miércoles, 3 de abril de 2013

# 45 ELLOS ERAN ELLOS.




Palidecieron. Ninguno de los tres fue capaz de articular palabra, muy probablemente acordándose de la madre que parió a Iván, y de su capacidad para idear excentricidades, muchas de ellas, como ésta, no ajenas a ciertas complicaciones. No fue hasta que los dos policías municipales les clavaron la mirada desde el lateral de la Gran Vía, en la Plaza de Callao, que a Ernesto le dio la risa, y fue seguido por Pedro y César. La carcajada, con sus lágrimas y todo, no era por los nervios del momento en sí, ni porque mientras se apoyaban los unos en los otros, y a su vez el primero de ellos en la fachada de la zapatería que hace esquina en la Gran Vía con la Plaza, vieran a los municipales acercarse a ellos con cara de pocos amigos. No era el gesto, no, era más bien la tez teñida de blanco lo que les hacía desternillarse de la risa.

Hacía años que los cuatro se hicieron amigos, unos fueron conociéndose antes y otros después, unos se veían más que otros, pero siempre habían tenido claro que ellos eran ellos, y que ahí le dieran al mundo, que cuando hiciera falta no se fallarían. Habían vivido momentos de todo cariz, una vida entera juntos da para muchas anécdotas, para aventuras, borracheras, enfados, abrazos… Llegó un momento en el que todos estuvieron más centrados, con sus parejas, hijos… Pero seguían siendo los de siempre, y no dejaban de esconder bajo los años que les iban cayendo, ese espíritu macarra y rebelde.

Como quiera que las responsabilidades les iban restando tiempo a sus encuentros, y pese al contacto que tenían por otros medios, decidieron que todos los años se dedicarían un fin de semana, uno entero, de viernes a domingo, sin mujeres ni hijos, con los teléfonos apagados (menos uno que permanecía encendido por aquello de alguna emergencia familiar), sin fútbol (César era un loco del fútbol y en su momento llegó a cuadrar el día y hora de su boda para que no coincidiera con el partido de su equipo favorito) y sin reparar en gastos.

Desde que inauguraron esos periodos de fastos hacía cinco años, las fiestas habían sido de escándalo. El primero de ellos, sin saber cómo, terminaron en Tánger en bañador y con una tabla de surf bajo el brazo cada uno, corriendo hacia el ferry con una resaca de órdago para evitar dar explicaciones a la policía marroquí, la cual les persiguió con mucho ahínco hasta el puerto. Otro año se pasearon vestidos de toreros por el metro de París, al siguiente visitaron la fiesta de la cerveza de Munich… Aquellos fines de semana no servían sólo para calibrar la resistencia que cada uno de ellos tenía con los excesos, sino que afianzaba su amistad y le daba forma tras horas de confidencias, de compartir esas preocupaciones que en aquel grupo nunca generaban la lástima que emanaba en otros foros. Porque ellos no querían ni penas, ni palmaditas en la espalda, ellos querían hacer saber a los suyos lo que les ocurría, querían compartir y sentirse acompañados… De ellos era más frecuente un bofetón metafórico antes que un beso en la frente. El que quisiera compasión se había equivocado de lugar. Desde luego. Ellos eran un grupo, ellos eran los cuatro. Ellos eran Ellos.

Por eso en el último encuentro cuando Iván sugirió ir a Galicia y marcarse una borrachera en lo alto del monte de Santa Tecla, ninguno de los otros tres sospechaba la prueba a la que iban a ser sometidos. Estando allí, con una noche clara en la que se apreciaba de un lado con perfecta claridad la desembocadura del Miño y por el otro costado del monte los restos de los poblados celtas que antaño hirvieron de vida por sus laderas, Iván alzó su lata de cerveza y dijo:

-          Me muero.

Los cuatro se miraron, en un principio sin tener muy claro si se trataba de otra de las coñas macabras a las que les tenía acostumbrados, pero supieron que no, que esta vez no era su humor negro intentando escandalizar, sino que les estaba dando la noticia como ellos hacían, sin dramas, ni consuelos, sin tristeza ni compasión. Sencillamente se moría, porque el azar, la vida o lo que fuera que movía al mundo y a las personas, decidió darle el número de la tómbola en la que se deciden las cosas. Y sin decir nada más brindaron, y entonces volvieron los exabruptos, las anécdotas, las bromas sobre la mujer del uno o del otro, sobre el pasado y todo lo que habían hecho juntos. Fue ya de madrugada, estando los cuatro sentados mirando hacia el Atlántico cuando Iván les explicó más a fondo lo de su enfermedad, la rapidez de todo, de cómo ya no había nada que hacer y  de cómo en el fondo, para sorpresa de sí mismo, acogió su destino, tras un par de días de pesar, con indiferencia y con la satisfacción de haber vivido como había querido, rodeado de los suyos, y como no podía ser de otra forma, rodeado de Ellos. Ninguno soltó una lágrima aquella noche, ni siquiera hubo tiempo para torcer el gesto, porque Iván se dedicó a hacerles partícipe de su a veces malinterpretado humor negro, y de los planes que tenía para con su inminente deceso. Rieron, cantaron y bebieron hasta que el sol empezó a asomar por el este, y entonces, antes de que el Monte se volviera a llenar de turistas, bajaron conduciendo, borrachos como cubas, y milagrosamente llegaron al hotel. Y durmieron.

Habían pasado varios meses desde aquello cuando una mañana les despertó la noticia. Tras un par de semanas ingresado, Iván hizo cierto el diagnóstico. Ernesto, Pedro y César hablaron con la familia y tras una complicada negociación consiguieron que se hiciera realidad la voluntad de Iván. Se fueron a un garito infame de la Plaza de los cines de La Luna y pidieron cuatros vasos de pacharán, y puede ser que después otros cuatro, y para terminar cuatro más. Cuando en la mesa sólo quedaban sin vaciar los vasos de Iván, se levantaron y se fueron a la esquina de la Gran Vía con la Plaza de Callao. A Iván le encantaba la Gran Vía. Había sido recorrido de sus paseos preocupados, bocanada de alivio para sus momentos duros, que los había tenido, como los otros tres amigos. Por eso, con la frontera de Portugal a sus pies, en el Monte de Santa Tecla, con el Miño acompañando los litros de alcohol que habían ingerido, Iván les confió su última voluntad.

Por eso la risa floja, por eso no aguantaron casi en pie cuando pensaron que si Iván supiera que lo último que iba a hacer en este mundo era ir a arrear con sus restos en la cara de dos policías municipales, le hubiera dado una carcajada orgullosa. Y mientras sus cenizas subían por los cines Capitol, bajaban hacia Plaza de España, subían con el aire hacia Montera, Ernesto, Pedro y César cogieron la urna y echaron a correr con los municipales blancos de ceniza con un cabreo fino detrás. Ellos eran Ellos, nunca se les jodía un plan. Ellos serían siempre los cuatro.

miércoles, 27 de marzo de 2013

#44 NOCHE DE ESTRENO


Sofía se miró en el espejo y se dijo que había dado en el blanco con la elección de esa falda. Una semana antes, cuando la compró no estaba tan convencida. De hecho, la prenda había permanecido colgada en el armario desde aquel día. Ella llegó a casa, la sacó de la bolsa y la colgó en una percha. Ni siquiera le había quitado las etiquetas, pensando en la posibilidad de devolverla cuando se sintiera con ánimo para hacerlo. Tampoco la había colgado junto a las demás, sino apartada y sola, como dándole la oportunidad de presentarse al resto de habitantes del ropero antes de intimar. Y sin embargo, una semana después, cuando volvió a fijarse en ella habiéndose hecho la loca el resto de las veces que abrió el armario para sacar o meter otras prendas (puede que un millar de veces), tuvo coraje suficiente para arrancarla de la percha en la que se hallaba aislada, cortarle las etiquetas, ponérsela con gracia y gustarse. Es más: Sofía estaba convencida de que a Ernesto le encantaría. O eso, o la odiaría. Con él nunca se sabía del todo. Pero creía que esta vez había acertado. Una falda escocesa, de tablas y sobre todo corta – muy corta – era algo a lo que él no podría resistirse. Le conocía muy bien y sabía cuándo se le iban los ojos detrás de otras, y tras muchos meses juntos, había sido capaz de distinguir cuándo se trataba de un culo solamente, un cuerpo entero, o simplemente una falda. Y Sofía sabía con certeza que la falda que llevaba puesta en ese instante no permitiría que los ojos de Ernesto pasearan demasiado por las piernas de ninguna otra esa noche. Se encontraba tan segura de sí misma que se apostó a que sería capaz de centrar el tema de conversación sobre su prenda, y desviarlo del coche de Ernesto, estrenado la tarde anterior.

Iba a ser sin duda un asunto complicado. Ernesto llevaba años ahorrando mucho y gastando lo justo para cambiar de coche. El vehículo anterior había sido “heredado” de su hermano, que a su vez lo había “heredado” de su padre cuado éste pudo comprar otro, y que a su vez había tenido un propietario anterior. El coche tenía ya veinte años y era más que evidente que llevaba al menos los últimos cinco pidiendo a gritos el descanso eterno. Pero no habiendo recursos, se le exprimió todo lo que dio de sí. Sin embargo, la nueva adquisición había sido durante algunas semanas prácticamente el único tema de conversación entre ellos. Por lo menos el de mayor peso. Y la tarde anterior, cuando lo recogieron en el concesionario, ambos estaban llenos de satisfacción. Las diferencias con el antiguo eran infinitas: por fin supieron de primera mano lo que era la dirección asistida, los elevalunas eléctricos, el aire acondicionado y un sinfín de cosas más. Sin duda las prestaciones sobrepasaban con creces las del viejo. Pasearon en él durante el resto de la tarde y parte de la noche, y acordaron en ir la siguiente noche a darse un homenaje y cenar en El Pardo, lugar recurrente para muchos conductores que estrenaban coche. No, no iba a ser fácil. Cuando Sofía ya estaba lista miró el reloj y en ese mismo instante escuchó el claxon del competidor. En un minuto comenzaría la batalla.

Apenas se subió en el asiento del copiloto, Sofía notó cómo sus oídos comenzaban a saturarse de las bondades del nuevo utilitario. Era cierto que ella también estaba contenta con la nueva adquisición, pera aquella noche tenía toda la intención de ser ella el centro de atención.

-¿Te gusta mi falda nueva?
-¡Eh, sí! Estás muy guapa. Te sienta muy bien – dijo Ernesto. – Y lo más interesante…
-¿Qué? – Sofía estaba segura de que haría alusión directa a la longitud que mostraban sus piernas. Conocía bien a su chico.
-Va a juego con la tapicería. ¡Has hecho la elección perfecta!

En la cocina de su casa, sentada en un taburete alto, cenando un sándwich de mayonesa y viendo en la televisión pequeña un programa del corazón para que su mente se vaciara por completo, Sofía era consciente de que había tirado la toalla demasiado pronto. La comparación de su vestuario con el del coche fue algo que le dio tanta rabia que, sin mediar palabra, abrió la puerta, se bajó y la cerró con todas sus fuerzas sabiendo que dejaba al conductor con la palabra en la boca. El presentador del espacio televisivo dio paso a la publicidad. En el primer spot el nuevo coche de Ernesto se movía deprisa por una carretera que serpenteaba por un hermoso paraje arbolado. El conductor sonreía seguro de sí mismo, cambiaba de velocidad y aceleraba para mostrar al mundo la aceleración y capacidad de su vehículo frente a cualquier entorno por muy pacífico o salvaje que fuera. Sofía agachó la cabeza, y al ver que aún llevaba puesta la nueva minifalda, se puso de pie y arrojó con rabia lo que le quedaba de sándwich contra la pantalla acertándole de lleno en la cara al Ernesto de turno.

miércoles, 20 de marzo de 2013

#43 DONDE REPOSAN LAS LÁGRIMAS



Sus enormes zapatones colgaban por la piedra y apuntaban hacia la cascada, la misma que escrutaban sus ojos con gesto reflexivo. Ahí permanecía pensativo, haciendo un recorrido por tantos años de risas. Y sin embargo, su cara no parecía la de un profesional de la alegría y el buen humor. En cierta manera aquello no había sido nunca un trabajo para él, no fue una obligación. Para Turuleto había sido una vocación temprana, una inquietud, una imperiosa necesidad de hacer que la gente fuera más feliz. Y a muy tierna edad descubrió que tenía facilidad para diseminar buen humor y carcajadas allí por donde pasaba. En el colegio ya apuntaba maneras y era capaz de arrancar una sonrisa al compañero más sieso, incluso a la señorita Gertrudis, la implacable y temida señorita Gertrudis, a la que doblegó en su particular expansión viral de la risa floja. Cierto es que tan recia profesora no se carcajeó a mandíbula batiente, pero un discreto arqueo en la comisura de los labios otorgó el triunfo a Daniel, desde ese instante apodado con lo que sería su alter ego: Turuleto.

Desde entonces no dejó de hacer reír, primero desde el ocio a sus allegados, su familia, sus amigos, aquella primera novia a la que regaló una margarita que lanzaba chorros de agua… después, y lo que paradójicamente no hizo gracia alguna a sus padres, decidió dedicarse a ello de manera profesional. Si tan bien se le daba, si realmente tenía una innata capacidad para levantar sonrisas y buen humor, bien podría vivir de ello. Aunque era consciente de su habilidad, que por mucho que se lo reconocieran públicamente él la entendía como una manera de encarar la vida, como una forma de enfrentarse a los vaivenes diarios de una forma diferente, un estilo lejos de las amarguras y las desidias. Daniel, Turuleto, iba por la vida con una sonrisa.

Fue unas navidades, cuando todos los chavales andaban pendientes de acudir a la plaza mayor, justificar las notas en casa y esperar ese último gadget tecnológico que con ansia querían para reyes. Daniel se acercó a la plaza de toros de las Ventas donde estaba ubicado el Gran Circo Mundial, a la entrada del coso podía observarse un cartel con el gran tigre blanco, el increíble y único tigre blanco de Europa. Junto a él se lucían los hermanos Tonterri, habilidosos equilibristas llegados de tierra de fuego con su único e increíble número mortal. Al otro lado de la puerta lucía orgulloso el famoso payaso Farfó, el más increíble de los Clowns que jamás había visto Daniel. Y esto no figuraba en  el cartel, no, esto era una certeza que hacía tiempo que inspiraba a su alter ego. Compró una solitaria entrada ante la mirada curiosa de tanta familia que acudía jovial a la cita anual con el circo en Navidad. Una vez dentro se las ingenió para colarse en los camerinos, y con el pulso a mil por hora y sudores fríos, tuvo el valor de llamar a la puerta de la caravana de Farfó. En ese momento la sonrisa no era precisamente lo que lucía su rostro.

Lo que pasó a continuación no es del todo relevante, o más bien cómo ocurrió, porque el resultado si fue algo que marcó su vida. Lo cierto es que Daniel estuvo un rato departiendo con Farfó, el cual no sólo quedó gratamente sorprendido con el espíritu jovial de aquel joven, sino que rió y rió sin parar ante las tontunas que el ya interiorizado Turuleto hizo en aquella pequeña caravana. Unos meses después, cuando Farfó decidió retirarse de la escena circense, le propuso al dueño del circo que fichara a Daniel. Bueno, en realidad le convenció de que fichara a Turuleto. Después de asimilar el disgusto paterno y la condescendencia materna, Daniel se subió a una caravana de la que no bajaría hasta cincuenta años después.

Cincuenta años pasó haciendo reír a niños y mayores, a gentes de todo el mundo, a personas de climas fríos y a habitantes del trópico, en grandes ciudades y en pequeños pueblos. Turuleto se convirtió en el principal reclamo del circo, ni el tigre blanco, ni siquiera el oso pardo que montaba en patinete fueron capaces de distraer la atención del público que pagaba la entrada con el principal fin de reír hasta llorar con la actuación de Turuleto.

En sus ratos libres, que cualquiera que conozca la vida del circo sabrá que no eran muchos, Daniel se acercaba a hospitales infantiles, a residencias de ancianos, a hogares de acogida, y con una sencilla nariz roja y aquellos zapatones que durante tantos años siempre habían ido con él, se transformaba en Turuleto y aplicaba el mejor de los tratamientos, daba la más grata de las compañías y hacía vibrar a las personas a las que dibujar una sonrisa les costaba más que a la mismísima señorita Gertrudis. Pero siempre lo conseguía. Turuleto era único.

Y allí estaba sentado, a sus casi setenta años mirando el manantial que brotaba debajo de la colina donde estaba instalado el circo cuando no viajaba por todo el mundo. Hacía mover sus zapatones con cierta melancolía, como si dejara escapar las penas de las que a otros liberó. Sabía que llegaba la hora de dejar paso a otros payasos, a otros chicos que como él vivían la vida de una forma diferente, que se entregaban a los demás de una manera distinta. Ahora estaba el joven clown polaco, Romas se llamaba, y cuando salía a escena se transformaba en Romonó y tenía mucha gracia y mucha ternura a la vez. Era bueno, y como era bueno había que dejarle que se abriera paso en el mundo de las risas, pero sobretodo había que dejar que se diera al público, que se diera a niños y mayores. Y en eso que llegó Romas caminando por el pequeño camino de tierra que llegaba  al risco sobre la cascada en la que estaba sentado Turuleto y se sentó a su lado.

- ¿Qué miras Daniel?- le dijo con la timidez que caracterizada al chaval que se escondía debajo de descarado Romonó.

- Miro este río desde hace años cuando paramos una temporada aquí - dijo Daniel sin quitar la mirada del caudal. Y prosiguió- Miro su agua, su ritmo, su corriente, miro como vibra y siento que está formado por cada una de las lágrimas que le he robado al tiempo, a la vida de esas personas que me regalaron su sonrisa.

Y en ese momento, y por primera vez en su vida una lágrima rodó por su mejilla, y tras pasar la comisura de sus labios, que no habían perdido la sonrisa en ningún momento, cayó al río para perderse entre tanta agua o tanta lágrima. Entonces tuvo la certeza que había llegado la hora de dar paso a otros con sus risas.


miércoles, 13 de marzo de 2013

#42 ASESINANDO AL CANTAUTOR


Asesinando un Knockin’ on Heaven’s Door a mamporrazos contra su desvencijada guitarra y con un vozarrón algo peor que cazallero, Raúl se imaginaba a sí mismo en Canal Street de Nueva Orleans, a unos cien metros del negrata ése que toca el saxo y suda como un gorrino. Pero no. La realidad era que se tenía que dar con un canto en los dientes pudiendo versionar a Dylan en los pasillos de la estación de Alonso Martínez. Era más que probable que allí hubiera más tráfico de personal que en Canal Street, pero en la ciudad del cuarto creciente los que pasaran seguro que irían más borrachos y sabrían apreciar mejor su talento. En Madrid la gente siempre iba con prisas. ¿Dónde cojones irán todos? ¿A apagar un fuego o qué? Se creerán que así van a ganar dinero más deprisa, se decía Raúl. Sabía que al fin y al cabo nadie le prestaba atención. Era muy posible que los que le echaban algún céntimo sobre el trapo del suelo lo que estaban deseando era que se callase y dejase de atronar los oídos al personal. Sobre todo a los que iban inmersos en sus pantallas móviles, tabletas, libros electrónicos, etc. Porque los que iban directamente con los auriculares apenas se percatarían siquiera de su presencia.

-¡Jo, tío, ésa me mola mucho! – le había soltado de repente una chavalilla mientras versionaba Con la Frente Marchita.

La niña tiene buen gusto, pensó para sí, mientras entrecerraba los ojos para parecer más sentido en el estribillo intentando imitar con más énfasis la rota voz de Sabina:

Y no volví más
a tu puesto del Rastro a comprarte
corazones de miga de pan, sombreritos de lata,
y ya nadie me escribe diciendo “no consigo olvidarte,
ojalá que estuvieras conmigo en el Río de la Plata.

Y la niña movía la cabeza arriba y abajo al ritmo.

Después de unas copas en Neón, el puti, acordaron ir a una pensión que ambos conocían, y al terminar el primer polvo ya se habían declarado su amor eterno.

-Yo me llamo Ambar.
-Yo sólo Raúl.
-Soy puta, pero no te preocupes que esto no es trabajo.
-Ah. Yo soy cantautor, pero no te preocupes que no me voy a hacer famoso.

Y se volvieron a declarar y a poseer una vez más.

Cada día Ambar le llevaba un cruasán a Raúl a Alonso Martínez para desayunar, pero un día además del cruasán traía un perro con una correa.

-¿Pero qué haces con ese chucho? ¿Estás mal de la chola? ¡Aquí no se pueden meter perros, te van a decir algo!
-Que no, tonto, que conozco a todos los seguratas de aquí y me dejan – dijo con absoluta naturalidad. – Anda, saluda a Rapso porque a partir de ahora es tuyo y te va a hacer compañía todos los días. Es muy bueno, ¿lo ves? Mueve la cola, eso es que le gustas.

Y desde aquel día Rapso se pasó tumbado a los pies de Raúl el día entero con las orejas caídas como deseando no estar allí mientras Raúl estrangulaba, abofeteaba, aniquilaba a Pedro Guerra o a Silvio Rodríguez, y daba vueltas sobre la cantidad de gente que Ambar podía “conocer”. Pero enseguida lo dejaba y se dedicaba con pasión exclusiva a martirizar los oídos del personal y de Rapso convenciéndose de que había gente que lo estaba pasando realmente mal.

Entrecerró los ojos y volvió a Nueva Orleans para volver a llamar a gritos a las puertas del cielo a dúo con el negrata, que hacía los solos de saxo:

Knock, knock, knocking on Heaven’s door.
Knock, knock, knocking on Heaven’s door.
Knock, knock, knocking on Heaven’s door.
Knock, knock, knocking on Heaven’s door.

martes, 5 de marzo de 2013

#41 POR LAS CALLES DE PARÍS.




Brillaba por encima de mi cigarro. Los dedos se me iluminaban a cada lenta y sosegada calada. Sentado en las escaleras en las que años atrás caí rodando, observaba los destellos que arrojaba la torre intentando averiguar con que criterio, o ausencia del mismo, iban a convertir aquella maravilla en una pelambrera verde, con hojas colgando desde lo más alto. Pero en el fondo ese cambio era lo de menos.

Había estado todo el día paseando por sus calles adoquinadas, el recorrido de siempre, el paseo perenne que me hacía recordar los espacios que no pisaba cuando tenía mi residencia fijada allí. Concordia, La Madeleine, bulevar de los capuchinos, Ópera, Rue de la Paix, Place Vendôme, Rue Saint Honoré… luego llegaba el Louvre, el río, el Musee D’Orsay, las islas, la espléndida catedral, barrio latino con bocata griego incluido. Mis pasos respondían a una cadencia mecánica que no por ser autómata dejaban de apreciar todo lo que me rodeaba. París era mi casa, como lo era Madrid. Y en sus gentes, que quizás no destacaban por su gentileza pero no dejaban de tener algo especial, en sus calles, los colores de las personas que arrojaban una sensación de mestizaje que ya nos gustaría por estos lares, encontraba yo una paz interior que necesitaba revivir todos los años.

Ya por la tarde subí al Sagrado Corazón y paseé por las calles del 9eme, con sus sex shops, sus trileros, sus tiendas populares, todo ello aderezado por los turistas ávidos de instantáneas originales del París que no sale en las postales. Y siempre el ambiente mestizo. Allí, en una pequeña calle descubrí hace años un restaurante que regentaba una familia del Togo, ambiente agradable con comida casera. Cada rincón me generaba recuerdos, cada paso me situaba en un tiempo pasado que comulgando con el presente me hacía descubrir una nueva ciudad que ya conocía. Y sin embargo aunque pasara una y otra vez por los mismos sitios, la estela que dejaban mis pasos era siempre distinta, supongo que porque la marca que dejan las huellas depende no sólo del camino que recorremos sino de cómo lo hacemos, del ánimo, de la compañía.

Años cruzando el río Sena por el puente de Bir-Hakeim camino de la estación de metro de Dupleix me permitieron contemplar la torre con otra perspectiva, la del que normaliza los elementos que hasta entonces los percibía con una mezcla de admiración e incógnita. Y nunca dejé de mirarla, por mucho que dos trayectos diarios me arrojaran siempre la misma imagen. Un poco más allá reposaba la estatua de la libertad, esa gran desconocida para el común de los mortales y que no era sino una réplica más pequeña del mismo escultor que en su día regaló la original a la ciudad de la Gran Manzana.

Antes de mi última parada, del reposo que encontré a la luz de un cigarro encendido, me dejé caer por el Franc Tireur, un café como muchos otros que trufan las calles de París, sólo que ése era el bar de mi barrio, frente a la parroquia de Saint Ferdinand, y pedí una caña. Apoyado en la barra me gustaba oír, que no escuchar, las conversaciones que circulaban a mi alrededor, y darme cuenta de cómo la lengua francesa no me había abandonado pese al desuso, y cómo el tono de las gentes seguía intacto por mucho tiempo que pasara. Y por mucho que hubiese pasado por mí.

Y ya de noche, sentado frente a la inmensidad de la Torre Eiffel, en aquel peldaño de los jardines de Trocadero donde me rompí el tobillo, pensaba en los tiempos que pasaron y en los que están por venir. Pensé en que París constituía mi primer gran recuerdo vital, y cómo soy capaz, más de veinte años después, de recorrer a oscuras esta ciudad, tan distinta a lo que recogen las guías, y tan parecida a lo que me ofreció entonces. No era la primera vez que volvía, y a buen seguro no era la última, pero como siempre era distinta. Y lo supe. Supe que había pasado mucho tiempo y que mi vida sí había cambiado, en ese mismo peldaño con las mismas luces en frente, supe que mi vida seguiría siendo un carrusel como el que preside los bajos de las escaleras de la basílica del Sagrado Corazón, y de repente me gustó. Dudé. No sé si era la ciudad en sí, o la mano que cogía la mía y me apretaba contra su cuerpo. Lo que sí sabía es que era distinta y que en ésta me quería quedar.

martes, 26 de febrero de 2013

#40 LA CONDUCTA.




La conducta humana provoca necesariamente curiosidad en aquellos que deciden fijarse en ella. Y de esta manera es posible observar cómo cambian las actitudes de las personas en iguales circunstancias, pero en sitios o culturas distintos. No es lo mismo una boda en Palestina, que en Buenos Aires, o que una boda gitana en Sevilla. No se te ocurra vestir con piel de foca en el trópico ni tirantes en el polo sur. Así, no es igual un mendigo más en la Gran Manzana que otro en semejantes circunstancias en Los Ángeles. Aconteceres diversos en los últimos años de mi vida me habían llevado a encontrarme en la ciudad de las estrellas de Hollywood casi sin un centavo y sin posibilidad de ganarlo legalmente. Pero en el mismo momento en que me vi de aquella guisa opté por reaccionar lo más rápido que pude. Si la policía o las autoridades se percataban de mi presencia, era más que probable que me hicieran recoger el petate del que ni siquiera disponía y me llevaran a otra parte. Pero ni por asomo tenía intención de abandonar la ciudad si mi vida no corría peligro. Recurrir a la iglesia no era buena idea, ya que ellos se verían obligados a registrar mi visita y añadirme a la brevísima lista de pobres, y eso, tarde o temprano daría con mis huesos en la cárcel o fuera Los Ángeles. Ocultarme durante un tiempo no era una opción. Pronto alguien sabría de mi existencia y llamaría a la policía. No me cabía otra opción que enfrentarme cara a cara con la nueva situación y echarle todo el arrojo que fuera capaz y un poco más. La cuestión era a dónde dirigirme. No dudé demasiado. Puesto que iba a jugármela, apostaría a una sola carta todo lo que tenía, que francamente era bastante poco.

Rodeo Drive se abrió ante mí en cuanto giré por Santa Mónica Boulevard, casi a la puerta de la iglesia presbiteriana de Beverly Hills. Aún tenía mi gorra de los Grizzlies de Memphis conmigo y unas gafas de sol viejas con un cristal rallado, pero que me permitían ocultarme relativamente. En cuanto comencé a caminar por Rodeo me dí cuenta de que tampoco desentonaba demasiado. Bien se me podía haber confundido con un turista que con un famoso que para ocultarse de los paparazzis se disfraza de lo que habitualmente no es. Según comencé a descender por la acera de los pares, mi cabeza comenzó a maquinar la manera de subsistir en aquella calle plagada de las tiendas más caras a las que turistas y famosos recurrían, los unos para fotografiar, los otros para dejarse unos miles de dólares. Obviamente yo no encajaba en ninguno de esos grupos. ¿Pedir empleo en Ralph Lauren, Giorgio Armani o siquiera en la acera contraria por un muy simple Lacoste Beverly Hills Boutique que fuera? Ni de broma. Eso igualmente haría saltar las alarmas. En Rodeo no hay ni un restaurante donde te escondan en la cocina a fregar platos y yo había elegido Rodeo. Hasta que no llegué a la altura del 418, entre Stefano Ricci y Guess, justo enfrente de Hugo Boss, no lo tuve claro. En el 418 había un pequeño local con dos callecitas peatonales a cada lado. Tenía dos plantas. Una baja diáfana y la de arriba no era más que una imitación del campanario de una misión española. Pero lo más importante de todo: en la puerta un cartel rezaba “For Lease”, un nombre y un teléfono. Sin pensármelo dos veces busqué la cabina más cercana, me despedí de unas cuantas monedas con cierta emoción al verlas deslizarse por la ranura y marqué el número que me había aprendido de memoria: 550-2403.

-Jay Lucky- dijo una medio rota voz al otro lado.
-Señor Lucky. Acabo de ver su cartel en Rodeo Drive y estoy interesado en el alquiler.
-Si de verdad le interesa, en cinco minutos le veo en la puerta- y colgó.

Un Ferrari California rojo se detuvo. Un sesentón canoso y bronceado se bajó y se dirigió directamente hasta donde yo estaba.

-Soy Jay. Y tú debes de ser el joven que me ha interrumpido el cóctel de las 14 horas.

Me examinó detenidamente deslizando sus gafas de sol hacia la punta de su larga y morena nariz.

-Es evidente que no tienes suficiente para pagar lo que cuesta este local.
-Señor Lucky…
-No digas nada, chico. Con una llamada desde mi móvil estarías en chirona en menos de media hora. Pero has tenido suerte. Y has tenido suerte porque yo hoy he tenido suerte también. Acabo de cerrar un negocio de millones de dólares. Este local lo compré cuando a mi ex se le encaprichó. Venía todos los días, se subía a la terraza y miraba arriba y abajo la calle como creyendo que era suya por tener el local más pequeño de todos. Jamás ha durado una sola firma en este local más de seis meses. Está gafado. Seguro que por influencia de esa zorra.
-Señor…
-Dentro de un mes, cuando vuelva de Japón, me pasaré por aquí. Si, sea lo que sea que montes, aún sigue en pie, entonces hablaremos del alquiler. Mientras tanto, la cuenta atrás ha empezado para ti, chico- y me arrojó un llavero Mont Blanc, probablemente adquirido en la misma calle, con las llaves.

Cuando levanté la mirada atónita de las llaves, Jay Lucky ya se había montado en su descapotable y había arrancado a toda velocidad haciendo chirriar los neumáticos al girar hacia Brighton Way. Miré en todas direcciones buscando inconscientemente la cámara oculta que estaría grabando lo sucedido y cinco interminables minutos después, cuando mis pies se decidieron a acatar las órdenes de mi cerebro aún entumecido, comprobé que efectivamente las llaves del Mont Blanc abrían la puerta del local. Estaba decidido a todo, pero jamás imaginé que se me fuera a plantear una situación tan inverosímil. El local no dejaba de ser un techo que tenía garantizado por un mes.

Al día siguiente de mi golpe de suerte, aún bastante desconfiado, pero no dispuesto a desperdiciar la oportunidad que el destino me había facilitado, me dirigí a la parroquia presbiteriana de Beverly Hills. El párroco, un afroamericano bastante agradable me invitó a comer mientras le comentaba el proyecto al que había estado dando vueltas durante toda la noche que pasé en vela en la terracita-campanario-mirador recién adquirida al escandaloso precio de cero dólares en Rodeo Drive, Los Ángeles, CA. El padre de almas abrió bastante los ojos ante lo que le estaba proponiendo.

-Padre Waxford, usted sólo tiene que hacer la inversión inicial, la cual le será generosamente reembolsada en el plazo de un mes.

Recé un padrenuestro como gratitud ante el milagro que acababa de ocurrirme, cuando el padre Waxford, muy casual y sorprendentemente amante de los animales, no me pidió más detalles y accedió sin más.

Al día siguiente tenía ya en mi poder un teléfono móvil de prepago y un taco enorme de flyers donde anunciaba mis servicios. En el mismo día hice varios clientes de golpe, unos gracias a las octavillas repartidas por mí y otros gracias al boca-oreja del padre Waxford. Todos ellos eran de Beverly Hills y todos confiaban ciegamente en las referencias que me inventé. Dos semanas paseando a los perros de los ricos del barrio rico de la ciudad rica fueron suficientes para estar en condiciones económicas óptimas de ofrecer servicio de baño y peluquería en el 418 de Rodeo Drive. Los clientes se agolpaban con sus mascotas en la entrada del local confesando que se había corrido la voz de que allí se encontraba el mejor cuidador de perros de la ciudad. Y la verdad es que no se me daba nada mal. Y lo curioso es que aquellas personas preferían salir con sus mascotas a buscarme a Rodeo Drive antes que contratar los servicios de otros cuidadores de mascotas que ofrecían cuidados y limpieza a domicilio. Yo vivía aquello como un sueño, pero no por ello descuidaba mi responsabilidad frente a los animales. En menos del tiempo esperado estaba en condiciones de devolver el préstamo al padre Waxford, pero éste se negó argumentando que el bien que mi negocio había creado en la comunidad, y más aún cuando lo centralicé en Rodeo Drive, calle del lujo y el consumismo desmedido, no era dinero invertido sino bien gastado.

-Además, soy fan de San Francisco –me guiñó dando por concluida la entrevista.

Una tarde, a punto de echar el cierre para ir a cenar y volver a dormir, Jay Lucky se presentó en el local. Boquiabierto no dejaba de mirar centímetro a centímetro los cambios que yo había introducido en su local sin su permiso.

-Chaval, me habían llegado comentarios cuando estaba en Tokyo, pero no me lo podía creer.
-Ciertamente, señor Lucky, si no llega a ser por su generosidad, esto no habría sido posible. Y…
-Cierra el pico. No te puedes hacer una idea de la manía que tenía a este sitio. Me estaba costando dinero tenerlo desocupado y estropeándose. Tú lo has arreglado y lo estás aprovechando. Es tuyo. Mañana pásate por casa y hablamos de negocios- y me dio su tarjeta. Otro vecino de Beverly Hills.

Llegado el momento, es posible que independientemente de la situación, origen, circunstancia y momento de cada uno, la conducta humana nos fascine por inesperada. 

miércoles, 20 de febrero de 2013

#39 EL TORNILLO


Luisito ponte los náuticos, Luisito no te olvides que tienes clase de swing, Luisito, Luisito, Luisito…Toda la vida igual. Mis padres, descendientes de una noble familia española, tenían por costumbre magnificar su existencia hasta en los detalles. Cada día se convertía en una prueba de protocolo, empapada de artificio, falsedad, pero muy buenas costumbres. Escaparatistas teníamos que haber sido. Desde fuera parecíamos la familia perfecta, tan arregladitos todos, tan monos, tan estudiosos y tan aplicados con las obras sociales de la alta sociedad. Por dentro nos encontrábamos en una casa en la que convivía un padre con una castración afectiva que le impedía mostrar cualquier tipo de afecto, con un nivel de rigurosidad personal y para con los demás que sumían en la amargura a los que vivían bajo el mismo techo. Su mujer, mi madre, transitaba por aquella puesta en escena en la que se había convertido su vida agarrada a la tónica, y a su compañera inseparable, la ginebra. No lo desayunaba por no dar mal ejemplo, pero era marcar las doce el reloj de la entrada y escuchar el tintineo de los hielos en su fiel vaso ancho.

Mi hermana estaba perfectamente mimetizada con el mundo ostentoso y de buenas prácticas que le había inculcado mi padre. Primera de clase en la International School of Business, voluntaria en la parroquia del barrio, iglesia tan eclesiásticamente ejemplar que relucía en toda su planta de cruz, y que, por no tener, no tenía ni mendigo en la puerta. Mi hermana era el ojo derecho de mi padre. Y ganado se lo tenía. Su novio un imbécil que alargaba las eses hasta el punto de sentir una terrible ansia de dejar al diccionario con un hueco entre la erre y la te. Pero a mi padre se le notaba el orgullo de emparentar con esa familia de empresarios textiles del norte de España. Su hija había triunfado.

Y luego estaba yo. Toda la vida dándome cabezazos contra el corsé de buenas costumbres y sonrisa permanente, de genuflexión ante los particulares valores sociales de un patriarcado que, lejos de remitir con los años, se afianzaba y garantizaba su continuidad con su hija favorita. Yo había arrastrado los náuticos de marras, los jerseys anudados al cuello, había aprendido normas de protocolos, había asistido a los colegios más caros de Madrid, me había relacionado con lo mejorcito del futuro próximo de la nobleza, pero estaba hasta el cigoto de tanta estirada y tanto beso al aire con un imperceptible roce de mejillas.

Lejos de seguir las normas internas del hogar y haber abandonado hace tiempo la sonrisa permanente que se pretendía proyectar fuera, me había acostumbrado a que mi padre hablara de mí como un demenciado, como si tuviera un hijo aquejado de una extraña enfermedad mental. No ocultaba su vergüenza cuando en su círculo de amistades le preguntaban por mí y entonces sacaba a relucir su repertorio de afecciones mentales, las cuales enumeraba de manera aleatoria en los diferentes escenarios. Yo padecía casi de todo, esquizofrenia, bipolaridad, ansiedad, trastorno de personalidad… Era tal la angustia de mi padre porque su hijo no es que no cumpliera con sus expectativas, es que ni siquiera puntuaba en esa particular escala de valores suya, que ya rozaba el ridículo, justificándose en foros en los que nadie le había preguntado. Conmigo se esforzaba menos, “te falta un tornillo” me decía,  y a mí se me escapaba una sonrisa, asumiendo que no era digno para él, hasta el punto de no trabajarse un insulto con un mayor valor lingüístico.
Y desde que entré en la adolescencia había escuchado la vaina del tornillo, además de otras lindezas que me posicionaban lejos de los puestos que ocupaban mi hermana y el imbécil de su novio. Mi madre se resistió al principio, aún fiel a su papel de madre amorosa, e increpaba a su marido para que dejara de hostigarme, aunque pronto la ginebra atemperó sus ánimos y diluyo su rol como lo hacía con los cubitos de hielos que chocaban contra el cristal de su vaso.

Mi padre había utilizado todo tipo de amenazas. Tema herencia había dejado de funcionar cuando se dio cuenta de que era verdad que me importaba poco, por lo que pasó a culparme del estado de mi madre, y a ciertas salidas de tono de mi hermana con su progenitora y con el servicio de la casa. Pero lo que él consideraba egoísmo, para mí era una prueba clara de pragmatismo.

Dejé los estudios de comercio, y me enrolé en un proyecto de estudios libertarios, entre cuyos miembros destacaban mis náuticos, lo que me hizo popular en las reuniones en el centro social en el que nos reuníamos. Cunado mi padre se enteró de mis nuevas compañías dejó de sentarse a la mesa conmigo, y el tornillo al que hacía permanente referencia, se convirtió en su muletilla hasta cuando daba los buenos días a aquellos con los que sí hablaba en casa, véase mi hermana y mi señora madre.

El día que me marché de su palacete en el barrio de salamanca, me fui con lo puesto, le di un beso en la mejilla a mi madre, del cual no se enteró porque era casi la hora de comer y a esas horas ella no se enteraba ya ni del vacío de su vaso, y me dirigí al salón, desmonté cuidadosamente todos los muebles que allí se encontraban, mesa, estanterías, sillas y cómodas. Cuando todo el suelo estaba repleto de las piezas sueltas de los muebles escribí una nota a mi progenitor.

 “Padre, tenías razón. Para vivir en tu mundo artificial y cumplir tus expectativas, necesitaba una vida apuntalada para que mi realidad, que no la tuya, no se desmoronara, por lo que pensé que igual tenías razón y me faltaba un tornillo. Para que veas que tus comentarios no caen en saco roto lo he buscado por toda- la casa, y entre tanto mueble de anticuario lo he encontrado. Me lo llevo. De ti no quiero nada más. Adiós.”

Y con mi tornillo, mi vida y mis náuticos me marché a vivir mi realidad.