La vida se presentó
como una secuencia de puntos lineales, cuando en realidad llevaba viviendo una
concatenación de bucles vertiginosos de los cuales solo pretendía salir
equilibrado. No fui capaz de estrecharle la mano. Me desvanecí.
martes, 28 de mayo de 2013
miércoles, 22 de mayo de 2013
#52 TANTO DA
Apolonio se levantó por la mañana como un día
cualquiera lo habría hecho. Era un día cualquiera al fin y al cabo. Se abrasó
la lengua y la garganta con el café bebido de un sorbo, como siempre, y se
metió en la ducha. Como un día cualquiera se echó jabón en los ojos y quedó
temporalmente ciego hasta que el escozor pasó. Aquel día también se puso un
calcetín de cada color, como bien podía ser habitual, y salió a la calle en
busca de su coche. Llegó a la oficina tarde – o temprano, tanto daba – para
cerrar los oídos disimuladamente ante las broncas y amenazas de su jefa, tras
lo cual tomó un segundo café para que terminara de revolverle el estómago y purgarlo en los
váteres, como sucedía día sí y día no. Y el resto de la jornada de trabajo
continuó de aquel modo, sin pena ni gloria. Tristeza tras ilusión, despropósito
tras propósito, estrepitoso fracaso tras pobre intento.
A las siete de la tarde llegó a la conclusión de que
no había estado mal como viernes desastroso y recogió su solitario coche del
parking para volver a su solitaria vida en casa. Al menos en la oficina estaba
rodeado de más gente de verdad, gente con sus vidas, con sus inquietudes, con
sus alegrías. Gente normal – o anormal, tanto daba – que inconscientemente le
hacían compañía. Apolonio posaba sus ojos sobre el semáforo, que ya se había
puesto en verde hacía un rato, pero en realidad su mirada atravesaba aquella
luz y se estrellaba en el firmamento.
Un brusco movimiento le sacudió y pasaron una
eternidad de milisegundos hasta que se diera cuenta de que un coche le había
impactado. Sin parpadear, sus ojos miraron por el retrovisor donde unas manos
sujetaban una cabeza propietaria de una hermosa melena rubia. Entonces volvió a
la realidad con una serie de seguidos parpadeos. Abrió la puerta del coche,
bajó y se dirigió hacia el que tenía detrás.
-¿Está usted bien, señorita?
-¡Uf¡ Estoy viva, que creo que ya es mucho. Vengo
despistadísima y sólo había visto la luz verde. Perdona el intento de intrusión
de mi motor en tu maletero.
La joven se apeó aturdida de su también perjudicado
vehículo, el cual sólo se había quedado en el intento. Entre ambos retiraron
los restos de una calle sin tránsito, ni tráfico, ni miradas detrás de ninguna
cortina de ninguna casa. Estaban solos. Y una farola. Hablaron con tranquilidad
y educación del accidente. Ni una palabra más alta que la otra. Ni una
recriminación, sólo reconocimiento y responsabilidad. Tras el papeleo y toma de
respectivos datos, ella volvió a hablar con su aseguradora para confirmar:
-Ya viene. La grúa digo.
Y llegó. La grúa. Y se llevó su coche, pero ella se
quedó.
-No hay taxis por aquí – informó Apolonio.
-Ya lo sé. Me llevas tú.
-Hoy es mi cumpleaños. Te invito a cenar.
-Acepto.
-Y tomamos luego una copa.
-Sí, así me da tiempo a pensar tu regalo.
-Sí. No me gustaría quedarme con el radiador de tu
coche en el maletero como prenda.
Cenaron. Tomaron una copa. Hicieron el amor – como
regalo, tanto daba. Se despidieron hasta otro día. Apolonio no se podía creer
que precisamente el día de su cumpleaños los planetas se hubieran alineado para
que el devenir de los acontecimientos hubiera transcurrido como lo recordaba. Y
lo recordaba muy bien, con mucho detalle y datos concretos de direcciones,
matrículas, horas y peinados.
Y al despertar recordó con más detalle aún si cabe
cada minuto. Las manos que sujetaban una cabeza con una hermosa melena rubia,
en realidad sujetaban sólo una cabeza. No había melena rubia que colgara,
porque el tipo del coche de atrás era calvo. No hubo ningún “¿Está usted bien
señorita?” después de acercarse al otro coche, porque nunca se acercó hasta
allí, sino que fue el tipo calvo el que se acercó hasta él con los ojos fuera
de sus órbitas increpándole con lindezas del tipo “¡pedazo de cabrón,
responde!” o “gilipollas, ¿por qué no has arrancado si me veías venir sin
frenos?”. No hubo una calle tranquila y vacía sin testigos de los hechos. Al
contrario, ante el ruido del frenazo y el impacto y los gritos inmediatos, se
arremolinó en la avenida gran cantidad de público que vio su actuación estelar
cuando dijo “hoy es mi cumpleaños”, lo que provocó que el tipo calvo ardiera en
la pira de su propia ira y le premiara con un obsequio tras otro en forma de
puñetazos, patadas e incluso un cabezazo en la nariz.
Pulsó el botón para que se acercara la enfermera y
le dijo que era su cumpleaños, que si le podía regalar una aspirina – o un
paracetamol, tanto daba.
miércoles, 15 de mayo de 2013
#51 NO SOLO ERAN ZAPATOS.
Yo
sólo quería unos zapatos nuevos. Nada más. No creo que fuera tan complicado de
procesar y entender. Había estado pasando por delante de la zapatería los
últimos tres meses y allí habían estado, inamovibles, con todo su lustre, a la
vista de los viandantes. Y nadie los había comprado. Sabía que eran los mismos
y que no los habían repuesto porque con el paso de los días y mi meticuloso
escrutinio de ese par, había percibido una tara en el filis izquierdo. Siempre
me había hecho mucha gracia eso del “filis”, palabro por otro lado más habitual
de lo que pudiera parecer en una casa en la que vivíamos seis personas y todos
heredábamos la ropa de los anteriores. Así que no os quiero ni contar cuántos filis
había puesto nuevos el zapatero de mi barrio. Mi padre me mandaba llevar los
zapatos para su arreglo y a mí me encantaba ir. El zapatero llevaba siempre
puesto un delantal de paño, de un color indescriptible, que le daba un aura que
me fascinaba. Yo de mayor quería ser como aquel hombre, quería ser zapatero. Luego
no. Llegué a la conclusión que debían ser los efluvios de la cola con la que
fijaba el filis que me embriagaba y me sumía en un trance demasiado profundo
para mi corta edad.
El
caso es que aquel zapato izquierdo tenía una fina raya que acompañaba a la
suela por todo el contorno, y que lo diferenciaba de su par. Llegué a
obsesionarme con aquellos zapatos. El negro betún le confería una elegancia que
por otro lado estaba acorde con su disparatado precio, porque al margen de mi
exiguo presupuesto, que obviamente no me daba para adquirir aquella joya, creo
sinceramente que nadie debiera pagar doscientos euros por un par de zapatos.
Aunque vengan con un ejército de masajistas de pies incorporados.
El
zapatero, un hombre mayor, con ese gesto entrañable que tienen las personas
mayores que han transitado felizmente por la vida, les pasaba un plumero cada
día, para que no cogieran polvo, y con un gesto rayando lo patológico, los
colocaba perfectamente alineados el uno con el otro y el par en perpendicular
al catoncillo que recogía el desproporcionado precio. Aquella rutina me erizaba
la piel.
Pasó
la primavera y nadie quiso llevárselos a casa. Pero es que pasó entera, del 21
de marzo al 21 de junio. Tres meses clavados en los que ninguno de los
ignorantes que habían entrado en el establecimiento se habían siquiera fijado
en ellos. Mucho modernito irritante con esas chancletas asquerosas de colores,
roídas por el tiempo, el uso. Esos jóvenes que ahora vestían de cualquier
manera, con el tiro del pantalón por las rodillas, anchas sudaderas y
zapatillas de lona. El tiempo había hecho mella en la elegancia y las formas.
Una vez entrado el verano supe que aquellos zapatos quedarían huérfanos de pies
que los calzaran, el calor no era buena acompañante de aquella herramienta de
distinción y clase. Para el periodo estival siempre era mejor unos náuticos,
aunque chocara con el hecho de que en Madrid, tal y como repetía la canción, no
hubiera playa.
Una
vez supe que nadie se haría con aquel par, decidí que entraría en la tienda y
se los pediría al zapatero. No podía pagarlos, pero podía darles el destino que
merecían, y estaba seguro que un hombre que les había procurado el cuidado que
yo había observado desde el escaparate, lo entendería. Me levanté temprano y me
afeité con mi antigua Thiers-Issard, con empuñadura de marfil, en ese ritual
que cualquier persona distinguida debía invertir el tiempo que fuera necesario.
Jabón, brocha y navaja. Todo ello sobre una tinaja de aluminio antiguo, con
jarra de loza repleta de agua tibia. Toalla de hilo.
El
traje de domingo sobre el galán de noche, con la pajarita planchada sobre los
hombros de la americana. Todo estaba dispuesto, todo salvo los zapatos, que
bajo el galán se veían lejos de lo que se podía esperar del resto del atuendo.
Como amenazaba lluvia, salí con el paraguas, largo, con final en punta metálica
y rigurosamente negro. El paraguas no era sólo un protector para la lluvia, no.
Los lords ingleses habían extendido su uso como signo de buenas formas, con ese
golpe de muñeca que acompañaba a cada paso, con la misma cadencia y armonía.
Decidido entré en la tienda, tras observar que los zapatos, tal y como había
pasado los últimos tres meses, seguían en su atril, con su filis izquierdo
rayado, sin una mota de polvo.
Allí
estaba plantado el anciano con ese aire entrañable, con esa sonrisa educada,
camisa y chaleco como antiguamente, perfectamente afeitado y dispuesto al buen
trato con los clientes. Sin duda entendería mi mensaje, sabría comprender la
importancia del gesto, es más, muy probablemente terminaría por agradecerme él
a mí la misión que iba a emprender.
Pues
no. No lo entendió. Y aquellos zapatos iban a ser míos. Así que tuve que
matarlo. Tampoco me parecía tan complicado de entender.
miércoles, 8 de mayo de 2013
#50 YO Y OTROS ANIMALES.
-¿Cómo están los animales? –fue lo primero
que me preguntó mamá nada más entrar en la habitación del hospital.
-Bien, no te preocupes por nada, están
perfectamente. Te echan de menos y quieren que te recuperes pronto para volver
a verte.
Desde que tengo memoria he visto animales en
casa. Y cuando digo “casa” es CASA. No era extraño cruzarse por el pasillo con
un cerdo que paseaba. O tener que pedir permiso a las gallinas para poder
ocupar una plaza en el sofá del salón. O incluso encontrarse con un caballo en
el cuarto de baño cuando uno quería ir a hacer pis. Mi madre los trataba a
todos como un miembro más de la familia. Les hablaba, les aseaba, les daba de
comer… Así que el día que entré con un loro en el hombro, a nadie le pareció
raro. Ni a mi madre y hermanos, y tampoco al resto de seres vivos que lo vieron
llegar. El loro, nada más llegar, gruñó, agitó las alas y no volvió a posarse
sobre mi hombro. Enseguida descubrió quién manejaba aquella selva y casi no
volvió a separarse de mi madre. A casi todos los nuevos les pasaba lo mismo
hasta que cogían confianza. Ella les hablaba con palabras cariñosas, les ponía
un nombre y les buscaba su sitio en casa. Ramón, el mono, era el bromista. Le
escondía las cosas a mi madre para que ella las encontrara. Y ella le seguía el
juego hasta que se rendía y Ramón aparecía de nuevo con la cuchara de palo, el
cepillo del pelo o las alpargatas. Ella hacía con que le regañaba y aprovechaba
para rascarle. Y él encantado. Pedro, el gato, ayudaba en las tareas de
limpieza subiéndose a las estanterías altas y pasando el polvo con un trapo. Y
Paco, que así es como bautizó mi madre al loro, volaba por las mañanas hasta el
buzón de la entrada de la finca y recogía la correspondencia que traía con el
pico, a cambio de una manzana o unas semillas. Pero la realidad es que aquel
hotel de animales en el además vivíamos unas cuantas personas, era una locura.
A pesar de los esfuerzos de mi madre porque los animales o bien usaran el
inodoro, o bien salieran al exterior a hacer sus necesidades, era frecuentísimo
encontrar deposiciones no humanas en distintos lugares. Mi madre sabía
identificarlas perfectamente y siempre se dirigía al responsable a hacerle
partícipe de su desagrado. Nosotros le insistíamos en que era un esfuerzo
ímprobo. No era lo mismo conseguir que Paco trajera las cartas a que saliera de
la casa a hacer sus necesidades. Pero ella estaba convencida de que era
cuestión de educación, y, como a las personas, se les podía enseñar con premios
y castigos. Aparte de las deposiciones, había otro tipo de restos en forma de
pelos, pieles y plumas, pero esos eran inevitables.
-Mamá, no te entienden, no sigas
intentándolo.
-¡Claro que me entienden! Pero se hacen los
comodones. Y saben que si quieren comer, tienen que arrimar el hombro. Mira a
Lucio como tira del molino. Porque sabe que luego le doy su pienso y su paja
sequita para que descanse.
Y no se la podía convencer de que los
animales eran eso, bestias.
Cuando mi madre se puso enferma, todos
pensamos que la casa se vendría abajo. Los animales los primeros. Así que, como
si supieran que aquello iba para largo, ellos mismos empezaron a ser más solidarios,
entre ellos mismos y con nosotros, minoría absoluta. Se les comenzó a notar
también algo más tristones y la casa, que antes parecía la pista central de un
circo, se fue apagando de ruidos. Y al final el cáncer pudo con mi madre. La
enterramos donde a su marido junto al tronco y bajo las ramas del árbol preferido
de ambos: el sauce llorón, curioso para una pareja que cuando más tristes
estaban sonreían. Al acto acudieron los animales por voluntad propia.
Al día siguiente me desperté con una
sensación extraña en el cuerpo. Ya había amanecido y apenas se oía un ruido en
la casa. Era cierto que los animales últimamente habían bajado la intensidad en
sus comunicaciones, pero aquello era distinto. Boquiabierto y ojiplático es
poco decir de la cara que se me puso cuando bajé de mi dormitorio y puse el pie
en el salón. Estaba vacío. No quedaba ni un solo bicho. Recorrí hasta el último
rincón de la finca para confirmar que todos los animales se habían despedido el
día anterior de su madrina y durante la noche habían desfilado en absoluto
silencio para no tener que dar explicaciones a ningún humano.
Algo cabizbajo fui hasta el buzón de la
entrada para recoger la correspondencia yo mismo. En el momento en el que abrí
la portezuela Paco aterrizó sobre el cajetín. El susto hizo que diera con mi
culo en la tierra del camino de entrada. Me quedé mirándole y él mirándome a
mí.
-¿Por qué os habéis ido?
Paco gruñó.
-¿Dónde vais a ir?
Paco emitió otro gruñido algo más gutural.
-Mamá tenía razón, ¿verdad? Entendéis
perfectamente todo lo que decimos.
Paco movió su cuello arriba y abajo, arriba y
abajo.
-Y no creéis que nosotros seamos capaces de
cuidar de vosotros como ella, ¿cierto?
El cuerpo de paco se balanceó de izquierda a
derecha, de izquierda a derecha. Yo vacilé un momento.
-Tienes razón, ¿sabes? Pero te propongo un
trato: vuelve con los demás dentro de tres meses y te sorprenderás.
Paco gruñó, parpadeó dos veces y salió
volando.
Pasado ese tiempo, una interminable fila fue
desfilando ante la puerta del nuevo Hotel Animales. Mis hermanos y yo habíamos reformado
y acondicionado la granja entera para dar la posibilidad de hospedar a aquellos
que durante tanto tiempo fueron parte de nuestra propia familia y a otros
muchos que se sumaron gracias a la labor pico a oreja que Paco llevó a cabo.
Todos tuvieron su lugar. Posiblemente fuera una locura, pero estábamos seguros
de que nuestra madre habría estado orgullosa del resultado.
martes, 30 de abril de 2013
#49 QANIK
Sus botas forradas de piel de foca contrastaban con el blanco de la nieve. Qanik acostumbraba a mirarse los pies sin sentirse del todo a gusto, no llegaba a comprender por qué tenían que despellejar focas para abrigarse. Sólo contaba con cinco años y sus padres habían intentado dar todo tipo de explicaciones a su hijo menor, justificando la caza controlada de focas en los alrededores del pueblo para alimentarse y vestirse.
Qanik solía darse paseos por la nieve y cuando encontraba un agujero en el que asomaba el mar, dejaba colgando su caña de pescar hecha con alguna rama y un sedal en cuyo extremo no había ni anzuelo ni cebo. Así pasaba largas horas, canturreando y haciendo dibujos en la nieve con sus dedos descubiertos. A menudo aparecía su amiga Tulimak y se sentaba a su lado. Los dos se miraban sin decirse nada, hasta que Qanik le dejaba su caña y entonces ella siempre repetía la misma pregunta:
- ¿Por qué pescas sin cebo?
Y él siempre respondía igual:
- No quiero dañar a los peces, el daño lo hacen los mayores.
Y ahí quedaba la conversación. Qanik sufría mucho con la llegada del mes de marzo que inevitablemente avisaba del desembarco de los cazadores canadienses para ejecutar su matanza anual de focas. Era entonces cuando sus paseos eran más largos, y más tristes. Solía colocarse en un montículo de nieve desde el que se divisaba la costa, desde ahí, veía los grandes barcos de los que partían en lanchas neumáticas grupos de cazadores hacia la costa. Con inexplicable crueldad los cazadores aplastaban el cráneo de las crías de foca arpas, o las tiroteaban.
Esa mañana Qanik salió de casa con su rudimentaria caña y con una honda que había fabricado con piel de oso. Se colocó en un montículo muy cerca de la costa y esperó la llegada de las lanchas de los cazadores. Los grandes barcos que rompían el hielo permanecían varios días fondeados frente a la costa, y así cada día salían los grupos de asesinos hacia su botín. Delante de él un agujero donde el agua bailaba con un ritmo constante, mecida por las olas que más allá sacudía el Ártico. Dejó caer el sedal de su caña y se puso a canturrear. El crujido de la nieve le alertó, aunque no se dio la vuelta. Ese crujir, esos pasos, sabía que Tulimak estaba rondando cerca. Cuando su amiga se sentó a su lado su cara triste hizo que creciera la rabia dentro de Qanik. Él le pasó la caña y se puso a dibujar líneas inconexas en la nieve. Este ritual, pese a su corta edad, llevaban realizándolo el suficiente tiempo como para saber cada uno cuál era su lugar, y qué conversaciones no era necesario mantener pues la sola presencia de ambos daba por hecho lo que querían decirse. Eran como dos ancianos apoyados en la barra de un bar, en la que cada día coincidían sin decirse nada, y sin embargo llegaban a saberlo todo el uno del otro.
Cuando Qanik vio aparecer a los cazadores en la orilla, apretó entre sus manos desnudas un puñado de nieve, con cuidado fue dándole forma, girando la pieza hasta pulirla y conseguir un círculo perfecto de nieve helada. Un poco más allá los cazadores empezaban a sacar sus picos de hierro, cuidadosamente envueltos en cuero y, por el brillo que desprendían, meticulosamente limpiados la noche anterior. Era curioso cómo un arma tan letal, a manos de unos hombres tan malvados se les podía aplicar semejante esmero para después desatar su furia contra algo tan delicado como una cría de foca. O al menos eso pensaba Qanik. Aún no había empezado el despropósito cuando la primera lágrima empezó a rodar por la mejilla de Tulimak. No había levantado la mirada del agua, seguía el vaivén del sedal, pero sus pocos años de vida le habían enseñado a reconocer los sonidos de la nieve, incluso entre la ventisca más feroz, sabían distinguir los pasos de un zorro acechando.
Aquel hombre blanco se acercó al primer grupo de focas, todas pequeñas, blancas, indefensas. Él era rubio, con una piel cuarteada por el oficio al aire libre. Pese al abrigo que le protegía del frío, o quizás precisamente por él, se le veía de grandes proporciones, un gigante al lado de aquel cachorro de foca al que se acercaba sin ni siquiera guardar sigilo. Con un gesto mecánico se posicionó al lado del animal, con la cabeza entre sus botas pero sin tocarlo, y la foca, sospechando el peligro, mantenía una postura rígida, adivinando su destino. El cazador alzó la mano, el brazo entero arrastrando el enrome pico de hierro, y en ese preciso instante en el que la inercia pierde fuelle y el movimiento está a punto de hacerse reversible un impacto violento le tiró al suelo. El reguero de sangre tiñendo la nieve esta vez no era de la foca, la cual seguía en aquella postura dictada por el miedo. Pareció como si el pequeño cachorro alzara la cabeza, a tiempo de escuchar las blasfemias de aquel cazador, que limpiándose la sangre de la frente pudo contemplar dos pequeñas figuras en lo alto de un montículo. Dos pequeños inuits cogidos de la mano, y una caña en la mano libre de ella y el extremo de una honda en la mano libre de él.
- Sólo los mayores hacen daño Tulimak. – Dijo Qanik antes de darse la vuelta y volverse al pueblo.
martes, 23 de abril de 2013
#48 M EN LA RED
Cuando M se miró en el espejo la
mañana del 24 de abril de 2050 el rubio vello de los brazos se le erizó al
recordar su edad. Cuarenta. Cuarenta años. Cuatro décadas. Le dio la sensación
de que, a partir de entonces, al ser plenamente consciente de su edad,
múltiples achaques de salud le sobrevendrían porque para M la cuarentena no
suponía un paso, sino un salto; uno al que no quería enfrentarse, para el que
esperaba otra ocasión mejor. Y eso teniendo en cuenta que era muy deportista,
siempre lo había sido, siempre había estado en pleno estado de forma y nunca
había tenido ninguna enfermedad grave que le impidiera seguir haciendo
ejercicio. Así que M calculó que llevaba unos veinticinco años haciendo
ejercicio y deporte de forma diaria. No fumaba y bebía alcohol con muy poca
moderación en muy pocas ocasiones. Y como para borrar todo aquel mal rollo
mañanero delante de su simétrico yo, se lavó la cara con agua fría, se secó
enérgicamente y salió a correr a la calle una horita antes de de tener que ir a
la oficina. El móvil indicó con una leve vibración que un mensaje había
llegado.
Al entrar en el edificio se cruzó
con bastantes conocidos de otras áreas con los que intercambió sólo miradas,
miradas con medias sonrisas cómplices y miradas con palabras educadas. Aprovechó
el tiempo que el ascensor dedicó a escupir personas para revisar todos sus
mensajes privados que llegaban por las distintas redes al mismo dispositivo.
Nada importante. La puerta se abrió en la última planta. Una sola persona. Al
llegar a su cubículo con la cabeza aún agachada fija en las noticias, la onda
expansiva de un vocerío de personas hizo que cortara su relación virtual de un
solo golpe.
-¡¡Felicidades!!
Unos abrazos, unos besos y ramo
de flores después cerró la puerta de su despacho de la unidad de crimen
cibernético de inteligencia. Se sentó frente a su mesa, desbloqueó su ordenador
y comenzó a revisar el trabajo. Ser mujer en aquel oficio y puesto no había
resultado sencillo en un mundo predominantemente masculino. Pero desde los veinte
había tenido claro lo que quería y lo había conseguido. A los diecisiete su
familia se había visto obligada a mudarse primero de ciudad y luego de país por
su culpa y ella se sintió en la obligación de reparar el daño. Por entonces
salía con un chico. Tuvieron una relación de un año hasta que ella decidió
acabarla y él hizo uso de las redes sociales a su alcance para deteriorar su
imagen colgando en distintos sitios fotos que antes pertenecían exclusivamente
a su intimidad, aderezadas con comentarios, números de teléfono y direcciones
de correo electrónico. La presión fue tal que M intentó suicidarse en una
ocasión. Sus padres optaron por cortar por lo sano y huir. Eso le salvó la
vida, aunque fue muy complejo limpiar su imagen virtual y real. Desde entonces
no volvió a mantener ninguna relación íntima con nadie más de una única vez. Ni
tampoco a hacer uso de las redes sociales de Internet. Hasta los veinticinco.
Entonces tuvo que renovar sus energías y su valor para entrar en crimen
cibernético y volver a volcarse de lleno en ese mundo.
Sin embargo, un único cabo medio
suelto quedó de todo aquello: el gusanillo por conocer gente desconocida y que
ellos la conocieran a ella. Lo meditó, lo estudió y lo convirtió en su
entretenimiento. Y aún lo practicaba. Una aplicación que permitía localizar
miembros de la red en la cercanía daba la facilidad de ponerles en contacto.
Así que con un mero intercambio de mensajes de texto breves y tal vez una foto,
M mantenía relaciones sexuales esporádicas a su elección. De aquella manera
paliaba su firme convicción de no volver a tener pareja sentimental nunca más.
Acordaba con la persona que fuese un lugar y una hora y allí empezaba y acababa
todo. Todos buscaban lo mismo y nadie se oponía. En ocasiones había decidido
echarse atrás en el último momento, y cuando la persona citada mostraba su
desagrado o incluso acechaba con violencia, ella mostraba su placa y se
identificaba como anti-cibercrimen, o usaba parte de la violencia para la que
había sido entrenada si vislumbraba algo de peligro físico.
Abrió la aplicación y se dijo que
se iba a regalar un polvo con algún loco como ella. En segundos volvió a
comprobar la cantidad de personas en busca de sexo puntual, posiblemente
solteros y posiblemente casados. Pero a ella le daba lo mismo. Examinó unos
cuantos perfiles seguramente ficticios hasta que dio con uno que le llamó la
atención:
Hoy es mi cumpleaños y los 40 se me van a hacer cuesta arriba. Sólo
hoy. Mañana salgo definitivamente de viaje. Soltero. Moreno. Físicamente normalito.
No tengas grandes expectativas.
Se dijo que por qué no. Y se
lanzó a la piscina.
-¿Tienes foto?
Pasaron quince minutos hasta que
M obtuvo respuesta.
-No. ¿Tú?
-No.
-Estamos iguales. Con una
diferencia. Tu perfil no dice nada de ti excepto que eres mujer.
-Lo sé. ¿Te fías?
-No.
-Haces bien. Yo tampoco lo haría.
M se desconectó. Más tarde
volvería a buscar de nuevo. Mientras tanto un equipo de profesionales de la
lucha contra el cibercrimen estaban en la sala de briefing esperándola. El día
podía plantearse complicado. Intentos con y sin éxito de hacking a páginas del
gobierno e instituciones, accesos a cuentas bancarias a pesar de todas las
medidas de seguridad obligadas, pequeños robos en establecimientos con uso de
identificadores duplicados y pornografía infantil eran el pan nuestro de cada
día y, como supervisora de operaciones, M debía planificar las estrategias para
pelear contra éstos y demás asuntos que fueran surgiendo, incluyendo ciber
acosos, su talón de Aquiles.
Tras la insulsa jornada de
trabajo, mientras tomaba unas cañas a cuenta suya con sus compañeros, volvió a
conectarse para buscar otro “regalo” de cumpleaños. Tenía tres nuevos mensajes
del cumpleañero.
Venga, me fiaré. Total va a ser sólo hoy.
Es una pena que te hayas ido.
Si vuelves escribe.
-A las 21 hrs. Hotel Druida.
Habitación 40. En tu honor.
-Allí estaré.
A las 21 menos diez minutos
llamaron a la puerta discretamente. Toc, toc. M abrió la puerta y casi le da un
infarto al reconocer al chico que veinticinco años atrás les había hecho la
vida imposible a él y a su familia. Pero al segundo se recompuso y, dándose
cuenta de que aquél no la había reconocido, se frotó mentalmente las manos
mientras su cabeza empezó a maquinar la mejor expiación.
Se acaba de hacer el mejor regalo
de cumpleaños que podía haber imaginado. Al final, pensó, los cuarenta no van a
empezar tan mal.
miércoles, 17 de abril de 2013
#47 COSAS DE CLASES.
Casi
un año me había llevado hacer la tesis doctoral. Once meses para ser exactos,
había estado recabando datos, bibliografía y entrevistas personales. Mi título
de Doctor en sociología dependía de la exposición que hiciera esa misma mañana
delante del exigente tribunal de la Universidad
Complutense. “Anatomía de las clases sociales” se titulaba mi
trabajo.
Yo,
burgués desde la cuna y acostumbrado a vivir en aquella burbuja de buenos
modales y apariencias, me había plegado al guión a la hora de desgranar los
puntos fundamentales que diferenciaban a unas capas sociales y a otras. El
núcleo de mi trabajo se centraba en asociar el concepto de clase social, al
hecho de tener, lo que coloquialmente se denominaba “tener clase”. Todo ello
puntualmente dirigido por mi educación elitista, y mi permanente asociación de este
concepto al estatus económico. Había conseguido a través de mi investigación,
corroborar la premisa previa, la hipótesis que fui buscando en una especie de
justificación personal, sobre la correlación entre tener un nivel económico
alto con el saber estar.
Durante
los meses que me llevó el trabajo en varias ocasiones llegué a cuestionar
ciertos extremos, fundamentalmente tras entrevistarme con determinadas personas
de la denominada “alta sociedad”, las cuales me habían parecido además de
pedantes, muy distantes del concepto de educación que me habían inculcado.
Pijos de enciclopedia que echaban por tierra mi visión sobre las buenas
costumbres y refinadas maneras. Me había encontrado con absolutos iletrados que
aún siendo conscientes de su ignorancia se parapetaban en una artificial y a
todas luces ficticia atalaya de sabiduría. No sabían nada. Y lo peor, es que
sabían que no lo sabían. Pero aquello no les impedía aparentar unas maneras que
no les correspondía y mirar por encima del hombro al resto de los mortales,
haciendo gala de lo que no eran. Por ese motivo llegué a la conclusión de que
la máxima de Don Francisco de Quevedo “poderoso caballero don dinero” llegaba
mucho más allá de lo que a adquirir del mundo material se refería.
Pese
a todo ello conseguí que mi punto de vista burgués, aderezado con unas gotas de
conformismo se impusiera sobre cualquier destello de realidad que hubiera
querido penetrar en un trabajo tan oscuro como alejado de la realidad. Y, a
modo de guinda, la idea de que el tribunal que iba a juzgar mi trabajo
estuviera presidido por un amigo de mi señor padre. La amistad de mi progenitor con el insigne presidente se
había fraguado en las tertulias organizadas por un elitista club en los salones
del Casino de Madrid, en la calle Alcalá. Hacía más de un siglo que aquellos
señores tan sobrados de dinero como de sapiencia se reunían una vez a la semana
en el salón “López Sallaberry”, bautizado así en honor al director de las obras
del Casino allá por los inicios de mil novecientos, para charlar sobre arte y
literatura, y de paso convencerse de que pertenecían a una estirpe superior,
una exquisita muestra de que la selección natural cumple sus funciones en la
sociedad, reservando un lugar privilegiado a aquellos que por sus cualidades
económicas e intelectuales, se merecían un refugio y unas garantías para
preservar tanto don.
En
todo caso tras varias tutorías con el amigo de mi padre no exentas de cierta
inmoralidad- que el principal evaluador de mi trabajo lo estuviera supervisando
no apuntaba a un recato ejemplar- él mismo decidió que ya estaba preparado. Me
había augurado un excelente resultado, y me agasajó con halagüeños pronósticos
acerca de mi futuro inmediato, una vez la tesis viera la luz. Una presentación
de la misma, ya publicada- para lo cual él mismo movería algunos hilos- en el
propio casino, no sólo daría valor a mi trabajo sino que refutaría lo que
tantas veces habían defendido en el exclusivo club. Las clases sociales más
acomodadas eran a su vez las verdaderamente intelectuales, a la par que las que
mejor transmitían el saber estar y la buena educación.
Para
evitar desagradables imprevistos con el tráfico, aquella mañana decidí dejar el
coche y acudir a mi cita con el tribunal en metro. Por aquello de ser previsor
y porque entre los dogmas de la buena educación que me habían inculcado estaba
la de la extrema puntualidad, me marché pronto de casa, sin despedirme de mis
padres que aún dormían. No tanto por no molestarles, sino porque pensé que
cualquier comentario no haría sino ponerme más nervioso.
En
los andenes aún no se notaba el trajín matutino que según me habían contado,
era frecuente encontrarse. Los vagones casi vacíos permitían al viajero elegir
asiento, normalmente lo más lejos posible del resto de pasajeros. Me senté con
el grueso volumen de mi tesis sobre las piernas. Lo había encuadernado en piel
verde, con gruesas letras negras en las que se podía leer “Anatomía de las
clases sociales”. Fue en la estación de Guzmán el Bueno. Entró un señor mayor,
con muy buena planta. Soy malo calculando edades, pero pasaba tranquilamente de
los setenta, traje de chaqueta de tela gruesa, coderas en ambos brazos. No eran
aquellos adornos de joven modernito, de los que gastan gafas de pasta a modo de
currículo. Aquella chaqueta tenía más historia que un ciclo escolar entero. Lo
mismo decía su piel. Tez oscurecida por el sol, un moreno de esos que no se
busca y que con el tiempo deja unos surcos en la piel como las muescas de un
revolver. Su barba blanca era lisa y estaba muy bien cuidada. El detalle que me
puso sobre aviso es que llevaba un sombrero en la mano, se había descubierto la
cabeza al entrar, digna distinción de las buenas maneras. Apenas permaneció
sentado unos segundos, los justos para buscar acomodo a su paraguas negro y
sacar unas hojas de una carpeta color teja. Quitó las gomas de ésta con una
delicadeza que se me erizó la piel. Se levantó y entonces:
-
Buenos días señoras y caballeros. Me llamo Manuel Gómez de la Hiedra , antiguo pensador,
herrero y artesano. La vida me ha obsequiado varias maravillas, lo primero mi
mujer e hijos, un trabajo honrado y un hogar entrañable. Nunca me ha sobrado
nada pero nada eché en falta. No quiero limosna, sólo que valoren mi trabajo, y
de resultarles agradable, me den lo que buenamente consideren que vale. Buenos
días y muchas gracias por su atención.
Menuda
voz, impresionante dicción, vaya compostura. No había salido de mi asombro
cuando sus grandes ojos negros se posaron en mí. No dejo la hoja encima de mi
tesis, como hubiera hecho otro, pasando sin más. No. El se detuvo, me miró a
los ojos, me dijo “buenos días caballero” y me entregó un papel tamaño
cuartilla, con una abrumadora amabilidad que me impidió contestar. Descortesía la
mía. La hoja contenía una poesía, bella, estructurada, con un desalentador
inicio y un esperanzador final. Volví a mirarlo cuando llegaba al final del
vagón. Ese traje gastado, esos ojos vividos, esas manos tan cuarteadas como su
rostro. Sólo podían ser cicatrices de años trabajando al sol. Saqué la cartera
para sentir a continuación vergüenza por mi propio gesto. No llevaba encima
suficiente dinero para pagarle el “trabajo” como el mismo había descrito su
poesía, no tenía dinero como para hacerle ver que tras once meses de estudio,
de investigación, de lectura, que tras meses y años ciego, su trabajo había
sido regalarme la vista. Cuando estuvo a mi altura me puse de pie y le abracé.
-
Gracias- fue todo lo que pude decir.
-
Gracias a ti hijo- me dijo mientras me
apretaba fuerte contra él.
Salí
corriendo del tren, temiendo derramar la primera lágrima a la vista del resto
del pasaje, y no sabía en que estación estaba ni tampoco me importaba. Yo salía
hacia el destello de luz que provenía de la calle ya sin el grueso volumen
entre las manos, en las que solo guardaba la hoja del anciano. La tesis, mi
tesis, junto con mis prejuicios e ignorancia viajaban por aquel túnel oscuro.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





