martes, 18 de septiembre de 2012

# 17 TINTA.




Era desplegar la vieja Olivetti, el vaso de güisqui y el cigarrillo humeante reposando en el cenicero de cristal y notar unas palpitaciones especiales en la punta de los dedos. Desde su buhardilla  en la rue Lepic, con la ventana entornada y sujeta con la lata de betún, Henri sentía una magia embriagadora en el momento de sentarse a la mesa. El opio de la noche anterior debía tener parte de la culpa.

“Escritor maldito”, “joven superlativo”, “las letras del exceso”…había recibido calificativos de esta índole en la prensa de París. Los mejores burdeles de la ciudad buscaban sus servicios para pequeños pasquines en los que describir la mercancía recién llegada de las colonias, y él, previo pago y cata del producto, hacía sonar las teclas de su máquina de escribir en una sinfonía acompasada, acompañado siempre del humo de su cigarro y de su vaso de güisqui.

Había escrito sobre lo peor de las calles de la ciudad de la luz, sobre las putas y trileros, sobre la vida de los callejones, sobre los lances de honor, sobre los efectos del opio, las miserias de la nobleza y las grandes fiestas del pueblo llano. Recorría las calles durante el ocaso con un cuaderno y una pluma sujetos bajo sus dedos teñidos ya para siempre de la tinta negra que le daba de comer. Y de beber. Se dejaba querer en los peores tugurios, entre licores, aguardientes y mujeres con una moral tan laxa como sus propios cuerpos. Hacía ya tiempo que se sabía de él. “Henri, cariño, pasa a tomar una copa con nosotras” le decían en las puertas de los burdeles tirándole de la manga. “Henri, escríbeme una carta de amor” le espetaban socarrones los parroquianos de Chez Margot.

Sabía que había llegado a donde quería, siempre buscando contar historias, siempre con un ansia distópica que le había hecho pensar en la muerte tantas veces como en una vuelta a la vida abrazado a su máquina de escribir. Sus sentimientos extremos chocaban como los hielos de su vaso, en cuyo fondo nunca llegaba a atisbar el reflejo de lo que debía ser su último escrito. Y pensaba despedirse a lo grande, como la culminación a una vida que no podía envejecer sin perder todo aquello que había atesorado. No podía permitirse el acomodo y vivir de una imagen que era incompatible con el estado contemplativo. Sentía la exigencia de responder con coherencia a lo que tantas veces había redactado, entre cuerpos de mujer y noches en vela ahogadas en alcohol. Hacía falta una traca final, una despedida que hiciera a la gente enmudecer y grabar a fuego en su memoria los calificativos que le habían regalado a modo de ofrenda.

Y ahí estaba, con su particular ritual, su vaso y la fina línea de humo que a modo de metrónomo le marcaba el compás, su Olivetti, sus dedos sudados y negros…

martes, 11 de septiembre de 2012

#16 LINDA.



No hubo rastro de los restos de Linda hasta que amaneció. Los equipos de rescate habían estado durante toda la tarde anterior, pero tuvieron que abandonar la búsqueda cuando la escasez de luz se lo impidió. Durante la noche, algunos pequeños grupos con perros se turnaron, pero no hallaron nada hasta el amanecer. José Enrique y su grupo, dos hombres más y tres perros, fueron los que encontraron lo que se temían. Creo que todos, de una manera u otra, habíamos mantenido la esperanza de que todo acabaría bien y que no sería más que una historia que contar a los hijos y éstos a su vez a los suyos, y así de generación en generación.

-Es única

En eso todos estuvimos de acuerdo la primera vez que la vimos. Enseguida fue adoptada como hija de todos y todas en la aldea. Y había leyes no escritas que regulaban todo lo que tenía que ver con Linda. Así la apodamos desde que la vimos por el mismo motivo.

-Es única. Es lindísima.

Se acordó en tales leyes que cualquier habitante mayor de edad, hombre o mujer, podía disponer durante dos horas de la compañía de Linda. Había de recogerla en su casa y devolverla al mismo sitio en un plazo máximo de dos horas. Y todos lo respetamos. Es cierto que Linda ya había desaparecido en otras ocasiones, pero no tanto tiempo. Y nunca había pasado la noche al relente.

-Es única. Es lindísima.
-Es nuestra.

Y en cuanto regresaba tras más de dos horas, se castigaba al acompañante con azotes en la plaza, y a Linda se la llevaba con su descubridor a su casa para comprobar si había sufrido algún daño. Si era así, su casero y descubridor la mimaba y establecía la cuarentena necesaria hasta la absoluta recuperación.

-Es única.

Muchos fueron los que se cansaron de que Linda fuera sólo ella, y así surgieron imitadoras. Enseguida fueron despreciadas puesto que no llegaban ni a la hermosura, ni a la autenticidad de la modelo.

-Es lindísima.

Muchos fueron los que perdieron la cabeza creyendo que fugarse con ella sería la mayor aventura que jamás un hombre haya corrido, pero fueron pronto convencidos de que no era posible tal empresa por dos motivos. Linda no estaba preparada para ello y el resto de la aldea tampoco.

-Es nuestra.

Surgió un espíritu único de protección hacia Linda, que poco importara que se tratase de una bicicleta, porque era única entre nosotros, era hermosa y así la llamamos, y lo más importante es que era nuestra. Cuando desapareció toda la noche y José Enrique la halló en la madrugada siguiente en semejante estado, él mismo relató cómo se le saltaban las lágrimas de los ojos, cómo los canes llegaron ladrando hasta donde se encontraba arrojada y enmudecieron de golpe para comenzar a aullar un réquiem de tristeza. El equipo de rescate recogió con sumo cuidado los restos de metal y madera y los llevaron tan ágilmente como pudieron hasta la casa del descubridor, que se echó las manos a la cabeza nada más verla y pidió que le dejaran a solas con Linda. Nunca nos hemos preguntado qué fue de Jacinta, la anciana que había salido aquella tarde con Linda, pero sabemos que Linda nunca volvió a ser la misma, ya no pudo admitir más compañía y los demás nos tuvimos que conformar con las imitaciones que entonces sí prosperaron. Una pena.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

# 15 BABOU.




Babou aún recordaba su infancia en Dolo Odo, en el límite entre Somalia y Etiopía, cuando cada tarea era un esfuerzo al alcance de pocos. Los pocos que sobrevivían a las tareas cotidianas debían enfrentarse a un clima extremo, a una alimentación pobre y a incursiones esporádicas de las tribus vecinas.

Pocos de sus amigos habían sobrevivido y los que lo hicieron fueron escapando de aquella región a través de las fronteras, la mayoría hacia Kenia, los menos afortunados buscando trabajo en barcos de pesca somalíes. Babou eligió un camino más duro, casi tanto como el que recorría su madre cada mañana para llenar las sucias vasijas con agua del pozo que había a ocho kilómetros del pueblo. Desde muy pequeño su madre le insistió en la necesidad de ir a la escuela, y por mucho que él aspirara a convertirse en pastor nómada, como lo era su padre y lo había sido su abuelo, nunca hubo forma de conseguir que la que mandaba en casa cambiara de opinión. A su padre apenas le veía. Recorría el país durante la época de lluvias, escasas por otro lado, y se instalaba cerca de la frontera keniata el resto del año. Allí vendía las cabras famélicas a un precio irrisorio a los comerciantes de la zona. Si había suerte algún grupo de turistas despistados le pagaban un par de birr por hacerse una foto con él. Lo que conseguía reunir lo llevaba  casa, cuando iba, dos veces al año, una de ellas siempre coincidiendo con el cumpleaños de Babou. El 21 de marzo.

A Babou le gustaban mucho las plumas de ave, y debido al agobiante ambiente y al mal olor que se desprendía de la quema de desechos en las cercanías de Dolo Odo, era muy difícil encontrar aves en su pueblo. Con las pocas que conseguía escribía en los cuadernos que le traía su padre, mojadas en sangre de gallina, esas gallinas que correteaban por las calles y que debido a la falta de magro no servían ni para comer. Pero sí se usaban para los rituales, y aunque le producían un miedo atroz, Babou se acercaba a las chozas de los brujos para hacerse con un poco de su tinta roja. Los cuadernos solían ser de extrañas marcas de publicidad que su padre pedía a los extranjeros en la frontera. Alguno de esos cuadernos junto con plumas de aves que jamás había visto antes eran el mejor regalo que podía recibir Babou con el comienzo de cada primavera. Eso, y ver llegar a su padre con las pocas cabras que no habían sido vendidas y que habían sobrevivido al viaje.

Doce kilómetros a pie hacía Babou cada mañana para llegar a la escuela. La habían fundado unos curas italianos que se asentaron en Etiopía tras la breve colonización en los años treinta. Las tropas se marcharon pero ellos permanecieron en los peores suburbios de las ciudades y en las pequeñas aldeas. Doce kilómetros que hacía aún de noche a ratos caminando a ratos corriendo. Poco veía, y sus referencias eran las estrellas, aunque ya cuando contaba con seis años podía hacer el camino con los ojos cerrados. Cinco horas de clase y una comida completa era la recompensa de tan largo viaje. A Babou siempre le gustaron las clases de ortografía y gramática, encontraba un valor especial entre los símbolos, las letras, las palabras. Poco más aprendía en ese colegio, un poco de matemáticas, algo de geografía y unas horas de italiano que estaban obligados a hacer. E historia de Etiopía. No fue hasta años más tarde cuando se dio cuenta de la importancia de saber de la historia y de dónde venimos como arma para enfrentarse hacia el dónde vamos.

Cuando los demás niños daban patadas a esa bola de trapo en el descanso, Babou se refugiaba bajo la chapa de la entrada y escribía sus cuentos sobre las aves que migraban de norte a sur, recorriendo todo el continente. Se veía a sí mismo viajando por las ciudades del oeste llegando a Moyalé, cruzando la frontera de Kenia hasta llegar al lago Victoria, podía sentir el caminar de las migraciones por la sabana, después subía hacia el norte y siempre cerraba el cuaderno cuando se topaba con el mediterráneo. Para el suponía una frontera silenciosa que no se podía franquear. Y terminaba las clases para después volver absorto hacia Dolo Odo, pensando en ese mar que tanto le imponía.

Su infancia pasó entre cuadernos y plumas, relatos y cuentos, aventuras que contaba a su madre cada noche antes de dormir en un intercambio de papeles que a su progenitora le inspiraba la misma ternura que preocupación. Había que buscar a Babou un oficio, uno de provecho que le sirviera para asentarse en el pueblo el día de mañana y conseguir, a duras penas como el resto de sus vecinos, comida y agua que llevarse a la boca. Descartado lo de ser pastor, sólo le quedaba una opción como a la mayoría de sus compatriotas. La agricultura. Costaba imaginarse las manos de Babou, esas que con tanta delicadeza sostenían las plumas con las que reinventaba una y otra vez su propia existencia, asiendo una azada y golpeando la tierra seca.

Miheret miraba preocupada cada mañana marchar a Babou hacia la escuela, sabía que el camino que emprendía a diario no lo sería más una vez cumpliera los dieciséis. Entonces, según la tradición local, se le buscaría una esposa, futura esposa, y se le asignaría un oficio del que vivir y alimentar a la prole el resto de sus días. A falta de dos primaveras para que llegara tal día, Miheret no tenía con quién compartir sus pesares ni sus silenciosos sollozos nocturnos, cautos por no quebrar el descanso de su hijo. Aún quedaban semanas para que su marido volviera y su preocupación iba en aumento cada vez que la pasión por los relatos y los cuentos que demostraba Babou se hacía mayor. Había logrado reunir a los niños del poblado en torno a un quinqué todos los martes por la tarde para contarles relatos, sus historias nacidas de sus paseos, de las migraciones de sus aves, de los tiempos que compartía con su madre y de las llegadas de su padre. Para Babou todo era fuente de inspiración, la vida en sí era un relato. Los más pequeños esperaban inquietos que llegara la cita semanal, algunos incluso se aventuraban a escribir cuentos cortos, de unas pocas líneas para compartirlas en el grupo. Otros le pedían a Babou un relato sobre un  tema en particular, sobre las lluvias que no llegaban, sobre el Mar que nunca atravesarían… Ese Mar hacía que Babou se quedara absorto, con la mirada perdida, callado…

- ¡Babou! Tenemos que irnos.

Su madre ya anciana, elegantemente vestida con su habesha qemis esperaba en la puerta de la habitación del Hotel mientras Babou, a sus cuarenta y siete, asía con las mismas manos finas y delicadas de su infancia, su discurso de agradecimiento por el galardón que estaba a punto de recibir, un premio a sus letras, a sus cuentos, a su vida descrita en tinta roja con plumas de ave, en el Teatro Campoamor de Oviedo.

miércoles, 29 de agosto de 2012

# 14 VIDA PERRA.



Cuando mi madre me habló sobre el justo premio que habría de obtener en la otra vida por las buenas acciones que hiciera, sin duda olvidó mencionar el desproporcionado castigo que tendría en ésta por una sola mala opción. En esto iba pensando la madrugada que me desperté empapado, tiritando y muerto de hambre. En un día de lluvia te despertabas empapado aunque estuvieras debajo de un puente. O si no llovía, pero habías conseguido un portal, lo mismo te despertaba una patada que un escobazo. Era la hora de empezar a buscar por las papeleras y sus aledaños. Para un vagabundo como yo, el desayuno solía resultar más sencillo de encontrar en esos lugares. La gente que iba con prisa a su lugar de trabajo, la mayoría de las veces no terminaban su sandwich o su bollo o su pieza de fruta, y allí era donde la arrojaban antes de meterse en los edificios que los engullían a ellos. Las noches eran diferentes. La pasada noche me acerqué al contenedor de basura habitual. Era uno que se situaba cerca de un hotel de baja calidad pero que tenía restaurante. Eso favorecía el que tuvieran que tirar sus desperdicios en contenedores fuera de sus dependencias un rato antes de que se acercara el camión de la basura a llevarse todo lo que ellos desechaban, muchas veces simples restos de comida que los clientes no apreciaban, y otras simplemente comida que ya no se podía conservar durante más tiempo y tampoco se podía ofrecer a la exigente clientela. Era una vida perra, pero era la que me había tocado. Recoger esa basura, que para mí podía resultar en ocasiones un auténtico banquete de manjares, tenía sus riesgos y había que conocerlos. En múltiples reyertas con otros vagabundos me había visto envuelto sin yo buscarlo, pero claro, la comida era nuestro oro, y se daban casos de vagabundos que no sólo cazaban para comer y ya estaba, sino que cogían todo lo que estaba a su alcance para llevárselo a su jefe. Super-vagabundos que de algún modo se habían proclamado dueños y señores de determinados contenedores de basura y los explotaban. Eso sí, no ellos mismos, sino que enviaban a sus pupilos, generalmente jóvenes y aún fuertes, a recoger todo lo que pudieran para llevárselo a él. Él a cambio ofrecía su protección mediante otros soldados que cobraban en forma de alimentos. Es decir, el círculo se cerraba allí mismo, pero todas aquellas cabezas huecas necesitaban del cerebro de otra sin escrúpulos que lo organizase y supiese controlar. Y así se creaban esas mafias. Muchas magulladuras y costillas rotas había sufrido mi cuerpo por aquellas asociaciones de las que nunca había formado parte. Así que había que ser cauto y conocer con quién buscabas comida a tu lado. Mi conclusión era que las espaldas propias estaban más a salvo cuando las guardaba uno mismo. Había llegado a ver cómo estos animales daban el finiquito a algún compañero porque éste ya no ejercía sus funciones adecuadamente o tenía alguna debilidad con una supuesta víctima. Sin duda, las noches eran peligrosas, pero era lo que había si querías encontrar comida y no irte debilitando y dejándote morir.

Pero los días tampoco te mantenían a salvo completamente. Al contrario, casi había que estar con más ojos que por la noche, ya que podía llegar un peligro inesperado en cualquier momento. Incluso en el propio descanso. Sé que es generalizar, pero los niños y los jóvenes eran terroristas en potencia. Cada cual a su manera. Grandes carreras me he pegado delante de niños que me trataban de apedrear simplemente por el gustazo de ver quién tenía más puntería o de echarse unas risas. Pero los jóvenes... A un compañero mío le quemaron vivo rociándole con gasolina y arrojándole una cerrilla. A los perros vagabundos no se nos ha apreciado nunca. Decían que contagiábamos enfermedades, o que teníamos la rabia. Ha habido mucha habladuría a este respecto. Creo que algunos tuvieron suerte cuando los servicios municipales les capturaron y alguna familia de bien les acogió como mascota. Los demás al poco tiempo eran sacrificados o usados para experimentos en laboratorios. Mi caso fue de los que nació ya dentro de una familia de bien. Y mi mala opción fue la de creer que mi vida estaría a salvo para siempre. Cuando mi madre murió me quedé yo solo con ellos. Pero al poco tiempo debieron creer que ya era un estorbo, porque en un viaje hacia la playa se olvidaron de lo que me querían y de lo que les quería yo a ellos. Pararon el coche como tantas otras veces, me hicieron bajar para hacer mis necesidades como tantas otras veces y cuando regresé pude ver cómo el coche se alejaba a gran velocidad para no volver. En ocasiones volví al lugar donde me habían sacado por ver si era cierto que se habían despistado y me habían olvidado, pero no fue así. Ya nunca más volví por allí y sobreviví por mi cuenta junto con más compañeros. Si digo que llevo una vida perra es que sé lo que digo.

miércoles, 22 de agosto de 2012

#13 HUÍDA.



Salieron de noche con lo puesto, camiseta, vaqueros y unas chanclas que dejaban entrever los pies curtidos por mil caminatas. Le punzaba una terrible inquietud generada por aquella noticia tantas veces temida y que acaba de escuchar en aquel programa de radio, de esos que llaman de autoayuda y que no es sino un punto de encuentro de pobres insomnes. Cogió la mochila, la cantimplora y salieron del refugio dejando atrás la estancia a oscuras.

Apenas se veía. Sus pupilas terminaron por dilatarse al cabo de un rato y entre la penumbra distinguieron el camino que les había traído al refugio la tarde anterior, tarde de placer que dirían algunos. Un paseo por el campo para despejarse de las preocupaciones diarias, magnificadas en esos tiempos de incertidumbre y que no les dejaban conciliar el sueño en su casa de la gran ciudad. Una ciudad con el traqueteo típico de las grandes ciudades y en la que en el fondo ella pasaba desapercibida, y paradójicamente, acompañada.

Sabían que podía ocurrir y, aunque advertidos, decidieron arriesgarse a realizar esa excursión. Desde que saltó la noticia se había dado todo tipo de recomendaciones. Que no se saliera de casa, que se permaneciera con familiares y amigos, con acopio de alimentos. ¿Tan grave era la situación? Al parecer nadie había sobrevivido a su encuentro. Rondaba por cualquier esquina, matorral, al acecho de los incautos. Todos eran mirlos blancos. Todos eran potenciales víctimas de aquella fugitiva. Había que estar acompañados. Siempre había rondado por doquier pero ahora una muchedumbre había decidido acabar con ella. Y todos estaban asomados a aquellas ondas que irradiaban fuerza y valor para combatirla.

El camino parecía cerrarse por la inexplicable sombra que la noche proyectaba a través de los árboles, y sin embargo sabían que la única salida de aquel páramo en el que se encontraban era caminar por la senda hasta el puente del arroyo y después girar a la derecha por la pista forestal al término de la cual se encontraba su coche estacionado.

Su respiración acelerada dejaba poco espacio a la tranquilidad, más que por la prisa por el pánico que se anudaba a su estómago. Pero sabía que si por alguna razón les descubrían, esa relación que habían mantenido durante años se vendría abajo. Nunca habían aprobado esa sólida unión, voluntaria y sencilla. Llevaba tanto tiempo con ella que apenas ya la sentía, y sin embargo ahí estaba, siguiéndolo como una sombra como hacía siempre, agobiándole en determinadas ocasiones pero fiel como solamente ella sabía ser, apegada su existencia desde hacía años.

Ya visualizaba el coche cuando empezaron a abandonarle las fuerzas. Apenas entró en el habitáculo se sintió seguro y a ella a salvo, aunque aún quedaba volver a casa. Chirriaron las ruedas en el oscuro aparcamiento y se lanzó a toda velocidad por la pista de tierra, ansioso por encontrar refugio para los dos. Las curvas se presentaban ante ellos como trampas puestas ahí por esos oyentes que aún lejos del alcance de la radio él aún escuchaba, y él sólo intentaba sortearlas con el fin de llegar a un lugar seguro. Si es que lo había.

Fue llegando a la altura de la presa, en el último giro a la izquierda, exceso de velocidad o falta de visibilidad, la rueda derecha perdió adherencia y continuó su giro en el aire, seguida por el maletero y el resto del habitáculo. Por un segundo lanzó el brazo en un gesto de protección hacia el lado del acompañante y posó su mano en el asiento vacío. Después cayeron.

Cuando el equipo de rescate, ya bien entrada la mañana, encontró el coche accidentado, sólo pudieron certificar su deceso, un cuerpo inerte al lado de su inseparable soledad. Lograron escapar.

miércoles, 15 de agosto de 2012

#12 DEPRESIÓN POSTVACACIONAL.




La reentrada ha sido como esperaba: café con los compañeros, anécdotas variadas de todos los colores que han versado sobre las vacaciones, reunión con el jefe y depresión postvacacional. Le he dedicado un tiempo a pensar en cuál de las primeras tres cosas influye o provoca directamente la cuarta. El café es malo, pero no como para una depresión. La reunión con el jefe como de costumbre. Ramírez o Gómez o Pérez, espero que haya descansado y repuesto fuerzas, porque este final de año va a ser duro. Bla, bla, bla... los proveedores, blablá... los directores, blablablablá... los presuepuestos. ¿Es consciente de la actual situación, no de ésta, sino de todas las empresas? Bla, bla, bla... crisis, blablá... concurso de acreedores, blablablablá... su puesto de trabajo. Sin embargo, bla bla bla... yo también blablá... aunando esfuerzos, blablablablá... apretarnos el cinturón. Y en eso queda el tema: mi cinturón más apretado aún de lo que ya estaba, y él ancho como una oronda sandía. Lo de siempre, ninguna sorpresa. Así que llego a la conclusión de que lo que me hunde en la miseria son las anécdotas vacacionales. Anécdotas se suceden a lo largo de todo el año, pero parece como si la gente no supiera o no tuviera otra cosa que hacer en su periodo estival más que coleccionar historietas. Y a pesar de ser todas de la misma índole o temática por lo general, una vez dada la salida, parece el concurso de "la anécdota más completa y graciosa". Y siempre la última contada ha de superar a la anterior en número de detalles, entidad de los mismos y, por supuesto, provocación de admiración o risas. "Mi hijo Juan se montó en una colchoneta, vino una ola, y lo tiró contra la arena". "Pues mi chaval, que ya tiene nueve años, estaba de pie sobre una tabla de esas de corcho, llegó un ventarrón de levante que se veía como se llevaba primero la resaca el agua, y cuando lo recogimos en la playa debía haber tragado por lo menos diez litros, no te exagero". "A mí me pasó parecido en la Costa Brava cuando alquilé una moto de agua con un coleguita mío, y como íbamos de empalmada no nos dimos cuenta de que nos había arrollado un barco hasta que una de las hélices le cortó una pierna a mi colega éste, pero por suerte desde el barco se dieron cuenta. Y resultó que eran una pandilla de diez doctoras suecas que se habían venido para acá de vacaciones, le reimplantaron a mi colega éste que os digo la pierna y el resto del viaje te puedes imaginar allí con todas aquellas rubias espectaculares dispuestas a resarcir los daños del accidente". Y entonces es cuando me entran ganas de vomitar del asco. Pero para dentro, porque siempre está el típico que quiere provocarte y te pregunta por tus vacaciones, así como venga, venga, supera ésa si puedes. "Pues yo muy tranquilo en el pueblo, oyendo a los grillos por la noche y a las chicharras por el día, justo al contrario de lo que me pasa cuando llego aquí, que oigo grillos de día y a la chicharra de mi mujer por la noche cuando llego a casa". "¡Ja, ja, ja, cómo eres Ramírez, o Gómez, o Pérez!" "¡Tú si que eres un cachondo!" Así que con media sonrisa me doy la vuelta y me dispongo a concentrarme el la ardua lectura de mis correos electrónicos acumuados, hasta que se me acerca la especimen femenino del batallas, y me pregunta si mi mujer me ha dado las fotos para que las enseñe. "No, Pili, aún no, pero en cuanto lo haga te las enseño". "¡Ah, pues espera que te voy a dar yo éstas para que se las lleves y las véis! Mira, ésta es la de cuando Pepe se durmió borracho en la terracita. Aquí es cuando la policía local le detuvo por escándalo público, no te imaginas qué bochorno. Y ésta cuando se le meó un perró en la playa mientras echaba una cabezadita, ji, jí. Pobrecito mío".

Y nada más sonreír y girarme, me dan ganas de pegarme un tiro en el primer día de trabajo, o de volver a hablar con mi jefe y que me diga blablá... los números, blablá... la letra pequeña. O incluso, si le echo huevos, de tomarme otro café en la cafetería, solo, doble.

miércoles, 8 de agosto de 2012

#11 EL ODIO Y LAS COSAS MAL HECHAS.


Nota: Ahora no es sólo el ilustrador el que está ausente, sino que lo estamos el resto,  así que apañamos la cabecera como buenamente podemos hasta el regreso. Mil disculpas por la parte estética, esperamos compensarlo con la tecla.

Mi padre siempre decía que yo era de filias y de fobias. No sólo no tenía razón sino que le odiaba cuando lo hacía. Yo no era de filias, de hecho pocas veces sentía atracción o cualquier tipo de interés por el otro. No sólo me irritaban los semejantes sino que llegué al punto de que el perro que me compraron para la terapia me soliviantaba sobremanera.

La mañana que decidí que ni siquiera me aguantaba  mí mismo compré una cuerda y un taburete. De esos baratos con patas metálicas que se doblan con mirarlas. No me convencía, pues si había algo peor que detestarse a uno mismo, eso era hacer el ridículo en la última puesta de largo. Aunque bien pensado me odiaría hasta el final. Y después.

El dependiente me miró de soslayo entre la preocupación y el miedo cuando me puse encima y me así con fuerza la parte trasera de la camiseta llegando a ponerme de puntillas. Supuse que aguantaría, además tampoco iba a dilatar mucho la escena, porque si había algo que odiaba eran las esperas largas. Un taburete blanco y sencillo. Barato. Que aunque de poco me serviría el poderoso caballero después de mi cita, siempre había resultado un poco cutre. Odiaba gastar dinero.

 La cuerda resistente, plastificada, tipo montañero. No sabía si el color sería relevante para que la escena inspirara cierta armonía en el momento del hallazgo. ¿Las personas repararán en esos detalles cuando descubren escenas macabras? Tenía dudas. Estuve en la tienda mirando el plantel de cuerdas barajando las diferentes combinaciones. Nunca había entendido de esas cosas. El taburete era blanco y en cuanto a la ropa no lo había decidido. Como no podía ser de otra manera odiaba la ropa y mucho más el hecho de ir a comprarla. Así que el estar eligiendo una cuerda que aguantara ochenta kilos caídos a plomo, recordaba el irritante hastío que sentí cuando tuve que elegir una tela para tapizar el sofá. El que no haya realizado esta acción no tiene ni idea de la cantidad de trocitos de tela que caben en una tienda, por minúscula que ésta sea.

- ¿Puedo ayudarle?- La amable dependienta había hecho dos cosas, una buena y otra mala. La buena acercarse, rauda y disciplinada. La mala tratarme de usted. Odiaba que las personas más jóvenes que yo me trataran como a su padre.

Ni la respondí. La miré con media sonrisa y volví a fijar mi preocupada vista en las cuerdas. Pensé que la negra estaría bien, siempre había escuchado eso de que “el negro pega con todo” y además era un color apropiado para la escena. Aquello no iba a parecer un carnaval, pero al fin y al cabo tampoco lo era. Siempre había odiado los carnavales.

Bien. Ya tenía todo listo. Taburete, cuerda, un buen anclaje en el techo de mi habitación y solo me quedaba decidir la ropa. Para disgustos ajenos nunca decidía lo que me iba a enfundar con antelación, siempre sobre la marcha, normalmente obviando las tendencias y modas, no por dejadez, más bien por ignorancia. No obstante odiaba las modas y cánones establecidos. Me hubiera encantado hacerlo desnudo, al fin y al cabo si llegamos al mundo en pelotas no veo porqué no podemos dejarlo igual en una hermosa parábola sobre el paso del tiempo. Además algo había escuchado sobre los efectos de la presión sobre el gaznate en un miembro de nivel inferior, y aunque me hacía gracia hacer este tránsito con todo izado, pensé en mi madre y no quise añadir a su previsible disgusto, la vergüenza ajena que por otro lado nunca había escondido del todo.

Esto era un tema serio y zanjé el asuntillo de la vestimenta cogiendo una camiseta negra (al final se iba a identificar todo con una escena gótica, pero en fin…) y unos pantalones rojos. Sí, rojos. ¿Por qué? Porque me daba la gana, un contrapunto macarra, así ceñidos, por aquello de no perder del todo el efecto del izado.

Ahora sí, sabiendo que yo era un ser inestable, poco regular, con falta de motivaciones, aspiraciones y deseos, así como una facilidad pasmosa para dejar las cosas a medias, decidí iniciar el ritual. Puse el taburete en mitad de la sala, justo debajo de la argolla que hasta hacía unas horas sujetaba una lámpara cutre de papel. Me senté en él, y empecé con la cuerda a hacer el nudo del ahorcado, que obviamente la persona que le puso nombre no estuvo quince días dándole al coco, pues es un nudo que sirve para ahorcar. Cuánto caradura había suelto, y yo, que en el fondo de mi decrepitud no dejaba de ser un tío de provecho (odiar casi todo tiene su trabajo y de vez en cuando genera críticas de provecho) iba a darme pasaporte porque sí, porque ya no me aguantaba.

Estaba el nudo, el taburete, mis pantalones rojos bien ceñidos y la camiseta negra. Me aseguré de cerrar la puerta con cerrojo, eso me daría algunos minutos más. Aunque tenía un par de horas antes de que mi madre llegara a casa. Le había dejado comida y agua al dichoso perro, el cual basándose supongo en ese sentido especial de los canes, no hacía más que lloriquear en la parte exterior de mi habitación. Vale. Alcancé a hacer un nudo en la argolla del techo, me coloqué el otro extremo alrededor del cuello, me asenté bien sobre el taburete y miré al frente. Dos cosas me sorprendieron. La primera fue mi tranquilidad. No me había alterado ni un poco, era como si me diera igual. Lo que no me dio igual fue la segunda sorpresa, es más, más que sorpresa se trataba de un fraude. Ahí estaba yo, con los pies en el borde del taburete a punto de lanzarme al vacío (es una forma de hablar), de escribir la última línea en este tránsito, de poner un odioso y repugnante punto final a mi decadencia…y nada, ni túnel con una luz al final, ni mi vida en imágenes, ni nada de nada. Lo que os digo, un fraude. Que por otro lado buena gana tenía yo de ver mi vida en imágenes cuando lo que estaba haciendo es desterrar esas imágenes que tanto me habían atormentado. Dado por culo, para entendernos, pero contado así con palabras bonitas suena mejor, aunque reconozco que se ajusta mejor la segunda definición. Pero una cosa no quita la otra, y esto era una estafa.

Había llegado el momento, no lo pensé dos veces y salté. Lo siguiente que recuerdo fue el odioso can lamiéndome la cara y moviendo el rabo a la misma velocidad, mientras yacía yo en una alfombra de cascotes y yeso. Cuánto odiaba que no se hicieran casas como las de antes.