martes, 7 de enero de 2014

#84 ALREDEDOR



Según se puso el sol sobre los edificios destartalados de aquel barrio de las afueras de Sevilla, Macarena supo que había vivido el mejor día de su vida. Estaba sentada con las rodillas entre los brazos, y los labios apoyados en las piernas. Esa postura que mezcla ternura y meditación. Más que meditación divagación amable. Y la mirada perdida en el horizonte.

Se había levantado temprano, como siempre, para preparar el desayuno a sus hermanos pequeños, dar la pastilla a la abuela, organizar el almuerzo de los niños, meter a la abuela en la cama de nuevo, llevar a los niños al colegio entre palabras de desánimo de si el mundo es injusto, de que por qué tenemos que ir a clase, y ese tipo de discursos manidos entre los pequeños… Y cuando ya por fin soltó a la manada en el centro escolar ―aquella reja era como el infierno para sus hermanos, pero cuando echaban el cierre suponía un bálsamo de relajación para Macarena― volvió a casa, preparó la comida, le cambió los pañales a la abuela, puso una lavadora, tendió otra, hizo las camas y al meter la sábana y desdoblar el espinazo que parecía diseñado para andar en los noventa grados, se dio en la cabeza con un estante. Herida en la cabeza y sangre. Lloro. Pero no era un lloro de dolor, no. Era el hastío, el cansancio, el agotamiento físico y mental de no poder hacer la vida que hace una chica de diecinueve años. Desde que murió su padre hacía ocho meses no había tenido tiempo de nada. De nada para ella, claro. De todo para el resto. Sus dos hermanos eran muy pequeños y la abuela sufría el paso de los años, con una visible demencia y una incontinencia urinaria que intentaba disimular con mucho esfuerzo.

Los dedos manchados de sangre pusieron a prueba su frustración, y no pudo más que coger el abrigo y marcharse a la calle. Entonces, para poner la guinda a aquella mañana, vino el resbalón y la caída. Luego llegó él. Por debajo de los exabruptos de Macarena una voz pausada y tranquila intercedió entre ella y su dolor:

―¿Estás bien?

―¡Me cago en la puta, joder, cómo coño voy a estar bien! ―contestó ella con la amabilidad que pudo―. Me he abierto la cabeza y me acabo de endiñar un hostiazo al salir de casa. Eso por no hablar de la mierda de vida que llevo y en particular la mañana asquerosa que me acabo de zampar. Pero gracias, me apaño ―concluyó.

―Dame la mano ―dijo el chico amable―. Me llamo Pepe.

Macarena miró a aquel extraño con desconfianza, pero visto el día que llevaba se arriesgó a seguirle la corriente al muchacho. Sus pantalones anchos, sudadera roída por el tiempo y una cara que despejaba cualquier atisbo de maldad la terminaron de convencer. Extendió su mano y al tocar la del chico sintió como un latigazo, lo cual era lo que le faltaba, pero el dolor pasó de inmediato y, sin saber cómo, empezó un paseo por la ciudad de la mano de un desconocido que, sin embargo, era como si la hubiera acompañado toda la vida.

Recorrieron callejones en los que jamás había reparado, vieron llover, nevar y un sol radiante en un instante. Vieron camiones de basura vaciando armónicamente los contenedores, jinetes a caballo camino de Triana, olas enormes en el Guadalquivir, gigantes y cabezudos haciendo malabares en la Plaza de España, puertas giratorias, pajaritas de papel, globos lanzando al cielo miles de cartas. Vieron sonrisas y abrazos entre desconocidos, trapecios gigantes sobre la ciudad, peonzas girando… y cuando la respiración de Macarena no daba para más emoción se encontró sentada en lo alto de una colina verde, con un césped suave que acariciaba con la palma de la mano, acompañada del tacto de un desconocido que la había regalado una jornada que, sin ser la suya, existía, y si la buscaba la encontraría.

―Las cosas pasan a nuestro alrededor, sólo tenemos que mirar ―dijo el chico antes de desaparecer de su lado.

Entonces Macarena se agarró las rodillas y miró el sol ponerse detrás de aquellos edificios destartalados. Y lo vio.

miércoles, 1 de enero de 2014

#83 EL CONCIERTO



Había cumplido su sueño de infancia. Ante él se alzaba el público rompiendo en aplausos cuando el último acorde dejó en suspense un final que había que interpretar. Cada uno de los que presenciaba aquel concierto debía poner música al final, componer su propia partitura y finalizar con una triste retirada o una alegre función.

Llevaba mucho tiempo preparándose, desde que hacía dos años el terapeuta al que asistía le recomendó una ocupación. Siempre había querido tocar el violín, pero su padre primero y el paso del tiempo con sus responsabilidades y falta de tiempo después, le habían impedido desarrollar esa faceta creativa que escondía desde pequeño. En una casa de empeños compró un viejo violín, lo llevó a arreglar a un luthier y a cambio de pequeños recados éste se lo puso a punto y le regaló un arco de madera de Brasil emocionado por la ilusión que ponía ese tan particular cliente.

Llegaron los ensayos sin ostentosos locales, bajo algún techo en plena calle, resguardado en templetes de los que no faltaban en las plazas de los pueblos. Un atril construido con unas varas recogidas de un contenedor. Y cuando estaba en posición, pasaba sus dedos por las crines del arco, fijaba el violín al cuello y en una suerte de viaje a cualquier parte empezaba a tocar. Al principio aquello distaba mucho de una melodía, sacando a relucir la desigual distribución de entusiasmo y destreza. Pero sus particulares sesiones de ensayo daban sus frutos, los terapéuticos al menos. Aunque seguía acompañado de su perenne brik de vino tinto y no le abandonaba su ropa sucia y sus manos castigadas por la intemperie, su ánimo escapaba del despido, del posterior divorcio y de la lejanía de esa hija que condicionada por el deterioro de su padre se refugió lejos de él, y así hasta hoy. A estas alturas sería una joven de más de veinte. Y ése era su gran pesar, lo que más espesaba sus movimientos mientras acariciaba las cuatro cuerdas de aquel violín convertido en tratamiento, en medicina para olvidar.

Así continuó, tocando y olvidando. Bebiendo para compensar las penas que no se diluían con la música. Y tocaba para sí, para nadie, para el terapeuta, sin público y a su vez para todos. Lanzaba al airé partituras que cada vez eran más reflejo de aquellas corcheas, de aquellas melodías que un día crearon otros, y que él transitó desde el maltrato inconsciente a una obra maestra a la interpretación soberbia de una idea original.

La noche anterior a su particular estreno tiró el brik de vino a una papelera, aun quedando más de la mitad de su dosis de olvido, y se acomodó como siempre hacía encima de una rejilla de ventilación del metro. Durmió del tirón con el violín bajo el brazo. A la mañana siguiente se regaló un desayuno de ésos que hacía tiempo no probaba. Un café con leche con una tostada en el café de la Ópera.

Con la satisfacción y los nervios que se sienten cuando uno está a punto de culminar un gran proyecto acarició las crines del arco como tantas veces y se colocó el violín al cuello cuando aún el público no había hecho acto de presencia. Fue el primer acorde el que llamo la atención del respetable.

Y siguieron unos momentos que no será capaz de recordar pues sus ojos cerrados viajaron por una vida de tormentos, salpicados de alegrías, de caricias de su hija, de las risas de la que fue su mujer, del acomodo de la que un día fue su casa. Repasó los viajes que hicieron cuando aún eran una familia, cómo disfrutaba de las tardes de los sábados de los amigos, de las miradas fugaces, de la puesta de sol, de la nieve en Madrid.


En todo eso pensaba cuando el último acorde se perdió por la calle Preciados en ese escenario improvisado, y el público allí congregado arranco en una ovación que le trajo de vuelta a la realidad. Y ya no sonaba tan mal.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

#82 DROGA ROSA



Hacía tiempo, muchos años, que lo había dejado. Se había quitado por completo. Lo bueno es que no había sido nada doloroso. Con el paso del tiempo, aquello dejó de ser tan emocionante como lo fue al principio. No se había dado cuenta, pero ni siquiera el segundo día fue tan bueno como el primero. Fue maravilloso, casi celestial. Se acercaba mucho, muchísimo, a la primera experiencia, pero no llegó a alcanzarla. Y el tercer día no alcanzó al segundo. Ni el cuarto al tercero. Y así sucesivamente. Así que es posible que lo aceptara de aquella manera y lo quisiera como le vino. Y lo mantuvo porque el día que no tenía su dosis la cogía al día siguiente con el doble de ganas siendo consciente de que no sería igual de buena que el día anterior. Pero no importaba. Le satisfaría igual.

Ahora, pasado el tiempo, pasado el embrujo de aquella droga que lo envolvía todo de color rosa, recordaba momentos no tan buenos en los que la fiebre alteraba su percepción, y en lugar de hacerla viajar en una nube, la arrojaba a los infiernos más grises y malolientes. Los conocidos más queridos y dulces se trasformaban en bestias sádicas y ogros vociferantes. La armonía de la segunda dimensión se convertía en angustiosa sensación real. Por suerte aquello era temporal y siempre retornaban las alegrías y los paseos por el parque y en descapotable, los saltos en los charcos de lluvia, las risas por el suelo cuando estaba a punto de acabarse el efecto.


La evolución la había llevado a salir de aquello sin apenas sentirlo, en una transición hacia la cordura, hacia la visión de otra realidad que el color rosa de Peppa Pig le había nublado durante mucha parte de su infancia.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

#81 VIAJAR



Se alejaba. Y mientras se marchaba aquel convoy lleno de incertidumbres y alguna esperanza me pregunté qué hubiera sido de mí. Dónde habría llegado. El problema no fue tanto no subirme al vagón, porque a la estación había ido. Era la hora, el andén rezumaba incógnitas que ni resolvería entonces, ni ahora, ni después. Pero nunca compré billete. Estuve frente al mostrador, mirando horarios y destinos, jugando a imaginarme viajando lejos de mí. Pero eso fue todo. Un juego con pinta de acertijo del que salía bruscamente cuando me costaba respirar.

No tenía claro cómo me sentía, un viaje con picos de emociones contradictorias. Pero no compré billete, y yo ya sabía que las cosas no ocurren con desearlas. Siempre se lo decía a quien me quería escuchar. Las cosas ocurren por que se hacen. Y un tren no te lleva a ningún lado si lo más cerca que estás de él es en el andén. Si no subes los escalones que te llevan a tu asiento, y a la postre a tu destino. Y si te frena desconocer como es el final del trayecto no viajas, y entonces sólo te queda pensar en lo que podía haber sido un viaje convertido en fantasía.


Yo me senté en un banco de madera en el andén. Ya había estado ahí. Resulta que mi vida había sido un ir y venir constante hacia otros lugares. Y no siempre me quedaba mirando la cola de los trenes, la estela de humo que ya no salía de las locomotoras. En ocasiones me había montado en el vagón, había ocupado mi sitio y había visitado lugares. Pero ahora no. Nunca me había montado en ese tren, siempre con la incertidumbre de si volvería a pasar, de si habría billetes. Y sentado en el banco miré a mi alrededor y vi una estación bonita, ornamentada, agradable. Y pensé que lo mismo no era subirme a aquel tren lo que ansiaba a ratos. No. Creo que lo que andaba buscando era transitar por esa estación y saber que los trenes pasan, y que llegado el momento, cuando tuviera las ganas y el billete, me podría subir a mi convoy. Y viajar lejos de mí, o conmigo. O sencillamente viajar.

martes, 3 de diciembre de 2013

#80 CITA A CIEGAS




―Me llamo Pablo. ―Extendió su mano.

―Natalia.

―Ah, muy interesante.

―¿Qué tiene de interesante?

―Bueno, suena a chiste, pero esta noche había quedado con una chica que se llama Natalia también. Nos hemos conocido por Internet y jamás he hablado con ella. Ni siquiera he visto una foto suya.

―Pues qué coincidencia, yo también pienso que suena a chiste. Nunca habían intentado esa maniobra conmigo.

―En serio. Bueno, no importa. ―Pasaron unos cuántos segundos en silencio―. ¿A qué te dedicas?

―No te ofendas, pero no me apetece tener esta conversación ―atajó ella cortante.

―Está bien. Solamente pensaba que, como es posible que tengamos que estar un rato aquí, podríamos charlar. ¿Qué ibas a hacer tú hoy? Si crees que es mucha indiscreción, puedes inventarte algo.

―Está bien. Pues… ―Miró hacia el techo con evidente intención de creatividad―. Digamos que yo también tenía una cita con alguien.

―¿Ah, sí? ¡Qué casualidad! ¿Y ese alguien es tu novio? ¿Tu marido?

―No creo haberte dicho que fuera un chico.

―Tienes razón. Es lo lógico, por lo menos para mí, pensar que una chica tenga una cita con un chico y no con otra chica. No es que esté en contra, entiéndeme. No soy para nada homófobo. Pero tal vez tradicional. Sí, puede que sea eso. Honestamente creo que la homosexualidad aún no está normalizada y por eso no lo he interiorizado con naturalidad. Pero, en fin. A favor, ¡claro que sí! Es más, tal vez todos deberíamos al menos probar una relación homosexual al menos una vez para estar seguros de que seguimos realmente lo que queremos. Eso es. ¿No te parece, tú que sabes de estas cosas?

―Eso, cerebro de troglodita, es una gilipollez. ¿Por qué no mejor te metes a cura para estar seguro de que no tienes vocación? ―Y se giró para mirar hacia otro lado mientras se lamentaba haber salido de casa aquella noche.

―Cierto, no será necesario probar todo para saber que no lo quieres. ¿Ves? Soy demasiado tradicional. Y además me pone un poco nervioso hablar con una lesbiana. Por eso hablo tanto y tan deprisa. Me pasa desde pequeño. Cuando me pongo nervioso, en lugar de callarme y escuchar… ¡hala!... me lanzo a rajar como un loro. No lo puedo evitar.

―¿Lo has intentado alguna vez?

―Eeeeh… no. Pero es que me supera. Fíjate, nunca he conocido a una lesbiana y me parece muy interesante…

―¿Qué es lo que te parece interesante exactamente? ―le interrumpió.

―Pues… eso. Lo del sexo y todo lo demás. Por ejemplo, no entiendo muy bien cómo se ven parejas de lesbianas en las que una claramente es la machota, con su aspecto de tío por su ropa, sus maneras, su corte de pelo, etc. ¿No es que a las lesbianas les gustan las mujeres? ¿Por qué a una lesbiana le gusta una mujer con pinta de hombre? Y en la cama, ¿cómo se puede tener una relación completa sin un pene de por medio?

―Creo que si sigues hablando te voy a partir la cara y si tengo ocasión arrancarte el pene ése del que hablas.

―Bueno, tampoco es para ponerse así. Me has preguntado.

―Creo que me sobra el ciento uno por ciento de tu respuesta. ―Miró al techo―:  Dios, sácame de aquí. Te prometo que iré más a visitarte.

Las súplicas de Natalia se recogieron de inmediato y volvió la luz poniendo el ascensor de nuevo en marcha hacia la planta tercera. Las puertas se abrieron y ella se quedó parada dentro.

―¿No sales? ―invitó él con una sonrisa.

―Creo que prefiero volver a bajar. Gracias ―dijo con una sonrisa forzada.

―Bueno, pues encantado de haberte conocido.


Las puertas se cerraron de nuevo. En el trayecto de descenso, Natalia se planteó hacerse lesbiana de verdad si sus ligues por Internet le iban a deparar semejantes sorpresas.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

#79 SOÑAMOS



Laura se escondía tras unas telas mientras con el rabillo del ojo se aseguraba de que Rodrigo no la siguiera. Las callejuelas del bazar de Marraquech eran estrechas y con tal gentío que la tarea no era fácil. Además los comerciantes estaban listos para echar el cierre y aquel lugar era un constante ir y venir de hombres con enormes bolsas azules cargadas de género.

Habían coincidido a primera hora de la mañana en el aeropuerto. Rodrigo llegaba de Madrid y ella de Barcelona. Ambos decidieron hacer el cambio de moneda en la terminal antes de coger un taxi que les llevara a la ciudad. Las miradas que se cruzaron en el mostrador cuajaron finalmente cuando ambos cogieron el tirador de la misma puerta del mismo taxi.

―Por favor, cógelo tú ―dijo educado Rodrigo.

―¿Y si lo compartimos? ―le retó ella.

No hizo falta más. Compartieron taxi y charla hasta la ciudad. Para cuando llegaron ya se habían contado lo necesario. Ella publicista en Barcelona, él profesor de lengua en un instituto en Madrid. Ambos habían aprovechado el fin de semana para escapar solos a Marraquech y desconectar del bullicio de la gran ciudad. Y, sin embargo, eligieron una urbe igual de ajetreada o más que las suyas de origen. Y la segunda paradoja es que tampoco habían de visitarla solos. Cuando le dieron la dirección del Riad al taxista, ya una vez llegados a Marraquech, resultó que ambos se alojaban en el mismo. Una coqueta casa regentada por una pareja de franceses tan dispuestos al buen servicio como a los comentarios desafortunados. Fue abrir la puerta del establecimiento y dirigirse a ellos como pareja.

―No, no, venimos cada uno por nuestra cuenta ―dijo Rodrigo a modo de disculpa mientras el color rosado hacía presencia en sus mejillas.

La sonrisa de Eric, uno de los dueños del Riad, era un presagio de lo que vendría después. Que no fue sino un paseo matutino por la Medina. Juntos. Un té moruno en la plaza de Jemaa El Fna. Juntos. Y un ya casi romántico paseo por el bazar al atardecer. Fue en un puesto de abalorios de plata donde sus miradas se juntaron casi tanto como sus rostros. Y ella, desde el principio más decidida que él, le posó un delicado beso en sus labios. La cara de sorpresa de Rodrigo hizo que Laura estallara en una sonora carcajada y echara a correr por las callejuelas del bazar.

Rodrigo apareció por detrás de Laura cogiéndola por la cintura lo que hizo que ésta se agarrara a las telas con un respingo que a punto estuvo de tirar el puesto entero. Se besaron. Ahora Rodrigo se le adelantó. Y siguieron besándose hasta llegar al Riad. Y continuaron dentro, y en la habitación de ella, y les siguieron unas horas de pasión que finalizaron con un sonoro gemido de placer. Los dos, sudados en la cama, se miraban. Ella le tocaba el pelo y sin decir nada se fueron quedando dormidos, entre caricias y calor.


Riiiiiinggggg. Laura se despertó con el cuerpo empapado. Aquel verano en Barcelona el bochorno hacía mella. El ruido de Las Ramblas llegaba hasta su ventana. Miró a su lado buscando a Rodrigo, pero a esas horas éste aún dormía en su casa de Madrid, disfrutando de las vacaciones que le ofrecía su trabajo, soñando que dormía al lado de una chica a la que acababa de conocer en un Riad de Marraquech.

martes, 19 de noviembre de 2013

#78 FISTERRA




Liam Kindelan llegó caminando hasta la punta del final de la tierra. Había recorrido ese camino en numerosas ocasiones, pero se le antojaba pensar que aquélla sería una de las últimas. Se sentó en las negras rocas con los ojos cerrados para escuchar cómo las olas traían los ruidos del mar cercano y lejano. Era gracioso, o por lo menos así lo pensó Liam, cómo otros hombres de otras épocas podían haber puesto sus culos en la misma roca donde él tenía puesto el suyo ahora mismo. Los mismos seres humanos que pensaban que el mundo se acababa en aquel lugar y que más allá no existía nada. Los mismos que estaban totalmente convencidos, por lo tanto, de que la tierra era totalmente plana. Y mucho tiempo antes estarían sentados en esa roca aquellos que tan siquiera se lo cuestionaban. Con poder encontrar una presa para dar de comer al clan tenían bastante. Adoraban aquel puñado de rocas y las mitificaban para darles un sentido místico, sobrenatural. Aquellas parejas que quisieran tener descendencia habrían de acudir allí mismo donde estaba él a copular, pues el poder de un ser superior así lo estipulaba y así se lo había transmitido a los elegidos. Y muy convincentes debieron de ser a través de los tiempos los distintos iluminados, porque Liam mismo había acudido años atrás con su mujer a la ermita de San Guillermo, el cual concedería tal favor a la pareja por el simple hecho de llevar a cabo el ritual de la coyunda a sus pies. No había duda de que el santo se había puesto las botas desde que le dieron tal honor. Lo que sí ponía Liam en duda era el efecto de su virtud, pues jamás él y su difunta esposa tuvieron vástago alguno que probara el poder que se le confería. Es posible que fuera cuestión de fe. En ese aspecto la duda era en vano. Karen fue atea y Liam lo seguía siendo. Habría resultado más práctico creer. Como a aquéllos que creían a pies juntillas que la tierra era plana. Como Liam creía que la tierra era redonda. Pero, ¿y si estaba equivocado? ¿Y si no era cierta la redondez del planeta? ¿Y si un iluminado Copérnico venía con una nueva teoría de una desconocida forma geométrica aplicable con miles de argumentaciones, todas perfectamente planteadas? ¿Otra cuarta, quinta, sexta dimensión? ¿Por qué no? ¡Estaríamos todos los demás equivocados! Pero no desde ese momento. Peor, de siempre. ¡Todos los anteriores los estuvieron!  Y sin embargo aquí estamos, pensaba Liam. ¿Qué nos diferencia? Después de eso otras parejas seguirán viniendo aquí a ver si San Guillermo les concede un hijo.