Creo que hasta las paredes habrían cedido.

El resto de la tarde transcurrió con bastante normalidad: en el trabajo hubo un despido, se acumularon las tareas para los supervivientes y, cuando quise darme cuenta, estaba ya anocheciendo. No me demoré demasiado así que volví a casa dando un agradable paseo en lugar de hacer uso del transporte público. Al llegar encendí la televisión en el mismo momento en que comenzaban las noticias. Sin grandes novedades: un político insultaba sibilinamente a otro del partido opuesto por llevar a cabo nosecuál iniciativa populista, tachándolo de oportunista y electoralista; un narcotraficante era asesinado con gran estruendo y boato en nosecuál país sudamericano por el cártel rival llevándose por delante a su vez a la familia entera, muchas imágenes con cadáveres por el suelo, sangre derramada y casquillos de balas, los pertrechantes aún no habían sido localizados, y; un terrorista era puesto en libertad después de que se probara que el agente que le detuvo en su momento le dio un tirón de pelo injustificado. Ante semejante panorama informativo, decidí apagar el televisor. Cené frugalmente en silencio, fumé tranquilamente un cigarrillo, me desnudé, me metí entre las sábanas, leí aproximadamente durante media hora, cerré el libro, apagué la luz y me dispuse a dormir. Pero no pude.

Mi cabeza no sabía vivir sin interferencias.



miércoles, 9 de julio de 2014

#110 ESTABA LLEGANDO A LA CIMA



Estaba llegando a la cima. La ascensión había sido lenta, con algún contratiempo, dificultades en los campos base, alguno grave. Pero continué la marcha. Me había puesto una meta, y era esa ascensión, la culminación a años de preparación y esfuerzo. Había algo que me preocupaba, la nieve poco compacta bajo mis pies me hacía sentir frágil e inestable. La hora era la adecuada, pero las temperaturas habían subido más de lo previsto. ¿Irresponsabilidad? Quizás, no creo. ¿Imprevisión? Seguro. Miré de reojo de nuevo la cumbre. Ahí estaba, reluciente bajo su manto blanco la meta me saludaba, nada más bello que una cima nevada, perfecta, sí, la contemplaba impasible, por fin llegaba…

De pronto ocurrió todo. Una gran lengua blanca me despertó de mi letargo. Ya no había cima ni cielo. Cuando fui consciente de la realidad era tarde. Sólo pude observar cómo iba a ser engullido por la belleza rebelada, a punto estuve de alcanzar la meta, cómo la toqué con la punta de los dedos. Y de pronto… nada.



martes, 1 de julio de 2014

#109 UN TERMO Y UNA MANTA



Aún no había amanecido fuera. Al abrir la ventana, el Viejo sólo pudo atisbar la luz del faro en la punta del cabo. Cuántas veces había recobrado la paz al ver ese resplandor alumbrar su vuelta a casa, cuánta esperanza había depositado en ese haz de luz a lo largo de tantos años de faena… Hoy representaba, como tantos días, su alba particular, la primera luz que distinguía por las mañanas, casi de madrugada, cuando abría la ventana de su cuarto en busca de predicciones, presentimientos, premoniciones, y dejaba entrar en la estancia una suave brisa marina, y ese  olor, ese olor a agua y sal.

Sonaban rugosas. La fricción de sus manos era la de la experiencia. Ese sonido dictaba una larga vida llena de trabajo, de esfuerzo. Todas las mañanas dedicaba unos minutos a mirarse las manos, frotarlas, en una especie de homenaje y gratitud hacia las que habían sido sus fieles herramientas de trabajo toda la vida. El viejo era muy hábil con las manos. Ya de crío colaboró con el ejército de la República desactivando minas en el campo de batalla. Le llamaban Piezas. Era capaz de desmontar una granada antes de que explotara sin que le temblara el pulso. Nunca debió estar allí, no era sitio para un niño, no era sitio para nadie. La gente moría y mataba, y los días pesaban como una losa que hacía de la muerte el olvido, el que no estuvo nunca existió.

Una vez terminó la guerra, volvió al pueblo. Fue entonces cuando aprendió el oficio. Le hubiera gustado estudiar, quería ser profesor. Profesor de escuela, de una pequeña escuela rural, donde poder ayudar a las generaciones venideras a forjarse una conciencia crítica y cívica, quería formar, enseñar. Le guerra truncó sus esperanzas de ser maestro. Su padre, un reconocido maqui, fue fusilado al alba en un paseo, su madre quedó con el Viejo y dos hijos más. Todo el mundo tenía que arrimar el hombro. Fue Claudio, el hermano mayor de su madre quien le enseñó el oficio. Cada día le acompañaba en la barcaza de pesca. Empezó cargando cajas y con el tiempo aprendió todo del mundo del mar. Remendaba redes, predecía el tiempo, elaboraba rutas, sondeaba fondos… Sabía que el mar era un amigo que ofrecía el sustento, pero nunca olvidaba que podía ser muy traicionero, que un golpe de mar ahogaba al marinero, y con él se iba al fondo la esperanza de toda una familia.

Fue sentado en el muelle cuando conoció a la Flaca. Una chica del pueblo de siempre. Por unas monedas, ella se sentaba en el pantalán a remendar las redes maltrechas. Su aspecto enfermizo -era muy delgada y pálida- contrastaba con la fortaleza que la mantenía firme durante horas en el puerto, entre redes y nasas. Un día el Viejo dejó una bolsa con cuatro caballas al lado de la Flaca. Ésta, remolona, le regaló una sonrisa tímida, casi furtiva. Con el tiempo empezaron a verse, a pasear juntos, y más adelante compraron su primer barco, “El Remendón”. Crearon un equipo que funcionaba a la perfección. Ella hacía el trabajo de tierra, él se lanzaba a la mar. Cada día discurría de la misma manera: ella preparaba las redes, las colocaba con mimo en la cubierta y limpiaba anzuelos, boyas y el cuadro de mandos. Cuando a la vuelta de la jornada el Viejo amarraba en el puerto, ella le esperaba con un termo y una manta, y una vez él desembarcaba, ella hacía el resto: cargaba las cajas, limpiaba y vendía el pescado en la lonja. Cuando llegaba a casa, él ya tenía preparada la cena, normalmente caldo con cachelos y pescado o pescado asado con patatas. Lo dicho, la Flaca y el Viejo formaban un buen equipo.

La vida transcurrió sin demasiados sobresaltos, con el engranaje a punto cada día para proceder a esa rutina dura pero confortable, en la que uno hace lo que sabe, y eso acaba gustando. Nunca dejaron de pasear por el puerto, sus manos cogidas con cariño y esa complicidad sincera entre los que se saben en un mismo barco, compañeros de viaje por las aguas de la vida. El Viejo se había enfrentado a muchas tormentas, mares revueltos, sacudidas e incluso un vuelco que dejó para el recuerdo a “El Remendón”, pero la peor de sus tormentas le engulló seis meses atrás. Arriaba las velas entrando en el puerto y no conseguía ver a la Flaca. Raro. Nunca en esos años había faltado a la cita, ya estuviera enferma que ella estaba allí, solidaria, fiel. Amarró el barco inquieto y corrió por el pantalán camino a casa. Había mucha gente delante de la pequeña casa que había compartido con la Flaca aquellos años. El corazón le latía deprisa, su cuerpo no estaba ya para carreras. Además aquélla, lo presentía, la sabía perdida. Entró en la habitación y se encontró al cura y al doctor. Un paro cardíaco, dijeron. Fue de pronto. En el marco de la puerta se vio a la Flaca sentada con los ojos cerrados, dejando que la luz del sol acariciara su arrugada piel. De pronto nada, se desvaneció y allí quedaron los recuerdos, la memoria, sin un adiós, sin un beso, sin unas “gracias Flaca”.

Desde ese día no dejó de llover sobre el corazón del Viejo. La llevó en barco, en el ahora “El Remendón II”, varias millas mar adentro y, como ella quería, la dejó darse la última zambullida. Su cuerpo se perdió en el mar con una estela de flores rojas que la vieron marchar.

El Viejo se miró las manos. Casi podía leerse su vida en ellas. Desde que se marchó la Flaca todo había cambiado, el esfuerzo era mucho mayor y la recompensa menor. Él seguía compartiendo todo con ella, y de alguna manera ella le guiaba en las tareas que antes realizaba. Cerró la puerta de casa no sin antes echar un vistazo dentro. Vio recuerdos, buenos y malos, vio trabajo, ternura, premios a una vida intensa cargada de complicidad. Se sonrió al reconocer la huella de un buen equipo. En el barco le esperaban ya los aparejos, limpios y listos. En el cuadro de mandos un libro: “Veinte poemas de Amor y una Canción desesperada” de Pablo Neruda, viejo y maltrecho por el paso del tiempo, por las horas muertas en cubierta. El Viejo aprendió a leer con Neruda y, cada noche, cada una de las noches que había compartido con la Flaca, le había leído antes de dormir un poema del chileno.


 El rugido del motor sonó a despedida. Rugió como cada mañana haciendo volar a las gaviotas que rondaban los barcos. Lento, “El Remendón II” salió del puerto. El destelló del faro se despidió del Viejo: “adiós, compañero”, parecía decirle mientras le iluminaba intermitentemente. Cuando el sol asomó por el horizonte, la costa quedaba lejos. El Viejo se ajustó la gorra y erguido miró la mayor. Ya no sonaba el motor,  era el viento el que le empujaba. Miró los aparejos, ya no le hacían falta, ya llevaba el barco cargado, cargado de recuerdos, de éxitos, de satisfacción de una vida plena y digna, y sólo pensaba en llegar. Llegar al final de ese viaje que inició hacía años y compartir el botín que arrastraba mar adentro con su compañera, la Flaca, que donde estuviera, le estaba esperando, seguro, con un termo y una manta.

martes, 24 de junio de 2014

#108 HAZME REIR



Desde el camerino improvisado que compartían, María, Pepa y Josu hacían esfuerzos por no estropear el maquillaje que uno a otro se ponían. Alguna lágrima quería hacer acto de presencia y rápidamente era contenida con un pañuelo sucio o con la voluntad. El espectáculo de la noche anterior había sido un éxito. Alrededor de mil quinientos albaneses, la mayoría serbios, se agolparon en el local en ruinas de Bistrica. El objetivo  era claro y programado: apoyar emocionalmente a las gente, a la infancia, a través de la comicidad promoviendo estímulos positivos que relajen la tensión interétnica que todo el conflicto había supuesto para los niños y niñas de Kosovo. Entre los cuatro, a lo largo de una representación de dos horas cargada de malabares, magia, payasos y acrobacia, en ocasiones interrumpida por un corte de luz o una explosión lejana, consiguieron distraer y hacer reír y olvidar por un rato las dificultades que los allí presentes habían tenido en los últimos meses e incluso años. A pesar de haber concluido el conflicto bélico como tal, seguía habiendo muertes por explosión de alguna mina antipersona, un francotirador airado o un proyectil manipulado incorrectamente. Pero lo más patente era el odio racial que la multitud de etnias y orígenes se profesaban. Ya no sólo los albaneses y serbios en clara desproporción, sino también minorías de gitanos, bosnios, gorani, ashkalia, egipcios e incluso turcos. Al final, las risas y los aplausos se impusieron. Los cuatro saludaron, jugaron un buen rato más con los niños y niñas que se les acercaron sin miedo, les hicieron distintas figuras con globos, con papel, con tierra y barro, y finalmente se retiraron a dormir.

El despertador no había sonado aún cuando el dueño de la casa que les acogió, un albanés, les levantó con urgencia.

―Amigos, tenéis que iros. Aquí tenéis las llaves de mi coche. Rápido, no podéis perder ni un segundo más.

Los cuatro recogieron sus pocas cosas, se subieron al coche aún preguntándose qué era lo que pasaba y condujeron con las luces apagadas hasta salir de Bistrica. Comentaron entre los cuatro si tal vez se tratara de una incursión militar o paramilitar que pudiera ponerles en peligro, pero no les cuadraba mucho. La organización les había enviado sabiendo que no corrían ese peligro en particular. Sus pasaportes estaban bien sellados y tenían los permisos acreditativos. No entendían. Aun así, se dirigieron hace Osojane, a casi cuatrocientos kilómetros, donde tenían previsto actuar para los serbios dos días después.

Cuando llevaban dos horas de trayecto por unas carreteras infernales y sin tránsito, un todoterreno negro cortaba el paso. Josu calculó que debían de estar entre Stracin y Ruginge. La ciudad de Kumanovo no debía de estar lejos y allí podrían descansar y comer algo. Del todoterreno se bajaron dos hombres armados con sendas AK-47. Se dirigieron hasta donde habían detenido el vehículo y con gestos y palabras que no entendieron, les hicieron bajar. Enseguida Pepa sacó los pasaportes y los papeles que uno de los armados le arrancó de la mano y estuvo hojeando mientras intercambiaba breves comentarios con su compañero.

―Payasos ―decía Josu―. Cómicos, somos actores.

―¡Silencio! ―gritó uno en perfecto español. Tras un breve intercambio de palabras con su compañero, señaló a Josu, a María y a Pepa―. Vosotros tres volved al coche ―y les devolvió la documentación.

Todo sucedió muy rápido. Apenas cerraron las puertas del coche vieron cómo uno de los hombres alzaba el arma hacia el pecho del cuarto integrante del grupo y disparaba dos balas que dieron con su cuerpo en el suelo. No podían creer lo que acaban de ver. Se quedaron petrificados y María rompió a gritar y llorar. El otro hombre armado se acercó al vehículo.

―Arranque inmediatamente si no quieren acompañar a su amigo ―le ordenó a Josu.

El resto del viaje lo hicieron en silencio.

Durmieron en Pristina, desviando un poco el camino, y acordaron presentarse en la policía local la mañana siguiente para relatar lo ocurrido.

―Está claro, señores. Los hombres armados han confundido a su amigo con un gitano. Tienen suerte de estar ustedes tres aún vivos. Afortunadamente, las cosas se están relajando mucho ―. Y les sonrió.

El jefe de policía les sugirió que olvidaran lo ocurrido y continuaran su camino. Todo aquello les parecía tan surrealista que a punto estuvieron de dirigirse al aeropuerto para volver a España.

―No podemos seguir aquí. Esto es una locura ―gimoteó María.

―Estoy de acuerdo. Vámonos ―dijo Josu.

―Esperad ―. Pepa les detuvo―. Pensad en él, en nuestro amigo. ¿Qué creéis que habría querido él? Sabéis que no somos cualquiera, tenemos una vocación, una misión. ¡Somos guerreros de la risa! Si uno de nosotros cae, lo sentimos más que nadie en el mundo. Pero no podemos olvidar lo que somos y a lo que hemos venido. No podemos dejarnos vencer por el miedo. Es precisamente el miedo lo que hemos venido a matar. Si volvemos ahora habremos fracasado y no nos lo perdonaremos nunca. Si actuamos esta noche y las siguientes, habremos triunfado y él podrá estar orgulloso de nosotros.

Pepa, con sus zapatones rojos, su sombrero de cartón y su camisola de rombos saltó al improvisado escenario y sopló fuerte la trompetilla de plástico para llamar la atención. En Osojane todos guardaron silencio, los niños con los ojos abiertos como platos esperando algo muy bueno, aparcando por un rato las vivencias y los recuerdos.



miércoles, 18 de junio de 2014

#107 NO HABÍA



Aquella noche no había turistas llenando las terrazas de los restaurantes o paseando por el puerto. No había marineros apostados en las barras de las tabernas. Por no haber no había ni tabernas en las que pedirle a Pepe lo de siempre, o simplemente hacerle un gesto que él ya conocía para que llenara el vaso con un tinto, un orujo o un pacharán. Tampoco había ruido de críos que corren y gritan como poseídos por las calles, o que se acercan con sigilo a los pescadores para robarles un anzuelo, un cebo o una pieza. En la playa no había ya nadie quemándose la piel. O simplemente paseando y dejando que el perro deje un regalito aquí o allí. Al anochecer se había terminado todo aquello que ya no está por la noche. Se terminó el ajetreo de furgonetas que paran donde pueden porque las zonas de carga y descarga ya están ocupadas. Se terminaron los gritos en la lonja ajustando el precio del pescado. Se acabó los gritos de las gaviotas disputándose los restos con que se les agasajaba por el mutuo favor. Pero ni siquiera lo que había de estar estaba. Ni risas de jóvenes que buscan su lugar haciendo tránsito por doquier. Ni llantos de bebé que no puede dormir o se despierta de súbito en mitad de una pesadilla. Ni sueño, ni pesadilla. Ni fiesta, ni descanso.

No había nada.

Nada excepto lo que se abría ante sus ojos.

Nada salvo un puñado de cientos de miles de piedras que han golpeado entre sí, que han ido desgastándose hasta buscar su forma actual para encajar en el lugar exacto en el que se encontraban en ese momento. Unas blancas, otras rojizas. Grises las más. ¿Tamaños? Infinitos. ¿Formas? Semejantes, redondeadas, ovaladas, sin aristas ni cortes.

Nada salvo un infinito mar más allá de las piedras. Un mar que en su grandeza e inmensidad apenas hacía por tomar lo que por fuerza podría ser suyo, golpeando con poca fuerza la playa, llevando olas pequeñas que a intervalos aparentemente regulares, pero irregulares pedían lo ajeno y daban lo propio, tirando de las piedras más a su alcance para volver a arrojarlas a su origen. Una vez. Y otra. Y otra. Y así durante miles de años desgastando las piedras, dándoles esa forma tan agradable al tacto. De manos y pies. Manos que acarician el resultado quitándole el polvo. Pies que son acariciados en lugar de heridos. Todo acompañado de su propia música, cautivadora, embelesadora, hipnotizadora.

Nada salvo un más infinito cielo más allá del mar que una noche da paz y a la siguiente podría declarar la guerra. Ora es marco de la más bella estampa de luna llena y algún otro astro, ora porta los vientos arrojándolos como para llevar consigo hasta al más fornido marinero. Cielo que no te muestra a tal hora dónde empieza y mucho menos dónde acaba. Y sin embargo, poseedor de los sueños y esperanzas de tantos, como si en sus manos estuviera el don de hacer y deshacer, de ordenar a su antojo el destino de todos. También temor de otros incapaces de alzar el rostro por miedo a que la oscuridad les adivine el pensamiento tal vez más oscuro que una cielo sin luna.


Aquella noche en que no había nada salvo piedras, mar y cielo, su mente se dejó arrastrar por el agua, el desgaste de las piedras al chocar entre sí y la brisa del oscuro firmamento. Y, por primera vez en mucho tiempo, vació su mente.

martes, 10 de junio de 2014

#106 MONTIA FONTANA



Ese instante fue primavera. Lejos de nubes oxidadas, de tránsitos inquietos, de carreras hacia ninguna parte. En la sierra brotan los colores y las flores, salpicadas de guiños de sabores, de sensaciones pausadas y con el único horizonte del sentir de cada uno. Morados, blancos, pétalos de rúcula y borraja sobre brochazos rojos, trazos de oliva y rayas divisorias. La piedra fría que aporta calidez al paseo, la leña quieta que hace el tiempo inmóvil, sin estaciones. Y sin embargo, al cerrar los ojos, es primavera. O verano. U otoño. O invierno. Porque cada paseo es distinto y cada brote te acompaña a un viaje diferente. Todo de aquí, de la tierra, el campo, el trabajo de siempre que no cae en la trampa de los tiempos de ahora. Lo de hoy adereza, salpica, decora, pero la raíz es antigua.

El verde de la boruja trasluce el agua del arroyo y la tiñe como tocada por una varita de sauco. La magia se mezcla con los rojos de la uva, el turbio de barril. Olores a terruño virgen, trabajado como antes, y otra vez el panaché de siempre sazonado de aires frescos y de bocados de felicidad. Del mar que no lo circunda, de la montaña que envuelve el largo paseo en el que, al avanzar, descubres nuevos parajes. Y sin dejar de sentir, de oler, de saborear y de acompañar la mano por las texturas y las formas que nos mecen en ese tan personal como particular collage, volvemos en nuestro caminar al punto de partida.


Y cuando tuve que llegar de nuevo al rugir de mis nubes oxidadas, de mi tránsito inquieto y mis carreras a ninguna parte, cuando mi particular cuco entonó su canto, mis pamplinas invadieron los brotes que me habían hecho pasear por esa senda sinfónica. Entonces miré hacia arriba, hacia la montaña, y creí distinguir la magia del sauco acompañando el verde de la Montia Fontana.

miércoles, 4 de junio de 2014

#105 LIFE JUST HAPPENS



Los flashes le hacían cerrar los ojos. Y entre los aplausos y la emoción las lágrimas buscaban hueco para salir. Tres horas antes nada de esto se hubiera podido presagiar.

Clara se había clasificado para la final de jóvenes diseñadores con un vestido desenfadado en el que había puesto tanta ilusión como horas le había echado. Los colores pardos apenas habían destacado bajo el flexo de su mesa de trabajo. En casa los patrones estaban tirados por el suelo, los retales colgando de los pomos y la vieja máquina de coser de su abuela siempre lista sobre la mesa. Cuando entró en la escuela de diseño sus padres le ofrecieron comprarle una máquina de coser nueva. De esas modernas en las que las bobinas se mueven acompasadamente al ritmo del motor. Pero ella la rechazó. Había aprendido a amar este oficio en la sastrería de Mada, su abuela, con la que pasó tardes enteras entre telas, hilos, agujas y dedales en el pequeño local que regentaba cerca de la glorieta de Bilbao. Cuando su abuela ya no estaba en condiciones de seguir cosiendo y tuvo que cerrar la sastrería primero y trasladarse a vivir con ellos después, le dejo a su nieta como legado la máquina de coser, y desde entonces no había utilizado otra en casa.

Los diseños en papel habían gustado al jurado y las fotos que acompañaban a éstos con el vestido terminado sobre un maniquí hicieron el resto. Era una de las diez finalistas del certamen de jóvenes creadores que se fallaría en la siguiente edición de la pasarela Cibeles.

El día del certamen se trasladó temprano al parque del Retiro donde tendría lugar el evento, dio los últimos retoques al vestido basándose en las medidas de la modelo que le habían asignado y que aunque aún no estaba por allí, con los datos que tenía, lo dejaría listo para la prueba. Pero la modelo no llegaba. De hecho no llegó. Cuando quedaban veinte minutos para la gran prueba la organización le asignó otra chica que, si bien morfológicamente era parecida, no llegaba a la estatura de la prevista. Los nervios empezaban a poder con Clara mientras pedía a la modelo unos giros aquí y otros allá. Y fue al dar el primer paso, a falta de cinco minutos para el inicio, cuando un traspié dio con la chica en el suelo y el vestido desgarrado desde el hombro hasta la cintura. Clara no podía creerlo. Su gran oportunidad convertida en jirones.

Entonces apareció en el back stage su abuela Mada como una aparición y abrazó a Clara por detrás. Algo le susurró al oído antes de que ambas le quitaran el vestido a la modelo, se fueran a un rincón y, lejos de la vista de los demás concursantes y sus respectivas modelos, se inclinaran sobre la maltrecha creación de Clara.

Las primeras modelos empezaron a desfilar. Se oían aplausos. Diez minutos después la modelo de Clara se había vestido con la segunda versión del vestido. Si la primera era desenfadada ésta era atrevida, alegre, fresca y llena de telas sueltas que volarían a su paso por la pasarela. Y así fue. Erguida como ellas sólo saben hacerlo, con esos pasos cruzados y el vaivén de los brazos, la modelo paseó el vestido de Clara por la pasarela Cibeles. El jurado miró atónito el modelo, para volver a fijarse en los bocetos sobre papel que le había entregado la organización. Era el mismo pero con un giro sorprendente, lleno de imaginación, con unos colores pardos que extrañamente brillaban más que cualquier otro tono vivo. El asombro se convirtió en admiración. Y la admiración en aprobación. Y aplausos.

Cuando nombraron a Clara vencedora del concurso de jóvenes diseñadores, ella estaba cogida de las manos de Mada, la que le había enseñado todo, la que le había regalado su máquina de coser, la que le enseñó a amar este oficio. Y como no podía ser de otra manera salió con su abuela a recoger el premio sobre la pasarela, una beca para la prestigiosa École de Haute Couture de París.  


Los flashes le hacían cerrar los ojos. Y entre los aplausos y la emoción las lágrimas buscaban hueco para salir. Clara se encogía mientras agarraba su camiseta. En ella una frase rezaba “Life just happens”.