miércoles, 15 de agosto de 2012

#12 DEPRESIÓN POSTVACACIONAL.




La reentrada ha sido como esperaba: café con los compañeros, anécdotas variadas de todos los colores que han versado sobre las vacaciones, reunión con el jefe y depresión postvacacional. Le he dedicado un tiempo a pensar en cuál de las primeras tres cosas influye o provoca directamente la cuarta. El café es malo, pero no como para una depresión. La reunión con el jefe como de costumbre. Ramírez o Gómez o Pérez, espero que haya descansado y repuesto fuerzas, porque este final de año va a ser duro. Bla, bla, bla... los proveedores, blablá... los directores, blablablablá... los presuepuestos. ¿Es consciente de la actual situación, no de ésta, sino de todas las empresas? Bla, bla, bla... crisis, blablá... concurso de acreedores, blablablablá... su puesto de trabajo. Sin embargo, bla bla bla... yo también blablá... aunando esfuerzos, blablablablá... apretarnos el cinturón. Y en eso queda el tema: mi cinturón más apretado aún de lo que ya estaba, y él ancho como una oronda sandía. Lo de siempre, ninguna sorpresa. Así que llego a la conclusión de que lo que me hunde en la miseria son las anécdotas vacacionales. Anécdotas se suceden a lo largo de todo el año, pero parece como si la gente no supiera o no tuviera otra cosa que hacer en su periodo estival más que coleccionar historietas. Y a pesar de ser todas de la misma índole o temática por lo general, una vez dada la salida, parece el concurso de "la anécdota más completa y graciosa". Y siempre la última contada ha de superar a la anterior en número de detalles, entidad de los mismos y, por supuesto, provocación de admiración o risas. "Mi hijo Juan se montó en una colchoneta, vino una ola, y lo tiró contra la arena". "Pues mi chaval, que ya tiene nueve años, estaba de pie sobre una tabla de esas de corcho, llegó un ventarrón de levante que se veía como se llevaba primero la resaca el agua, y cuando lo recogimos en la playa debía haber tragado por lo menos diez litros, no te exagero". "A mí me pasó parecido en la Costa Brava cuando alquilé una moto de agua con un coleguita mío, y como íbamos de empalmada no nos dimos cuenta de que nos había arrollado un barco hasta que una de las hélices le cortó una pierna a mi colega éste, pero por suerte desde el barco se dieron cuenta. Y resultó que eran una pandilla de diez doctoras suecas que se habían venido para acá de vacaciones, le reimplantaron a mi colega éste que os digo la pierna y el resto del viaje te puedes imaginar allí con todas aquellas rubias espectaculares dispuestas a resarcir los daños del accidente". Y entonces es cuando me entran ganas de vomitar del asco. Pero para dentro, porque siempre está el típico que quiere provocarte y te pregunta por tus vacaciones, así como venga, venga, supera ésa si puedes. "Pues yo muy tranquilo en el pueblo, oyendo a los grillos por la noche y a las chicharras por el día, justo al contrario de lo que me pasa cuando llego aquí, que oigo grillos de día y a la chicharra de mi mujer por la noche cuando llego a casa". "¡Ja, ja, ja, cómo eres Ramírez, o Gómez, o Pérez!" "¡Tú si que eres un cachondo!" Así que con media sonrisa me doy la vuelta y me dispongo a concentrarme el la ardua lectura de mis correos electrónicos acumuados, hasta que se me acerca la especimen femenino del batallas, y me pregunta si mi mujer me ha dado las fotos para que las enseñe. "No, Pili, aún no, pero en cuanto lo haga te las enseño". "¡Ah, pues espera que te voy a dar yo éstas para que se las lleves y las véis! Mira, ésta es la de cuando Pepe se durmió borracho en la terracita. Aquí es cuando la policía local le detuvo por escándalo público, no te imaginas qué bochorno. Y ésta cuando se le meó un perró en la playa mientras echaba una cabezadita, ji, jí. Pobrecito mío".

Y nada más sonreír y girarme, me dan ganas de pegarme un tiro en el primer día de trabajo, o de volver a hablar con mi jefe y que me diga blablá... los números, blablá... la letra pequeña. O incluso, si le echo huevos, de tomarme otro café en la cafetería, solo, doble.

miércoles, 8 de agosto de 2012

#11 EL ODIO Y LAS COSAS MAL HECHAS.


Nota: Ahora no es sólo el ilustrador el que está ausente, sino que lo estamos el resto,  así que apañamos la cabecera como buenamente podemos hasta el regreso. Mil disculpas por la parte estética, esperamos compensarlo con la tecla.

Mi padre siempre decía que yo era de filias y de fobias. No sólo no tenía razón sino que le odiaba cuando lo hacía. Yo no era de filias, de hecho pocas veces sentía atracción o cualquier tipo de interés por el otro. No sólo me irritaban los semejantes sino que llegué al punto de que el perro que me compraron para la terapia me soliviantaba sobremanera.

La mañana que decidí que ni siquiera me aguantaba  mí mismo compré una cuerda y un taburete. De esos baratos con patas metálicas que se doblan con mirarlas. No me convencía, pues si había algo peor que detestarse a uno mismo, eso era hacer el ridículo en la última puesta de largo. Aunque bien pensado me odiaría hasta el final. Y después.

El dependiente me miró de soslayo entre la preocupación y el miedo cuando me puse encima y me así con fuerza la parte trasera de la camiseta llegando a ponerme de puntillas. Supuse que aguantaría, además tampoco iba a dilatar mucho la escena, porque si había algo que odiaba eran las esperas largas. Un taburete blanco y sencillo. Barato. Que aunque de poco me serviría el poderoso caballero después de mi cita, siempre había resultado un poco cutre. Odiaba gastar dinero.

 La cuerda resistente, plastificada, tipo montañero. No sabía si el color sería relevante para que la escena inspirara cierta armonía en el momento del hallazgo. ¿Las personas repararán en esos detalles cuando descubren escenas macabras? Tenía dudas. Estuve en la tienda mirando el plantel de cuerdas barajando las diferentes combinaciones. Nunca había entendido de esas cosas. El taburete era blanco y en cuanto a la ropa no lo había decidido. Como no podía ser de otra manera odiaba la ropa y mucho más el hecho de ir a comprarla. Así que el estar eligiendo una cuerda que aguantara ochenta kilos caídos a plomo, recordaba el irritante hastío que sentí cuando tuve que elegir una tela para tapizar el sofá. El que no haya realizado esta acción no tiene ni idea de la cantidad de trocitos de tela que caben en una tienda, por minúscula que ésta sea.

- ¿Puedo ayudarle?- La amable dependienta había hecho dos cosas, una buena y otra mala. La buena acercarse, rauda y disciplinada. La mala tratarme de usted. Odiaba que las personas más jóvenes que yo me trataran como a su padre.

Ni la respondí. La miré con media sonrisa y volví a fijar mi preocupada vista en las cuerdas. Pensé que la negra estaría bien, siempre había escuchado eso de que “el negro pega con todo” y además era un color apropiado para la escena. Aquello no iba a parecer un carnaval, pero al fin y al cabo tampoco lo era. Siempre había odiado los carnavales.

Bien. Ya tenía todo listo. Taburete, cuerda, un buen anclaje en el techo de mi habitación y solo me quedaba decidir la ropa. Para disgustos ajenos nunca decidía lo que me iba a enfundar con antelación, siempre sobre la marcha, normalmente obviando las tendencias y modas, no por dejadez, más bien por ignorancia. No obstante odiaba las modas y cánones establecidos. Me hubiera encantado hacerlo desnudo, al fin y al cabo si llegamos al mundo en pelotas no veo porqué no podemos dejarlo igual en una hermosa parábola sobre el paso del tiempo. Además algo había escuchado sobre los efectos de la presión sobre el gaznate en un miembro de nivel inferior, y aunque me hacía gracia hacer este tránsito con todo izado, pensé en mi madre y no quise añadir a su previsible disgusto, la vergüenza ajena que por otro lado nunca había escondido del todo.

Esto era un tema serio y zanjé el asuntillo de la vestimenta cogiendo una camiseta negra (al final se iba a identificar todo con una escena gótica, pero en fin…) y unos pantalones rojos. Sí, rojos. ¿Por qué? Porque me daba la gana, un contrapunto macarra, así ceñidos, por aquello de no perder del todo el efecto del izado.

Ahora sí, sabiendo que yo era un ser inestable, poco regular, con falta de motivaciones, aspiraciones y deseos, así como una facilidad pasmosa para dejar las cosas a medias, decidí iniciar el ritual. Puse el taburete en mitad de la sala, justo debajo de la argolla que hasta hacía unas horas sujetaba una lámpara cutre de papel. Me senté en él, y empecé con la cuerda a hacer el nudo del ahorcado, que obviamente la persona que le puso nombre no estuvo quince días dándole al coco, pues es un nudo que sirve para ahorcar. Cuánto caradura había suelto, y yo, que en el fondo de mi decrepitud no dejaba de ser un tío de provecho (odiar casi todo tiene su trabajo y de vez en cuando genera críticas de provecho) iba a darme pasaporte porque sí, porque ya no me aguantaba.

Estaba el nudo, el taburete, mis pantalones rojos bien ceñidos y la camiseta negra. Me aseguré de cerrar la puerta con cerrojo, eso me daría algunos minutos más. Aunque tenía un par de horas antes de que mi madre llegara a casa. Le había dejado comida y agua al dichoso perro, el cual basándose supongo en ese sentido especial de los canes, no hacía más que lloriquear en la parte exterior de mi habitación. Vale. Alcancé a hacer un nudo en la argolla del techo, me coloqué el otro extremo alrededor del cuello, me asenté bien sobre el taburete y miré al frente. Dos cosas me sorprendieron. La primera fue mi tranquilidad. No me había alterado ni un poco, era como si me diera igual. Lo que no me dio igual fue la segunda sorpresa, es más, más que sorpresa se trataba de un fraude. Ahí estaba yo, con los pies en el borde del taburete a punto de lanzarme al vacío (es una forma de hablar), de escribir la última línea en este tránsito, de poner un odioso y repugnante punto final a mi decadencia…y nada, ni túnel con una luz al final, ni mi vida en imágenes, ni nada de nada. Lo que os digo, un fraude. Que por otro lado buena gana tenía yo de ver mi vida en imágenes cuando lo que estaba haciendo es desterrar esas imágenes que tanto me habían atormentado. Dado por culo, para entendernos, pero contado así con palabras bonitas suena mejor, aunque reconozco que se ajusta mejor la segunda definición. Pero una cosa no quita la otra, y esto era una estafa.

Había llegado el momento, no lo pensé dos veces y salté. Lo siguiente que recuerdo fue el odioso can lamiéndome la cara y moviendo el rabo a la misma velocidad, mientras yacía yo en una alfombra de cascotes y yeso. Cuánto odiaba que no se hicieran casas como las de antes.

miércoles, 1 de agosto de 2012

#10 DESMONTANDO URGENCIAS




El último intento que llevé a cabo para montar un mueble de IKEA acabó en urgencias. Una tontería, pero no fue sólo que me machacara el dedo gordo de la mano izquierda con el martillo, sino que, al soltar todo el aparataje estantería incluida, ésta calló sobre mi pie derecho rompiéndome la uña y una astilla que se desprendió salió disparada hasta acabar clavada en la punta de mi nariz. Fui a urgencias, sí, pero al día siguiente cuando el dedo de la mano se hinchaba más y más, el dedo del pie dolía horrores y la nariz después de la extracción de la astilla se me puso como un pimiento morrón. Así que decidido me fui a poner las botas, pero el dolor me lo impidió. ¿Y ahora qué voy a hacer? me dije. No me quedó más remedio que salir a los veinte grados bajo cero de la calle con una chancla de playa en el pie derecho, una bota de invierno en el izquierdo, un guante de lana en la mano derecha y nada en la izquierda -la inflamación no me permitió ponerme el otro guante. De esa guisa me planté en la recepción de urgencias de mi hospital. Por los pelos no tuve que llamar a un ambulancia cuando el taxista, que iba como una cuba, casi se lleva por delante a dos señoras en un semáforo. Yo iba tan tenso que apenas noté dolor alguno durante el trayecto. Eso sí, mis uñas quedaron clavadas en el asiento del taxi y las huellas de mi chancla y mi bota en el suelo de la fuerza con la que yo trataba de reducir la velocidad o incluso detener el coche en algunas ocasiones. Pero llegamos a mi destino.

 Sin  preguntarme por lo que me pasaba, en la recepción de urgencias las caras de los presentes cuando me vieron mudaron de solemnes a espantadas. Apenas pude abrir la boca para pedir que me viera un médico, cuando un tipo vestido con el uniforme de enfermero o camillero o lo que fuese me pidió que me sentara en una silla de ruedas que traía consigo. ¡Qué suerte! pensé, ¡esto sí es urgencias de verdad! En menos de un minuto olvidé tal pensamiento para dedicarlo a mis seres queridos pensando en que me había llegado la muerte de manos de un kamikaze con pijama de hospital. El criminal que conducía mi silla de ruedas dejaba a la altura del betún al mismo Fernando Alonso por la rapidez con la que me llevó desde la pole position hasta la meta. Mi miedo no era exagerado. Por el camino no hubo curva que no tomáramos tan solo con dos ruedas. En más de una ocasión colisionamos con distintos objetos y personas imprudentemente diseminados por nuestro recorrido. El carrito de mantas y sábanas con el que chocamos calló al suelo; el que no sé si llegó a caer fue el anciano al que privamos de una de las dos muletas en las que se apoyaba tras la tercera curva; oí ruido de vasos y platos rompiéndose contra el suelo cuando embestimos el carro de las bandejas de comida; y noté cómo mi culo se levantaba del asiento tras el frenazo en la línea de meta. Dejé la muleta del anciano a la que me había asido como a un tótem y pensé en el pavor que me había producido el recorrido sin siquiera haber podido ver la cara del conductor. Claro, que pensándolo más fríamente, me alegro de no haberlo hecho.

Aparentemente, en mi destino ya me esperaban, pues de igual modo, sin pronunciar palabra entre dos tipos me levantaron de la silla (confieso que no habría podido hacerlo yo solo del agarrotamiento de los miedos sumados del taxi y la silla), me tumbaron en una camilla, me quitaron toda la ropa mientras yo intentaba explicar al que parecía el que dirigía toda la operación lo que me pasaba y éste asentía para hacerme sentir escuchado y, sin ver el ataque sorpresa que me esperaba tras de mí, me introdujeron en una bañera de agua casi hirviendo. Es posible que los alaridos que proferí en aquel momento no se oyeran más allá de la sala en la que estábamos, pero si sólo hubiera influido la intención con la que grité, toda la ciudad se habría paralizado y oído el chillido. Tanto mi pié derecho como mi mano izquierda me recordaron que estaban vivos y más molestos que nunca por aquel baño termal que entendían tan poco como yo. El que debía de ser el médico me miraba extrañado mientras yo insultaba y me removía en la bañera, como si ésta contuviera ácido en lugar de agua. Así dió la orden de que me sacaran y secaran. La inflamación del dedo de la mano se había extendido a toda la extremidad, y el dolor del pie me llegaba hasta la ingle.

- ¿Pero no es usted el que venía con congelación de miembros? -preguntó el médico.

Tras mi rápida explicación, mientras una amable enfermera trataba mis herdidas adecuadamente, el facultativo me contó que aquella estaba siendo la noche más fría del invierno y se preveía un alto número de pacientes con síntomas o principios de congelación.

Fui curado de mis heridas, las que llevaba y las que obtuve allí por el agua hirviendo, y me volví a casa escogiendo cuidadosamente el taxi. Durante el trayecto anoté mentalmente mi máxima: no volver a IKEA.

martes, 24 de julio de 2012

#09 BATALLA DE HIERRO



La tenía delante como una atalaya garante de las obligaciones ajenas. Cual torre de autoridad, dispuesta a cualquier acción en su contra en caso de rebelión. Infundía miedo. Qué digo miedo, pavor, con ese cruce de brazos y el permanente ir y venir de su dedo índice sobre el bíceps. Sólo reparaba en sus abultados brazos cuando se veía en situaciones como ésa, que sin ser frecuentes sí que se producían mucho más de lo que a él le gustaría. Analizó posibles escapatorias laterales, o un enfrentamiento frontal. De un salto podía llegar a la altura de sus ojos y hacerle frente con un grito seco. Correr sin mirar atrás. Liberarse de las ataduras a las que en ese momento estaba sujeto, como una tortura, un destino cruel que le perseguía cíclicamente y al que no conseguía acostumbrarse. Uno nunca se acostumbraba a esas cosas.

Henchido de frustración y rabia descartó la huida, no en vano el espacio estaba cuidadosamente estudiado para evitar el tipo de rebeliones que rondaba por su cabeza. Si por un momento pudiera distraer al ser opresor que le miraba fijamente, podría aprovechar el descuido para en un ejercicio de escapismo digno de los mejores ilusionistas, desaparecer y resguardarse en su trinchera. Qué va. Aquello no tenía visos de arreglarse por medio de la fuga. Aún consciente de su ruin destino, aun asumiendo la proximidad de su derrota, no cejaba en el empeño de liberarse de una vez por todas. Un ser humano nunca debiera ser sometido a tanta presión.

Negociar. Ahí estaba la solución. Alguna vez lo había intentado, pero su interlocutora, lejos de las posturas amables y cercanas de otras situaciones, rara vez se dejaba embaucar a través del diálogo cuando se encontraban en estos lances. Porque la idea que en ese momento él barruntaba como negociación no era sino librarse de aquella aterradora situación mediante un ejercicio de demagogia. Incluso aunque fuera un poco indigno y mancillara su amor propio se podía recurrir a la pena. Todo valía. Al fin y al cabo no había testigos, y aunque eso reforzaba la posición opresora de la que se erigía como su carcelera en ese momento, ofrecía la ventaja de que cualquier bajeza que pudiera afectar a su imagen pública estaba bien protegida por la privacidad de la situación.

No podía ser tan complicado. Ya lo había probado otras veces, si bien es verdad que con dispar resultado. El agobio empezaba a ser demasiado intolerable para su joven corazón que palpitaba sin descanso a una cadencia más rápida de la que recomendaría cualquier matasanos, el cual por cierto se alienaría en esta circunstancia con el poder, es decir, con ella. Empezó a mirar nervioso de un lado a otro, ya no sabía qué hacer. ¿Diálogo?, ¿fuga? No sabía cuánto había transcurrido en esa situación, había perdido la noción del tiempo, sus pensamientos se agolpaban unos sobre otros e intentaban escapar con el mismo ansia con el que deseaba hacerlo él. Se acabó. Había que actuar, ya estaba harto de aquella represión, imposición y maltrato. No aguantaba más. Agarró con fuerza el mango. Sus puntas, hasta ahora limpias, le parecieron brillar a modo de señal. Aunque le sudaban las manos y tenía la garganta seca se armó de valor, alzó la mirada, fijó la vista en la de su guardiana particular, y se dispuso para la lucha final.

-     No pienso…

Pero no pudo terminar la frase. A modo de sentencia lapidaria y presagiando lo que irremediablemente iba a ocurrir en los siguientes minutos su madre le espetó:

-     Que te comas las espinacas ¡ya!

miércoles, 18 de julio de 2012

#08 ENTREVISTA CON UN ESPÍA



Nota: Debido a las vacaciones de nuestro ilustrador habitual nos hemos visto en la obligación de plagiar malamente lo que él suele hacer fastuosamente. Disculpad nuestra torpeza, pero nosotros somos más de darle a la tecla. Sirvan estas disculpas para la semana que viene también :-)


No recuerdo que nadie me dijera nunca que ser espía era sencillo. Si acaso al contrario. Empezaré diciendo que mi nombre es Juan Pérez. Como es de suponer, no es mi nombre real, pero tampoco se aleja demasiado, en cuanto a sencillez y vulgaridad. Cómo me gano la vida es una pregunta difícil de contestar, podría decir simplemente soy espía, pero ni es tan simple, ni realmente me considero un espía. O mejor dicho, no me considero el espía de la tele o el cine, ése que tiene una doble vida al estilo Arnaldo en Mentiras arriesgadas. ¡Ojalá! ¡Qué más me gustaría a mí que tener una mujer e hijos a los que tener engañados un tiempo haciéndome pasar por vendedor de seguros con frecuentes viajes de "negocios" al extranjero! Pero mi realidad dista algo de ese innuendo para adolescentes. Sí, estoy soltero, no puede ser de otra manera. En mis desvelos me pregunto si se debe a mi profesión o puramente a mí mismo y mi forma de ser. Vivo solo en un pisito reducido del centro. ¡Pero eso tiene mucho encanto! dirán algunos. Les daría la razón si no fuera porque mi apartamento es el semisótano del inmueble, y no él ático de tres dormitorios en el que vive esa feliz pareja con hijos, perro, terraza y vistas a la sierra. Las vistas de "mi casa", que ni siquiera es mía, se ciñen a la ropa tendida de los vecinos por el patio interior y los zapatos y calcetines de los viandantes por la fachada principal. He de reconecer que cuando pasa un perro, es posible que lo vea en su totalidad, lo cual a veces es un desahogo. En las pocas ocasiones en que he logrado meter a una mujer en mi cubículo infernal -por lo de la cercanía con el submundo- la mayor parte ha sido billetera repleta mediante, y el resto no pasaron de lo que yo llamo el hall de entrada. Las entiendo, a mí me dan ganas de llorar a veces cuando regreso a casa y quien me recibe son las crecientes humedades y sus abrazos de moho. ¿Que por qué sigo ahí? ¡Qué curiosa pregunta que me he hecho un millón de veces sin hallar más respueta que mis hombros alzándose! No tengo muchas opciones. He barajado la opción de compartir piso con estudiantes, pero no soporto mis propias manías como para soportar las de unos adolescentes que funcionan a base de ataques hormonales. Podría volver a casa de mis padres, pero por fortuna para todas las partes, ellos están criando ya malvas. Salí de allí hace cinco años con el equipaje cargado de broncas interminables y heridas abiertas. Nuestra convivencia fue insoportable desde el día en que nací. Ni ellos estaban dispuestos a ceder, ni yo a  que no lo hicieran, así que a la más pequeña oportunidad me fui. ¿O me echaron? Tanto da. Fue una buena decisión en cualquier caso.

Creo que, a lo que preguntas, ignoro de cabo a rabo lo que implica en términos generales ser espía. Yo sé lo que implica para mí: recibo instrucciones, las sigo como el que sigue el manual de instalación de una lavadora, cobro por ello -una miseria, dicho sea de paso- y me vuelvo a mi agujero. Ya ni recuerdo cómo entré en este asunto. Sólo recuerdo que una noche infame de borrachera se me acercó el tipo al que sólo he visto una vez y con el que hablo cuando él llama, y me convenció. Es harto probable que cualquiera me habría convencido de ir hasta el mismo averno esa noche por muy poquito. De hecho ahora creo que habría preferido esta segunda opción. Y lo habría hecho gratis. Algo me hace pensar que el averno es mucho mejor que esta historia de película, pero de terror, no de acción, en la que vivo.

Seré franco: la mitad de la culpa de verme donde me veo reconozco que es mía. Es muy agradable que te endulcen los oídos cuando llevas a cabo un trabajo, aunque esto suceda de tarde en tarde. Al principoio te sientes importante porque crees que lo que haces te llena y ayuda al bien común. Eres consciente de que no hay tal bien común y que tienes algo agarrándote por los huevos al tiempo. En resumidas cuentas, no hay salida. En noches de luna llena, crees que el horizonte es muy amplio y que las opciones son muchas y variadas, pero cuando amanece el espejo te sigue gritando que eres el mismo perdedor de la noche anterior. Tú mismo escaparías si no fuera porque sabes que ya formas parte de ese algo que conoces a trocitos y que no te gusta. Sé cosas que habría preferido no saber en la vida. Conozco historias y a personas muy íntegras a las que he podido advertir, pero que no me habrían creído. Estoy metido en el fango lo suficiente para no poder salir. Y me tengo que conformar, porque mi espejo me dice la verdad. Ni gusto, ni me gusto. Así es mi vida. Soy Juan Pérez, el espía. El que te cuente otra historia miente.

martes, 10 de julio de 2012

#07 NOVENTA DÍAS



Noventa días. Con sus noches. Con sus horas. La había estado viendo cada mañana escondido tras la ventana del altillo, ocultando más su ansia por decirle algo que su cuerpo tras aquel parapeto.

Salía del portón de su casa, siempre vestida de manera sobria, como lo hacen los que no piensan en la estética sino en la comodidad. Pero para él cada uno de esos vestidos, cubiertos por finas chaquetas de hilo los primeros días y descubiertos según pasaban las semanas, le parecían dignos de un ajuar real.

Sujetaba ella  la enorme puerta para que su padre sacara el carro en el que habían depositado los helados para vender en la plaza, siempre con el mismo gesto, con una alegría que él consideraba inalcanzable a esas horas de la mañana. Y se fijaba en su piel, teñida por el sol y brillante hasta acusar los destellos en su mirada furtiva.

Noventa días que esperaba cada año desde hacía mucho, siempre con el temor de no volver a verla. Siempre pensando que quizás algún día dejara de salir, fiel a su cita con la mañana, con su mirada escondida, con los helados de su padre. Pero ella siempre aparecía, y una vez doblaba la esquina y ya no podía observarla desde su atalaya, dejaba pasar las horas. Dos. No cambiaba sus rutinas antes de salir a la calle y simular un paseo despreocupado por las calles aledañas a la plaza. Se apostaba en los soportales para ver cuándo quedaba el carro al descubierto, y entonces, como cada uno de los noventa días que duraba el cortejo unidireccional que había puesto en práctica cuando eran sólo unos niños, se acercaba, daba los buenos días y pedía un helado de sandía, de los del fondo, de los que ya alcanzaba mejor que cuando adivinó la posibilidad de observar todo su cuerpo doblado sobre el carrito, estirándose para alcanzar lo que para él no era sino la excusa de un amor incondicional.

Entonces hacía lo posible por mantener la compostura entre la sonrisa educada de ella y el roce de sus manos que intentaba prorrogar hasta lo que le parecía un tiempo infinito, regalándose una prórroga en el pago, nunca el precio exacto, siempre esperando las vueltas para sentir su mano e imaginar un paseo cogiéndola con suavidad.

Y ya. Sabía que tras aquel hasta luego había consumido un día más de aquellos noventa, a modo de una cuenta atrás invivible pero insustituible, en el que lidiaba con una pasión escondida de la que nunca había sentido el valor de escapar para arriesgar y probar suerte. La amargura de su interior contrastaba con el dulzor de aquel helado que antes de salir de la plaza por los soportales le recordaba los gestos de ella, el roce de su mano, el tacto de su piel.

Ella levantó la vista del carro, lejos de la mirada de los clientes observó como él se marchaba con el helado de sandía que le pedía cada día y que ella colocaba al fondo para marcarle un camino que sin saber por qué él nunca se decidió a tomar. Y supo que había pasado estéril un día más de otro verano.


martes, 3 de julio de 2012

#06 AZUMI


Azumi estaba de pie sobre el tatami. Una única luz proyectaba un círculo titilante a su alrededor que la envolvía como un halo. Imaginó que estaba sola, así la concentración sería más profunda. La audiencia no era grande, pero muy especial esa noche en aquella casa de té. Tres fuertes empresarios y dos políticos. Además del resto de acompañantes. Azumi respiraba profundamente sin que se percibiera cómo el pecho se le hinchaba para luego dejar marchar el aire de nuevo por su nariz. Se concentró en todos los días que había dedicado a ensayar aquel número, en todas las horas del día que había dedicado a maquillarse, peinarse y vestirse. Aquel día estrenaba. Estrenaba kimono y espectáculo. El kimono se lo habían regalado esta vez. Era en tonos grises y con una nube bordada en la espalda. La actuación era completamente propia y sería un estrepitoso fracaso o un auténtico éxito. No iba a haber lugar para medias tintas. Se agachó todo lo despacio y grácil que el kimono le permitía hasta apoyar las rodillas sobre el tapiz, la mirada clavada en sus propias manos. Alargó la izquierda para coger con delicadeza y firmeza a la vez el shamisen  y colocarlo sobre sus piernas y la derecha para sujetar el plectro. Abrió completamente los ojos y los dirigió a su exquisita audiencia, posando en cada uno de ellos suavemente la mirada para luego colocarla finalmente en la pared del fondo de la estancia a media altura. Torció imperceptiblemente la cabeza y esbozó su mejor sonrisa mientras su mano derecha comenzaba a dar vida a las tres cuerdas del shamisen, y la derecha, como una autómata, deslizaba y pulsaba los dedos en el sitio oportuno del mástil. Un pausado ritmo de deliciosas notas fue invadiendo la estancia. El cuello de Azumi apenas se movía acorde a la cadencia de la música, pero seguía sin duda el ritmo, y su sonrisa daba credibilidad a la dulzura de los sonidos que al llegar a las paredes rebotaban o se perdían. Una melodía acolchada inundó los oídos de los presentes embarcándolos en el mismo bello paseo por el bosque que Azumi daba, haciéndolos mecer los párpados hasta casi cerrarlos, pero no del todo para no perderse la figura que les evocaba tales sensaciones de placidez. Un murmullo nasal salió de Azumi acompañando y elevando los pies de los paseantes hasta que todos tuvieron sensación de ingravidez. Aquello duró apenas dos minutos, pero su intensidad y continuidad lo hizo considerablemente más largo a la sensación del espectador. Una última nota quedó mantenida en el aire y Azumi recitó:

Vida en todos los vientos
que hace se mezan
las ramas en los árboles.

La siguiente pulsación sobre las cuerdas aumentó en intensidad y agilidad. Y a medida que la melodía se aceleraba, se aceleraba igual el balanceo del cuerpo de Azumi sobre sus rodillas. Lo que los presentes pudieron comprobar era que en aquel momento la persona que tenían frente a ellos y que les había transportado a un amable bosque, ya no sonreía, y su balanceo se incrementaba acorde al compás de la música que el  shamisen repartía por doquier. Aquel haiku, que había resultado tan hermoso, parecía haber sido la orden de que se desatara un vendaval y una estrepitosa tormenta. Los árboles de aquel bosque comenzaron a moverse al ritmo de Azumi, y los rayos y relámpagos caían cuando la intérprete golpeaba con fuerza las tres cuerdas. Apenas los espectadores comenzaron a sentirse inquietos, un último golpe de plectro cayó sobre la caja del instrumento y Azumi se arrojó inconsciente de espaldas al suelo. La audiencia casi pudo notar cómo ellos también caían y al golpearse con el tatami recuperaban la conciencia de dónde se hallaban en realidad. La estancia quedó entonces en silencio. Treinta segundos. Azumi en el suelo. Los invitados en sus sitios con los ojos muy abiertos y las manos fuertemente apoyadas en el suelo. Un minuto. Uno de los políticos comenzó a aplaudir sin mudar la expresión de su rostro, primero lenta y suavemente. Luego más rápido y fuerte. Azumi abrió entonces los ojos y se incorporó despacio hasta ponerse de pie. Y sonrió y saludó. Entonces todos los demás imitaron a aquel que fue el primero en entender lo que había pasado, o que simplemente había disfrutado. Los ojos de Azumi brillaron entonces de emoción.

Al abrirlos del todo, Azumi vio su reflejo en el espejo de la pared de su dormitorio. Su pelo estaba completamente despeinado y el pequeño roto de la rodilla de sus vaqueros se había convertido en una raja que iba de lado a lado. La geisha se había ido. Su madre golpeó la puerta y entró.

-¿Estás bien, Laura? He oído un ruido.
-Sí, mamá – contestó ella. –Estaba ensayando.
-¡Ah! Hija, qué cosas más raras haces últimamente.
-No te preocupes, mamá. Cuando me inyecte droga en los ojos te lo haré saber.
-¡Qué tonterías dices! Anda, que vamos a cenar ya.
-Voy.