miércoles, 17 de abril de 2013

#47 COSAS DE CLASES.




Casi un año me había llevado hacer la tesis doctoral. Once meses para ser exactos, había estado recabando datos, bibliografía y entrevistas personales. Mi título de Doctor en sociología dependía de la exposición que hiciera esa misma mañana delante del exigente tribunal de la Universidad Complutense. “Anatomía de las clases sociales” se titulaba mi trabajo.

Yo, burgués desde la cuna y acostumbrado a vivir en aquella burbuja de buenos modales y apariencias, me había plegado al guión a la hora de desgranar los puntos fundamentales que diferenciaban a unas capas sociales y a otras. El núcleo de mi trabajo se centraba en asociar el concepto de clase social, al hecho de tener, lo que coloquialmente se denominaba “tener clase”. Todo ello puntualmente dirigido por mi educación elitista, y mi permanente asociación de este concepto al estatus económico. Había conseguido a través de mi investigación, corroborar la premisa previa, la hipótesis que fui buscando en una especie de justificación personal, sobre la correlación entre tener un nivel económico alto con el saber estar.

Durante los meses que me llevó el trabajo en varias ocasiones llegué a cuestionar ciertos extremos, fundamentalmente tras entrevistarme con determinadas personas de la denominada “alta sociedad”, las cuales me habían parecido además de pedantes, muy distantes del concepto de educación que me habían inculcado. Pijos de enciclopedia que echaban por tierra mi visión sobre las buenas costumbres y refinadas maneras. Me había encontrado con absolutos iletrados que aún siendo conscientes de su ignorancia se parapetaban en una artificial y a todas luces ficticia atalaya de sabiduría. No sabían nada. Y lo peor, es que sabían que no lo sabían. Pero aquello no les impedía aparentar unas maneras que no les correspondía y mirar por encima del hombro al resto de los mortales, haciendo gala de lo que no eran. Por ese motivo llegué a la conclusión de que la máxima de Don Francisco de Quevedo “poderoso caballero don dinero” llegaba mucho más allá de lo que a adquirir del mundo material se refería.

Pese a todo ello conseguí que mi punto de vista burgués, aderezado con unas gotas de conformismo se impusiera sobre cualquier destello de realidad que hubiera querido penetrar en un trabajo tan oscuro como alejado de la realidad. Y, a modo de guinda, la idea de que el tribunal que iba a juzgar mi trabajo estuviera presidido por un amigo de mi señor padre. La amistad de  mi progenitor con el insigne presidente se había fraguado en las tertulias organizadas por un elitista club en los salones del Casino de Madrid, en la calle Alcalá. Hacía más de un siglo que aquellos señores tan sobrados de dinero como de sapiencia se reunían una vez a la semana en el salón “López Sallaberry”, bautizado así en honor al director de las obras del Casino allá por los inicios de mil novecientos, para charlar sobre arte y literatura, y de paso convencerse de que pertenecían a una estirpe superior, una exquisita muestra de que la selección natural cumple sus funciones en la sociedad, reservando un lugar privilegiado a aquellos que por sus cualidades económicas e intelectuales, se merecían un refugio y unas garantías para preservar tanto don.

En todo caso tras varias tutorías con el amigo de mi padre no exentas de cierta inmoralidad- que el principal evaluador de mi trabajo lo estuviera supervisando no apuntaba a un recato ejemplar- él mismo decidió que ya estaba preparado. Me había augurado un excelente resultado, y me agasajó con halagüeños pronósticos acerca de mi futuro inmediato, una vez la tesis viera la luz. Una presentación de la misma, ya publicada- para lo cual él mismo movería algunos hilos- en el propio casino, no sólo daría valor a mi trabajo sino que refutaría lo que tantas veces habían defendido en el exclusivo club. Las clases sociales más acomodadas eran a su vez las verdaderamente intelectuales, a la par que las que mejor transmitían el saber estar y la buena educación.

Para evitar desagradables imprevistos con el tráfico, aquella mañana decidí dejar el coche y acudir a mi cita con el tribunal en metro. Por aquello de ser previsor y porque entre los dogmas de la buena educación que me habían inculcado estaba la de la extrema puntualidad, me marché pronto de casa, sin despedirme de mis padres que aún dormían. No tanto por no molestarles, sino porque pensé que cualquier comentario no haría sino ponerme más nervioso.

En los andenes aún no se notaba el trajín matutino que según me habían contado, era frecuente encontrarse. Los vagones casi vacíos permitían al viajero elegir asiento, normalmente lo más lejos posible del resto de pasajeros. Me senté con el grueso volumen de mi tesis sobre las piernas. Lo había encuadernado en piel verde, con gruesas letras negras en las que se podía leer “Anatomía de las clases sociales”. Fue en la estación de Guzmán el Bueno. Entró un señor mayor, con muy buena planta. Soy malo calculando edades, pero pasaba tranquilamente de los setenta, traje de chaqueta de tela gruesa, coderas en ambos brazos. No eran aquellos adornos de joven modernito, de los que gastan gafas de pasta a modo de currículo. Aquella chaqueta tenía más historia que un ciclo escolar entero. Lo mismo decía su piel. Tez oscurecida por el sol, un moreno de esos que no se busca y que con el tiempo deja unos surcos en la piel como las muescas de un revolver. Su barba blanca era lisa y estaba muy bien cuidada. El detalle que me puso sobre aviso es que llevaba un sombrero en la mano, se había descubierto la cabeza al entrar, digna distinción de las buenas maneras. Apenas permaneció sentado unos segundos, los justos para buscar acomodo a su paraguas negro y sacar unas hojas de una carpeta color teja. Quitó las gomas de ésta con una delicadeza que se me erizó la piel. Se levantó y entonces:

- Buenos días señoras y caballeros. Me llamo Manuel Gómez de la Hiedra, antiguo pensador, herrero y artesano. La vida me ha obsequiado varias maravillas, lo primero mi mujer e hijos, un trabajo honrado y un hogar entrañable. Nunca me ha sobrado nada pero nada eché en falta. No quiero limosna, sólo que valoren mi trabajo, y de resultarles agradable, me den lo que buenamente consideren que vale. Buenos días y muchas gracias por su atención.

Menuda voz, impresionante dicción, vaya compostura. No había salido de mi asombro cuando sus grandes ojos negros se posaron en mí. No dejo la hoja encima de mi tesis, como hubiera hecho otro, pasando sin más. No. El se detuvo, me miró a los ojos, me dijo “buenos días caballero” y me entregó un papel tamaño cuartilla, con una abrumadora amabilidad que me impidió contestar. Descortesía la mía. La hoja contenía una poesía, bella, estructurada, con un desalentador inicio y un esperanzador final. Volví a mirarlo cuando llegaba al final del vagón. Ese traje gastado, esos ojos vividos, esas manos tan cuarteadas como su rostro. Sólo podían ser cicatrices de años trabajando al sol. Saqué la cartera para sentir a continuación vergüenza por mi propio gesto. No llevaba encima suficiente dinero para pagarle el “trabajo” como el mismo había descrito su poesía, no tenía dinero como para hacerle ver que tras once meses de estudio, de investigación, de lectura, que tras meses y años ciego, su trabajo había sido regalarme la vista. Cuando estuvo a mi altura me puse de pie y le abracé.

- Gracias- fue todo lo que pude decir.
- Gracias  a ti hijo- me dijo mientras me apretaba fuerte contra él.

Salí corriendo del tren, temiendo derramar la primera lágrima a la vista del resto del pasaje, y no sabía en que estación estaba ni tampoco me importaba. Yo salía hacia el destello de luz que provenía de la calle ya sin el grueso volumen entre las manos, en las que solo guardaba la hoja del anciano. La tesis, mi tesis, junto con mis prejuicios e ignorancia viajaban por aquel túnel oscuro.

miércoles, 10 de abril de 2013

#46 EL ROBO



Lupa en mano y pipa en boca, el detective siguió el apenas perceptible rastro que partía de la encimera de la cocina y se dirigía por el suelo hasta la puerta. Tenía la intuición de que aquellas huellas le llevarían hasta bien cerca, si no directamente a la resolución del caso. La mujer que denunció la desaparición del preciado y valioso objeto no fue capaz de dar muchas pistas sobre el qué o el quién. Pero su susto inicial ya había dado paso a la reacción racional y describió con precisión dimensiones, peso, forma, color y valor. No en todos los casos de robo como parecía ser aquel, la víctima había tenido claro exactamente el objeto del robo. En otras ocasiones la cosa podía estar más difusa y no se concretaba si el objeto era uno o eran varios, y en tal caso cuántos y de qué características. Era preciso, pensaba el detective, que la víctima tuviese la lucidez necesaria para colaborar con el investigador. Si no, de nada servirían preguntas y primeras pesquisas. Serían sólo pérdida de tiempo. De tiempo y de esfuerzo.

 

Aquel día por lo menos los primeros pasos e interrogatorios habían tenido aparentes buenos resultados. Todo apuntaba a que el robo se había producido en la cocina y a que el objeto del delito era uno solo y bien definido. Así que el detective hizo caso a su primera corazonada y ya salía por la puerta tratando de seguir aquellas huellas. Pensó para sí que no se trataba de huellas habituales, lo cual le activó el mecanismo de vigilancia temiendo encontrarse con inesperadas sorpresas.

 

Pelo. En el pasillo. Cabello corto y rubio. Podía tratarse de algo casual o por el contrario de una nueva pista merecedora de estudio. Por el momento lo cogió con sumo cuidado y lo depositó dentro de un pañuelo de papel que guardó en el bolsillo de su chaquetilla. Si aquel pelo era del autor o autora del robo, eso filtraba y reducía el espectro de búsqueda.

 

Líquido. Gotas. No era sangre. Pero eran cinco gotas transparentes. Sacó su cámara digital portátil y tomó unas fotos del conjunto y después una por una para tener más tarde constancia de la situación en general si fuera necesario. Guardó la cámara y con el dedo tocó una de ellas. Eran viscosas, no pegajosas, pero definitivamente no se trataba de agua. Acercó la lengua a los dedos y el salado y almizclado sabor le despertó el sentimiento de haber probado anteriormente aquello. Interesante, se dijo mientras avanzaba despacio.

 

El camino se bifurcaba y no fue sencillo decidirse. ¿Escaleras abajo o pasillo a la derecha? Ni en los primeros escalones ni en los primeros metros de pasillo que escudriñó con la mirada halló nada que le hiciera decidir cuál era la trayectoria que el usurpador había podido tomar. Al final optó por las escaleras puesto que el pasillo tan solo tenía una puerta al final que no era sino un cuarto de aseo. En otras circunstancias habría dirigido sus pasos por ahí para descartar definitivamente que éste había sido el camino tomado por el ladrón, pero el tiempo apremiaba debido a la naturaleza del objeto robado. Así pues descendió las escaleras con agilidad diciéndose a sí mismo que su perseguido también lo habría hecho de ese modo. No obstante, el último escalón habló.

 

Papel. Papel de aluminio. El asunto se ponía feo y requería espontaneidad y premura. Aquel pedacito de papel de plata era lo que se temía y no había tiempo que perder. Levantó la cabeza y vio la puerta que daba al jardín abierta de par en par. Sus dudas empezaban a clarificarse y aquel asunto, lejos de resolverse, se dirigía a un final sin remedio.

 

Más huellas y más trocitos de papel de plata, acompañados de papel coloreado esta vez. El césped del jardín estaba plagado de ellos. Instintivamente levantó la cabeza hacia la caseta del perro.

 

-¡Mamá, Bruno se está comiendo el chocolate!

 

miércoles, 3 de abril de 2013

# 45 ELLOS ERAN ELLOS.




Palidecieron. Ninguno de los tres fue capaz de articular palabra, muy probablemente acordándose de la madre que parió a Iván, y de su capacidad para idear excentricidades, muchas de ellas, como ésta, no ajenas a ciertas complicaciones. No fue hasta que los dos policías municipales les clavaron la mirada desde el lateral de la Gran Vía, en la Plaza de Callao, que a Ernesto le dio la risa, y fue seguido por Pedro y César. La carcajada, con sus lágrimas y todo, no era por los nervios del momento en sí, ni porque mientras se apoyaban los unos en los otros, y a su vez el primero de ellos en la fachada de la zapatería que hace esquina en la Gran Vía con la Plaza, vieran a los municipales acercarse a ellos con cara de pocos amigos. No era el gesto, no, era más bien la tez teñida de blanco lo que les hacía desternillarse de la risa.

Hacía años que los cuatro se hicieron amigos, unos fueron conociéndose antes y otros después, unos se veían más que otros, pero siempre habían tenido claro que ellos eran ellos, y que ahí le dieran al mundo, que cuando hiciera falta no se fallarían. Habían vivido momentos de todo cariz, una vida entera juntos da para muchas anécdotas, para aventuras, borracheras, enfados, abrazos… Llegó un momento en el que todos estuvieron más centrados, con sus parejas, hijos… Pero seguían siendo los de siempre, y no dejaban de esconder bajo los años que les iban cayendo, ese espíritu macarra y rebelde.

Como quiera que las responsabilidades les iban restando tiempo a sus encuentros, y pese al contacto que tenían por otros medios, decidieron que todos los años se dedicarían un fin de semana, uno entero, de viernes a domingo, sin mujeres ni hijos, con los teléfonos apagados (menos uno que permanecía encendido por aquello de alguna emergencia familiar), sin fútbol (César era un loco del fútbol y en su momento llegó a cuadrar el día y hora de su boda para que no coincidiera con el partido de su equipo favorito) y sin reparar en gastos.

Desde que inauguraron esos periodos de fastos hacía cinco años, las fiestas habían sido de escándalo. El primero de ellos, sin saber cómo, terminaron en Tánger en bañador y con una tabla de surf bajo el brazo cada uno, corriendo hacia el ferry con una resaca de órdago para evitar dar explicaciones a la policía marroquí, la cual les persiguió con mucho ahínco hasta el puerto. Otro año se pasearon vestidos de toreros por el metro de París, al siguiente visitaron la fiesta de la cerveza de Munich… Aquellos fines de semana no servían sólo para calibrar la resistencia que cada uno de ellos tenía con los excesos, sino que afianzaba su amistad y le daba forma tras horas de confidencias, de compartir esas preocupaciones que en aquel grupo nunca generaban la lástima que emanaba en otros foros. Porque ellos no querían ni penas, ni palmaditas en la espalda, ellos querían hacer saber a los suyos lo que les ocurría, querían compartir y sentirse acompañados… De ellos era más frecuente un bofetón metafórico antes que un beso en la frente. El que quisiera compasión se había equivocado de lugar. Desde luego. Ellos eran un grupo, ellos eran los cuatro. Ellos eran Ellos.

Por eso en el último encuentro cuando Iván sugirió ir a Galicia y marcarse una borrachera en lo alto del monte de Santa Tecla, ninguno de los otros tres sospechaba la prueba a la que iban a ser sometidos. Estando allí, con una noche clara en la que se apreciaba de un lado con perfecta claridad la desembocadura del Miño y por el otro costado del monte los restos de los poblados celtas que antaño hirvieron de vida por sus laderas, Iván alzó su lata de cerveza y dijo:

-          Me muero.

Los cuatro se miraron, en un principio sin tener muy claro si se trataba de otra de las coñas macabras a las que les tenía acostumbrados, pero supieron que no, que esta vez no era su humor negro intentando escandalizar, sino que les estaba dando la noticia como ellos hacían, sin dramas, ni consuelos, sin tristeza ni compasión. Sencillamente se moría, porque el azar, la vida o lo que fuera que movía al mundo y a las personas, decidió darle el número de la tómbola en la que se deciden las cosas. Y sin decir nada más brindaron, y entonces volvieron los exabruptos, las anécdotas, las bromas sobre la mujer del uno o del otro, sobre el pasado y todo lo que habían hecho juntos. Fue ya de madrugada, estando los cuatro sentados mirando hacia el Atlántico cuando Iván les explicó más a fondo lo de su enfermedad, la rapidez de todo, de cómo ya no había nada que hacer y  de cómo en el fondo, para sorpresa de sí mismo, acogió su destino, tras un par de días de pesar, con indiferencia y con la satisfacción de haber vivido como había querido, rodeado de los suyos, y como no podía ser de otra forma, rodeado de Ellos. Ninguno soltó una lágrima aquella noche, ni siquiera hubo tiempo para torcer el gesto, porque Iván se dedicó a hacerles partícipe de su a veces malinterpretado humor negro, y de los planes que tenía para con su inminente deceso. Rieron, cantaron y bebieron hasta que el sol empezó a asomar por el este, y entonces, antes de que el Monte se volviera a llenar de turistas, bajaron conduciendo, borrachos como cubas, y milagrosamente llegaron al hotel. Y durmieron.

Habían pasado varios meses desde aquello cuando una mañana les despertó la noticia. Tras un par de semanas ingresado, Iván hizo cierto el diagnóstico. Ernesto, Pedro y César hablaron con la familia y tras una complicada negociación consiguieron que se hiciera realidad la voluntad de Iván. Se fueron a un garito infame de la Plaza de los cines de La Luna y pidieron cuatros vasos de pacharán, y puede ser que después otros cuatro, y para terminar cuatro más. Cuando en la mesa sólo quedaban sin vaciar los vasos de Iván, se levantaron y se fueron a la esquina de la Gran Vía con la Plaza de Callao. A Iván le encantaba la Gran Vía. Había sido recorrido de sus paseos preocupados, bocanada de alivio para sus momentos duros, que los había tenido, como los otros tres amigos. Por eso, con la frontera de Portugal a sus pies, en el Monte de Santa Tecla, con el Miño acompañando los litros de alcohol que habían ingerido, Iván les confió su última voluntad.

Por eso la risa floja, por eso no aguantaron casi en pie cuando pensaron que si Iván supiera que lo último que iba a hacer en este mundo era ir a arrear con sus restos en la cara de dos policías municipales, le hubiera dado una carcajada orgullosa. Y mientras sus cenizas subían por los cines Capitol, bajaban hacia Plaza de España, subían con el aire hacia Montera, Ernesto, Pedro y César cogieron la urna y echaron a correr con los municipales blancos de ceniza con un cabreo fino detrás. Ellos eran Ellos, nunca se les jodía un plan. Ellos serían siempre los cuatro.

miércoles, 27 de marzo de 2013

#44 NOCHE DE ESTRENO


Sofía se miró en el espejo y se dijo que había dado en el blanco con la elección de esa falda. Una semana antes, cuando la compró no estaba tan convencida. De hecho, la prenda había permanecido colgada en el armario desde aquel día. Ella llegó a casa, la sacó de la bolsa y la colgó en una percha. Ni siquiera le había quitado las etiquetas, pensando en la posibilidad de devolverla cuando se sintiera con ánimo para hacerlo. Tampoco la había colgado junto a las demás, sino apartada y sola, como dándole la oportunidad de presentarse al resto de habitantes del ropero antes de intimar. Y sin embargo, una semana después, cuando volvió a fijarse en ella habiéndose hecho la loca el resto de las veces que abrió el armario para sacar o meter otras prendas (puede que un millar de veces), tuvo coraje suficiente para arrancarla de la percha en la que se hallaba aislada, cortarle las etiquetas, ponérsela con gracia y gustarse. Es más: Sofía estaba convencida de que a Ernesto le encantaría. O eso, o la odiaría. Con él nunca se sabía del todo. Pero creía que esta vez había acertado. Una falda escocesa, de tablas y sobre todo corta – muy corta – era algo a lo que él no podría resistirse. Le conocía muy bien y sabía cuándo se le iban los ojos detrás de otras, y tras muchos meses juntos, había sido capaz de distinguir cuándo se trataba de un culo solamente, un cuerpo entero, o simplemente una falda. Y Sofía sabía con certeza que la falda que llevaba puesta en ese instante no permitiría que los ojos de Ernesto pasearan demasiado por las piernas de ninguna otra esa noche. Se encontraba tan segura de sí misma que se apostó a que sería capaz de centrar el tema de conversación sobre su prenda, y desviarlo del coche de Ernesto, estrenado la tarde anterior.

Iba a ser sin duda un asunto complicado. Ernesto llevaba años ahorrando mucho y gastando lo justo para cambiar de coche. El vehículo anterior había sido “heredado” de su hermano, que a su vez lo había “heredado” de su padre cuado éste pudo comprar otro, y que a su vez había tenido un propietario anterior. El coche tenía ya veinte años y era más que evidente que llevaba al menos los últimos cinco pidiendo a gritos el descanso eterno. Pero no habiendo recursos, se le exprimió todo lo que dio de sí. Sin embargo, la nueva adquisición había sido durante algunas semanas prácticamente el único tema de conversación entre ellos. Por lo menos el de mayor peso. Y la tarde anterior, cuando lo recogieron en el concesionario, ambos estaban llenos de satisfacción. Las diferencias con el antiguo eran infinitas: por fin supieron de primera mano lo que era la dirección asistida, los elevalunas eléctricos, el aire acondicionado y un sinfín de cosas más. Sin duda las prestaciones sobrepasaban con creces las del viejo. Pasearon en él durante el resto de la tarde y parte de la noche, y acordaron en ir la siguiente noche a darse un homenaje y cenar en El Pardo, lugar recurrente para muchos conductores que estrenaban coche. No, no iba a ser fácil. Cuando Sofía ya estaba lista miró el reloj y en ese mismo instante escuchó el claxon del competidor. En un minuto comenzaría la batalla.

Apenas se subió en el asiento del copiloto, Sofía notó cómo sus oídos comenzaban a saturarse de las bondades del nuevo utilitario. Era cierto que ella también estaba contenta con la nueva adquisición, pera aquella noche tenía toda la intención de ser ella el centro de atención.

-¿Te gusta mi falda nueva?
-¡Eh, sí! Estás muy guapa. Te sienta muy bien – dijo Ernesto. – Y lo más interesante…
-¿Qué? – Sofía estaba segura de que haría alusión directa a la longitud que mostraban sus piernas. Conocía bien a su chico.
-Va a juego con la tapicería. ¡Has hecho la elección perfecta!

En la cocina de su casa, sentada en un taburete alto, cenando un sándwich de mayonesa y viendo en la televisión pequeña un programa del corazón para que su mente se vaciara por completo, Sofía era consciente de que había tirado la toalla demasiado pronto. La comparación de su vestuario con el del coche fue algo que le dio tanta rabia que, sin mediar palabra, abrió la puerta, se bajó y la cerró con todas sus fuerzas sabiendo que dejaba al conductor con la palabra en la boca. El presentador del espacio televisivo dio paso a la publicidad. En el primer spot el nuevo coche de Ernesto se movía deprisa por una carretera que serpenteaba por un hermoso paraje arbolado. El conductor sonreía seguro de sí mismo, cambiaba de velocidad y aceleraba para mostrar al mundo la aceleración y capacidad de su vehículo frente a cualquier entorno por muy pacífico o salvaje que fuera. Sofía agachó la cabeza, y al ver que aún llevaba puesta la nueva minifalda, se puso de pie y arrojó con rabia lo que le quedaba de sándwich contra la pantalla acertándole de lleno en la cara al Ernesto de turno.

miércoles, 20 de marzo de 2013

#43 DONDE REPOSAN LAS LÁGRIMAS



Sus enormes zapatones colgaban por la piedra y apuntaban hacia la cascada, la misma que escrutaban sus ojos con gesto reflexivo. Ahí permanecía pensativo, haciendo un recorrido por tantos años de risas. Y sin embargo, su cara no parecía la de un profesional de la alegría y el buen humor. En cierta manera aquello no había sido nunca un trabajo para él, no fue una obligación. Para Turuleto había sido una vocación temprana, una inquietud, una imperiosa necesidad de hacer que la gente fuera más feliz. Y a muy tierna edad descubrió que tenía facilidad para diseminar buen humor y carcajadas allí por donde pasaba. En el colegio ya apuntaba maneras y era capaz de arrancar una sonrisa al compañero más sieso, incluso a la señorita Gertrudis, la implacable y temida señorita Gertrudis, a la que doblegó en su particular expansión viral de la risa floja. Cierto es que tan recia profesora no se carcajeó a mandíbula batiente, pero un discreto arqueo en la comisura de los labios otorgó el triunfo a Daniel, desde ese instante apodado con lo que sería su alter ego: Turuleto.

Desde entonces no dejó de hacer reír, primero desde el ocio a sus allegados, su familia, sus amigos, aquella primera novia a la que regaló una margarita que lanzaba chorros de agua… después, y lo que paradójicamente no hizo gracia alguna a sus padres, decidió dedicarse a ello de manera profesional. Si tan bien se le daba, si realmente tenía una innata capacidad para levantar sonrisas y buen humor, bien podría vivir de ello. Aunque era consciente de su habilidad, que por mucho que se lo reconocieran públicamente él la entendía como una manera de encarar la vida, como una forma de enfrentarse a los vaivenes diarios de una forma diferente, un estilo lejos de las amarguras y las desidias. Daniel, Turuleto, iba por la vida con una sonrisa.

Fue unas navidades, cuando todos los chavales andaban pendientes de acudir a la plaza mayor, justificar las notas en casa y esperar ese último gadget tecnológico que con ansia querían para reyes. Daniel se acercó a la plaza de toros de las Ventas donde estaba ubicado el Gran Circo Mundial, a la entrada del coso podía observarse un cartel con el gran tigre blanco, el increíble y único tigre blanco de Europa. Junto a él se lucían los hermanos Tonterri, habilidosos equilibristas llegados de tierra de fuego con su único e increíble número mortal. Al otro lado de la puerta lucía orgulloso el famoso payaso Farfó, el más increíble de los Clowns que jamás había visto Daniel. Y esto no figuraba en  el cartel, no, esto era una certeza que hacía tiempo que inspiraba a su alter ego. Compró una solitaria entrada ante la mirada curiosa de tanta familia que acudía jovial a la cita anual con el circo en Navidad. Una vez dentro se las ingenió para colarse en los camerinos, y con el pulso a mil por hora y sudores fríos, tuvo el valor de llamar a la puerta de la caravana de Farfó. En ese momento la sonrisa no era precisamente lo que lucía su rostro.

Lo que pasó a continuación no es del todo relevante, o más bien cómo ocurrió, porque el resultado si fue algo que marcó su vida. Lo cierto es que Daniel estuvo un rato departiendo con Farfó, el cual no sólo quedó gratamente sorprendido con el espíritu jovial de aquel joven, sino que rió y rió sin parar ante las tontunas que el ya interiorizado Turuleto hizo en aquella pequeña caravana. Unos meses después, cuando Farfó decidió retirarse de la escena circense, le propuso al dueño del circo que fichara a Daniel. Bueno, en realidad le convenció de que fichara a Turuleto. Después de asimilar el disgusto paterno y la condescendencia materna, Daniel se subió a una caravana de la que no bajaría hasta cincuenta años después.

Cincuenta años pasó haciendo reír a niños y mayores, a gentes de todo el mundo, a personas de climas fríos y a habitantes del trópico, en grandes ciudades y en pequeños pueblos. Turuleto se convirtió en el principal reclamo del circo, ni el tigre blanco, ni siquiera el oso pardo que montaba en patinete fueron capaces de distraer la atención del público que pagaba la entrada con el principal fin de reír hasta llorar con la actuación de Turuleto.

En sus ratos libres, que cualquiera que conozca la vida del circo sabrá que no eran muchos, Daniel se acercaba a hospitales infantiles, a residencias de ancianos, a hogares de acogida, y con una sencilla nariz roja y aquellos zapatones que durante tantos años siempre habían ido con él, se transformaba en Turuleto y aplicaba el mejor de los tratamientos, daba la más grata de las compañías y hacía vibrar a las personas a las que dibujar una sonrisa les costaba más que a la mismísima señorita Gertrudis. Pero siempre lo conseguía. Turuleto era único.

Y allí estaba sentado, a sus casi setenta años mirando el manantial que brotaba debajo de la colina donde estaba instalado el circo cuando no viajaba por todo el mundo. Hacía mover sus zapatones con cierta melancolía, como si dejara escapar las penas de las que a otros liberó. Sabía que llegaba la hora de dejar paso a otros payasos, a otros chicos que como él vivían la vida de una forma diferente, que se entregaban a los demás de una manera distinta. Ahora estaba el joven clown polaco, Romas se llamaba, y cuando salía a escena se transformaba en Romonó y tenía mucha gracia y mucha ternura a la vez. Era bueno, y como era bueno había que dejarle que se abriera paso en el mundo de las risas, pero sobretodo había que dejar que se diera al público, que se diera a niños y mayores. Y en eso que llegó Romas caminando por el pequeño camino de tierra que llegaba  al risco sobre la cascada en la que estaba sentado Turuleto y se sentó a su lado.

- ¿Qué miras Daniel?- le dijo con la timidez que caracterizada al chaval que se escondía debajo de descarado Romonó.

- Miro este río desde hace años cuando paramos una temporada aquí - dijo Daniel sin quitar la mirada del caudal. Y prosiguió- Miro su agua, su ritmo, su corriente, miro como vibra y siento que está formado por cada una de las lágrimas que le he robado al tiempo, a la vida de esas personas que me regalaron su sonrisa.

Y en ese momento, y por primera vez en su vida una lágrima rodó por su mejilla, y tras pasar la comisura de sus labios, que no habían perdido la sonrisa en ningún momento, cayó al río para perderse entre tanta agua o tanta lágrima. Entonces tuvo la certeza que había llegado la hora de dar paso a otros con sus risas.


miércoles, 13 de marzo de 2013

#42 ASESINANDO AL CANTAUTOR


Asesinando un Knockin’ on Heaven’s Door a mamporrazos contra su desvencijada guitarra y con un vozarrón algo peor que cazallero, Raúl se imaginaba a sí mismo en Canal Street de Nueva Orleans, a unos cien metros del negrata ése que toca el saxo y suda como un gorrino. Pero no. La realidad era que se tenía que dar con un canto en los dientes pudiendo versionar a Dylan en los pasillos de la estación de Alonso Martínez. Era más que probable que allí hubiera más tráfico de personal que en Canal Street, pero en la ciudad del cuarto creciente los que pasaran seguro que irían más borrachos y sabrían apreciar mejor su talento. En Madrid la gente siempre iba con prisas. ¿Dónde cojones irán todos? ¿A apagar un fuego o qué? Se creerán que así van a ganar dinero más deprisa, se decía Raúl. Sabía que al fin y al cabo nadie le prestaba atención. Era muy posible que los que le echaban algún céntimo sobre el trapo del suelo lo que estaban deseando era que se callase y dejase de atronar los oídos al personal. Sobre todo a los que iban inmersos en sus pantallas móviles, tabletas, libros electrónicos, etc. Porque los que iban directamente con los auriculares apenas se percatarían siquiera de su presencia.

-¡Jo, tío, ésa me mola mucho! – le había soltado de repente una chavalilla mientras versionaba Con la Frente Marchita.

La niña tiene buen gusto, pensó para sí, mientras entrecerraba los ojos para parecer más sentido en el estribillo intentando imitar con más énfasis la rota voz de Sabina:

Y no volví más
a tu puesto del Rastro a comprarte
corazones de miga de pan, sombreritos de lata,
y ya nadie me escribe diciendo “no consigo olvidarte,
ojalá que estuvieras conmigo en el Río de la Plata.

Y la niña movía la cabeza arriba y abajo al ritmo.

Después de unas copas en Neón, el puti, acordaron ir a una pensión que ambos conocían, y al terminar el primer polvo ya se habían declarado su amor eterno.

-Yo me llamo Ambar.
-Yo sólo Raúl.
-Soy puta, pero no te preocupes que esto no es trabajo.
-Ah. Yo soy cantautor, pero no te preocupes que no me voy a hacer famoso.

Y se volvieron a declarar y a poseer una vez más.

Cada día Ambar le llevaba un cruasán a Raúl a Alonso Martínez para desayunar, pero un día además del cruasán traía un perro con una correa.

-¿Pero qué haces con ese chucho? ¿Estás mal de la chola? ¡Aquí no se pueden meter perros, te van a decir algo!
-Que no, tonto, que conozco a todos los seguratas de aquí y me dejan – dijo con absoluta naturalidad. – Anda, saluda a Rapso porque a partir de ahora es tuyo y te va a hacer compañía todos los días. Es muy bueno, ¿lo ves? Mueve la cola, eso es que le gustas.

Y desde aquel día Rapso se pasó tumbado a los pies de Raúl el día entero con las orejas caídas como deseando no estar allí mientras Raúl estrangulaba, abofeteaba, aniquilaba a Pedro Guerra o a Silvio Rodríguez, y daba vueltas sobre la cantidad de gente que Ambar podía “conocer”. Pero enseguida lo dejaba y se dedicaba con pasión exclusiva a martirizar los oídos del personal y de Rapso convenciéndose de que había gente que lo estaba pasando realmente mal.

Entrecerró los ojos y volvió a Nueva Orleans para volver a llamar a gritos a las puertas del cielo a dúo con el negrata, que hacía los solos de saxo:

Knock, knock, knocking on Heaven’s door.
Knock, knock, knocking on Heaven’s door.
Knock, knock, knocking on Heaven’s door.
Knock, knock, knocking on Heaven’s door.

martes, 5 de marzo de 2013

#41 POR LAS CALLES DE PARÍS.




Brillaba por encima de mi cigarro. Los dedos se me iluminaban a cada lenta y sosegada calada. Sentado en las escaleras en las que años atrás caí rodando, observaba los destellos que arrojaba la torre intentando averiguar con que criterio, o ausencia del mismo, iban a convertir aquella maravilla en una pelambrera verde, con hojas colgando desde lo más alto. Pero en el fondo ese cambio era lo de menos.

Había estado todo el día paseando por sus calles adoquinadas, el recorrido de siempre, el paseo perenne que me hacía recordar los espacios que no pisaba cuando tenía mi residencia fijada allí. Concordia, La Madeleine, bulevar de los capuchinos, Ópera, Rue de la Paix, Place Vendôme, Rue Saint Honoré… luego llegaba el Louvre, el río, el Musee D’Orsay, las islas, la espléndida catedral, barrio latino con bocata griego incluido. Mis pasos respondían a una cadencia mecánica que no por ser autómata dejaban de apreciar todo lo que me rodeaba. París era mi casa, como lo era Madrid. Y en sus gentes, que quizás no destacaban por su gentileza pero no dejaban de tener algo especial, en sus calles, los colores de las personas que arrojaban una sensación de mestizaje que ya nos gustaría por estos lares, encontraba yo una paz interior que necesitaba revivir todos los años.

Ya por la tarde subí al Sagrado Corazón y paseé por las calles del 9eme, con sus sex shops, sus trileros, sus tiendas populares, todo ello aderezado por los turistas ávidos de instantáneas originales del París que no sale en las postales. Y siempre el ambiente mestizo. Allí, en una pequeña calle descubrí hace años un restaurante que regentaba una familia del Togo, ambiente agradable con comida casera. Cada rincón me generaba recuerdos, cada paso me situaba en un tiempo pasado que comulgando con el presente me hacía descubrir una nueva ciudad que ya conocía. Y sin embargo aunque pasara una y otra vez por los mismos sitios, la estela que dejaban mis pasos era siempre distinta, supongo que porque la marca que dejan las huellas depende no sólo del camino que recorremos sino de cómo lo hacemos, del ánimo, de la compañía.

Años cruzando el río Sena por el puente de Bir-Hakeim camino de la estación de metro de Dupleix me permitieron contemplar la torre con otra perspectiva, la del que normaliza los elementos que hasta entonces los percibía con una mezcla de admiración e incógnita. Y nunca dejé de mirarla, por mucho que dos trayectos diarios me arrojaran siempre la misma imagen. Un poco más allá reposaba la estatua de la libertad, esa gran desconocida para el común de los mortales y que no era sino una réplica más pequeña del mismo escultor que en su día regaló la original a la ciudad de la Gran Manzana.

Antes de mi última parada, del reposo que encontré a la luz de un cigarro encendido, me dejé caer por el Franc Tireur, un café como muchos otros que trufan las calles de París, sólo que ése era el bar de mi barrio, frente a la parroquia de Saint Ferdinand, y pedí una caña. Apoyado en la barra me gustaba oír, que no escuchar, las conversaciones que circulaban a mi alrededor, y darme cuenta de cómo la lengua francesa no me había abandonado pese al desuso, y cómo el tono de las gentes seguía intacto por mucho tiempo que pasara. Y por mucho que hubiese pasado por mí.

Y ya de noche, sentado frente a la inmensidad de la Torre Eiffel, en aquel peldaño de los jardines de Trocadero donde me rompí el tobillo, pensaba en los tiempos que pasaron y en los que están por venir. Pensé en que París constituía mi primer gran recuerdo vital, y cómo soy capaz, más de veinte años después, de recorrer a oscuras esta ciudad, tan distinta a lo que recogen las guías, y tan parecida a lo que me ofreció entonces. No era la primera vez que volvía, y a buen seguro no era la última, pero como siempre era distinta. Y lo supe. Supe que había pasado mucho tiempo y que mi vida sí había cambiado, en ese mismo peldaño con las mismas luces en frente, supe que mi vida seguiría siendo un carrusel como el que preside los bajos de las escaleras de la basílica del Sagrado Corazón, y de repente me gustó. Dudé. No sé si era la ciudad en sí, o la mano que cogía la mía y me apretaba contra su cuerpo. Lo que sí sabía es que era distinta y que en ésta me quería quedar.