miércoles, 3 de octubre de 2012

# 19 PESCADOR.



- Joder, abuelo que susto nos has dado.

Luis estaba sentado en la terraza del Amuñiz en el puerto viejo que le llamaban los chicos de ahora, bebía lento una copa de coñac y fumaba uno de esos ducados negros que tanto daño le hacían. O eso decía la gente.

- Pues de aquí no me he movido chico…

La respuesta fue tan distante como apuntaba su mirada hacia la salida de la ría, aunque se tratara de su nieto homónimo y su ojito derecho desde pequeño, ahora estaba en otro lugar. Se atusó la barba blanca que lucía teñida bajo la nariz, muchos años surcada por el humo.

- Tenemos que irnos abuelo, papá y mamá esperan con las maletas hechas.- Luis  nieto, hacía ademán de ayudar a su abuelo a levantarse.

- ¡Josiño!- grito el anciano- ponme otra de estas por favor, y al chico ponle lo que se le antoje.

- Abuelo…

- Calla y siéntate, si me lleváis a Madrid a vivir con vosotros bien puedo despedirme de María…

- La abuela ya no está, ¿recuerdas?

- Soy viejo, no imbécil. ¿Ves esta mesa, este lugar? Aquí la conocí, aquí “la pesqué”…

Josiño trajo el coñac y una caña para el nieto, momento que aprovechó Luis para encenderse otro de esos Ducados que seguro le racionarían de ahí en adelante. Empezó su relato tras una profunda calada al cigarrillo, mientras retorcía la boquilla entre sus dedos y volvía a dirigir su mirada lejos, muy lejos. Asía el cigarro y la copa con la misma mano, mientras descansaba la otra, puño cerrado sobre la mesa de madera.

Luis tenía la piel cuarteada, con gruesos surcos a modo de muescas en la culata del revolver, a modo de cosecha en el campo de su vida, pura experiencia a lomos del “Cosiña II”, su chalupa y herramienta de trabajo, con la que había salido a faenar desde los diecinueve. Pero fue mucho antes, cuando siendo un crío que no llegaba a los catorce y cuando aún se podía correr descalzo por el muelle, sin riesgo de toparse con un coche o con un turista despistado fotografiando el faro, el momento en el que se cruzó con María. Fue en el julio del 31, lo recordaba bien porqué aquel verano, con la República recién instaurada, algunas familias acomodadas de la capital se habían desplazado a los pueblos para evitar problemas. Y a diferencia de otros años, se quedaron cuando empezó el curso. María era hija de un comerciante de telas, no destacaba especialmente entre la alta sociedad, pero vivían cómodamente y solían veranear en el pueblo, junto con unas cuantas familias más de la capital. 

Una tarde, mientras corría Luís por el muelle con una nasa en una mano y un palo en la otra, detrás de Xoan, enganchó el vestido de María por accidente con la cuerda de la nasa y le desgarró un pequeño triángulo de tela.

- ¡Niño! ¡Mira lo que le has hecho a mi vestido!- La cara de María estaba roja y su expresión auguraba un final al menos tan malo como el principio de la conversación.

- Perdona “Niña”- Luis resaltó “niña” dando a entender que no eran formas de dirigirse a él- Me llamo Luis, y ha sido un accidente, te pido disculpas.

María cambió de actitud de repente y se volvió a sentar pizpireta ella en su silla de madera, en la terraza del Almuñiz. Empezó a tocarse el pelo y a intercambiar sonrisas con Pilar, la amiga que le hacía compañía mientras tomaban un granizado de limón.

- ¡Luis, coño vamos!- Xoan se impacientaba mientras Luis se acercaba a la mesa de las niñas.

- Hola, me llamo Luis- dijo tímido.

- Ya me lo has dicho- le respondió María con una media sonrisa.

- Ella es María y yo Pilar- La amiga de María vislumbró el punto débil de Luis y quiso empezar el juego.

- Bueno…me tengo que ir…nos vemos otro día…

- Seguro- Concluyó María.

Luis pasó el resto de la tarde, observando embobado el triángulo de tela que había quedado enganchado al la cuerda de la nasa. Esa noche apenas cenó y no pudo conciliar el sueño. A la mañana siguiente se marchó al muelle y paseó durante horas delante del Almuñiz, pero no consiguió ver a María. Por la tarde, cuando fue al puerto a recoger a su padre que venía de faenar, echó otro vistazo. Nada. Cargó las bolsas azules de nécoras, y cuando se giró para volver a casa la volvió a ver, con otro vestido y con la misma amiga en la misma mesa. Dejó caer una de las bolsas.

- ¡Luis presta atención! Que se te cae todo…¡Luis!

Luis no escuchaba a su padre, se agachó a por la bolsa sin quitar la mirada de la mesa en la que las dos niñas empezaban a tomarse su granizado. Pasó junto a la mesa.

- Hola…- balbuceó

- Hola Luis- contestó María- ¿Vienes de pescar?

- Qué va, es mi padre que ha vuelto de recoger las nasas…yo algún día  también seré pescador.

- Recoger nasas no es ser pescador- respondió retadora María.

- Depende de lo que apreses, si te casas conmigo te pesco lo que quieras, entonces verás si soy pescador.

Fue decir esta frase y sentir Luis cómo se le iba tintando la cara de rojo, no entendía cómo podía haber espetado semejante bravuconada, mira que había estado toda la noche dando vueltas a cómo abordar a María, que le diría, cómo empezaría. Pues como era costumbre en él, derrapó en la entrada. Estaba a punto de darse la vuelta, salir corriendo encajar la cabeza en una nasa y tirarse al fondo del mar para no resurgir jamás cuando maría divertida le dijo:

- Tráeme un pez espada, entonces me casaré contigo.

- Sabes que no hay pez espada en la Ría…

- Tu tráemelo y me casaré contigo- sentenció María mirándole fijamente a los ojos.

Luis no articuló palabra el resto de la tarde, su madre le preguntó que por qué no cenaba, que por qué estaba tan callado, qué le había ocurrido para estar tan disgustado. Él ni siquiera la miraba, movía el puño frotando con el pulgar el triángulo de tela que había rasgado del vestido de María, como si se lamiera una herida, como si lo que intentara remendar fuese su estado de ánimo.

Aún no apuntaba el alba cuando se marchó de casa, con un burdo aparejo hecho con una rama gruesa y un anzuelo para atunes cogido con el sedal más grueso que encontró entre el material de su padre, unas caballas a modo de cebo metidas en una bolsa de plástico, botella de agua y un bocadillo. En el muelle se acercó a la chalupa de su padre, el “Cosiña I”, vigilante para que el guarda de noche no reparara en su presencia. Soltó amarras y se alejó hacia las afueras de la ría.

Tres días llevaba desaparecido Luis. Todo el pueblo había colaborado en las barridas por tierra y mar. Los pescadores de la cofradía habían surcado la Ría, la guardia civil había rastreado los montes, pero todo había sido en vano. Los padres de Luis se pasaban las horas en el Almuñiz, mirando al mar, esperando ver llegar la silueta del “Cosiña I” que a fuerza de amargas esperas, Lucía, la madre de Luis, sabía distinguir a varias millas. María esperaba también, angustiada, en el interior del bar, sintiéndose responsable de aquel disparate que había empezado como un juego y tenía visos de terminar en tragedia. Tuvo que contar la verdad, tuvo que dar a conocer el reto que había planteado a Luis, y se le vino todo el pueblo encima. La niña rica de la capital había mandado a un vecino, a un crío, a esa mar que tantos pescadores curtidos se había tragado.

Cuatro días ya. El Almuñiz estaba desierto, sólo María y Pilar sentadas en la mesa de la terraza cubrían la espera con un silencio prolongado. Xoan seguía sentado en el espigón mirando al horizonte como había hecho desde la desaparición de Luis.
Un golpe seco sacó a María de sus pensamientos, un choque brusco en la mesa de madera que a punto estuvo de hacerla caer.

- Aquí tienes tu pez espada. Ahora quiero que te cases conmigo.- Un Luis mugriento, con las marcas del insomnio  en los ojos, con las manos cuarteadas que nunca volverían a su ser, los labios secos y agrietados, la miraba fijamente a su lado. El trozo de tela del vestido de María colgaba de un cordel anudado al cuello de Luis.

María no dijo nada, se levantó y le besó. Sólo cuatro años más tarde se dieron el “sí, quiero” sobre la chalupa que ya no pertenecía al padre de Luís, sino que ya llevaba marcado su condición de “Cosiña II”, entre los vecinos del pueblo que hacían sonar las bocinas de sus embarcaciones.

- Lo demás ya lo conoces hijo- le dijo Luis a su nieto que le observaba incrédulo, no por la historia en sí, sino por no haberla escuchado antes. La cerveza estaba sin tocar.

No volvieron a hablar, el abuelo apagó el último Ducados, relajó el puño que había mantenido cerrado y se levantaron camino de casa para partir rumbo a Madrid. Atrás quedó la historia, la terraza del Almuñiz, y sobre su mesa un grueso anzuelo oxidado al final del cual había un trozo de tela anudado. 



miércoles, 26 de septiembre de 2012

#18 PREFIERO LA LLUVIA


No dejaba de salir el sol cada mañana, y sin embargo estaba seguro de que de algún modo eso no dejaba de ser la causa de mi desastroso estado anímico. Miraba por la ventana y el doloroso brillo en los ojos me hacía entrecerrarlos y me arañaba el corazón. Sin embargo me obligaba a salir a la calle. Así que, como los días anteriores, me calé la gorra, me puse las gafas oscuras y abrí la puerta.

- ¡Hombre, Beto, menos mal que te dejas ver! ¡Ya estaba empezando a cansarme de mentir a tu madre diciendole que se te ve fenomenal! Por cierto, que vaya pintas que calzas, macho. No sé yo la cara que se me va a poner cuando tu madre me vuelva a preguntar.

- Pues dile lo que te salga de los cojones, Paco, que hay confianza.

El frutero se había apostado fuera de su local a echar un pito aprovechando un momento de tranquilidad y me había pillado de lleno. Era el frutero de toda la vida, al que yo odiaba desde pequeño y al que consideraba culpable de que mi madre nos hiciera comer las judías verdes, las espinacas y toda clase de verduras nada apetecibles para cuando se tiene determinada edad. Aún así apunté mentalmente con la intención casi consciente de olvidar que debía no hacer una visita, pero si una llamadita tranquilizadora a mi amada progenitora para ponerle al día de lo que ella habría querido que fuera mi día a día desde que me alquilé un piso en el barrio con toda intención hace ya un año.

- Beto, toma, que tu madre me ha dicho que te lleves estas magdalenas. Ya las ha pagado, no te preocupes. Y el pan se lo apunto a ella también.

- Gracias, Jose.

- ¿Cómo va todo?

- Chupi, tío - dije con evidente sorna.

Todos nos conocíamos en el barrio. Todos sabíamos la vida de los demás. Todos sabían que poco de después de irnos a vivir juntos, Carla y yo tuvimos un accidente de moto. Todos sabían que la muerte de Carla la había provocado el conductor borracho que se saltó el semáforo. Yo lo sabía igual, pero eso no me había bastado para superar mi sentimiento de culpabilidad. Mi loquero me lo dejaba claro en cada visita e intentaba que lo interiorizara junto con las pirulas que me hacía tomar. Todas las heridas de mi cuerpo estaban ya curadas. Todas menos el corte en el antebrazo al que yo no dejaba cicatrizar para tener siempre a la vista el recuerdo de que era yo el que conducía. Si algún día el cóctel químico me hacía olvidar lo ocurrido, el dolor del corte me lo recordaría. Y cuando la herida estaba ya cicatrizando, yo me arañaba, me mordía, me cortaba de nuevo para no dejarla sanar nunca. La curaba de nuevo y permanecía así un tiempo hasta que volvía a empezar a cicatrizar. Y de nuevo la volvía a abrir para que sangrara como sangraba mi corazón, y como había sangrado ella hasta perder la vida en el asfalto de la calle. Fue un día de verano. Yo odiaba los veranos. No me gustaban los paseos al sol y prefiería que el cielo llorara para así disimular mis lágrimas.

martes, 18 de septiembre de 2012

# 17 TINTA.




Era desplegar la vieja Olivetti, el vaso de güisqui y el cigarrillo humeante reposando en el cenicero de cristal y notar unas palpitaciones especiales en la punta de los dedos. Desde su buhardilla  en la rue Lepic, con la ventana entornada y sujeta con la lata de betún, Henri sentía una magia embriagadora en el momento de sentarse a la mesa. El opio de la noche anterior debía tener parte de la culpa.

“Escritor maldito”, “joven superlativo”, “las letras del exceso”…había recibido calificativos de esta índole en la prensa de París. Los mejores burdeles de la ciudad buscaban sus servicios para pequeños pasquines en los que describir la mercancía recién llegada de las colonias, y él, previo pago y cata del producto, hacía sonar las teclas de su máquina de escribir en una sinfonía acompasada, acompañado siempre del humo de su cigarro y de su vaso de güisqui.

Había escrito sobre lo peor de las calles de la ciudad de la luz, sobre las putas y trileros, sobre la vida de los callejones, sobre los lances de honor, sobre los efectos del opio, las miserias de la nobleza y las grandes fiestas del pueblo llano. Recorría las calles durante el ocaso con un cuaderno y una pluma sujetos bajo sus dedos teñidos ya para siempre de la tinta negra que le daba de comer. Y de beber. Se dejaba querer en los peores tugurios, entre licores, aguardientes y mujeres con una moral tan laxa como sus propios cuerpos. Hacía ya tiempo que se sabía de él. “Henri, cariño, pasa a tomar una copa con nosotras” le decían en las puertas de los burdeles tirándole de la manga. “Henri, escríbeme una carta de amor” le espetaban socarrones los parroquianos de Chez Margot.

Sabía que había llegado a donde quería, siempre buscando contar historias, siempre con un ansia distópica que le había hecho pensar en la muerte tantas veces como en una vuelta a la vida abrazado a su máquina de escribir. Sus sentimientos extremos chocaban como los hielos de su vaso, en cuyo fondo nunca llegaba a atisbar el reflejo de lo que debía ser su último escrito. Y pensaba despedirse a lo grande, como la culminación a una vida que no podía envejecer sin perder todo aquello que había atesorado. No podía permitirse el acomodo y vivir de una imagen que era incompatible con el estado contemplativo. Sentía la exigencia de responder con coherencia a lo que tantas veces había redactado, entre cuerpos de mujer y noches en vela ahogadas en alcohol. Hacía falta una traca final, una despedida que hiciera a la gente enmudecer y grabar a fuego en su memoria los calificativos que le habían regalado a modo de ofrenda.

Y ahí estaba, con su particular ritual, su vaso y la fina línea de humo que a modo de metrónomo le marcaba el compás, su Olivetti, sus dedos sudados y negros…

martes, 11 de septiembre de 2012

#16 LINDA.



No hubo rastro de los restos de Linda hasta que amaneció. Los equipos de rescate habían estado durante toda la tarde anterior, pero tuvieron que abandonar la búsqueda cuando la escasez de luz se lo impidió. Durante la noche, algunos pequeños grupos con perros se turnaron, pero no hallaron nada hasta el amanecer. José Enrique y su grupo, dos hombres más y tres perros, fueron los que encontraron lo que se temían. Creo que todos, de una manera u otra, habíamos mantenido la esperanza de que todo acabaría bien y que no sería más que una historia que contar a los hijos y éstos a su vez a los suyos, y así de generación en generación.

-Es única

En eso todos estuvimos de acuerdo la primera vez que la vimos. Enseguida fue adoptada como hija de todos y todas en la aldea. Y había leyes no escritas que regulaban todo lo que tenía que ver con Linda. Así la apodamos desde que la vimos por el mismo motivo.

-Es única. Es lindísima.

Se acordó en tales leyes que cualquier habitante mayor de edad, hombre o mujer, podía disponer durante dos horas de la compañía de Linda. Había de recogerla en su casa y devolverla al mismo sitio en un plazo máximo de dos horas. Y todos lo respetamos. Es cierto que Linda ya había desaparecido en otras ocasiones, pero no tanto tiempo. Y nunca había pasado la noche al relente.

-Es única. Es lindísima.
-Es nuestra.

Y en cuanto regresaba tras más de dos horas, se castigaba al acompañante con azotes en la plaza, y a Linda se la llevaba con su descubridor a su casa para comprobar si había sufrido algún daño. Si era así, su casero y descubridor la mimaba y establecía la cuarentena necesaria hasta la absoluta recuperación.

-Es única.

Muchos fueron los que se cansaron de que Linda fuera sólo ella, y así surgieron imitadoras. Enseguida fueron despreciadas puesto que no llegaban ni a la hermosura, ni a la autenticidad de la modelo.

-Es lindísima.

Muchos fueron los que perdieron la cabeza creyendo que fugarse con ella sería la mayor aventura que jamás un hombre haya corrido, pero fueron pronto convencidos de que no era posible tal empresa por dos motivos. Linda no estaba preparada para ello y el resto de la aldea tampoco.

-Es nuestra.

Surgió un espíritu único de protección hacia Linda, que poco importara que se tratase de una bicicleta, porque era única entre nosotros, era hermosa y así la llamamos, y lo más importante es que era nuestra. Cuando desapareció toda la noche y José Enrique la halló en la madrugada siguiente en semejante estado, él mismo relató cómo se le saltaban las lágrimas de los ojos, cómo los canes llegaron ladrando hasta donde se encontraba arrojada y enmudecieron de golpe para comenzar a aullar un réquiem de tristeza. El equipo de rescate recogió con sumo cuidado los restos de metal y madera y los llevaron tan ágilmente como pudieron hasta la casa del descubridor, que se echó las manos a la cabeza nada más verla y pidió que le dejaran a solas con Linda. Nunca nos hemos preguntado qué fue de Jacinta, la anciana que había salido aquella tarde con Linda, pero sabemos que Linda nunca volvió a ser la misma, ya no pudo admitir más compañía y los demás nos tuvimos que conformar con las imitaciones que entonces sí prosperaron. Una pena.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

# 15 BABOU.




Babou aún recordaba su infancia en Dolo Odo, en el límite entre Somalia y Etiopía, cuando cada tarea era un esfuerzo al alcance de pocos. Los pocos que sobrevivían a las tareas cotidianas debían enfrentarse a un clima extremo, a una alimentación pobre y a incursiones esporádicas de las tribus vecinas.

Pocos de sus amigos habían sobrevivido y los que lo hicieron fueron escapando de aquella región a través de las fronteras, la mayoría hacia Kenia, los menos afortunados buscando trabajo en barcos de pesca somalíes. Babou eligió un camino más duro, casi tanto como el que recorría su madre cada mañana para llenar las sucias vasijas con agua del pozo que había a ocho kilómetros del pueblo. Desde muy pequeño su madre le insistió en la necesidad de ir a la escuela, y por mucho que él aspirara a convertirse en pastor nómada, como lo era su padre y lo había sido su abuelo, nunca hubo forma de conseguir que la que mandaba en casa cambiara de opinión. A su padre apenas le veía. Recorría el país durante la época de lluvias, escasas por otro lado, y se instalaba cerca de la frontera keniata el resto del año. Allí vendía las cabras famélicas a un precio irrisorio a los comerciantes de la zona. Si había suerte algún grupo de turistas despistados le pagaban un par de birr por hacerse una foto con él. Lo que conseguía reunir lo llevaba  casa, cuando iba, dos veces al año, una de ellas siempre coincidiendo con el cumpleaños de Babou. El 21 de marzo.

A Babou le gustaban mucho las plumas de ave, y debido al agobiante ambiente y al mal olor que se desprendía de la quema de desechos en las cercanías de Dolo Odo, era muy difícil encontrar aves en su pueblo. Con las pocas que conseguía escribía en los cuadernos que le traía su padre, mojadas en sangre de gallina, esas gallinas que correteaban por las calles y que debido a la falta de magro no servían ni para comer. Pero sí se usaban para los rituales, y aunque le producían un miedo atroz, Babou se acercaba a las chozas de los brujos para hacerse con un poco de su tinta roja. Los cuadernos solían ser de extrañas marcas de publicidad que su padre pedía a los extranjeros en la frontera. Alguno de esos cuadernos junto con plumas de aves que jamás había visto antes eran el mejor regalo que podía recibir Babou con el comienzo de cada primavera. Eso, y ver llegar a su padre con las pocas cabras que no habían sido vendidas y que habían sobrevivido al viaje.

Doce kilómetros a pie hacía Babou cada mañana para llegar a la escuela. La habían fundado unos curas italianos que se asentaron en Etiopía tras la breve colonización en los años treinta. Las tropas se marcharon pero ellos permanecieron en los peores suburbios de las ciudades y en las pequeñas aldeas. Doce kilómetros que hacía aún de noche a ratos caminando a ratos corriendo. Poco veía, y sus referencias eran las estrellas, aunque ya cuando contaba con seis años podía hacer el camino con los ojos cerrados. Cinco horas de clase y una comida completa era la recompensa de tan largo viaje. A Babou siempre le gustaron las clases de ortografía y gramática, encontraba un valor especial entre los símbolos, las letras, las palabras. Poco más aprendía en ese colegio, un poco de matemáticas, algo de geografía y unas horas de italiano que estaban obligados a hacer. E historia de Etiopía. No fue hasta años más tarde cuando se dio cuenta de la importancia de saber de la historia y de dónde venimos como arma para enfrentarse hacia el dónde vamos.

Cuando los demás niños daban patadas a esa bola de trapo en el descanso, Babou se refugiaba bajo la chapa de la entrada y escribía sus cuentos sobre las aves que migraban de norte a sur, recorriendo todo el continente. Se veía a sí mismo viajando por las ciudades del oeste llegando a Moyalé, cruzando la frontera de Kenia hasta llegar al lago Victoria, podía sentir el caminar de las migraciones por la sabana, después subía hacia el norte y siempre cerraba el cuaderno cuando se topaba con el mediterráneo. Para el suponía una frontera silenciosa que no se podía franquear. Y terminaba las clases para después volver absorto hacia Dolo Odo, pensando en ese mar que tanto le imponía.

Su infancia pasó entre cuadernos y plumas, relatos y cuentos, aventuras que contaba a su madre cada noche antes de dormir en un intercambio de papeles que a su progenitora le inspiraba la misma ternura que preocupación. Había que buscar a Babou un oficio, uno de provecho que le sirviera para asentarse en el pueblo el día de mañana y conseguir, a duras penas como el resto de sus vecinos, comida y agua que llevarse a la boca. Descartado lo de ser pastor, sólo le quedaba una opción como a la mayoría de sus compatriotas. La agricultura. Costaba imaginarse las manos de Babou, esas que con tanta delicadeza sostenían las plumas con las que reinventaba una y otra vez su propia existencia, asiendo una azada y golpeando la tierra seca.

Miheret miraba preocupada cada mañana marchar a Babou hacia la escuela, sabía que el camino que emprendía a diario no lo sería más una vez cumpliera los dieciséis. Entonces, según la tradición local, se le buscaría una esposa, futura esposa, y se le asignaría un oficio del que vivir y alimentar a la prole el resto de sus días. A falta de dos primaveras para que llegara tal día, Miheret no tenía con quién compartir sus pesares ni sus silenciosos sollozos nocturnos, cautos por no quebrar el descanso de su hijo. Aún quedaban semanas para que su marido volviera y su preocupación iba en aumento cada vez que la pasión por los relatos y los cuentos que demostraba Babou se hacía mayor. Había logrado reunir a los niños del poblado en torno a un quinqué todos los martes por la tarde para contarles relatos, sus historias nacidas de sus paseos, de las migraciones de sus aves, de los tiempos que compartía con su madre y de las llegadas de su padre. Para Babou todo era fuente de inspiración, la vida en sí era un relato. Los más pequeños esperaban inquietos que llegara la cita semanal, algunos incluso se aventuraban a escribir cuentos cortos, de unas pocas líneas para compartirlas en el grupo. Otros le pedían a Babou un relato sobre un  tema en particular, sobre las lluvias que no llegaban, sobre el Mar que nunca atravesarían… Ese Mar hacía que Babou se quedara absorto, con la mirada perdida, callado…

- ¡Babou! Tenemos que irnos.

Su madre ya anciana, elegantemente vestida con su habesha qemis esperaba en la puerta de la habitación del Hotel mientras Babou, a sus cuarenta y siete, asía con las mismas manos finas y delicadas de su infancia, su discurso de agradecimiento por el galardón que estaba a punto de recibir, un premio a sus letras, a sus cuentos, a su vida descrita en tinta roja con plumas de ave, en el Teatro Campoamor de Oviedo.

miércoles, 29 de agosto de 2012

# 14 VIDA PERRA.



Cuando mi madre me habló sobre el justo premio que habría de obtener en la otra vida por las buenas acciones que hiciera, sin duda olvidó mencionar el desproporcionado castigo que tendría en ésta por una sola mala opción. En esto iba pensando la madrugada que me desperté empapado, tiritando y muerto de hambre. En un día de lluvia te despertabas empapado aunque estuvieras debajo de un puente. O si no llovía, pero habías conseguido un portal, lo mismo te despertaba una patada que un escobazo. Era la hora de empezar a buscar por las papeleras y sus aledaños. Para un vagabundo como yo, el desayuno solía resultar más sencillo de encontrar en esos lugares. La gente que iba con prisa a su lugar de trabajo, la mayoría de las veces no terminaban su sandwich o su bollo o su pieza de fruta, y allí era donde la arrojaban antes de meterse en los edificios que los engullían a ellos. Las noches eran diferentes. La pasada noche me acerqué al contenedor de basura habitual. Era uno que se situaba cerca de un hotel de baja calidad pero que tenía restaurante. Eso favorecía el que tuvieran que tirar sus desperdicios en contenedores fuera de sus dependencias un rato antes de que se acercara el camión de la basura a llevarse todo lo que ellos desechaban, muchas veces simples restos de comida que los clientes no apreciaban, y otras simplemente comida que ya no se podía conservar durante más tiempo y tampoco se podía ofrecer a la exigente clientela. Era una vida perra, pero era la que me había tocado. Recoger esa basura, que para mí podía resultar en ocasiones un auténtico banquete de manjares, tenía sus riesgos y había que conocerlos. En múltiples reyertas con otros vagabundos me había visto envuelto sin yo buscarlo, pero claro, la comida era nuestro oro, y se daban casos de vagabundos que no sólo cazaban para comer y ya estaba, sino que cogían todo lo que estaba a su alcance para llevárselo a su jefe. Super-vagabundos que de algún modo se habían proclamado dueños y señores de determinados contenedores de basura y los explotaban. Eso sí, no ellos mismos, sino que enviaban a sus pupilos, generalmente jóvenes y aún fuertes, a recoger todo lo que pudieran para llevárselo a él. Él a cambio ofrecía su protección mediante otros soldados que cobraban en forma de alimentos. Es decir, el círculo se cerraba allí mismo, pero todas aquellas cabezas huecas necesitaban del cerebro de otra sin escrúpulos que lo organizase y supiese controlar. Y así se creaban esas mafias. Muchas magulladuras y costillas rotas había sufrido mi cuerpo por aquellas asociaciones de las que nunca había formado parte. Así que había que ser cauto y conocer con quién buscabas comida a tu lado. Mi conclusión era que las espaldas propias estaban más a salvo cuando las guardaba uno mismo. Había llegado a ver cómo estos animales daban el finiquito a algún compañero porque éste ya no ejercía sus funciones adecuadamente o tenía alguna debilidad con una supuesta víctima. Sin duda, las noches eran peligrosas, pero era lo que había si querías encontrar comida y no irte debilitando y dejándote morir.

Pero los días tampoco te mantenían a salvo completamente. Al contrario, casi había que estar con más ojos que por la noche, ya que podía llegar un peligro inesperado en cualquier momento. Incluso en el propio descanso. Sé que es generalizar, pero los niños y los jóvenes eran terroristas en potencia. Cada cual a su manera. Grandes carreras me he pegado delante de niños que me trataban de apedrear simplemente por el gustazo de ver quién tenía más puntería o de echarse unas risas. Pero los jóvenes... A un compañero mío le quemaron vivo rociándole con gasolina y arrojándole una cerrilla. A los perros vagabundos no se nos ha apreciado nunca. Decían que contagiábamos enfermedades, o que teníamos la rabia. Ha habido mucha habladuría a este respecto. Creo que algunos tuvieron suerte cuando los servicios municipales les capturaron y alguna familia de bien les acogió como mascota. Los demás al poco tiempo eran sacrificados o usados para experimentos en laboratorios. Mi caso fue de los que nació ya dentro de una familia de bien. Y mi mala opción fue la de creer que mi vida estaría a salvo para siempre. Cuando mi madre murió me quedé yo solo con ellos. Pero al poco tiempo debieron creer que ya era un estorbo, porque en un viaje hacia la playa se olvidaron de lo que me querían y de lo que les quería yo a ellos. Pararon el coche como tantas otras veces, me hicieron bajar para hacer mis necesidades como tantas otras veces y cuando regresé pude ver cómo el coche se alejaba a gran velocidad para no volver. En ocasiones volví al lugar donde me habían sacado por ver si era cierto que se habían despistado y me habían olvidado, pero no fue así. Ya nunca más volví por allí y sobreviví por mi cuenta junto con más compañeros. Si digo que llevo una vida perra es que sé lo que digo.

miércoles, 22 de agosto de 2012

#13 HUÍDA.



Salieron de noche con lo puesto, camiseta, vaqueros y unas chanclas que dejaban entrever los pies curtidos por mil caminatas. Le punzaba una terrible inquietud generada por aquella noticia tantas veces temida y que acaba de escuchar en aquel programa de radio, de esos que llaman de autoayuda y que no es sino un punto de encuentro de pobres insomnes. Cogió la mochila, la cantimplora y salieron del refugio dejando atrás la estancia a oscuras.

Apenas se veía. Sus pupilas terminaron por dilatarse al cabo de un rato y entre la penumbra distinguieron el camino que les había traído al refugio la tarde anterior, tarde de placer que dirían algunos. Un paseo por el campo para despejarse de las preocupaciones diarias, magnificadas en esos tiempos de incertidumbre y que no les dejaban conciliar el sueño en su casa de la gran ciudad. Una ciudad con el traqueteo típico de las grandes ciudades y en la que en el fondo ella pasaba desapercibida, y paradójicamente, acompañada.

Sabían que podía ocurrir y, aunque advertidos, decidieron arriesgarse a realizar esa excursión. Desde que saltó la noticia se había dado todo tipo de recomendaciones. Que no se saliera de casa, que se permaneciera con familiares y amigos, con acopio de alimentos. ¿Tan grave era la situación? Al parecer nadie había sobrevivido a su encuentro. Rondaba por cualquier esquina, matorral, al acecho de los incautos. Todos eran mirlos blancos. Todos eran potenciales víctimas de aquella fugitiva. Había que estar acompañados. Siempre había rondado por doquier pero ahora una muchedumbre había decidido acabar con ella. Y todos estaban asomados a aquellas ondas que irradiaban fuerza y valor para combatirla.

El camino parecía cerrarse por la inexplicable sombra que la noche proyectaba a través de los árboles, y sin embargo sabían que la única salida de aquel páramo en el que se encontraban era caminar por la senda hasta el puente del arroyo y después girar a la derecha por la pista forestal al término de la cual se encontraba su coche estacionado.

Su respiración acelerada dejaba poco espacio a la tranquilidad, más que por la prisa por el pánico que se anudaba a su estómago. Pero sabía que si por alguna razón les descubrían, esa relación que habían mantenido durante años se vendría abajo. Nunca habían aprobado esa sólida unión, voluntaria y sencilla. Llevaba tanto tiempo con ella que apenas ya la sentía, y sin embargo ahí estaba, siguiéndolo como una sombra como hacía siempre, agobiándole en determinadas ocasiones pero fiel como solamente ella sabía ser, apegada su existencia desde hacía años.

Ya visualizaba el coche cuando empezaron a abandonarle las fuerzas. Apenas entró en el habitáculo se sintió seguro y a ella a salvo, aunque aún quedaba volver a casa. Chirriaron las ruedas en el oscuro aparcamiento y se lanzó a toda velocidad por la pista de tierra, ansioso por encontrar refugio para los dos. Las curvas se presentaban ante ellos como trampas puestas ahí por esos oyentes que aún lejos del alcance de la radio él aún escuchaba, y él sólo intentaba sortearlas con el fin de llegar a un lugar seguro. Si es que lo había.

Fue llegando a la altura de la presa, en el último giro a la izquierda, exceso de velocidad o falta de visibilidad, la rueda derecha perdió adherencia y continuó su giro en el aire, seguida por el maletero y el resto del habitáculo. Por un segundo lanzó el brazo en un gesto de protección hacia el lado del acompañante y posó su mano en el asiento vacío. Después cayeron.

Cuando el equipo de rescate, ya bien entrada la mañana, encontró el coche accidentado, sólo pudieron certificar su deceso, un cuerpo inerte al lado de su inseparable soledad. Lograron escapar.