miércoles, 16 de abril de 2014

#98 COMO CADA DÍA



Aquel día Daniel había decidido que llegaría tarde a la oficina. Quería que todos estuvieran ya en sus puestos de trabajo para cuando él entrara por la puerta. Posiblemente su jefe ya tendría preparada la bronca. Otra más. Pero a aquellas alturas no le importaba. Había tomado una decisión.

―Daniel, la actitud que estás teniendo últimamente no está justificada bajo ninguna circunstancia. Te advierto de que tengo que informar al departamento de personal. Ya he intentado hablar contigo, de tratar este asunto por las buenas. Pero tu reincidencia me obliga a tomar otras medidas.

Efectivamente, cuando entró por la puerta, todo el mundo parecía ocupar ya su lugar, como en una representación teatral que, bajo su punto de vista, había estado demasiado tiempo en cartelera. Cuqui, la recepcionista, se afanaba por no dejar marcas en la revista que ojeaba mientras se pintaba las uñas. Apenas alzó los ojos y por supuesto no le dio los buenos días. Sabía que no le caía bien.

―Es un raro. Nunca saluda. Siempre trae la camisa arrugada. ¿Es que no tiene plancha? ¿Y los zapatos? ¡Ya podría comprarse otros, por Dios, que esos los tiene desde que empezó a trabajar aquí!

Como se había imaginado, todos estaban ya en pie apenas pasó la recepción. Algunos lo miraban con espanto mientras se retiraban. Otros parecían querer salir con urgencia por la puerta contraria, la de emergencia. Los menos se habían ya arrodillado. Y a pesar de haber entrado deprisa y con decisión, lo visualizaba todo como a cámara lenta, grabando en su retina los rostros de conocidos y desconocidos, compañeros y jefes. Rebollos, detrás del cristal de su despacho, había levantado el auricular del teléfono, pero éste no había sonado. Tendría urgencia por hacer una llamada mientras gotas de sudor resbalaban por su frente. Siempre le había considerado algo mojigato y tragaldabas, aunque, para ser justos, era el único que en alguna ocasión se había preocupado con sinceridad por él y su situación.

―Daniel, déjame que te dé un consejo: sigue mi ejemplo. ¿Crees que yo he llegado hasta aquí siendo yo mismo? ¿Crees que a uno le dan un despacho y unas responsabilidades soltando por la boca las perlas con las que tú nos agasajas? ¡Vamos, hombre, despierta! Estamos en el siglo veintiuno. Las buenas intenciones no bastan. Hay que pensar en uno mismo. En uno y en su familia y en su cuenta corriente.

Desde los pies de la mesa por la que acababa de pasar, los ojos azules de Cristina, la contable, le miraban suplicantes. No recordaba el número de veces que su boca le había suplicado a ella. Al principio café. Más adelante una copa. Una cena tal vez. Incluso sexo rápido en los baños del local aquel de aquella fiesta de Navidad. Últimamente sólo algún adelanto, algún favor, algún consejo para su inestable economía. Y la respuesta de aquella mala zorra siempre había sido una mirada por encima del hombro y un desdén. Las sonrisas se las tenía reservadas a los guaperas de trajes caros y carteras llenas, descapotables en el parking y chalets en urbanizaciones alejadas.

―Ese tío es un cerdo. ¿Te has fijado en como me mira las tetas? Un día le voy a dar un tortazo delante de todo el mundo. ¡Si hasta apesta a sudor desde primera hora de la mañana!

Caminó hacia su mesa y en el trayecto vio silencioso e inmóvil a Laureano. Allí estaba de pie junto a su silla, pálido como la cal, con los ojos muy abiertos y la boca cerrada. Pudo comprobar que algo le había turbado. ¿Era pis? ¿Sería cierto que se había hecho pis encima? Era un cabrón con pintas cuya función principal en la empresa consistía en hacerle la vida imposible. Le asignaba tareas harto complejas para luego restregarle públicamente su incapacidad de llevarlas a cabo. Disfrutaba haciendo mofa constantemente sobre él, su aspecto y su vida, comparándose directamente con él mismo.

―¡Qué pasa, tío! ¿Hoy no funcionaba la gillette o es que te estás volviendo un hipster de ésos? Te advierto que no te pega nada. Antes deberías cambiar esas gafotas que me llevas, que parecen más unos escaparates que unas lentes progresivas. ¿Otra vez los pantalones grises? Te han hecho masa con el culo seguro. Y por cierto, ¿te piensas cenar en Navidad? Porque te estás poniendo como un cochinillo de tanto comer porquerías de la máquina. Tráete fruta, coño. El informe para dentro de diez minutos. ¿Que no sabes de qué te hablo? ¿Sabes abrir tu correo? ¡Espabila, joder!

Se sorprendió al ver a su jefe sentado retándole con la mirada. Fue el único que permaneció en su silla. Con los labios pegados parecía decirle “Yo te he creado. Daniel, yo soy tu padre”.

―Hazlo ―fue lo único que dijo.

Daniel levantó la Magnum 9 mm y le acertó en la frente. Igual que Cuqui, que a Rebollos. Igual que a Cristina y Laureano.

Cuando se disparó él mismo en la sien, despertó. Sudando. Se levantó, se duchó y llegó el primero a la oficina igual que el día anterior, igual que haría al día siguiente y al siguiente.



miércoles, 9 de abril de 2014

#97 PORQUE SÍ



Martín dejó la taza de café en la mesa y se dirigió al baño con una sonrisa complaciente. Era lunes y no había madrugado. Al lado de la taza su iPad estaba con la pantalla encendida con el periódico por la sección de Madrid. Un gran titular en negro rezaba "Asesinado un vecino del distrito Centro en la calle Ballesta". El resto del artículo explicaba cómo el vecino en cuestión era un hombre de mediana edad, conocido en el barrio por regentar una tienda de ultramarinos, de las pocas que quedaban. Todo apuntaba a un robo después de echar el cierre y que si las pesquisas policiales apuntaban a toxicómanos que merodeaban por el barrio. Un clásico. Todo ello acompañado de un macabro dibujo donde se reproducía a modo de hipótesis el suceso.

Martín se lavaba los dientes mirando al espejo. Se preguntaba quién hacía esos croquis para el periódico, cuestionaba la veracidad de los mismos puesto que el dibujante en cuestión no había estado presente en el momento de los hechos. Se enjuagó la boca y volvió al salón rascándose con energía por debajo de la camiseta. Volvió a mirar la noticia antes de darse una ducha. Cuatro cuchilladas con un arma de grandes dimensiones habían terminado con el sujeto. ¿Cómo recababan tanta información antes del cierre del periódico cuando el asesinato había sido pasada la medianoche?

Repasó la ropa del armario y eligió una camisa azul, pantalones vaqueros y un abrigo de pana. Aún tenía ese semblante de satisfacción. Hacía tiempo que no empezaba la semana con aquella sensación. La noche anterior llegó tarde a casa y no había madrugado. El finado dejaba viuda y tres hijos mayores. ¡Venga ya! ¿Había ido el periodista a casa de la viuda en plena madrugada? En un par de horas habían averiguado todo sobre el pobre vecino. Ya sólo faltaba que al lado del croquis figurara foto y datos del asesino. Martín cambió el gesto.

Era la hora del aperitivo cuando salió a la calle. Se acomodó en la mesa de siempre en la terraza del bar de la esquina. Sacó un cigarro de un paquete de tabaco salpicado de manchas. Estaba arrugado. Lo alisó con cuidado mientras echaba un vistazo a la calle. Hizo un gesto al camarero.

―¡Álvaro! Tráete una caña y acércame el periódico anda.
Ahora mismo, Martín contestó cómplice el camarero.

Cuando tuvo delante el periódico, uno diferente al que había estado leyendo por internet, se fue a la sección de Madrid. Sintió cierto alivio cuando encontró la noticia del deceso en un pequeño recuadro. Con la información básica proporcionada por esas figuras que son rotuladas en los telediarios como "portavoz del servicio de emergencias". Vaya trabajo desagradable. Dio el primer sorbo a la caña mientras un grupo de ruidosos escolares pasaban junto a la mesa y le hicieron levantar la vista del periódico. Un autobús hasta arriba de pasajeros, una mujer entrada en años paseando a un perro de esos muy feos y muy caros. Así que esto es lo que ocurría cuando él estaba trabajando. La vida seguía, como seguía para el resto del mundo aunque a un desgraciado le hubiesen endiñado cuatro puñaladas la noche anterior. Se muere porque sí y se muere en cualquier momento. Qué vida más perra. Martín volvió a sonreír.


Dejo atrás el aperitivo y se fue a dar un paseo por el retiro. Fue delante del estanque con sus cuatro barcas desperdigadas en él, cuando se convenció de lo espléndido de su fin de semana. Y ahí no fue sonrisa sino carcajada suave lo que se le escapó. Mandar a tomar por culo a su jefe de una vez por todas el viernes y confirmar la bravuconada de aquel borracho con el que coincidió en un bar de la calle Barco la noche anterior. Decía que si se quería matar a alguien, lo mejor para que no te trincaran era matar a un desconocido aleatoriamente. Y a las doce menos diez Martín pagó su consumición y se marchó

martes, 1 de abril de 2014

#96 VIDA SECRETA




Aquella nueva forma de vida le tenía agotado. Esa nueva y secreta identidad que había adoptado y a la que daba cobertura al anochecer y siempre antes de las doce o la una de la madrugada, según las zonas por las que se moviera, le traían un terrible pesar y multitud de conflictos personales y familiares.

―¿A dónde vas a estas horas? ―le preguntaba cada noche Marga, su mujer.

―Ya sabes ―contestaba él sin mirarla a la cara―. Me gusta salir a correr cuando anochece.

Marga callaba y se hacía la tonta. Él se ponía el chándal, el chubasquero con capucha, cogía las llaves y se iba sin darle un beso. Ella comprobaba que los niños seguían dormidos y se cerraba en la habitación para llorar y pensar en qué podía hacer para solucionar la situación. Si hubiera sido más valiente, si hubiese tenido más determinación en su vida, otro gallo les cantaría.

Caminaba él por la calle culpándose a sí mismo por lo mismo. Las cosas no serían de aquella manera si hubiera sido tal vez un poco más ambicioso y no tan conformista con lo que la vida le había puesto delante de sus narices. Si le hubiera echado en su momento un par de huevos como hiciera su padre entonces, el devenir de las cosas habría tornádose de otra cromática. Incluso como se veía ahora, sin posibilidad de marcha atrás ni solución a la vista, su madre le habría dado un tortazo para espabilarlo y no dejarse venir abajo él arrastrando consigo a su familia.


Se puso la capucha al girar la Gran Vía. Multitud de paseantes aún subían y bajaban ambas aceras donde a esas horas ya se alineaban los cubos de basura. Se dirigió al primero, lo abrió y metió la cabeza y el brazo derecho para comenzar la faena a la que llevaba dedicado en cuerpo y ánima desde que le redujeron la jornada en el banco y las cifras dejaron de cuadrar en casa. Con suerte podría hacer la compra aquella noche sin pelearse con ningún vagabundo o algún gato callejero por los restos de los que aún podían generar restos. Se animó un poco pensando en el caluroso abrazo de Marga cuando se metía junto a ella en la cama a su retorno, callando ambos el secreto que compartían.

miércoles, 26 de marzo de 2014

#95 DEBÍA DE SER ALGUIEN



Estaba sentado delante de la mesa. Su mirada clavada en el teléfono. Era uno de éstos antiguo, negro, con un dial para marcar los números y que dejaban escuchar un traqueteo mientras volvía a su sitio. Miraba el teléfono fijamente. Un cigarro entre los dedos y un cenicero lleno de colillas delataban el tiempo que llevaba en guardia. La otra mano sujetaba una cara en la que más que preocupación se apreciaba expectación. Sonará. Querría que sonara. Quizás suene. El reloj de pared que había enfrente de él se movía con una cadencia inusualmente lenta.

Encendió otro cigarro. Sonará. Querría que sonara. Quizás suene. Esfuerzos había hecho para poder descolgarlo y escuchar lo que estaba esperando. El periódico del día anterior estaba abierto por la noticia del número de parados en el país. Cifra récord decía. No prestaba atención al periódico. La vida no era estadística, y las personas no eran números. Había que estar en el momento adecuado en el sitio correcto. Mirar al frente y lanzarse. No dejaba de mirar el teléfono.

Sonará. Querría que sonara. Quizás suene. Pero seguía sin sonar. El paquete de tabaco estaba casi vacío, como lo estaban sus esperanzas. Se miró al espejo del salón. No le gustó lo que vio. No estaba hecho para tensas esperas. O quizás sí. Había que estar en el momento indicado, si no te podías convertir en un frío dato de periódico.

Apagó el último cigarro. Las sombras que entraban por la ventana le hacían sentir un escalofrío que nada tenía que ver con la temperatura. Sonará. Querría que sonara. Quizás suene. Se levantó a por un vaso de agua. Lo primero que bebía en toda la tarde. En el camino a la cocina no dejó de mirar de reojo el teléfono. Volvió al salón y verificó la clavija del teléfono. Estaba bien. Descolgó con mucha rapidez para volver a colgar, justo el tiempo necesario para comprobar que daba tono.

Echó mano del paquete de tabaco. Nada. Vacío. Miró la hora por primera vez y decidió que ya podía salir de casa, al menos el tiempo justo para comprar tabaco en el bar de abajo. Cerró la puerta sin llave y bajó por las escaleras de dos en dos. Justo cuando salía por la puerta del portal el teléfono negro sonó.


Debía de ser alguien.

miércoles, 19 de marzo de 2014

#94 OTRA TORMENTA




A pesar de que la tarde había sido soleada, el fuerte viento trajo a las nubes que rápidamente cubrieron el cielo. Enseguida cayó la noche y la tormenta tampoco tardó en llegar. Primero unas pesadas gotas de agua golpearon suelos, tejados y paredes. Y a continuación los primeros truenos. Al principio lejanos. Cercanos después. Las gotas de lluvia no tardaron en difuminarse y unirse unas a otras para crear una cortina espesa. Relámpagos iluminaron cielo y tierra a intervalos cortos. Sus broncos espasmos hacían  temblar los cristales de las casas. Los niños lloraban y las mujeres miraban con celo hacia arriba. Los hombres agachaban sus cabezas y trataban de pensar en otras cosas. Los primeros rayos crepitaron en el cielo dibujando rectas torcidas. Lejos. Y cerca. Golpearon los primeros en los solitarios árboles de las praderas y los pararrayos temblaban por el viento y el temor. Algunos hicieron su trabajo cuando las fuertes sacudidas de luz y electricidad les alcanzaron. Otros murieron en acto de servicio. Inevitable ante enemigo tan decidido. Los charcos de las calles al crecer se unieron unos con otros y se dirigieron al mar en creciente velocidad, llevándose consigo todo lo que pudieron agarrar. Tiraban de los troncos  de los árboles, de los postes de teléfono, de los carteles de las paredes de los cines. Los arañaban a todos ellos con sus húmedas y duras garras.


Dos horas duró el Apocalipsis para algunos, para otros fue eterno. Para los menos, apenas fue una de tantas tormentas que ya habían vivido y vivirían más veces. Las nubes se retiraron tras la lluvia y el viento amainó. Los niños abandonaron el llanto y durmieron en paz. Las mujeres dejaron de mirar al cielo y los hombres alzaron los ojos entonces para ver el estrellado firmamento y asegurarse de que aún permanecía allá. Allá. Allá.

miércoles, 12 de marzo de 2014

#93 MARIE




Marie consiguió una beca para estudiar en la Université de Genève. Dedicó todo su bachillerato y primeros cursos de Ciencias a profundizar en el campo de la genética. Antes de terminar segundo publicó un artículo en el Animal Genetic Resources, y un año después publicó su primer libró basándose en ese artículo. Su juventud, logros y evidente pasión por la genética la pusieron a la cabeza de la lista de solicitantes de esa beca en Suiza. Así que no había terminado el mes de agosto cuando se despidió de sus padres y hermano pequeño y, arrastrando su maleta, salió hacia el aeropuerto.  Durante el vuelo quiso imaginar su versión de Ginebra. No la de cientos, miles de personas que habían expuesto sus opiniones y fotografías a lo largo y sobre todo ancho de Internet, sino lo que ella creía que sería Ginebra para una chica de veintitrés años, sin la carrera terminada, saliendo sola de debajo de las alas de papá y mamá para investigar el mundo. Esto último casi tenía más importancia que la propia genética por la cual y a la cual, irónicamente, agradecía sus éxitos en la vida. Ginebra al final resultó ser bastante parecida a lo que ella imaginó. Por lo tanto, no resultó ser una sorpresa, ni para bien ni para mal. La ciudad, a pesar de su modernidad, estaba muy estéticamente anclada en La Ilustración. Distinto. Bonito. Antiguo. Europeo. Por sus calles había de todo tipo de gente, pero por destacar algo teniendo en cuenta su condición, Marie vio mayoría de estudiantes ausentes y concentrados en sus propios estudios durante el día, y despistados y muy ocurrentes  por las noches en determinados bares después de determinadas cervezas. Durante un año entero Marie formó parte de todo aquello hasta que la beca tuvo fin, lo cual le hizo retornar al lugar de donde había partido y ocupar su lugar familiar junto a su hermano y sus padres.

Marie se quedó embarazada en el último curso de instituto. Quiso abortar, pero no lo consiguió. Lo que sí había conseguido unos meses antes fue un trabajillo en el MacDonald’s limpiando suelos, baños y papeleras. Casi consiguió también que les diera un infarto a sus padres cuando se enteraron. En la peluquería, una señora le dijo: “Chica, no sé cómo puedes llevar así de bien lo de tu hija”. “No sé de qué me hablas”, contestó ella. “Pues qué va a ser”. Y se lo confirmó su propia hija cuando al llegar a casa se lo preguntó abiertamente. El padre, un chaval de la clase. Trabajaba por las noches en una gasolinera. No tenía más familia que un hermano mayor que hasta el siguiente año seguiría siendo su tutor legal. Marie, ante el estado de nervios y frustración de sus padres, antes de que acabara el mes de agosto, hizo una maleta con algunas de sus cosas y se fue a vivir a casa del padre de su futuro hijo. Su madre hizo limpieza en el dormitorio de su hija como si nunca hubiera existido ésta y enseguida le dio otro uso, que la casa no era muy grande y falta le hacía el espacio. Por lo que ella a respectaba, nunca tuvo una hija. Y así se lo hizo saber a cada persona que durante los siguientes meses le preguntaba por ella. Marie y su chico se cuidaron lo mejor que supieron. Ella trabajó hasta casi el final del embarazo. Los amigos les fueron consiguiendo ciertas cosas que pensaron necesitaría el bebé. El día del parto llegó. Hubo complicaciones en el quirófano y el bebé nació muerto. Los padres volvieron a casa a los dos días con los brazos y las almas vacíos. Durante unos pocos meses se echaron en cara la muerte del bebé, la inseguridad que sentían y la pobre vida que llevaban. Coincidieron al fin en que lo mejor sería separarse y cada uno siguiera por su lado. Sin el bebé ya nada les unía. El padre de Marie abrió la puerta cuando ésta tocó el timbre. La abrazó y la dejó entrar. No hablaron pero se lo dijeron todo. Marie volvió a ocupar su dormitorio y su lugar familiar junto a su hermano y sus padres.

Lo cierto era que ninguna de aquellas historias sucedió. La realidad fue que a mediados de agosto la chica se ausentó de su casa. En ella quedaron su hermano y sus padres. Tampoco se llamaba Marie. ¿Tal vez María? ¿Lucía? Una incógnita. Todo el otoño, invierno y primavera siguientes el dormitorio estuvo desocupado. Las cortinas que siempre habían permanecido cerradas ocultando el interior de la estancia ahora dejaban ver los muebles y el espacio vacío que la chica había dejado. De vez en cuando un tendedero portátil aparecía y desaparecía a los dos días. Algunos indicios de que allí estuvo la chica se veían desde mi ventana: un peluche, un póster de no sé qué famoso. Entonces se veía todo sin el telón opaco que impedía que se la viera a ella cuando permanecía despierta con la luz encendida hasta las cuatro o cinco de la mañana. Un día las cortinas volvieron a cerrarse y la luz volvió a encenderse hasta altas horas de la madrugada. Ella había vuelto a ocupar su lugar familiar junto a su hermano y sus padres. ¿Dónde estuvo todo ese tiempo? Nunca lo supe. Cada vez se me ocurrió algo distinto.



miércoles, 5 de marzo de 2014

#92 VIOLENCIA



Violencia. Pensaba en ello mientras en sus ojos se reflejaban las llamas detrás de aquel contenedor volcado. En su mano una botella con la mezcla precisa de gasolina y jabón. Y un trozo de trapo a modo de mecha. Detrás de la improvisada barricada un tropel de militares guardaba celosamente a su amo. Le protegían de una masa enfurecida que no acababa de entender cómo podía tener precisamente eso, una guardia pretoriana a su servicio, cuando no dejaban de ser parte del pueblo que él mismo estaba esquilmando.

Le temblaba la mano. Violencia lo llamaban. Violencia era despojar a un pueblo de su ser, violencia era arrojar a las familias a la miseria. Un contenedor ardiendo no era sino la consecuencia lógica de aquel desmán. Sus ojos brillaban en una película de lágrimas que no terminaban de desbordarse. Y ahí se podía contemplar la miseria, la indignación, las dudas. Pero también la firmeza, la resistencia, el ansia.
Hacía días que estaban acampados delante del palacio presidencial. La chispa prendió con las nuevas tasas universitarias. Una medida más de las que se venían tomando desde hacía meses y que habían arrojado a la cuneta a miles de ciudadanos de clase media y baja, generando una población mísera y sin esperanzas. Pero todo cambió cuando el cacique que se parapetaba detrás de los muros de aquel edificio metió mano a la población universitaria. En la práctica convertía los estudios universitarios en un privilegio, privando a gran parte de ellos de la posibilidad de finalizarlos.

Carla era una de ellas. Llevaba tres años compatibilizando la carrera de ciencias políticas con un trabajo de mierda en un bar de copas. Había aprendido a estirar las noches acortando el sueño para sacar adelante las asignaturas. Sabía que terminar la carrera sería el punto de inflexión en su familia, donde generación tras generación se habían visto abocados a empleos precarios y mal remunerados, por falta de titulación. Pero ahora, con la espalda pegada a aquel contenedor, el futuro era tan gris como ese humo que se alzaba de las barricadas. Un intenso compromiso social y de lucha habían precedido a aquel día, a ese momento en el que asía una botella explosiva. Antes manifestaciones, charlas, encuentros y asambleas. Pero nada había servido.


Violencia lo llamaban. Truncar los sueños es violencia. Empujar a la pesadilla es violencia, pensó. Y Carla quería seguir soñando. Se alzó sobre el contenedor con la cara tapada, y en un gesto casi ceremonioso prendió el trapo que hacía de mecha y, con todas sus ganas, arrojó la botella ardiendo contra el cordón militar. A Carla no la despertarían porque ella quería seguir soñando.