miércoles, 21 de noviembre de 2012

# 26 A OSCURAS.



Salir corriendo del nido de pasión de una mujer casada porque el marido ha vuelto de viaje antes de lo previsto tiene ciertos inconvenientes. Aquel día todo sucedió demasiado rápido, de tal modo que me encontré en lo que supuse que era el garaje particular del chalé adosado de la maciza en cuestión (y de su marido, que imagino volvió en taxi), con los pies sobre el frío y húmedo suelo y el rabo entre las piernas, después de un corre-métete-aquí, con un montón de ropas sobre mis brazos fuertemente apretados contra mi pecho. Totalmente a oscuras, suplicando que mis fuertes latidos no se oyeran en el resto de la vivienda, mis primeros pensamientos se centraron en la urgencia de vestirme tan rápido como pudiera con aquello que sujetaba, ignorando si se trataría de mis prendas y, si así fuese, si estarían al completo por la urgencia de la fuga. De inmediato supe que mi calzado sí estaba, en aquel momento comencé a sentir las tapas de los tacones de mis zapatos violentamente clavándose en mis antebrazos. Bien, no estaría descalzo. Antes de depositar todo el montón que sujetaba para comprobar al tacto el inventario de mis prendas, palpé el suelo por si estuviese mojado, ya que mis pies se habían quedado demasiado fríos para sentir nada. Seco. Aparté los zapatos para el final con la barbilla hacia arriba como hace Juan cuando me vende los viernes el cupón de los ciegos. Rápidamente identifiqué los ásperos vaqueros. Qué suerte. Un hombre sin pantalones es menos hombre cuando amanece. La camisa también estaba. Deslicé mis dedos por una de las mangas hasta que llegué al bolsillo y comprobé que el paquete de tabaco había desaparecido, y con él el mechero. Lástima, eso habría ayudado. Continué la búsqueda y topé con algo que no supe de qué se trataba a primera vista, quiero decir, al primer contacto. Por lo suave habría dicho que era seda, y mi imaginación, aún dispuesta a experimentar, pensó directamente en aquellas braguitas negras que mis dedos habían memorizado bien unas horas antes. Ese color negro en la oscuridad no ayudaba a dar luz a nada, la verdad. Aparte del hecho de descartar que se tratara de la ropa interior de mi amante, porque a medida que mis dedos continuaban con la inspección del objeto, una forma cuadrada no casaba con el concepto de bragas. Fuera lo que fuese lo aparté descartándolo de aquello que fuese mío. El miedo a no encontrar el resto de mis cosas no era tanto por el hecho de estar desnudo, ya que sabía que hasta ese momento tenía vaqueros, camisa y zapatos, sino por pensar que el cornudo hubiera encontrado algo ajeno en el dormitorio donde dejé todas mis prendas. A mi izquierda del todo estaban mis calcetines. Finos y arrugados pude cogerlos. Mis calzoncillos no estaban alrededor, a pesar de haber palpado un semicírculo, ya de rodillas en el suelo, delante de mí no había nada más. Ponerme los vaqueros ya resultó una odisea. Rápidamente localicé la parte de alante y la de atrás. No obstante, al ir a meter la pierna derecha por la pernera, ésta estaba medio doblada y me impidió poner el pie en el suelo en sitio que tenía previsto. Noté cómo mi cuerpo había perdido el equilibrio demasiado tarde para tratar de retomarlo, y me desplomé hacia la derecha. Afortunadamente no me golpeé con nada que no fuera el suelo, pero en cierto sentido agradecí no tener luz para no verme a mí mismo medio encogido, absolutamente desnudo excepto media pierna derecha, y tirado por el suelo de un garaje. Patético. Sin moverme apenas del sitio para evitar otra caída, introduje la pierna derecha del todo, la izquierda, apoyé los pies contra el suelo y subí los vaqueros completamente. La sensación no fue agradable sin los calzoncillos, la verdad. Me arrastré pasando por encima de mi camisa hasta volver a localizar los calcetines mientras me clavaba un zapato en la rodilla izquierda. Cansado de aquel trajín, me los puse deprisa sabiendo que el derecho estaba al revés, aunque esto sólo lo noté en el tacto de las manos, los pies los tenía ya insensibles del todo. Ponerme la camisa, aun sentado en el suelo, no podía ser tan complicado. Metí los brazos en las mangas rápidamente y fui abotonándola, pero tenía un zapato debajo del culo y no llegué a terminar. Me puse de rodillas en el sitio para localizar ambos zapatos. Me los puse y até los cordones con agilidad. Aún así, sentí que me quedaba sin cordón en una de las lazadas. A tientas busqué una pared donde apoyarme y esperar a que se hiciera la luz y poder comprobar el resultado. Encontré de nuevo el trozo de seda. ¿Un pañuelo? ¿De hombre? Espero que el marido de mi amante no tuviera en sus manos mis calzoncillos para sonarse los mocos. O secarse las lágrimas. 

miércoles, 14 de noviembre de 2012

#25 TRASTEANDO



Nunca había comprendido por qué se envolvían los muebles en mantas para realizar una mudanza. Sí, sabía que era para no dañarlos en caso de golpe, pero no entendía bien por qué siempre esas mantas grises, que parecían subastadas por el ejército una vez suprimido el servicio militar.

El caso es que ahí estaba, una cómoda de madera de la que sólo asomaba por encima del precinto la repisa superior. Dentro del vacío de preocupaciones que regía mi vida en aquel momento me pregunté igualmente si esa tabla de madera vieja estaba exenta de las consecuencias de un impacto. No es que me generara intranquilidad, pero estaba atravesando una etapa de inquietudes banales después de que Pilar me abandonara tres meses atrás. Una vez superado aquello, con mucho alcohol y algún Lexatín, todo lo demás me parecía extremadamente irrelevante.

Ni siquiera el hecho de no poder coger el ascensor de casa en aquel momento en el que los operarios de la mudanza lo habían monopolizado y el montacargas me trastornó lo más mínimo. Me surgió de nuevo una pregunta, si uno de los elevadores se llama montacargas ¿porqué tenían que ocupar los dos si lo que estaban haciendo era transportar cargas? Cuando vi las gotas de sudor caer por la frente de aquel pequeño operario, supe que no era momento para preguntárselo, a riesgo de que me empaquetara a mí también con aquellas mantas que debían picar lo que no estaba escrito.

No recordaba haber leído ningún aviso anunciando estos trabajos y las consecuentes molestias para el resto de inquilinos y tampoco  les había visto trabajar por la mañana cuando salí a por el periódico. Era temprano, pensé. Después me entretuve paseando por el centro y haciendo un listado de lugares por los que no debía pasar nunca más para no acordarme de Pilar y su sucia jugada de abandono, y asimilando la llamada del día anterior en la que su hermana, la hermana de Pilar a la que yo nunca había tragado, me dijo que tenían que pasar a por sus cosas. Tres meses habían transcurrido desde que se marchó de casa y aún tenía su última colada limpia en la encimera de la cocina. Lo cierto es que limpia ya no estaba, pero me gustaba tenerla allí porque de alguna manera me hacía pensar que en algún momento llegaría con su suave contoneo, sólo vestida con mi camisa y esa toalla en plan turbante que se ponía tras lavarse el pelo, a recogerla mientras yo preparaba la cena. Sí, sí, sé que he dicho que había superado lo de Pilar, y lo había hecho, pero lo conseguí, con mucho alcohol y alguna pastilla, como ya he comentado, y con ciertas particularidades, véase no quitar ninguna foto de ella y dejar sus cosas como hacen con las habitaciones de los muertos en las películas. No había tocado nada. Y pensando en cosas banales, en gilipolleces que se dice por mi barrio. Daniel, mi terapeuta, me animó a ocupar mi mente de asuntos de escasa trascendencia, y empecé a cuidar mis uñas, a sacar brillo a los marcos de fotos, a contar los cacahuetes que entraban en una bolsa de cuarto de kilo… en fin cosas que terminaron por entretenerme y hacer que me olvidara de la cruel y ruin esa que me había abandonado. Y lo conseguí bastante bien, sin rencor, sin ira, si la muy cabrona se había ido mejor para los dos. Sobretodo para mí. Relajado andaba.

Leí el periódico sentado en los jardines del palacio Real con esa lata de cerveza que había comprado en el chino que bajaba desde el mercado de San Miguel. Sabía que era temprano, de hecho hasta el chino puso cara de asombro cuando vio esa lata de medio litro encima del mostrador mientras despachaba barras de pan a los vecinos del inmueble. ¿Qué cómo es la cara de asombro de un chino? Pues con los ojos cerrados pero menos.

Debí de estar toda la mañana fuera, de ahí que les diera tiempo a los operarios de la mudanza de ponerse al tajo. Como no me apetecía nada subir andando, vivía en un cuarto y mi estado normal era de extrema vagancia, decidí esperar a que, o terminaran la dichosa mudanza, o al menos llegara la hora del bocata y dejaran libre el ascensor. Y de paso el montacargas.

Así que me fui al Respiro mi otro espacio de terapia, mucho más barato y refrescante. Allí había acudido todos y cada uno de los días de estos últimos tres meses a contarle a Juan mis neuras, miedos, iras y desmadres. Todo ello aderezado con decenas de cañas y el silencio cómplice de mi pareja de monólogo. Juan no decía nada, sólo torcía el gesto cuando debía y asentía cuando lo apropiado era hacerlo. Tanto curso de psicología, tanta matrícula pagada en la universidad, y había muchos tipos que a base de cambiar barriles de cerveza, tirar cañas y poner chatos de vino con su rancia rodaja de salchichón, habían evitado más suicidios que los ilustres licenciados.

Con Juan no tenía ni que saludar, cuando llegaba a mi taburete ya tenía una caña fresca sudando la barra. Disparé a bocajarro, como de costumbre:

- ¿Pues no va la víbora esa de la Montse y me dice que su hermana quiere recoger sus cosas?

Arqueo de cejas, Juan me daba vía libre para seguir largando.

- Ya le he preguntado, que si estas cosas no prescriben, que no se puede una largar sin hacer un jodido inventario y volver después de tres meses, cuando la pobre víctima, es decir yo, ya lo tengo superado, cuando he desterrado la ira, cuando ya no me acuerdo de su maldita hermana, y venir a expropiarme. Que sí, que su ropa es suya, aunque ya verás cuando descubra que he donado casi todo a Cáritas ja ja ja que el otro día me crucé con la rumana de la puerta del estanco y llevaba una chaqueta suya, de Caramelo, noventa pavos de chaqueta…

Juan esbozó lo que parecía una sonrisa, vía libre.

- Pues eso, casi que le voy a decir que para llevarse la ropa de su hermana se dé una vuelta por el barrio y se la vaya quitando a los mendigos. Esta tía es imbécil si se piensa que se va a llevar las cosas. Pilar siempre hacía lo que decía y de manera inmediata, era cruel e implacable. Lo que quería hacer lo anunciaba a modo de sentencia y lo ejecutaba. No era de las que ponía tono de consulta aunque fuera a hacer lo que se le pusiera en el mismo, no que va, ella te informaba y actuaba. Expeditiva era la muchacha. Y ha estado tres meses sin llamar y sin recoger sus cosas y ahora me dice que si puede venir a recogerlas, como si yo tuviera que estar a expensas de lo que se le pusiera en las narices….

Juan tiró la cuarta caña, mientras hacia breves gestos de asentimiento…

- Pues ya le he dicho, que yo ya he superado todo esto y que por mi parte puede hacer lo que le salga de los cojones, que como si se lleva las paredes de la casa… es verdad que no sé cómo de creíble ha quedado, ya que el hecho de encadenar el nombre de su hermana precedido de un “la cabrona de…” no ha ayudado a aportar consistencia a mi discurso, pero es que me da igual, que en cuanto llegue el lunes cambio la cerradura y se va a llevar lo que yo te diga.

El grasiento reloj de la pared del bar marcaba las tres y cuarto. Pagué y me marché dando las gracias a Juan por tan animosa conversación. Había empezado a llover y aceleré el paso. El portal ya estaba despejado y los ascensores libres de carga. Cuarta planta rezaba el dispositivo luminoso. Pulsé el botón. Me metí en el ascensor en el que quedaba un cartón en el suelo de los que ponen las empresas de mudanzas para no dañar el suelo. Todo son cuidados y sin embargo los muebles siempre llegan con golpes y las zonas comunes hechas un desastre cuando alguien cambia de piso. Volvía yo a mis banales inquietudes.

Metí la llave en la cerradura y pasé al oscuro recibidor. Dejé el periódico en la cómoda de la entrada y sin embargo escuché como golpeaba en el suelo. Encendí la luz a tiempo para percatarme que una vez más Pilar lo había hecho, y que yo, ahora sentado en el suelo de un salón diáfano y vacío tendría que volver al alcohol, a llamar a Daniel y a mis tertulias unidireccionales con Juan.

 Los espacios vacíos parecen más pequeños, pensé.

martes, 6 de noviembre de 2012

#24 ESTÓMAGO VACÍO


En el control de enfermería había algo del alboroto común que se producía durante el cambio de turno. Era media noche y las voces que procuraban ser bajas sin llegar a conseguirlo del todo se contaban las anécdotas del día, los planes de la semana y del fin de semana, las quejas normales sobre los últimos acontecimientos… Algunas enfermeras terminaban sus tareas de fin de turno, rellenaban informes, recogían sus cosas, y otras comenzaban sus labores nocturnas cotidianas, preparaban todos los materiales necesarios, hacían los pedidos y leían los informes que sus compañeras habían escrito antes. Raúl no podía dormir. Llevaba ingresado ya dos semanas sin saber exactamente cuándo le darían el alta. Le habían operado del bazo y ese mismo día había estado persiguiendo a su médico por los pasillos contándole que volvía a sentir dolor, que tenía una sensación extraña de vacío en el estómago y no estaba tranquilo.
-Dr. Fuentes, por favor, haga usted algo. Usted me ha salvado la vida, pero creo que ahora la estoy volviendo a perder, no me encuentro bien.
-Bueno, Raúl, tranquilícese, que todo está bien. La analítica de ayer estaba estupenda y todos los niveles indican que se está usted recuperando formidablemente.
-¿Y por qué sigo ingresado?
-Está en observación. Se le ha sometido, como sabe, a una importante operación. Sea paciente. Ya sabíamos que serían mínimo tres semanas. Si esta semana continúa usted progresando como hasta ahora, pronto le daré el alta. De todas formas, hoy se le hará otra analítica y un escáner.
A Raúl le gustaba pasear por los pasillos. De hecho el Dr. Fuentes se lo había recomendado una vez habían pasado los días críticos. Raúl recorría toda la planta, pero se detenía todos los días durante un buen rato en la 102. La puerta siempre estaba abierta. Lucía llevaba e inconsciente un mes. Él no conocía su voz, pero había hablado con las enfermeras sobre ella y les había preguntado.
-Hubo un incendio en un restaurante.
-Llegó despierta y sin un rasguño.
-Sus últimas palabras antes de entrar en coma fueron quiero mi pene. Estaba delirando.
-Ya le hemos quitado la intubación y respira sola desde hace días.
-La alimentamos a base de sueros y sonda naso-gástrica para que pierda la menor masa corporal posible.
-Nadie ha venido a visitarla. Y eso que informamos a sus padres el mismo día que ingresó.
Y Raúl la miraba y se decía que nunca había visto una mujer tan hermosa en su vida.
-Tiene treinta y cuatro años.
-Debe de ser modelo, pero en Internet no viene nada de ella. O actriz. O bailarina, tiene unas piernas fuertes y bien formadas.
-No me explico cómo nadie la visita, no me lo explico.
Y Raúl soñaba que hablaba con ella y la animaba a despertar del coma.
Pero esa noche no. Raúl caminaba por los pasillos y ponía cara de mucho dolor cuando se cruzaba con alguna enfermera. Alguna le decía vamos, Raúl, acuéstate que tienes que descansar, pero la mayoría le sonreían y le dejaban caminar en paz. Estaba muy intranquilo, como si fuera consciente de algo le iba a pasar, y no quería que le pillara metido en la cama. Y además el Dr. Fuentes no le había dicho nada sobre la analítica ni sobre los resultados del escáner. Ya sabía que si no había noticias, eran buenas noticias, pero su razón no tranquilizaba su espíritu. Pasear tampoco, pero era mejor que estarse quieto en la habitación. La puerta de la 102 estaba abierta y se acercó. Al ver a Marisa, la enfermera que seguía cada progreso, cada latido, cada respiración de Lucía le miró y le hizo un gesto para que se acercara.
-¿La ves? Hoy va a tener una buena noche.
-¿Cómo lo sabes? - preguntó Raúl.
-Escúchala… Está plácida.
Y él ponía atención, aguzaba el oído, pero sólo oía los pitidos del monitor que estaba enganchado a su dedo.
-¿Sabes? - decía Marisa. - Creo que hoy es su día. - Y salió de la habitación con una sonrisa en la cara.
Y Raúl se quedó observando a Lucía. Estaba preciosa. Estaba claro que Marisa estaba convencida de lo que decía, porque la había peinado con una trenza larga que reposaba al lado de su cabeza. Tenía los ojos cerrados, pero su boca parecía estar riendo. No llevaba pijama azul, sino uno blanco muy limpio. Su pecho se movía despacio arriba y abajo, arriba y abajo, a un ritmo lento pero continuo y Raúl fue capaz de ponerle música enseguida y cantar para sí Más guapa que cualquiera de Sabina y Páez. Cuando Raúl comenzó a relajarse él mismo y a ir cerrando sus ojos, cuando llegaba a la última estrofa de la canción, cuando había olvidado su inquietud y su malestar, el monitor de pulso le sacó de su ensueño acelerándose progresivamente. Raúl abrió los ojos en el preciso instante en el que Lucía abrió los suyos. Y ambos cruzaron las miradas con el mismo susto. Enseguida Marisa se presentó en la habitación con una sonrisa de oreja a oreja.
-Bienvenida de nuevo, cielo.
Y la liberó de la sonda naso-gástrica.
Lucía, con voz muy seca, casi afónica dijo: quiero mis penne ya. Arrabbiata, por favor.

miércoles, 31 de octubre de 2012

#23 PERSPECTIVAS


- Joder, qué suerte tienes tronco…

- Tú y los tuyos siempre andáis con lo mismo, que si qué suerte la mía, que si no como nosotros… os veo pasar por aquí y siempre la misma cantinela.

- Ya, macho, pero es que no me compares, tú con esas vistas, con ese cometido…

- Sus pegas tiene también, ¿eh?

-Pues francamente no le veo ninguna, porque tú también ves cosas que a ninguno nos gustaría, pero sabes que es un rato, y después te recompones.

- Eso es verdad.

- Ya… nosotros sin embargo cuando lo vemos todo muy negro, pasamos inmediatamente a mejor vida, o peor, o lo que sea, y encima poco a poco, como esperando a episodios el final de un destino cruel. Eso cuando no compartimos viaje, que suele ser la mayoría de las veces.

- Vaya, sí que te pones poético. Sus cosas buenas tendrá.

- Hasta la fecha no se me ha ocurrido nada, eso sí, yo sólo llevo aquí desde ayer. No creo que dure mucho más.

- Bueno, a tiempo estás de descubrir tu lado bueno.

- Si ya… Pero bueno, cuéntame, cuéntame cómo es lo tuyo…

- No es para tanto, en serio…

- Por favor, cuéntamelo…

- Venga, vale. Es verdad que cada mañana se me pone delante, me retira la cortina que me impide observar todo su cuerpo aún adormecido y despeinado, y poco a poco empieza a desnudarse. Primero la parte de arriba. Suele hacer una pausa, se mira en el espejo y en un gesto mecánico acerca la cara para mirarse alguna imperfección en su rostro, pero nunca la encuentra, porque ella es perfecta. Luego la parte de abajo del  pijama, hasta quedar sus curvas perfectamente visibles, eso dura un instante y enseguida se encierra conmigo, volviendo a correr la cortina, evitando miradas indiscretas.

Entonces me coge y empieza el baile, me empieza a frotar por todo su cuerpo en una simbiosis perfecta entre nosotros, conmigo recorriendo cada parte de su piel mojada, cada hueco en el que sentir la belleza de la mujer que me ha elegido. Siempre empieza y termina igual, siempre el recorrido empieza en el cuello, un cuello suave y tentador, jugoso en aquel instante, para bajar por las axilas, el pecho voluptuoso en toda su perfección, ni grande ni pequeño, sencillamente hermoso. Continúo por una tripa lisa pero carnosa, coronada por un hermoso pendiente que colgaba de su ombligo, siempre me había fascinado esa pequeña piedra verde cuyo contacto intentaba evitar, pero cuya observación me excitaba. Del pubis pasaba al largo recorrido por las piernas, doblando su cuerpo hasta llegar a la punta de los pies, por una pierna bajaba y por la contraria hacia el recorrido ascendente para hacerme terminar entre las dos…

- Y luego dices que no tienes suerte…

- Siempre termina por la trasera. Recorro toda su espalda hasta llegar a las nalgas, y del resto que te voy a contar que tú no sepas…

- Ya, pero no es lo mismo ¿tú qué ves de malo en todo eso? Porque yo no le encuentro ninguna pega…

- Luego me quedo ahí sin más, esperando la próxima vez, húmedo, nido de hongos y parásitos…

- Hongos y parásitos, no me jodas- contestó contundente el papel higiénico a la esponja- me vas a decir tú lo que son hongos y parásitos…

miércoles, 24 de octubre de 2012

# 22 CLARO QUE TE QUIERO, TONTA




-¿Me quieres?
-Claro que te quiero, tonta. ¿A qué viene esa pregunta ahora? –dijo él sin despegar los ojos del periódico.
-Nunca me lo dices.
-Pero te lo demuestro, ¿no?
-Sí, pero ya sabes que me gusta que me lo digas.
-Te quiero.
-No, pero así no. Me gusta que me lo digas porque salga de ti, no porque te lo pida.
El bajó el periódico y la miró a los ojos por encima de las gafas.
-Te digo que te quiero –y volvió a abrir el periódico para retomar la lectura- pero ya sabes que yo soy más de hechos que de palabras.
-Sí, eso es lo que dices siempre.
-¿No te demuestro que te quiero cada día?
-Hombre, muy detallista no eres, la verdad.
Ahora fue ella la que dejó de mirarle sabiendo su reacción. El volvió a girarse hacia ella.
-¡Ah! O sea que no soy detallista. No te regalo flores, no te digo lo guapa que estás hoy y no te felicito el día de nuestro aniversario, ¿verdad? –indicó él con un tono ya algo malhumorado.
-Sí. Pero… sigo necesitando que, de vez en cuando, me digas que me quieres, que me des abrazos, que me beses. Me das pocos besos.
-¡Aquí está! Lo que te pasa es que hoy estás melosilla, ¿eh? –dijo él con ironía. Soltó el periódico e hizo el gesto de acariciarle la cara, pero ella le retiró la mano.
-¡Déjame ahora bobo!
-Si no me dices las cosas yo no puedo adivinarlas.
-Pues ya son muchos años como para que me conozcas, ¿no te parece? –dijo ella con simulado enfado.
-Seamos serios, cielo. Te quiero. Y lo sabes. Te quiero más que a nada en este mundo. Sé que a veces soy un poco seco…
-¿Un poco? –aprovechó ella la ocasión para cargarse de razón.
-… puede que no sea el hombre más cariñoso. Pero confiesa: ¿no me prefieres con estos defectillos y que a la vez sea un hombre trabajador, educado, buen esposo y buen padre?
Ella se rindió pronto.
-Si ya lo sé. Sé que eres el mejor hombre con el que me pude haber casado. Sé que tus hijos te adoran. Y tus nietos también. Pero ya sabes que tengo días en los que necesito más mimos –declaró ella con voz de niña pequeña, imitando unos pucheros.- Y hoy es uno de ellos.
-¡Anda, vieja tonta! Ven aquí.
Y se abrazaron durante un largo par de minutos finalizando con un lento beso en los labios.
-Venga, apaga la luz, que luego dices que te desvelas –dijo el viejo.
-Si ya sabes que apenas duermo en toda la noche con tus ronquidos. ¿Te has quitado la dentadura? –le recordó.
-Ahora mismo.
Apagaron la luz a la vez dejando la estancia en una oscuridad sólo interrumpida por la luz de las farolas que entraba por una pequeña rendija que quedó abierta en la persiana. Por debajo de la sábana se cogieron furtivamente la mano unos segundos y luego cada uno rezó a Morfeo para que les mantuviera arrullados más que la noche anterior. 

miércoles, 17 de octubre de 2012

#21 BOSKO Y ADMIRA



Boško despertó aquella mañana con la extraña sensación de haberse liberado de una condena que afrontaban todos los jóvenes de su edad, la del servicio militar y la posterior integración en las milicias de la reserva, tropas desde hace meses movilizadas para hacer frente a un enemigo, que en ningún caso Boško sentía como suyo.

Hacía nueve años que besó por primera vez a Admira, ya en aquel momento la sabía musulmana, pero ni le importó entonces ni le importaba ahora. Aquel amor le había hecho renunciar al presupuesto patriotismo que imperaba desde hacía ya más de un año por las calles de Sarajevo.

Se encendió un cigarro, y descolgó el teléfono de casa de su madre.

- ¿Admira?

- Hola Boško, pensaba salir a la calle a hacer unas compras, mi abuela necesita insulina.

- Sabes que no debes salir hasta la noche, ahora no es seguro- dijo severo Boško.

- Lo sé, no lo haría si no fuera urgente, debo salir a por la insulina de la abuela…

- Nos tenemos que marchar de aquí Admira.

- Lo sé, nos iremos en primavera, de veras. Ahora te dejo.

Boško apuró el cigarro y se dispuso a pasar la mañana como lo hacía desde hacía meses. Sentado en torno a la mesa de la cocina y contar los disparos que los francotiradores serbios hacían silbar desde la azotea del Holiday Inn. Cada día a alguien le tocaba la macabra lotería. Todos conocían a alguien, sobretodo musulmanes, croatas, pero la mira telescópica de aquellos desalmados distinguían las partes vitales del cuerpo pero no siempre lo que lleva el alma, y algún serbio caía abatido por la furia de sus compatriotas.

Por las noches quedaba con Admira, recordaban sus años juntos, pronosticaban las consecuencias de aquellos años oscuros que les había tocado vivir. Se conjuraban para sobrevivir a aquella atrocidad, sobreponerse a las dificultades de pasear su amor entre un ortodoxo serbio y una musulmana por los barrios de Sarajevo. Ni siquiera la familia se lo había puesto fácil, la guerra había estallado hacía poco más de un año, pero el rencor en los corazones de los pueblos que integraban Yugoslavia nunca había dejado de latir. Hervía un odio que terminó por desbordarse. La familia de Boško nunca puso ningún inconveniente, procedían de una estirpe de trabajadores ambulantes, viajantes, que habían conocido suficiente mundo como para estar seguros de que el lugar de nacimiento ni condiciona, ni los hacía diferentes en esencia, y mucho menos se conviertía en motivo de odio. La madre de Admira no pensaba lo mismo, arrastraba un odio generacional que se había transmitido a través de las generaciones, y si bien nunca prohibió aquel noviazgo, tampoco facilitaba mucho las cosas entre ellos. Cuando apuraban el último refresco, apagan el último cigarrillo que gustaban compartir en una suerte de comunión entre los dos, cuando sus ojos se miraban antes de despedirse lo sabían, sabían que nada podría separarles nunca, sabían que aquello nada tenía que ver con etnias, creencias, familias ni fronteras. Sabían, y siempre lo habían sabido, que el destino, la casualidad, o cualquiera de los dioses que podían venerar, independientemente de cuál de los dos fuera, les habían situado en un cruce a los dos, a los dieciséis años, y pudiendo haber tomado rutas diferentes decidieron que el resto del camino lo harían juntos. Y allí estaban, convencidos de que sus días en Sarajevo habían terminado para siempre, convencidos de que su amor no podía seguir enrejado entre silbidos de balas, cortes de luz y escasez de víveres.

El invierno en Sarajevo era duro, un frío insoportable al que añadir el gélido ambiente que había provocado la guerra. Por eso Admira había querido esperar a la primavera para marcharse. No quería dejar a su madre y a su abuela solas en invierno, las dos viudas, las dos frágiles, las dos pendientes de lo que Admira les traía por las noches. Admira ya tenía todo previsto, su prima, que vivía en el extrarradio de Sarajevo, en un barrio de musulmanes que había quedado devastado por los obuses del ejército serbio, acordó mudarse cuando llegara el buen tiempo a casa de Admira, y entonces se haría cargo de sus tías.

Pasaron los meses y la calidez del sol no había llegado al espíritu de los soldados, ni siquiera de la población que empezaba a preguntarse si serían verdad aquellas proclamas de ocio que vomitaban las ondas. Boško había preparado la marcha, poca cosa, lo justo para llegar a las afueras de Sarajevo, después cogerían el coche que su primo había dejado estacionado en una zona segura e intentarían llegar hasta Italia por el norte. Era la tarde del 18 de mayo de 1993, como hacía cada tarde descolgó el teléfono y llamó Admira.

- Mañana nos vamos Admira.

- Ya tengo todo preparado, he metido algo de ropa en una mochila y esta noche preparé algo de comer.

- Vale, no te preocupes demasiado, algo encontraremos por el camino. Esta noche no saldremos de casa, y mañana por la mañana iré a tu casa, después cuando las cosas se tranquilicen nos iremos.

Boško sabía que por la mañana no era buena idea salir, los francotiradores aprovechaban los trayectos de los trabajadores para acudir al tajo para hacer diana y cada día faltaba gente en su puesto, personas que salieron de casa para ir al trabajo y que nunca más volverían. Después de comer sería un buen momento, podrían cruzar el río Miljacka y de ahí seguir hasta el coche. Era peligroso, el puente era una zona expuesta, al claro, desde donde se convertirían en un blanco fácil. Caminarían deprisa, en zigzag, sin parar ni mirar atrás, apenas unos metros les separaban del parque del otro lado donde se podrían cobijar unos instantes antes de proseguir camino.

La noche se hizo larga, demasiados recuerdos para conciliar el sueño tras un rosario de despedidas, explicaciones y deseos. La familia de Boško comprendía aquella huída, pero les entristeció pensar que por primera vez alguien de la familia marchaba por motivos distintos a los que ya estaban acostumbrados. Por la mañana Admira esperó inquieta hasta que oyó el timbre de la puerta, que le produjo un sobresalto pese a ser lo que llevaba esperando durante horas. Permanecieron en la cocina de la casa hasta la hora de comer. Un almuerzo sobrio y más despedidas. La madre de Admira no salió de la habitación, no quería ver a Boško, le culpaba de la marcha de su única hija. La abuela susurró algo al oído del joven, él agarró su brazo con ternura, la miró y la besó en la mejilla arrugada en un gesto tranquilizador.

- Es la hora.

El tono preocupado de Boško no mitigó las ganas de Admira de salir de aquella casa, de aquella ciudad que se había convertido en una catarsis desoladora en la que no había sitio para su amor.

- Vamos- contestó ella tranquila.

Recorrieron la calle bajo unos soportales mirando al cielo. Edificios altos con ventanas rotas y nada que hiciera sospechar movimiento. Daba igual, ellos ya sabían que un francotirador nunca deja asomar su rifle, nunca se deja ver, de ahí su mortífera eficacia. Se detuvieron frente al puente Vrbanja. Sabían que ahí estaba la clave de su éxito, de su huída. Se besaron mirándose a los ojos, sujetos por las manos, y entonces se abrazaron.

- Te quiero Admira, siempre lo haré.

- Y yo Boško, te quiero.

Salieron de los soportales andando en zigzag, paso ligero, mirando al frente, Boško unos pasos por delante. Enfilaron el puente sin reparar en el silencio que reinaba en Sarajevo en esos momentos, ni un ruido de obús, ni un silbido de bala, ni un motor que rompiera la armonía del río que bajaba ajeno a la barbarie.

Casi lo habían conseguido, en frente estaban los árboles del parque les darían cobijo unos instantes. Fue llegando a mitad del puente cuando se escuchó, rápido, mortal, como el sonido de un látigo antes de impactar con el suelo. Entonces Boško cayó al suelo desplomado ante los ojos de Admira que no pudo recuperarse del horror antes de que un segundo impacto le acertara en la espalda. Entonces cayó ella.

Boško no se podía mover, aún respiraba cuando fue consciente de su fracaso, de su truncada vida junto a Admira, de su error en el recorrido, de su imprudencia por exponerse sobre el puente. No había visto caer a Admira pero no hizo falta, él escuchó el segundo disparo, y el golpe seco de ella al caer al suelo. Lloraba. De pronto sintió como le asían del pie, Admira reptaba mal herida hasta ponerse a su lado. Les dio tiempo de mirarse, se abrazaron. Y fue en ese momento en el que los ojos de Admira le convencieron de que nunca fracasaron, de que aún en aquella situación habían burlado a las balas, a la muerte, a la indecencia de un guerra cruenta. Hacía mucho que ellos habían escapado de todo aquello.




NOTA: Este relato está inspirado en la historia de Boško y Admira, dos jóvenes de mismo nombre que el 19 de mayo de 1993 murieron en Sarajevo intentando escapar de la guerra. El relato es libre y no pretende ser una crónica de los hechos.

martes, 9 de octubre de 2012

# 20 MARCOS EN EL PARQUE.



Cuando Diana y yo por fin nos separamos, para mí las cosas fueron primero mal, luego bastante mejor que cuando estábamos juntos y, desde hace un par de días, cayendo en picado otra vez. Diana y yo éramos, como se dice de forma ridícula en ciertos sitios, una pareja felizmente casada. Tuvimos un noviazgo convencional de una duración convencionalmente larga, tuvimos nuestra convencional pedida de mano en un convencional restaurante de cinco tenedores, y una convencionalísima boda de cuatrocientos invitados, tras la cual hicimos nuestro convencional viaje al Caribe. Al año y medio vino Marcos. Si ya éramos felices entonces, nuestra felicidad creció exponencialmente llegando tan alto que, cuando a los tres años Marcos murió, nuestra felicidad se desplomó desde tal altura que fue inevitable que hubiese daños colaterales. Entre ellos, la ruptura entre Diana y yo. Sin infidelidades, sin insultos, sin una palabra más alta que la otra. El amor entre nosotros ya no tenía sentido. Si no estaba Marcos, no. Ayer mismo, cuando volvía de trabajar dando un paseo, me desvié más de lo habitual aprovechando que hacía muy buena tarde. El sol llegaba incluso a dar calor si te quedabas bajo sus rayos demasiado rato. Pero, si pasabas – como pasé yo – por delante de alguna bocacalle, entonces el viento volvía a refrescarte para permitir soportar el sol durante por lo menos un rato más. Fue en una de esas bocacalles donde, sin darme cuenta, miré hacia el final y vi árboles y un parque. No recordaba haber estado nunca en aquel parque, así que, sabiendo que tenía toda la tarde por delante si era preciso, caminé hasta allí. Al llegar, me fijé en que se trataba de un parquecillo bastante pequeño sumergido en el centro de una plaza totalmente peatonal en forma de hexágono. Los edificios que rodeaban la plaza eran antiguos, muy europeos, muy bien conservados, viviendas y tal vez oficinas probablemente caras que envidié en el momento. Todas las fachadas que daban al parque apenas tenían ventanas, pero sí balcones, lo que le daba al conjunto plaza-edificios un aspecto, bajo mi punto de vista, fabuloso y muy atractivo. El parque en cuestión estaba amurallado por una circunferencia de chopos altos, ya mayores pero fuertes, que movían sus hojas verdes al compás del ligero viento que silbaba a lo largo de las seis calles que desembocaban en la plaza, y agitaban sus ramas dibujando en el suelo luz o sombra mientras jugaban con el sol.

Justo en el mismo centro del parque un hexágono mucho menor alojaba un espacio de arena vallado con troncos de madera dejando varias puertas para permitir el acceso. Había un grupo de unos veinte niños desperdigados en el interior. Algunos corrían de lado a lado perseguidos por otros, otros permanecían sentados solos o en grupos de dos, tres o cuatro haciendo interactuar a sus juguetes con la arena, las hojas y las ramas que había por el suelo, otros estaban junto a sus madres que fumaban y parloteaban en los bancos exteriores del vallado merendando. Y otros jugaban en los columpios. Desde hace ya algunos años, los columpios de la ciudad han cambiado bastante. Ya no son los típico tubos de hierro en forma de tobogán, puente o columpio propiamente dicho que han perdido casi toda la pintura, no. Ahora incluyen madera y mucho plástico para que los niños no se hagan pupa si se golpean con ellos. Y además tienen forma de casita, de barco o de autobús. Pues en aquel parque había un barco con tobogán y una casita con puente. Un grupo de dos niños y una niña discutía a cada minuto si deberían subir en el autobús o en el barco, y argumentaban sus planteamientos sobre los beneficios y los inconvenientes de cada uno de ellos. Oyéndoles hablar, no pude evitar pensar en Marcos. El nunca había estado en ese parque, pero sin duda habría preferido el barco. Al menos así nos lo decía a Diana y a mí. Antes de saber andar ya hablaba, y justificaba su postura claramente: el barco flota en el agua y una casa no. Era de una lógica aplastante. Me acodé en la valla del recinto de los columpios e imaginé a Marcos tratando de convencer a los otros niños de su postura. Los dos niños preferían el barco. Con el barco te puedes ir de un lugar a otro y tener aventuras. Pero la niña, de unos cinco años, sabía lo que quería; es mejor la casa, porque tienes una habitación para los muñecos y vosotros podéis ser mis criados. Y aunque ellos se negaban, el resultado acabó con la niña peinando a las muñecas en el torreón de la casita mientras los niños obedecían las órdenes de su dueña intentando simular que se divertían. Marcos, lo sé, habría preferido jugar solo antes de doblegarse a la tiranía de una abusona de cinco años. Me divertí
pensando que eso habría pasado. En ese momento alguien me tocó el hombro y me arrancó de mi ensimismamiento. ¿Está usted bien? Una de las madres se me había acercado. Sí, sí, claro, contesté. Está usted llorando. ¿Es usted el padre de Lorena? Hoy ha bajado conmigo porque su madre se encontraba mal, y como no conocemos al padre… Me repuse: no, no, qué va. Me gusta venir de vez en cuando a pasear por aquí. Me sequé las lágrimas que ignoraba que habían salido de mis ojos, y me arrepentí inmediatamente del haber hecho el último comentario. Adiós, dije mientras me alejaba. Sólo faltaba que un grupo de madres pensara que un pervertido merodeaba la zona. Marcos me habría cogido de la mano, me habría acercado a él y me habría dado un beso: no llores, papi.